DAREDEVIL -TERCERA TEMPORADA -¿EL FINAL?


Solo nos queda Jessica Jones. Tras cancelar -comprensiblemente- Luke Cage y Iron Fist, Netflix sorprendió a todos eliminando la posibilidad de una nueva temporada de Daredevil. Esto, tras una tercera entrega, la que nos ocupa, que seguramente es la mejor de la serie y probablemente una de las mejores ficciones catódicas sobre un superhéroe. No hay que desesperar. Lo más probable es que el justiciero de Hell´s Kitchen retome su andadura en otra serie de Netflix o en la nueva plataforma de Disney. Veremos. Sea como sea, la serie se despide con muy buen sabor de boca. Para conseguirlo, se ha jugado sobre seguro adaptando la mejor historia jamás contada sobre Daredevil: Born Again. Con guión de Frank Miller y dibujos de David Mazzucchelli -mismo equipo de Batman: año uno (1987) que dio pie a Batman Begins (2005)- aquellos cómics publicados en 1986 nos contaban el descenso a los infiernos de Matt Murdock en su enfrentamiento definitivo con el villano Kingpin. La sombra de Born Again es palpable en el tono de esta tercera entrega de Daredevil en Netflix. Aquí también Murdock (Charlie Cox) se encuentra en su punto más bajo, tras el desenlace de la miniserie The Defenders

Despojado de casi todo, Murdock debe volver a nacer, mientras se replantea su vida como justiciero y su fe católica, elemento distintivo en este superhéroe urbano y realista. El héroe, que recupera su traje negro -en un giro muy interesante sobre quién hereda el rojo- se enfrenta a un desafío exigente y por lo tanto interesante. Como suele ser norma en la series Marvel de Netflix, su pasado le persigue. Debe exorcizar sus fantasmas y descubrir un secreto sobre su origen. Y como en cada temporada, Daredevil protagoniza una pelea brutal contra decenas de rivales, en un fantástico plano secuencia que ya es una tradición en esta serie. Pero lo interesante es que la destrucción de Daredevil no ha ocurrido por la obra de Kingpin, Wilson Fisk -fantástico Vincent D’Onofrio- sino que aquí el criminal está igualmente hundido, en prisión, y debe también rehacerse. En lugar de la sed de justicia de Murdock, es el amor por Vanessa (Ayelet Zurer) lo que mueve al mafioso. Así, estamos ante el emocionante enfrentamiento definitivo entre un héroe y un villano, que están a la misma altura como personajes. Un enfrentamiento que se ha venido gestando desde la primera temporada de la serie. 

Por si solo, esto bastaría para mantener el interés, pero hay que apuntar más virtudes en la última entrega de Daredevil. Destaquemos sobre todo la fortaleza del reparto alrededor del protagonista. Nunca habían estado así de bien, y de pertinentes, los secundarios. El enfrentamiento entre Karen Page (Deborah Ann Woll) y Kingpin, es estupendo; la carrera política de Foggy Nelson (Elden Henson) no sobra, ni mucho menos. Ambos personajes han crecido en entidad tras dos temporadas -sin contar sus apariciones en otras series Marvel como la de Karen Page en The Punisher-. Por último, hay que alabar la complejidad del otro villano de esta entrega, Bullseye (Wilson Bethel), con la profundidad habitual y la ambigüedad que suelen tener los antagonistas de las series Marvel de Netflix. Los malos suelen ser más interesantes que algunos héroes en estas series, al contrario de lo que ocurre en las películas. Lo que más me ha gustado de Bullseye es cómo sirve para contarnos que solo una fina línea separa al héroe del villano. El estupendo episodio  en flashback que narra su origen, es una interesante reflexión sobre que una personalidad psicopática puede convertirse en agente de la ley o en un criminal al margen de ella.

