INSIDIOUS (JAMES WAN, 2010)


El terror de Insidious se apoya en algo tan sencillo como efectivo: lo que no debería estar ahí. El miedo de ver a un hombre que camina por fuera de una casa y que de repente está dentro. El de descubrir a un niño correteando por unos pasillos en los que no tendría que haber nadie. O a un demonio que se oculta en un oscuro rincón de la habitación. Y sobre todo a una espeluznante anciana que aparece tras el revelado de unas fotografías, pero que no estaba en el momento en el que se sacaron.


Los espectros de Insidious no son más que actores disfrazados y maquillados de una forma exagerada, teatral, que en principio no inquietan. Es su aparición repentina en un lugar en el que la lógica dicta que no debería haber nadie, lo que produce el susto. Para conseguirlo, el director, James Wan, establece primero, cuidadosamente, el espacio de las dos casas que aparecen en la historia. Dos viviendas cuya disposición, tras la película, podríamos dibujar en un plano. La cámara en constante movimiento de Wan se pasea dentro de esas casas, manteniéndonos en vilo, esperando la siguiente aparición espectral. En la mayor parte de la película, el director utiliza planos largos, honestos, que consiguen sobresaltos dentro del encuadre y no gracias al montaje. Es Insidious una película sobre el terror de obligarse a mirar en la oscuridad de la esquina de la habitación de un niño... hasta que surja "algo".


El guionista Leigh Whannell -que aparece en la película en el papel del "cazafantasmas" Specs, el de las gafas- nos cuenta una historia fantástica y fantasiosa que convierte lo que parece una película de casas encantadas -que también lo es- en una de posesiones, que luego innova hablándonos de viajes astrales. Insidious se inventa su propia mitología sobre una dimensión fantasmal en la que conviven espectros del pasado y demonios, todos intentando apoderarse de un cuerpo vivo. Esta fantasía busca su verosímil en elementos cotidianos como la mudanza de una familia absolutamente normal, pero también tiene un núcleo dramático potente y humano sobre la pérdida de un hijo. Todo esto resulta creíble ya que se apuesta por dos estupendos intérpretes -Rose Byrne y Patrick Wilson- antes que por los efectos especiales.


El miedo que produce esta película se parece más al de un tren de la bruja, al de un pasaje del terror, que al de El Exorcista (William Friedkin, 1973). Necesita de nuestra complicidad. No es una película para cínicos, ni para esos escépticos que quieren sentirse por encima de la obra de arte. Insidious requiere imaginación y sobre todo que sigamos siendo un poco niños. Si lo sois, encontraréis, como yo, la película de sustos perfecta.