NIGHT OF THE KINGS -LAS MIL Y UNA NOCHES


Presentada en el festival de Venecia y premiada en el de Toronto, Night of the Kings es un film exuberante sobre la importancia social de contar historias, que hemos podido ver en el Festival de Sevilla. Ambientada en una prisión de Costa de Marfil -La Maca- la película nos sumerge en el extraño submundo dentro de ese precinto, donde existe una suerte de monarquía hereditaria y la figura de un narrador que debe entretener a los presidiarios, con riesgo de su propia vida. El director Philippe Lacôte, mezcla la mirada social y el estilo documental con una narrativa apasionada en la que se unen temas reales con cuentos, mitos y leyendas. El protagonista (Koné Bakary), convertido en el nuevo 'Roman' al coincidir su llegada a la cárcel con la luna roja, tendrá que inventarse una historia sin fin, como Sherezade, para preservar su vida. Así, el relato fantasioso se mezcla con la denuncia social, e incluso con hechos reales, como la guerra civil de 2011 en Costa de Marfil. Todo esto contado con recursos cinematográficos, pero también a través de canciones e incluso de las improvisadas danzas que ejecutan los presos para ilustrar el relato de Roman. Con Steve Tientcheu -Los miserables (2019)- y Denis Lavant -Holy Motors (2012)- en el reparto, la película es una celebración de la ficción, del contar por contar, de la imaginación, y del cine -guiños a Taxi Driver (1976) y sobre todo ese reconocerse como sucesora espiritual de Ciudad de Dios (2002)-, Night of the Kings es una de las cintas más estimulantes de 2020.

NEVIA -REALISMO Y FANTASÍA


Matteo Garrone -Gomorra (2008), Dogman (2018)- produce la primera película de su ex mujer y colaboradora, la actriz Nunzia De Stefano, y el resultado es Nevia, sólida cinta que mantiene los rasgos de la filmografía del primero: realismo social descarnado con un punto de fantasía. De Stefano demuestra una gran sensibilidad para componer el personaje principal, Nevia (Virginia Apicella), que podemos inscribir en la lista de los protagonistas de películas sobre la infancia abandonada: como Rosetta (1999), Nevia no tiene descanso en una terrible lucha diaria por sobrevivir, solo que además debe encargarse de su hermana pequeña y enfrentarse a un mundo de prostitución y mafiosos de poca monta. De Stefano aporta al estilo Garrone una mirada femenina: la abuela, la tía, las prostitutas y compañeras de piso, si ya es complicado sobrevivir siendo un excluido -en Italia y en cualquier parte- ser una mujer pone las cosas todavía más difíciles, lo que puede conectar esta obra con la fantástica La hija de un ladrón (2019). Intuimos que Nevia no ha tenido infancia, por lo que su personaje mantiene algo de inocencia y esperanza, representadas en ese circo felliniano que recuerda a los sueños mágicos de otros niños perdidos, como los de The Florida Project (2017) y que permite la coincidencia con Los miserables (2019) en el robo de un animal exótico. 

SOLE -DESHUMANIZADOS


¿Hasta que punto ha sido despojada la clase trabajadora de su humanidad? La película italiana Sole, de una forma muy sutil, se plantea este asunto poniendo sobre la mesa un tema polémico y complejo, el de la maternidad subrogada. El director debutante Carlo Sironi consigue una reflexión demoledora sobre el tema, haciendo algo tan sencillo como colocar el punto de vista en la pareja que debe entregar a su bebé (y que lo hace por dinero), en lugar de hablarnos de padres que desean tener hijos, pero no pueden. Protagoniza el relato Ermanno, un joven sin futuro, cuyo único destino es deslomarse en algún trabajo basura el resto de su vida. Fantásticamente interpretado por Claudio Segaluscio, el personaje es un tipo de mirada perdida, siempre de chándal, al que no le importa nada más que conseguir dinero de la forma más sencilla posible, por lo que le veremos, mecánicamente, pulsando botones delante de una máquina tragaperras. El pasado trágico de su familia, hace de Ermanno un chico que responde con monosílabos, algo hostil, que ni siquiera desea escapar de su situación, porque parece incapaz de imaginar algo mejor. Por eso acepta hacerse pasar por el padre del bebé que espera Lena (Sandra Drzymalska), una inmigrante polaca que hace de vientre de alquiler para una familia adinerada. Con rigor realista, pero sin evitar crear imágenes estéticas -sobre todo la del mar, real o pintada en las puertas de un ascensor-, la cámara de Sironi registra de forma demoledora los preciosos momentos que vive toda pareja que va a tener un hijo: la ecografía, las primeras pataditas, el tener que decidir un nombre, pero que colocados en Ermanno y Lena, que no tienen ningún interés en el bebé, ni instinto paternal ni maternal, se convierten en un horror de gestos deshumanizados. El retrato que hace Sironi de la juventud perdida de Europa es desolador, pero es que además, se guarda un as en la manga, para darle un giro a la historia, desarrollar a estos personajes, y dejarnos con el corazón encogido tras salir de la sala.

