GODZILLA VS. KONG -MÁS GRANDE QUE NUNCA


Una buena razón para volver a los cines es Godzilla vs. Kong. Si los meses de pandemia nos han permitido una saludable dosis de cine independiente, de autor, documental y español, la cartelera llevaba meses huérfana de un buen blockbuster con el que engordar nuestro michelín cinéfago. La película es de esas que pide a gritos una pantalla lo más grande posible: nada de quedarse en casa. Estos monstruos necesitan espacio para ser verdaderamente gigantes. Godzilla vs. Kong es aparatosa, muy ruidosa y estúpidamente divertida. Porque King Kong (1933) es un clásico del cine indiscutible, pero su premisa, hay que aceptarlo, es absolutamente delirante e incompatible con el realismo. Adam Wingard entiende esto perfectamente y fabrica la película más divertida del Monsterverso y eso lo consigue a pesar de ser una secuela simultánea de sus predecesoras inmediatas, tanto de la estupenda Kong: La isla Calavera (2017) como la fría Godzilla: Rey de los monstruos (2019). Inteligentemente, aquí, el protagonismo recae en el simio gigante, mucho más cercano que el saurio radioactivo. Kong contagia de su sentido aventurero a la mayor parte del metraje, la más entretenida a mi parecer, con un grupo de exploradores embarcados en una aventura a lo Julio Verne que me parece lo mejor de la función. Los impresionantes efectos digitales no tienen la magia del viejo stop motion y aquí Kong no parece un monstruo salido del sueño de la razón; esta película tiene más que ver con su antecedente japonés de 1962, King Kong contra Godzilla, de Ishiro Honda, porque es igual de colorida, desenfadada y psicotrónica. Los nuevos personajes interpretados por Rebeca Hall, Alexander Skarsgard y la niña Kaylee Hottle proporcionan la dosis justa de corazón a la propuesta para evitar la frialdad de las películas anteriores de Godzilla. Esa parte -la más plomiza- la vuelven a encarnar Millie Bobby Brown, ahora emparejada con Brian Tyree Henry como el autor de un podcast conspiranoico que, por pura casualidad me temo, da en el blanco por una vez. Los personajes humanos, por esta vez, cumplen mínimamente, aunque no hacen sombra a los monstruos gigantes. Las luchas entre los titanes son brutales y las escenas imposibles de sus peleas son bastantes creativas, como la batalla sobre los portaviones o el enfrentamiento entre neones en Hong Kong. La película esconde varias sorpresas, tanto para los fans del kaiju-eiga como en el desarrollo, hasta ahora nunca visto, del simio gigante como personaje. Ver Godzilla vs. Kong es volver a ser niño y volver a disfrutar del olor de las palomitas en una sala de cine que, más que nunca, no puede competir con el televisor de casa.

JUDAS Y EL MESÍAS NEGRO -EL PODER ESTÁ EN EL PUEBLO


Daniel Kaluuya está soberbio en la película Judas y el mesías negro, interpretando al líder de las Panteras Negras, Fred Hampton, a finales de los años 60. ¿Cómo se recrea el carisma de un revolucionario? Los discursos de Hampton -inspirados en Martin Luther King y Malcolm X- que Kaluuya proclama en la película encienden la sangre del espectador, permitiéndonos entender en 2021 cómo alguien puede dejarse llevar por lo que hoy más de uno considerará radicales. Kaluuya está nominado al Oscar 
y desde luego merece llevarse el premio de la Academia por este personaje que, desde el mismo título del film, es presentado con obvias connotaciones mesiánicas. Ante él, otro actor soberbio, el 'Judas' de este Nuevo Testamento negro, el auténtico protagonista de la cinta, LaKeith Stanfield, como Bill O´Neal, quien se infiltró en las Panteras Negras para informar al FBI. Stanfield, también nominado al Oscar como actor secundario, se muestra muy capaz de expresar la ambigüedad, la duda y el miedo de cualquier ser humano -con sus luces y sus sombras- dividido entre lo que es justo y el poder. El agente federal que se encarga de atraer a O´Neal hacia el 'lado oscuro', hacia el racismo y el terrorismo de Estado que ejerce Edgar J. Hoover (Martin Sheen) es Roy Mitchell, al que da vida el siempre estupendo Jesse Plemons. No penséis que Judas y el mesías negro es solo una película con grandes interpretaciones, porque  estamos ante una obra apasionante, rabiosa, que no se agota en el tema racial -y eso que en los años sesenta, en Estados Unidos, los afroamericanos libraban una guerra por defender sus derechos civiles más elementales- sino que se fija en la desigualdad que oprime a negros, latinos y también a los blancos. El director Shaka King se revela como una mirada a tener en cuenta en esta absorbente crónica histórica, muy capaz de plasmar aquellos años convulsos y de expresar la tensión, el miedo y la violencia, pero también la esperanza de un cambio. Una de las mejores obras del año, nominada al Oscar a la mejor película, al mejor guión original, mejor banda sonora y mejor fotografía.