AQUAMAN -TODO INCLUIDO


Fantástico pastiche, Aquaman es el blockbuster perfecto para las nuevas generaciones. Su nulo desarrollo dramático se compensa por la pura acumulación de ideas, situaciones y estéticas que se suceden sin descanso. James Wan se puede calificar como un Sam Raimi en versión comercial: tras cultivar el cine de terror -Saw (2004), Insidious (2010) y Expediente Warren (2013)- Wan hace una de superhéroes -como Raimi hizo Spider-Man (2002)- para asaltar definitivamente el cine de gran presupuesto -recordemos que ya firmó Fast and Furious 7 (2015). Y vaya si lo ha conseguido. Aquaman es un éxito que supera los logros de Wonder Woman (2017) y por supuesto deja mal parados a El hombre de acero (2013), Batman v. Superman (2016), Escuadrón Suicida (2016) y hasta la Liga de la Justicia (2017). De hecho, quizás consciente de esos fracasos y de que no estamos ante el superhéroe más carismático de DC -rescatado recientemente en los tebeos por el guionista Geoff Johns, que aparece acreditado en el film- Wan pone toda la carne en el asador y el pescado también. Aquaman es por sí sola una trilogía y no deja lugar a la secuela. Me parece imposible hacerla más grande. La película va desde Nicole Kidman -Atlanna- a Dolph Lundgren -el rey Nereus-; es Star Wars (1977) y Flash Gordon (1980) a la vez. Es épica y desvergonzada en una oda hortera pero resultona al croma digital, todo con una estética que recuerda el estilo hiperrealista del ilustrador Alex Ross o a la portada de un disco de heavy metal. Aquaman, parte del relato de superhéroes tradicional y abraza al personaje en toda su historia: desde el rollo desaliñando y badass de Jason Momoa, hasta el uniforme chillón, naranja y verde, más icónico, con guiño al look de rubio ario del personaje clásico, que vemos en su enemigo, Orm/Ocean Master -el actor fetiche de Wan, Patrick Wilson-. Vemos a Aquaman bebiendo cervezas en un bar de moteros, pero también cabalgando caballitos de mar, en una visión totalizadora del personaje que abarca lo más naive -ese pulpo tocando tambores- a lo más oscuro -su conflicto con Manta (Yahya Abdul-Mateen II)-. Además, Wan y sus guionistas asumen las verdaderas raíces de los superhéroes, con referencias a la mitología griega, romana y nórdica -estamos ante un Thor submarino- pasando por los nibelungos y las leyendas artúricas, con guiños a la literatura de Julio Verne, Edgar Rice Burroughs y J.R.R. Tolkien, sin olvidar al cine de Ray Harryhausen. Hay criaturas extrañas, dinosaurios, naves espaciales submarinas, soldados futuristas, hombres cangrejo y monstruos gigantes, como el Kraken. Por si fuera poco, el film es un paseo incesante por todos los géneros: aventuras -con escenarios  internacionales y templos perdidos- ciencia ficción -ese abanico de civilizaciones atlanteanas- catastrofista -el maremoto convocado por los atlantes-, acción -estupendas peleas coreografiadas por Wan siguiendo el estilo impuesto por Zack Snyder- la fantasía heroica -Momoa fue Conan (2011)- el peplum -la lucha de gladiadores en el círculo de fuego- el terror -los monstruos del abismo- y hasta el romance -el episodio en Sicilia-. Todo esto con una mirada cargada de humor que nunca se toma nada, demasiado en serio. No sabría decir si Aquaman es un despropósito o una genialidad, pero esa duda ya la convierte en una película imprescindible.

LA NOCHE DE HALLOWEEN -NUEVOS TIEMPOS


Con La noche de Halloween (1978), John Carpenter inauguró un subgénero del cine de terror, el slasher con psychokiller, cuyos ascendente lejano era Psicosis (1960) -recordemos que Jamie Lee Curtis es la hija de Janet Leigh-. En su primera y antológica secuencia, la película de Carpenter plantea un plano secuencia, en cámara subjetiva, que nos mete dentro de la psique del niño asesino llamado Michael Myers. Llevaba así Carpenter un paso más allá la espantosa propuesta de Hitchcock, que al matar a Leigh en la ducha en el minuto 40 de su film, nos obligaba a identificarnos con el psicópata Norman Bates (Anthony Perkins). Recordemos también la cámara subjetiva de otro clásico como El fotógrafo del pánico (1960), estrenada el mismo año que Psicosis. Y sumemos a esto que en los años setenta los italianos inundaban las salas de cine con el giallo, films en los que un misterioso asesino se dedicaba a matar a hermosas mujeres de la forma más retorcida posible. Tenemos así las coordenadas de un filón que sería explotado hasta la saciedad y casi enseguida: Viernes 13 (1980) y sus continuaciones, o personajes similares pero de corte más fantástico como Freddy Krueger o Chucky. 

