MARTY SUPREME -MATCH POINT


Seguramente se puede trazar un árbol genealógico cuyas raíces cinéfilas están en Martin Scorsese y de cuyo tronco salen ramas ya consagradas como Paul Thomas Anderson o prometedoras como Josh Safdie, cuya película Marty Supreme (2026) es un irresistible ejercicio narrativo con el frenesí de Jo, ¡Que noche! (1985), el patetismo de El rey de la comedia (1982) -el cameo de Sarah Bernhard no puede ser casualidad- y quizás algo de la libertad de Magnolia (1999) -la escena de la bañera, la lluvia de pelotas de ping pong-. Safdie nos cuenta con pulso maestro una historia desparramada que sigue las ilusiones y desventuras de Marty Mauser (Timothée Chalamet) -inspirado en la figura real del jugador Marty Reisman-, un personaje complejo, que es, al mismo tiempo, pura ambición y un embaucador. Su apuesta de vida es triunfar en el tenis de mesa, y su talento es, sorprendentemente, innegable, a pesar de una chulería digna de Muhammad Ali. Pero para consumar su sueño, Marty necesita lo que mueve todos los engranajes de este mundo: dinero. Y así se convierte en un conseguidor, siempre al borde del desastre, como el Howard Ratner (Adam Sandler) de la fantástica Diamantes en bruto (2019). Y en su camino, el guión que firman Safdie y el cineasta Ronald Bronstein coloca una serie de personajes fantásticos, como una famosa actriz en horas bajas (Gwyneth Paltrow), un empresario capitalista y déspota (Kevin O'Leary), un taxista aventurero (Tyler, The Creator), un temible mafioso con debilidad por su perro (el cineasta Abel Ferrara) y varios más que forman parte en una fauna humana excéntrica y variopinta que hacen de esta película una experiencia cinematográfica apasionante. En Marty Supreme todo se conjuga para entretener al espectador: el estupendo trabajo de cámara, inmersivo y expresionista, la fotografía del legendario Darius Khondji, el uso de la música original compuesta por Daniel Lopatin y el de canciones populares muy conocidas, además de un estupendo montaje de, otra vez, Ronald Bronstein. Y por supuesto, Safdie se apoya en las interpretaciones. Chalamet es un espectáculo en la pantalla, como lo son sus tensos y frenéticos encuentros de ping pong, pero el resto del reparto es colorido y carismático, especialmente Odessa A'zion, que es la sorpresa de la película con un personaje a la altura de Marty -no me resisto a mencionar, también, el personaje de Fran Drescher, que sale poco, pero quizás lo explica todo-. Con estos elementos, Josh Safdie dibuja a un tipo empeñado en cumplir el sueño americano, pero que por su origen judío y su clase social se enfrenta a obstáculos que evidencian que América no es la tierra de las oportunidades sino la de los hijos de papá. Y en su empeño, Marty, un tipo sin ningún escrúpulo, encontrará la verdad del sentido de su vida. Una película redonda y una inexperiencia imprescindible en una sala de cine.

No hay comentarios:

Publicar un comentario