LA LEYENDA DE OCHI -DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS


Una de las virtudes más sugerentes del cine es la de parecerse a nuestros sueños. Nunca entenderé a los que solo quieren ver historias -supuestamente- apegadas a la realidad. ¿Por qué limitar el arte? Esta cualidad se encuentra, sobre todo, en el cine fantástico, en el que se inscribe la maravillosa La leyenda de Ochi (2026), una rareza que se propone como cine familiar, pero que huye de las convenciones. La historia es sencilla: en una región montañosa equiparable a los Cárpatos transilvanos, unos seres de leyenda, los ochi, atemorizan a los aldeanos, que forman patrullas de caza juveniles para combatirlos. La protagonista, la adolescente Yuri (Helena Zengel), encuentra a una cría de ochi y decide rescatarla y cuidarla. Todo gira alrededor de este ser mitológico, un cruce entre un mono Tití, un gremlin y baby Yoda, realizado de forma maravillosa a través de un muñeco animatrónico creado por los artistas de John Nolan Studio, que bien vale la película. Pero sobre todo estamos ante una cinta que tiene muchísima personalidad, la de su director novel, Isaiah Saxon, con experiencia previa en videoclips -mencionemos a Björk- y cortos de animación. La mirada de Saxon, junto al director de fotografía Evan Prosifsky, convierte todo lo que vemos en la ilustración de un cuento bellísimo aunque también oscuro e inquietante. El diseño de producción de Jason Kisvarday es brillante y se conjuga con los decorados y el vestuario para darle a la película un look único. Sumemos la estupenda y peculiar música compuesta por David Longstreth -aunque en el clímax sucumba a la influencia ineludible de John Williams-. La sencilla historia que ha escrito Saxon está poblada por personajes excéntricos a los que dan vida actores como el siempre interesante Willem Dafoe, la estupenda Emily Watson y el carismático -y popular- Finn Wolfhard. Estamos ante una aventura infantil con aires ochenteros pero que también bebe del cine de animación y del indie -produce A24- que habla de rebeldía juvenil, de tradiciones ancestrales basadas en el miedo, de la paternidad, y que también tiene de fondo un mensaje ecológico. La leyenda de Ochi tiene un ritmo más pausado y espeso que las típicas producciones de cine familiar y parece destinada a convertirse en cine de culto, una pequeña joya a descubrir o una de esas películas que se ven de pequeño y desaparecen de la memoria para convertirse en un recuerdo difuso, en algo parecido a un sueño.

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