En la primera Halloween, lo primero que llama la atención es la puesta en escena de Carpenter: su cámara flota fantasmagórica, primero como la mirada de Myers, pero luego alrededor de los personajes, por las calles del pueblo de Haddonfield. Toda la tensión de las escenas previas a los asesinatos de la noche de brujas, anodinas y casi costumbristas, se basa en la idea de que el asesino está observando y puede atacar en cualquier momento. Carpenter iguala su cámara a la mirada de Michael Myers, y por lo tanto, a la nuestra. En la película, Carpenter sugiere las constantes de un cine de terror para adolescentes que conocemos bien: convertir una efeméride en un día maldito; el asesino enmascarado, cuchillo en mano, que camina lentamente persiguiendo a su víctima, para luego aparecer en plano en el lugar menos esperado; jóvenes guapos que fuman, beben, se drogan y están deseosos de mantener relaciones sexuales como principales víctimas; la capacidad del asesino para levantarse una y otra vez, a pesar de los intentos por matarle. No había realismo en la propuesta de Carpenter, sino cierta distancia que le permitía utilizar el lenguaje del cine -el montaje, el sonido, la fotografía- para asustar al espectador. ¿Por qué se levanta Michael Myers una y otra vez? No hay explicación, más que para seguir asustándonos. Pero además, Carpenter plantea un mal puro: la máscara impasible de Myers, que en realidad era una careta del capitán James T. Kirk de Star Trek, interpretado por William Shatner, pintada de blanco. Este discurso mitológico se apoya en los diálogos del doctor Loomis, interpretado por Donald Pleasence. Los múltiples imitadores de la película prescindieron de todo esto y, con todo el derecho del mundo, buscaron copiar los elementos externos antes referidos. Estos fueron perfeccionados por el propio Carpenter en Halloween 2 (1981), digna secuela que incluye más muertes, más escenarios y más gore, pero también más sustos baratos y el intento de dotar de más historia a Michael Myers, convirtiéndole en hermano de Laurie Strode. Carpenter produce, escribe y se encarga de la música, pero deja la dirección en manos de Rick Rosenthal, que sigue el estilo del maestro dignamente. Hay que decir que Carpenter, en esta segunda parte, mató a Michael Myers -su intención era hacer de Halloween una antología- pero su muerte fue desmentida en una cuarta entrega -ya sin participación de Carpenter- que dio inicio a una trilogía de películas, digamos, menores. Estas fueron refutadas en la séptima entrega: Halloween H2O: Veinte años después (1998), que recuperaba a Jaime Lee Curtis. Tras una secuela de esta, que pasa por ser la peor de la saga, se le encarga a Rob Zombie el reinicio de la franquicia. El autor de Los renegados del diablo (2005) entregó un díptico estupendo de violencia seca, alejado del complaciente terror teenager de los años ochenta. A Carpenter no le gustó demasiado que se buceara en los orígenes de Michael Myers buscando coartadas psicológicas para explicar el mal. 

Sea como sea, esta nueva La noche de Halloween (2018) vuelve a negar todo el pasado -incluso la segunda entrega- y pretende ser la secuela directa de la película de 1978. Dirige David Gordon Green -Superfumados (2008)- y le acompaña en el guión el actor Danny McBride -De culo y cuesta abajo-. El film cuenta con el beneplácito de John Carpenter, que aparece como productor y firma parte de la música. ¿Qué ofrece esta nueva entrada en la franquicia? La historia presenta a los protagonistas de la película original tras cuatro décadas. Esto, de entrada, es una idea muy interesante: ver qué ha pasado con el psycho killer y su víctima años después. La primera escena, que nos muestra a un recluido Michael Myers, es bastante potente. A partir de aquí, el argumento se desarrolla como un remake velado del film de 1978, actualizado y con un sabor comparable al de la saga Scream (1996) de Kevin Williamson y Wes Craven. Estamos ante un slasher autoconsciente, con personajes menos planos que los de aquellas películas de los años 80, mucho sentido del humor y una ración aceptable de gore. Una nueva generación de víctimas aparece, más que nada para que Myers tenga a quien matar. Hay que decir, eso sí, que la cinta de Carpenter sigue pareciendo más moderna -desde el punto de vista de su puesta en escena- que todas las secuelas, incluyendo esta. A pesar de estos pequeños defectos, la nueva Halloween tiene a su favor una idea estupenda: centrarse en la relación entre el asesino y su final girl. Jamie Lee Curtis es lo mejor de la película, convertida Laurie Strode en la versión para el cine de terror de lo que son Sarah Connors y la teniente Ripley en la ciencia ficción. El sorprendente giro final, que recrea la película original intercambiado los papeles de sus protagonistas, produce un subidón que hace que La noche de Halloween valga mucho la pena.

