¿Qué es un biopic? Quizás estamos acostumbrados a ver aparatosas producciones de prestigio sobre personajes históricos, interpretados muchas veces por varios actores para abarcar varias etapas de una vida, enmarcados en costosas recreaciones de época. Lo que hace Richard Linklater en la estupenda Blue Moon (2025) es más bien lo contrario. Linklater dirige un guión Robert Kaplow -nominado al Óscar- que convierte la vida de Lorenz Hart en una pieza de cámara, en algo que se podría representar sobre las tablas de un escenario teatral. Porque, precisamente, Hart se dedicó a escribir musicales teatrales entre los años 20 y 40, además de ser el letrista de canciones populares como la que da título a esta película. La historia comienza cuando Hart entra en un bar donde todos le conocen, y esto es importante, porque es alcohólico. Es la noche del estreno de Oklahoma! (1943), y esto también es importante porque marca el inicio de la colaboración del exitoso compositor Richard Rodgers con Oscar Hammerstein, lo que significaba dejar de lado a Hart. Con esta premisa, la película se desarrolla a través de conversaciones entre los personajes. Diálogos estupendos, inteligentes, que desvelan a los personajes sin caer en obviedades, que citan canciones, obras literarias y películas como Casablanca (1942). La gran estrella de la función es un transformado y magnífico Ethan Hawke, actor fetiche de Linklater, nominado al Óscar por este papel, que aquí resulta deslumbrante, aunque es verdad que su caracterización puede distraer nuestra atención. Blue Moon se resume en la idea de que dicha canción -que ha sido cantada por Elvis Presley, Frank Sinatra o Billie Holiday- es la más popular de Lorenz Harts y precisamente la que este considera una de sus peores letras. Esa oposición entre la alta cultura y el arte popular marca el conflicto personal del protagonista y provoca su desencuentro con Richard Rodgers (Andrew Scott), que no cree que complacer al público tenga nada de malo. Sobre esta idea, Linklater, figura clave del cine independiente, desarrolla un discurso sobre la industria del entretenimiento -Broadway es perfectamente asimilable a Hollywood- y cómo la inteligencia, la cultura y sobre todo el riesgo artístico pintan cada vez menos en la industria. El protagonista se expresa a través de una serie de conversaciones con otros personajes interpretados por Bobby Cannavale, Jonah Lees, Patrick Kennedy, el ya mencionado Andrew Scott y, sobre todo, Margaret Qualley, que interpreta a un personaje clave que completa el retrato personal de Hart, un amor imposible sobre el que el letrista ha puesto sus últimas ilusiones. Tiene algo Blue Moon de la otra película que Linklater ha estrenado casi enseguida, Nouvelle Vague (2026). Ambas están repletas de referencias y guiños -una al teatro musical, la otra al cine francés- pero la segunda es mucho más ligera y luminosa, está llena de promesas, mientras la que nos ocupa es mucho más amarga, reposada, profunda y grave, aunque ambas sean obras igualmente hermosas. Blue Moon consigue contarnos toda la vida de Lorenz Hart sin contarnos toda la vida de Lorenz Hart, en un solo escenario y en una sola noche, en la que se echa la mirada atrás con nostalgia y en un estado de negación. Hart se resiste a admitir que su futuro es inexistente, y que resucitar la gloria perdida es imposible.

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