PATRIA -LA SERIE Y LA NOVELA


Patria es lamentablemente mi gran decepción de 2020. Una serie que se conforma con ser ‘televisiva’ cuando otras ficciones catódicas nos hablan en lenguaje cinematográfico. Para explicar los defectos que encuentro en Patria me parece ejemplar una secuencia, la de la tortura a un etarra, que, encima, el marketing de HBO se encargó de promocionar provocando una polémica absurda -en las redes sociales- y nada sana. El maltrato policial a uno de los personajes de la serie -el etarra asesino Joxe Mari (Jon Olivares)- no responde a las expectativas generadas, ni mucho menos al rigor que se podía pedir a la recreación de un hecho tan complejo, oscuro y doloroso de la historia española. En la referida escena, vemos a tres policías estereotipados: malencarados, fumadores, que sueltan insultos y amenazas sin demasiada convicción. No hay tensión en lo que vemos debido a una planificación funcional que pasa por encima del momento sin ensuciarse. No hay detalles que permitan hacer de esta escena algo significativo, y la sensación es que la polémica de la tortura se ha rodado con las prisas habituales de, como he dicho, un producto televisivo. 

Dicho esto sobre cierto descuido en algunos momentos dramáticos de la serie, creo que el gran defecto de Patria, más que comprensible, es haber sido demasiado fiel a la prestigiosa obra de Fernando Aramburu. Yo creo que se ha ‘filmado’ la novela, teniendo demasiado en cuenta a los lectores de la misma. Patria, la serie, no elabora ni propone casi nada con respecto a la pagina impresa: en la pantalla se ve lo mismo que hemos leído y, aunque eso puede agradar a la mayoría, no da como resultado un producto estimulante. Patria renuncia a la narrativa visual casi por completo y se apoya sobre todo en los diálogos de los personajes, editados convenientemente para imprimir ritmo a la narración, lo que impide la pausa necesaria para digerir el dolor de las situaciones planteadas o incluso, para permitir el lucimiento de los intérpretes. Al mismo tiempo, el gran valor de la adaptación es precisamente la novela, su valentía y su capacidad para expresar desde una perspectiva muy personal la ruptura emocional entre dos familias amigas, provocada por el conflicto político en el País Vasco y el terrorismo de ETA. Los personajes de Aramburu están ahí, tan humanos y cercanos como en su novela. Para mí, Patria es la historia de cómo la violencia y el odio irracional separa a dos amigas de toda la vida: Bittori y Miren -estupendas Elena Irureta y Ane Gabarain, que son lo mejor de la serie- un asunto que en mi opinión no recibe la suficiente importancia en la adaptación, que sin embargo abre hueco para subtramas que quizás deberían haber sido podadas: las historias de los hijos -Arantxa (Loreto Mauleón), Nerea (Susana Abaitua), Gorka (Eneko Sagardoy) y Xabier (Iñigo Aranbarri)- funcionan como complemento, víctimas colaterales del conflicto central, que en una novela sin límite de extensión resultan interesantes, pero que en la serie desvían la atención. Esto me lleva a hablar del argumento, de estructura caótica, que intenta copiar los saltos temporales de la novela cuando debería, quizás, haber elegido otra estructura narrativa más centrada en cada personaje. Esto es especialmente significativo en los episodios 5, 6 y 7, dedicados casi por entero a las vicisitudes de los hijos. La narración va saltando de uno a otro sin demasiada intención, ni argumental ni temática, en episodios en los que pasan un montón de cosas en muy poco tiempo, en un batiburrillo que nos enfrenta a una serie de historias personales que diluyen el drama y cuya factura nos hace pensar en series españolas que vemos todos los días y que no se corresponden con la ambición de un producto como Patria. 