EL GRINCH -NOSTALGIA DE TIM BURTON


El Grinch estira el clásico cuento de 64 páginas del Dr. Seuss en un film de 86 minutos. Para conseguirlo, la pequeña Cindy Lou Quien, que originalmente tenía un par de frases  en el libro, ahora comparte protagonismo con el amargado ser verde y tiene su propio recorrido que entronca con el del personaje que da título a la historia -en la versión original con la voz de Benedict Cumberbatch-. Hay, además, nuevos personajes que se añaden al relato para engordarlo, como Fred, el reno con sobrepeso. Si en el relato original todo era sencillez y elipsis, aquí vemos detalladamente lo que antes era solo sugerido: el Grinch busca un reno, confecciona su traje de Papá Noel o volvemos a su infancia -algo que también hizo la versión de Ron Howard con Jim Carrey-. Todos estos añadidos conforman un relato salpicado con el humor que Illumination -Gru, mi villano favorito (2010), Mascotas (2016)- utiliza para entretener a su verdadero público, el que paga las entradas, esos padres que se pasean aburridos por los centros comerciales. Pero nada de esto ayuda a mejorar la historia. Los momentos emocionantes siguen siendo los del original. La película busca lo aparatoso en la forma: está llena de planos secuencia, cámaras subjetivas y movimientos vertiginosos -sobre todo cuando se desplaza la pequeña Cindy Lou- que narrativamente no aportan nada. Técnicamente, eso sí, la animación es sobresaliente, detallada y luminosa en esos recargados decorados navideños repletos de lucecitas, adornos y texturas. El Grinch es un caramelo visual, un regalo con envoltorio brillante que contiene un juguete algo decepcionante. La película infantil navideña para padres que huyen de lo ñoño sigue, siendo Pesadilla antes de Navidad (1993). Este nuevo El Grinch -como el de Howard- no saben escapar del imaginario estético de Tim Burton: esta versión lleva música de Danny Elfman.

BURNING -LO NO CONTADO



En Burning, ganadora del premio FIPRESCI en Cannes, lo no contado tiene tanto peso -o más- que lo que vemos. El coreano Lee Chang-dong nos presenta una historia en la que, francamente, ocurren pocas cosas en términos dramáticos. Pero si leemos detrás de las acciones cotidianas de los personajes, en segundo plano, encontraremos sentimientos de dolor, soledad y rabia. Tres personajes intervienen en la historia, inspirada en una novela del japonés Haruki Murakami. Hae-mi (Jeon Jong-seon) es una chica tan inocente como poco precavida, aparentemente frívola, pero que oculta una tristeza tremenda. Luego está Ben (Steven Yeun de The Walking Dead), un joven guapo y rico, cuyo comportamiento es un misterio y al que el protagonista compara con El Gran Gatsby. Este último es Jong-su (Yoo Ah-In) aspirante a escritor que, en lugar de crear, espera a que las historias vayan a él. Entre estos tres personajes se forma un triángulo en el que lo sospechado, crece en el espectador. Viendo Burning acabas dándote cuenta de que tienes un tenso thriller en la cabeza, con todo lo que sugiere la trama. Pocas veces se consigue esto en una película.

Solo hay tres estallidos emocionales en esta historia reposada. El primero, ni siquiera lo vemos: cuando el padre del protagonista ataca a un agente de la Ley. El segundo, un hermoso baile, en plano secuencia, ante el atardecer, de Hae-mi, que comienza como una danza de liberación y acaba como una expresión de soledad. Por último, un exabrupto violento, sorprendente, en el desenlace del film. Tres golpes que marcan una película que se divide en dos. Primero, la presentación de los personajes y de su entorno. Luego, el fantasmagórico deambular del protagonista, en busca de respuestas, en largas secuencias que hacen pensar en la magistral Vértigo (De entre los muertos) (1958). Como en una película de detectives, Jong-su encontrará las pistas de lo ocurrido, pero como en la vida real, nunca comprobaremos la veracidad de las mismas. De fondo, sobre este relato de la angustia existencial de tres personajes, escuchamos un discurso de Donald Trump, un telediario que habla de problemas económicos, la lejana voz de las consignas de la propaganda totalitaria de la otra Corea. En esta obra se adivina el resentimiento subterráneo de los menos privilegiados. Es visible la idea de la fuerza purificadora del fuego. Pero destaco, sobre todo, que esta película habla del poder de la ficción, que contamina una realidad engañosa. La clave para el protagonista, aspirante a escritor, es reconocer qué historias de las que le cuentan son reales y cuáles son falsas. Lo mismo que tiene que hacer el espectador de Burning, una gran película que exige nuestra participación activa.