NOMADLAND -EN LA CARRETERA


Nomadland
suena este año como la gran favorita para ganar el Oscar a la mejor película, lo que sería una muy buena noticia. La obra de la directora Chloé Zhao -The Rider (2017)- es un film poderoso, relevante, muy humano, que además afronta temas actuales. Basada en el libro País Nómada: Supervivientes del siglo XXI de Jessica Bruder, la película de Zhao funciona prácticamente como un documental orquestado alrededor de la actriz Frances McDormand, cuyo personaje de ficción viaja por la geografía de Estados Unidos y conoce las historias de varias personas reales, algunos de los cuales, curiosamente, no conocían a la intérprete y pensaron que estaban ante alguien como ellos. MCDormand da vida a Fern, una mujer que tras la crisis de 2008 se ha quedado sin trabajo, pero también sin casa y sin pueblo, cuando la fábrica que le daba empleo a todos sus habitantes se ve obligada a cerrar. Con estas razones entenderemos que Fern se haya convertido en una nómada moderna, solitaria e incapaz de echar raíces en ningún sitio, que vive en una furgoneta en constante movimiento. La película es una road movie en toda regla, solo que sin el Mcguffin de un destino: no hay más razones para el continuo viaje de Fern que buscar un trabajo para sobrevivir un día más. En ese camino iremos conociendo paisajes geográficos pero también humanos. Nomadland está llena de paradas preciosas en el camino, de conversaciones delante del horizonte, en un argumento que se desarrolla de forma relajada, nostálgica, casi siempre con la luz del crepúsculo. La película asombra por su belleza, pero también por la enorme cantidad de cosas que nos dice. Nos habla del final de una forma de entender la -maldita- economía, el trabajo y el trabajador. Por lo tanto, de una nueva forma de entender la vida. El amanecer de la era Amazon. Zhao dibuja un panorama desolador -que sería apocalíptico si no hubiera ocurrido ya- de trabajadores que son esclavos, desechables más que temporales, incapaces de acceder a un sueldo que les permita siquiera tener un techo sobre sus cabezas, cuyo único camino es seguir trabajando hasta morir. Pero Zhao trasciende su propia premisa, para decirnos también que detrás de cada uno de los nómadas que conoceremos en su magnífica película hay una tragedia personal que nos hará emocionarnos y también, por qué no, una cierta dignidad, una cierta rebeldía. Los nómadas también lo son por decisión propia, por no dejarse llevar por las carreteras secundarias que se presentan en el camino, por seguir haciendo kilómetros de asfalto que también son los de la existencia.