El episodio final, sería estupendo, si no fuera porque es la tercera vez que vemos el asesinato del Txato (José Ramón Soroiz) y por la constatación de que la subtrama de Arantxa -que ha sufrido un ictus- emociona más que el conflicto central. La recuperación a última hora de los personajes de Bittori y Miren para cerrar la serie, tras permanecer casi ausentes en varios episodios, es la constatación del desaguisado argumental de Patria. Aún así, la serie emociona, cómo no, porque refleja el sufrimiento, la indignación y la rabia de una época y de un país. Y cuando esta ficción hace una pausa para contarnos algo, lo hace bien: el acoso que sufre el Txato en su pueblo adquiere texturas de distopía, de pesadilla; asimismo el trágico asesinato de este mismo personaje, bajo la lluvia, mientras un pueblo entero duerme la siesta, resulta demoledor y descorazonador. El éxito de Patria y su repercusión están asegurados porque es de esas ficciones que se suele llamar ‘necesaria’, porque su contenido y su mensaje parecen positivos para la sociedad, una idea discutible y que, desde luego no suele ir aparejada a la calidad de un producto.

BORAT, PELÍCULA FILM SECUELA -LA AMÉRICA DE TRUMP


Aviso que no encontraréis aquí una mala palabra sobre Sasha Baron Cohen y Borat. Su fórmula para hacer películas -o televisión, recordemos Who is America?- mezclando ficción y bromas de cámara de oculta para fabricar momentos delirantes que al mismo tiempo son una radiografía política y social. En Borat: lecciones culturales de Estados Unidos para beneficio de la gloriosa nación de Kazajistán (2006) Cohen ensayó la fórmula en un éxito mundial que convirtió al personaje en icono de la cultura popular. En aquella película, dirigida por Larry Charles, los dardos eran lanzados contra los peores defectos de la llamada América profunda: el conservadurismo, el racismo, la xenofobia, la homofobia, la defensa de la posesión de armas, etc. Lo que no sabíamos es que aquella comedia estaba prediciendo la América de Trump que llegaría en 2017. Por eso, en 2020, aunque Sasha Baron Cohen se limita a repetir esquemas, resulta pertinente un nuevo diagnóstico de los Estados Unidos actuales. Para hacernos una idea de cómo ha cambiado la cosa, en la primera cinta de Borat no habían proliferado los smartphones que ahora, reciben su merecido sketch en Borat, película film secuela. Estrenada en Amazon Prime Video, creo que la nueva cinta del personaje no desmerece, aunque evidentemente, ya no sorprende, como recoge una secuencia que evidencia que Borat es tan conocido que Sasha Baron Cohen se ve obligado a disfrazar al periodista kazajo y a recurrir a la ayuda de su hija -en la ficción- Tutar, interpretada por María Bakalova, para mí, un auténtico descubrimiento. Su presencia incide de manera significativa, ya que los dardos de esta película se centran sobre todo en el machismo cultural de los dos países implicados: ese ficticio Kazajistán de cabras y gallinas, que representa un poco a todos los países islámicos y por supuesto, Estados Unidos. Borat, película film secuela tiene situaciones desternillantes que acaban produciendo momentos muy incómodos que ponen a prueba a las víctimas de la cámara oculta, y al propio espectador, que experimenta estupor y vergüenza ajena. Para mí, la magia de Borat es su capacidad para recurrir al humor más simple, incluso zafio, para dejar en evidencia las peores miserias de nuestra sociedad, o sus valores, como demuestra la solidaria afroamericana que intenta ayudar a Tutar. Como he dicho antes, Sasha Baron Cohen vuelve a conseguir una película divertida, gamberra y provocadora, que ha puesto en aprietos al ex alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani y que encima se topa con la pandemia del coronavirus en pleno rodaje, por lo que se permite reírse también de la crisis mundial que vivimos.