THE GUILTY -THRILLER IMAGINADO


¿Es posible hacer una película sin mostrar nada, solo con lo sugerido? Creo que no. Pero la danesa The Guilty lo consigue. Una película entera sobre el rostro de su protagonista, hablando por teléfono. Una película en off. Y es tremendamente efectiva. Su gran virtud es la forma cómo consigue dosificar la información para mantenernos en vilo y crear momentos de gran tensión. Todo, utilizando únicamente diálogos y sonidos. Tampoco hay que engañarnos: The Guilty funcionaría también en el teatro o en la radio. Porque la historia la fabrica el espectador en su imaginación lo que resulta muy bonito: cada uno de nosotros imaginará una película diferente en su cabeza. Precisamente, la gran virtud de la ópera prima de Gustav Möller es presentarnos varias historias con tan pocos elementos. Primero, la que creemos que nos están contando, valiéndose malévolamente de nuestros miedos -¿y prejuicios?- y luego, también, la historia que realmente estaba ocurriendo. Pero también está la historia del personaje protagonista -estupendo Jakob Cedergren- y luego, lo que realmente es. Por último, hay que alabar que los autores se planteen un reto y lo lleven a cabo hasta el final: no puedo evitar imaginar que en el remake que seguramente hará Hollywood se caerá en la tentación de mostrarnos una espectacular escena final. Gran error.

EL REGRESO DE MARY POPPINS -CLONAR UN CORAZÓN


Se puede uno preguntar cómo se puede replicar el encanto de una película como Mary Poppins (1964), o se puede uno preguntar cuántas personas de menos de 30 años la han visto. El film es el máximo clásico de una época en la que Disney hizo un puñado de películas que mezclaban imagen real con animación, que se han quedado incrustadas en la memoria sentimental de muchos. Personalmente, no recuerdo haberla visto de niño, pero es de esas películas de las que no puedes escapar: imposible no conocer sus canciones o sus secuencias más famosas. Hoy Mary Poppins me parece la película infantil más larga que haya visto, pero su atractivo es innegable. Tanto, que este 'regreso' de Mary Poppins no se atreve a ser un remake, sino una pseudo secuela, increíblemente tardía. Pero no nos engañemos, estamos ante un calco de su espíritu y de la estructura de cada número musical del original, cambiando y actualizando algunos elementos, en una operación similar a lo que El despertar de la fuerza (2015) es con respecto a Star Wars (1977). Lo mismo, para una nueva generación, pero con los guiños suficientes para atraer también a la anterior. E incluso a la anterior a la anterior. Para semejante esfuerzo, Disney, que lleva un tiempo rehaciendo todos sus clásicos animados en imagen real -tras explotarlos con secuelas menores directas a vídeo- se ha puesto en manos de un experto en musicales -y películas para grandes públicos- como Rob Marshall -Chicago (2002)-. Así la película adquiere la forma de un musical y en ello encontramos el primer problema: El regreso de Mary Poppins es como ir a un concierto de tu grupo favorito y que no canten sus temas más míticos. Salir de la proyección sin haber escuchado "supercalifragilisticoexpialidoso" es, cuanto menos, extraño. Las nuevas canciones están bien -estupendos los pequeños versos que entona Ben Whishaw sobre la ausencia de su mujer, auténtico corazón del film- y los números de baile son efectivos, pero, desde luego, no son los que llevamos en el corazón. Sin embargo, hay que admitir que, en ciertos momentos, esta secuela sí logra apropiarse de la magia del original, sobre todo cuando la acción real se mezcla con la animación, en la sopera de porcelana; o cuando la niñera y los pequeños se sumergen en las profundidades de una bañera. Pero también es cierto que la secuencia del Big Ben, estupenda por otro lado, tiene más aires de la Amblin de los 80, que del mencionado cine Disney de los sesenta y setenta, al que se hace homenaje con el cameo de Ángela Lansbury -casi mejor ella que la idea de que fuera Julie Andrews-. Emily Blunt está fantástica, porque no se parece a Andrews, pero, a su manera, también es Mary Poppins. Como Sean Connery y Roger Moore son James Bond. Donde me parece que no hay color es en el coprotagonista: Lin-Manuel Miranda hace lo que puede, pero es imposible estar a la altura de Dick Van Dyke, un tipo de entusiasmo atómico. Os recomiendo un ejercicio, ver Mary Poppins -la de verdad- mirando solo el rostro de Van Dyke.