FRAGMENTOS DE UNA MUJER -INCOMUNICACIÓN


En Fragmentos de una mujer el director húngaro Kórnel Mundruczó -Jupiter´s Moon (2017)- propone una radiografía de la pérdida. Siguiendo el texto de la guionista Kata Wéber, Mundruczó nos presenta un puente a medio construir como imagen central del relato y gran métafora de la situación de los personajes. La incomunicación marca la relación de la protagonista, Martha (Vanessa Kirby) y su pareja, Sean (Shia LaBeouf), pero también el vínculo con su madre, Elizabeth (Ellen Burstyn) y su hermana, Anita (Iliza Shlesinger). La tragedia que separa a estos personajes ocurre durante el parto de Martha, que Mundruczó narra a través de un tenso plano secuencia. El argumento recurre a los controvertidos partos en casa y desarrolla una trama legal que acaba en un juicio, pero lo verdaderamente importante son las emociones humanas. Vanessa Kirby está nominada al Oscar por componer -nunca mejor dicho- un personaje femenino que debe lidiar con la mayor pérdida posible, con un dolor insoportable que la aísla del mundo. La película incide también en la presión social -madre, marido, familiares y hasta el sistema legal- que sufre Martha sobre cómo se supone que debe gestionar su pérdida. Lo mejor de la película son sus actores: Kirby está muy bien, pero también cumple LaBeouf y por supuesto Ellen Burstyn, actriz con la capacidad de decir mucho en sus pocas escenas, dándole vida a su personaje con lo mínimo y estableciendo una larga historia generacional de dolor y lucha, de madre a hija y a nieta, en un solo diálogo magníficamente interpretado. Fragmentos de una mujer es una película de pequeños gestos que dejan entrever los conflictos internos de los personajes. Estos quedan desnudos al ser colocados por el destino delante de la tragedia y que propone una perspectiva inapelable: la vida no se para por nadie.

HIERRO -SEGUNDA TEMPORADA -DESPEDIDA


Me sabe mal despedirme de Hierro sin que ninguna de sus dos temporadas haya conseguido atraparme realmente. La serie tiene unos valores de producción impresionantes, no solo por los espectaculares escenarios de la isla canaria, sino también por el provecho que sacan de ellos la realización y la fotografía que firman Jorge Coira y José Luis Bernal respectivamente. Además de esto, el gran valor de la serie son dos estupendos actores como Candela Peña y Darío Grandinetti. La primera es una actriz capaz de hacer creíble cualquier personaje: aquí es la jueza Candela Montes, tan estricta y profesional como sensible y humana, un personaje con mucha fuerza que creo merece más recorrido. Peña lo mismo te hace a esta jueza 'echada pa´lante' que a una mujer en la crisis de la madurez en La boda de Rosa o una activista lesbiana imposible en África, en Black Beach. Por otro lado, Grandinetti tiene el talento de hacer que su personaje parezca profundo y humano. Su Díaz, un empresario platanero y narco, despliega una humanidad tremenda -sobre todo en las escenas con su hija, Pilar (Kimberley Tell)- y resulta atractivo al demostrar que tiene principios morales, un código de honor, a pesar de ser un criminal. Con estos dos personajes y estos actores, la serie ya merece la pena. Mi decepción tiene que ver con el poco aprovechamiento que se hace de ambos. Los argumentos de las dos temporadas no consiguen implicarlos del todo en la trama. La segunda entrega de Hierro propone un conflicto familiar como núcleo dramático, enfrentando a un empresario, Gaspar (Matías Varela) con su exmujer, Lucía (Aroha Hafez), por la custodia de sus hijas. La trama irá desvelando los pecados ocultos de cada uno de ellos y de su entorno, para plantear un nuevo whodunit -igual que en la primera temporada- sobre la identidad del asesino de un personaje que no desvelaré. El guión de Fran Araujo, Pepe Coira y su equipo, se esmera en mantener el interés, con un buen ritmo narrativo y varios giros sorprendentes que te mantienen enganchado. Pero quizás esa sólida estructura narrativa ahoga a los personajes, como la jueza y Díaz, a los que nos quedamos con ganas de ver un poco más. Se percibe además cierto esfuerzo de más en mantener todas las tramas conectadas. Un ejemplo es ese inquietante villano Fadi Najjar (Enrique Alcides) cuya implicación no termina de estar justificada en la historia, a pesar del móvil económico y la muerte de su madre. Estas inconsistencias de base hacen que el espectacular clímax en un torneo de lucha canaria -que sustituye a la 'Bajada' de la primera entrega- se resienta: las decisiones y reacciones de los personajes implicados en acciones paralelas parecen algo forzadas. Justo antes, ocurría una escena excelente en la que la jueza -ojo spoiler- se enfrenta a una pistola en su cabeza. Un momento tenso, original, divertido, muy bien escrito y mejor interpretado por Candela Peña, que nos hace desear más de Hierro, más de la jueza Montes y más de Díaz.

GODZILLA VS. KONG ¿CÓMO HEMOS LLEGADO HASTA AQUÍ?