ANE -HERIDAS


No dejéis que en este 2020 marcado por la pandemia y el cierre de cines, una película como Ane pase desapercibida. Ópera prima del director bilbaíno David P. Sañudo, Ane es la hija desaparecida de la protagonista del film, Lide, madre separada que se gana la vida como vigilante de seguridad en las obras del tren de alta velocidad. La acción nos sitúa en Vitoria, en el año 2009, un contexto político relevante porque eso que separa y enfrenta a Lide y a la rebelde Ane, tiene que ver con el terrorismo -ETA abandonó la lucha armada en 2010-, con las tensiones sociales y políticas de la sociedad vasca en esos años. Lo más interesante de la película es que utiliza este escenario como vehículo para un conflicto madre e hija, que permite explorar al mismo tiempo las heridas de una sociedad y las de una familia que se ha separado. Esto se sostiene sobre los hombros de una enérgica Patricia López Arnaiz, que interpreta a una incómoda y combativa madre coraje, que llega a resultar antipática, pero que también muestra momentos de vulnerabilidad, de duda, de tirar la toalla ante el descubrimiento de que su hija se ha convertido en una persona independiente, que, no le gusta demasiado. El guión plantea de forma inteligente imágenes significativas que muestran la brecha que separa a la madre de la hija: una silla vacía o un pañuelo rojo que acaba perdiéndose; pero también hay pequeños detalles que muestran cómo Ane -convincente Jone Laspiur- es un reflejo de su madre y se ha convertido en otra mujer fuerte, pero impulsiva: fíjense en cómo beben las dos de una botella de bebida isotónica. Estos elementos, casi todos, no son subrayado por el director: Sañudo busca una puesta en escena veraz, pero significativa, utilizando imágenes espejo que ayudan a contar la historia, pero también a expresar los temas de la historia cuyo guión firma junto a Marina Parés. Película revelación en el Festival de San Sebastián, Ane debería estar muy presente en los premios Goya, especialmente en ls categorías de director novel y mejor actriz principal.

EL JUICIO DE LOS 7 DE CHICAGO -JUICIO POLÍTICO


Aaron Sorkin, reputado guionista de El ala oeste de la Casa Blanca, The Newsroom o La red social (2010) -entre otras- presenta con El juicio de los 7 de Chicago su segunda película como director, tras la estupenda Molly´s Game (2017). Estrenada en Netflix, la película de Sorkin se interesa por unos hechos reales -como es habitual en su carrera- narrando el proceso contra 7 activistas que protestaron contra la guerra de Vietnam en 1968. Sorkin se acerca al cine clásico, cumpliendo las constantes de las películas de juicios: conocemos primero el contexto histórico -y político-, conocemos a los acusados, a los fiscales y a los abogados defensores y por último, al juez. Luego, nos encerramos en la sala del juzgado con el tribunal y los protagonistas, donde se vivirán, cómo no, momentos emocionantes. La trama cuenta con varios giros, con momentos en los que la causa parece perdida para los acusados y con golpes de fortuna, revelaciones que devuelven la esperanza de que se hará justicia. Tampoco faltan los flashbacks que arrojan luz sobre la cosa juzgada. Lo que cuenta El juicio de los 7 de Chicago no es un proceso penal: los acusados se sientan en el banquillo por sus ideas, no por haber cometido ningún crimen, como verbaliza uno de los personajes principales. Y creo que el gran error de Sorkin es asumir esa tesis desde el principio y no sembrar ninguna duda sobre la culpa o la inocencia de los siete acusados. Su film es político y es una denuncia, antes que una buena historia. Como guionista, Sorkin es un maestro manejando datos reales y exponiendo información en la pantalla, sus diálogos rápidos y chispeantes son una marca de estilo. Todo esto es suficiente para sostener su película, pero no evita que estemos ante un desarrollo superficial y sin matices. El elenco es espectacular: Eddie Redmayne, Jeremy Strong, John Carroll Lynch, Mark Rylance, Joseph Gordon-Levitt, Michael Keaton y el mejor de todos, Frank Langella como el juez Julius Hoffman. Pero en este reparto coral, ningún personaje tiene aristas interesantes: los buenos sorprenden siendo todavía más buenos y los malos, peores. El mejor ejemplo es el personaje que interpreta Sacha Baron Cohen, un cómico y buen actor, perfecto para el papel, que no convence. Sorkin busca una lectura desde la actualidad, mostrando cómo en Estados Unidos se pueden violar los derechos civiles, cómo el racismo y el conservadurismo llevan al abuso de poder. Pero también mantiene su fe en el sistema: tras los desmanes de la era Nixon, otros presidentes deshicieron las injusticias, como seguramente ocurrirá, tras el mandato de Donald Trump.