Son los dos monstruos gigantes más famosos y estaban destinados a enfrentarse. De hecho, King Kong y Godzilla ya han medido sus fuerzas en la gran pantalla. Pero no nos adelantemos. King Kong nació en 1933 en la película que es hoy un clásico absoluto, un mito puramente cinematográfico, orquestado por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, al que dio vida el animador, padre de la stop motion, Willis O´Brien, que ya tenía experiencia haciendo dinosaurios en la muda El mundo perdido (1925). El éxito de Kong produjo simpáticas, pero menores, secuelas como la inmediata El hijo de Kong (1933) y la tardía El gran gorila (1949). El principal mérito de esta última es haber servido de campo de entrenamiento para el rey de los monstruos gigantes, Ray Harryhausen, quien realizaría más tarde una película importante de serie B, El monstruo de los tiempos remotos (1953) en la que un experimento nuclear devuelve a la vida a un dinosaurio. ¿Os suena? La película anticipaba la aparición, apenas un año después, de la japonesa Godzilla, dirigida por Ishiro Honda -ayudante habitual de Akira Kurosawa- pero sustituyendo la preciosa animación artesanal stop motion por un actor enfundado en un traje de goma que se dedica a destrozar detalladas maquetas de ciudades, creadas por el experto en efectos especiales Eiji Tsuburaya. Si King Kong (1933) es pura aventura y un viaje al subconsciente -Isla Calavera- y a nuestros miedos primitivos luego liberados en la gran ciudad -Nueva York-, el primer Godzilla era una pesadilla, oscura y terrorífica, que representaba el miedo, la culpa y la pérdida de las muy reales explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki. A pesar de la muerte del monstruo, la película tendría una secuela inmediata en Godzilla contraataca (1955), en la que el saurio radioactivo dejaba ya de ser una amenaza absoluta para enfrentarse a otra criatura, Anguirus. La siguiente aventura de Godzilla, su tercera aparición en la pantalla, sería ya enfrentándose al mítico King Kong.

Curiosamente, King Kong vs. Godzilla (1962) tendría su origen en una idea de Willis O´Brien, que quería enfrentar a la octava maravilla del mundo contra el monstruo de Frankenstein. Aquello no fructificó como O´Brien lo esperaba, sino que fue utilizado por la japonesa Toho para orquestar el enfrentamiento entre los dos míticos monstruos gigantes. Así, King Kong se metía en terreno japonés y pasaba de ser un muñeco animado a un actor enfundado en un grotesco traje de simio, sin duda, horrible. Dirigida por Ishiro Honda, por primera vez vemos a los monstruos en color, lo que le da a la película un aire muy pop. King Kong es aquí un monigote gracioso, convertido en el héroe de la película, pero Godzilla también pierde su aura de pesadilla, a pesar de ser el villano de la función. Ambos se enfrentarán en un ridículo combate de lucha libre, en una película que es pura diversión infantil. Desmintamos la leyenda de los dos finales: uno japonés, en el que ganaba Godzilla y otro 'proamericano' en el que salía victorioso el gorila gigante. En realidad solo existiría la conocida versión en la que Kong se corona campeón de los monstruos gigantes. Tras esto, el simio viviría otra aventura más en su versión japonesa, King Kong Escapa (1967), otro irresistible delirio pop de Ishiro Honda que mezcla la aventura selvática con el film de espías y en la que aparece una versión robot de Kong, Mechanikong. Ya estáis viéndola en Filmin.

La Toho seguiría explotando a Godzilla en la misma tónica, pero convirtiendo paulatinamente al monstruo en héroe, y enfrentándolo a otras bestias enormes como Mothra, Rodan y King Gidorah, entre las más destacadas. 15 películas fueron dedicadas al monstruo en su época clásica -Serie Showa- para vivir luego un reinicio en 1984 que daría pie a 7 películas más -Serie Heisei-, seguido de un nuevo remake en 1999, que daría pie a otros 6 títulos -Serie Millenium-. Pero la estética del monstruo sería siempre la de un actor disfrazado. Mencionemos la última y sorprendente película producida por Toho, en 2016, Shin Godzilla, de trasfondo ecológico y reconvirtiendo a la criatura en una amenaza. Mientras tanto, en Estados Unidos, la vida de Kong ha sido mucho más exigua. En 1976 el elefantiásico productor Dino Delaurentis levantó un proyecto que actualizaba a King Kong, pero que optaba por convertirlo, de nuevo, en un hombre enfundado en un sofisticado traje de gorila, creado y utilizado por el experto en efectos especiales, Rick Baker. Hubo una secuela en 1986.

En 1993, Parque Jurásico de Steven Spielberg revolucionaba los efectos especiales creando dinosaurios digitales que condenarían a la extinción a los reptiles antediluvianos animados por stop motion. Dicha tecnología permitiría al experto en destruir la humanidad, el alemán Roland Emmerich, traer a Godzilla a Estados Unidos en la olvidable película de 1998, un entretenido remake a lo Spielberg que contaba con un interesante diseño de la criatura, obra de Patrick Tatopoulos. Esos mismos efectos digitales son los que utilizaría un enamorado de la stop motion y de la película original, como Peter Jackson, para hacer su propia y estupenda versión de King Kong en 2005.

Saltamos ahora a 2014, cuando se estrenaba un nuevo remake estadounidense de Godzilla, dirigido por Gareth Edwards, con la ambición de inaugurar el llamado Monsterverso, siguiendo la estela del éxito de Marvel Studios y sus películas interconectadas. Aquella primera cinta fue una apuesta arriesgada por hacer algo diferente a lo esperado. El tono era soprendentemente serio, el subtexto era ecológico, y el monstruo que da nombre a la película no era exactamente una amenaza, sino una criatura relativamente pacífica que defiende a la humanidad, aunque sea de rebote. Se notaba la influencia de Monstruoso (2008), en la que J.J. Abrams, Drew Goddard y Matt Reeves hacen básicamente Godzilla visto desde la altura de una temblorosa cámara de vídeo doméstica. En el Godzilla de 2014 los gigantescos seres permanecen ajenos a los conflictos humanos individuales. El reptil radioactivo se las ve con dos criaturas, los M.U.T.O, cuyo diseño recuerda, por cierto, al del Clover de la película de Reeves. Gareth Edwards, evita enseñarnos la titánica lucha desde el punto de vista de los colosos: siempre interpone ventanas, ruinas, o cabezas humanas llenas de asombro. Los gigantes se pelean en otro plano. Y aunque el protagonista de la historia, Ford Brody (Aaron Taylor-Johnson), es un militar que se implica -de manera algo forzada- en todos los acontecimientos, lo que Edwards quiere contarnos es una historia de padres e hijos. La idea no difiere demasiado de lo que había hecho en su anterior cinta: esa historia de amor con gigantescos cefalópodos alienígenas de fondo que es Monsters (2010). Apuntamos desde ya en la carrera de Gareth Edwards su querencia por sacar monstruos gigantes apareándose como rasgo de autor. Lo hizo en Monsters y lo repite en Godzilla, en una de las escenas más valientes de la película. Edwards utiliza como ancla emocional al personaje encarnado por Bryan Cranston -que lleva una horrible peluca porque tendría la cabeza afeitada tras Breaking Bad- que definitivamente podría haber tenido una mayor presencia en la historia. Su papel es el de ser la cara de las víctimas de esas tragedias que vemos en los telediarios. Porque el monstruo ha dejado de ser una metáfora de Hiroshima y Nagasaki (aunque su sombra sigue presente) y se convierte en la fuerza de la naturaleza que regresa imparable para restaurar el equilibrio. No por casualidad, la película se esmera en citar desastres naturales como el terremoto de Japón de 2011; el huracán Katrina de 2005; el tsunami de Tailandia de 2004, y sin olvidar, por supuesto, el 11S de Nueva York de 2001. Tragedias recientes que están en el subconsciente de todos y que los autores de Godzilla (2014) utilizan buscando un eco en nuestra memoria emocional.

La siguiente entrega del Monsterverso fue un cambio radical con respecto a la primera. Kong: La isla calavera (2017) es pura aventura pulp. Ya la hemos reseñado en Indienauta, así que no me extenderé sobre esta fantástica mezcla, muy loca, entre el King Kong (1933) original y una película bélica, que recuerda sobre todo a Apocalypse Now (1979), con un Samuel L. Jackson muy enfadado tras perder la guerra de Vietnam y tan obsesionado con Kong como el capitán Ahab con Moby Dick. Acompañan a Jackson actores como Tom Hiddleston, Brie Larson, John Goodman y un fantástico John C. Reilly, poniendo el toque de humor, pero también de humanidad. Kong: La isla calavera es magnífica. 

No puedo decir lo mismo de Godzilla: Rey de los monstruos (2019). Dirigida por el estupendo Michael Dougherty, nos encontramos de nuevo aquí con el tono serio y con la desconexión entre los monstruos y los seres humanos. El desarrollo de personajes no es precisamente satisfactorio a pesar de un elenco de caras muy conocidas: Millie Bobby Brown, Vera Farmiga, Kyle Chandler, Charles Dance, Zhang Ziyi y un largo etcétera en el que ninguno se luce precisamente. Os remito al artículo, más extenso, sobre la película en Indienauta, que se salva de la quema por su preciosa estética de la destrucción, sus espectaculares efectos especiales y la aparición del bestiario de la Toho: Mothra, Rodan y King Gidorah, además de otros monstruos nuevos o menos conocidos, en una lucha apoteósica que se hubiera beneficiado de un tono más ligero. Un defecto que, esperemos, se subsanará en el siguiente capítulo de esta saga cinematográfica: Godzilla vs. Kong (2021). 

LA LIGA DE LA JUSTICIA DE ZACK SNYDER -SE HA HECHO JUSTICIA


Pocos directores dividen tanto las opiniones como Zack Snyder. El realizador de 300 (2006) tiene fans acérrimos y detractores que le consideran poco más que un chiste. Algo que resulta curioso, dado que es un director que siempre ha firmado películas de género -terror, adaptaciones de cómics, fantasía- con mucha acción, con una capacidad estética apabullante y sin ser nunca pretencioso, en el sentido de que jamás ha abordado conflictos dramáticos 'adultos'. Los temas de tebeo de sus películas, su narrativa de videojuego -no es un término peyorativo- y su capacidad para visualizar con realismo lo imposible -equiparable a las ilustraciones del artista Alex Ross- deberían ser suficientes para ganarse las simpatías del público general, pero por alguna razón Snyder provoca pasiones y odios a partes iguales. De la mano de otro realizador igualmente divisivo como Christopher Nolan, Snyder se convirtió -tras la estupenda Watchmen (2009)- en el artífice del Universo DC cinematográfico. Y desde el principio quedó claro que sus superhéroes no tendrían nada que ver con los de Marvel. Tomándose sumamente en serio a sus personajes y apostando por un tono épico constante, Snyder dirigió primero la mesiánica El hombre de acero (2013) y luego la gris Batman v. Superman (2016). Con ambas dejaba todo preparado para reunir a los héroes más famosos del mundo en una sola película, La Liga de la Justicia (2017). Lamentablemente, una tragedia personal apartó a Snyder del rodaje, lo que llevó a Warner a contratar a Joss Whedon -director de la colorida Los Vengadores (2012)- para acabar el proyecto. Pero hubo más. Porque Whedon rehízo el guión, rodó nuevas escenas -lo que provocó esa magnífica anécdota del Superman con bigote- y cambió radicalmente el concepto del film de Snyder, haciéndolo más luminoso y ligero. Warner quería que sus héroes de DC se pareciesen más a los de Marvel. Y fue un fracaso. La película, aunque parcialmente disfrutable, era otro desastre para DC, tras otros fiascos como Escuadrón Suicida (2016), hiriendo mortalmente la franquicia, mientras su rival estrenaba éxito tras éxito hasta un colofón difícil de superar en términos de taquilla como Vengadores: Endgame (2019). Todo habría acabado aquí, si no fuera por los fans. Esos que idolatran a Snyder comenzaron a pedir el montaje del director. El Snyder Cut cobró una fuerza inaudita hasta hacerse realidad, gracias a esos seguidores, y quizás también a los detractores: en las redes -en determinados círculos- no se hablaba de otra cosa. 

HBO estrena así La Liga de la Justicia de Zack Snyder y lo único que puedo decir es que es una maravilla. Dejemos a un lado que te gusten o no los superhéroes, que seas de DC o de Marvel, que te guste el cine de Snyder o lo odies, lo que creo que no se puede negar es que esta versión es claramente superior a la de Joss Whedon. Con casi 4 horas de duración, esta Liga de la Justicia es casi una serie de televisión de 5 o 6 capítulos, que se disfruta de principio a fin. Mucho mejor narrada que la versión estrenada en cine -de unas dos horas- aquí se rellenan los agujeros de la historia que hacían imposible seguir el argumento. El estilo expansivo de Snyder, sus constantes ralentizados, hacen que se cuente poco en mucho tiempo, pero también es cierto que aquí los personajes cobran vida. Especialmente en el caso de Cyborg (Ray Fisher), cuya presencia en la versión estrenada en cines era nula y aquí se revela como la parte central de una trama que no se entiende en su ausencia. Otro beneficiado es Flash (Ezra Miller), el alivio cómico de la historia y lo más cercano a un punto de vista humano entre los superhéroes. Por otro lado, esta versión permite seguir mucho mejor los arcos de Superman (Henry Cavill), Batman (Ben Affleck), Wonder Woman (Gal Gadot) y Aquaman (Jason Momoa), en relación con sus respectivas películas en solitario, algo que, paradójicamente, es lo que hace -y muy bien- Marvel Studios con sus personajes. Más espectacular, con más acción, más imágenes molonas y hasta más épica -si es que eso es posible-, La Liga de la Justicia de Zack Snyder es un triunfo, que deja con ganas de más: nada que ver con la versión estrenada en 2017. Y sí, queremos ver ese enfrentamiento -ojo spoiler- con Darkseid (Ray Porter) -aunque ahora, paradójicamente, parezca un remedo del Thanos cinematográfico-.

EL AGENTE TOPO -INFILTRADO EN LA SOLEDAD


Como la vida misma, El agente topo comienza con risas y esperanzas, para luego acabar enfrentándonos a una verdad ineludible, la de la vejez y la muerte. La premisa de esta película chilena nominada al Oscar es muy original, casi de humor absurdo: un detective privado contrata a Sergio (Sergio Chamy), un hombre mayor, para que se infiltre en una residencia de la tercera edad y descubra si una de las residentes está siendo atendida adecuadamente, o si, por el contrario, sufre malos tratos. La comicidad de un torpe Sergio, haciendo de espía improvisado, catapulta la película y de paso nos permite descubrir la tremenda humanidad de un personaje inolvidable. Sergio no podrá mantenerse neutral, ni objetivo ante lo que ve, y acabará trabando amistad con las residentes y solidarizándose con sus problemas. Entre el documental y la ficción, este film dirigido por Maite Alberti tiene la fuerza de su tremenda inocencia: no hay subtexto, la narración es directa y sencilla, las situaciones planteadas ocurren delante de la cámara con tremenda candidez, el mensaje está muy claro. Todo el humor del mundo no puede ocultar la realidad de la vejez, de la decadencia física y mental, de la tremenda soledad de los que ya no pueden correr al ritmo de la vida, del despiadado ciclo vital que aparta a los que 'estorban'. La vida nunca tiene un final feliz. El agente topo nos muestra el fin de la existencia y nos descubre que se parece mucho al inicio de la misma. La residencia en la que ocurre la acción no es muy diferente a una escuela infantil: los que allí están necesitan ayuda para comer, para vestirse y su ropa está identificada con sus nombres. De la mano de Sergio y sus ridículas gafas de espía con cámara oculta, entraremos en el pequeño universo de la residencia, un lugar al que nadie quiere entrar y del que se sale siempre demasiado pronto. Es imposible no emocionarse con lo que vemos, porque sabemos que es lo que nos espera, y quizás sea fácil enfadarse ante una verdad que no se quiere aceptar y probablemente ante la culpa de responsabilidades no asumidas.

RAISED BY WOLVES -MITO Y RELIGIÓN


Si convenimos en que es imposible imaginar el futuro sin partir del pasado, Raised by Wolves funciona como una extrapolación de la Edad Media, de la época de las Cruzadas, a un escenario de ciencia ficción, a un planeta extraterrestre. La estupenda serie creada por el guionista Aaron Guzikowski -Prisoners (2013)- plantea un conflicto propio de ese período histórico: los creyentes contra los herejes enfrentados en una Guerra Santa. Hay además un componente fantástico en la propuesta, haciendo reales supersticiones de esa época oscura, como la brujería, adaptando también estos conceptos a la ficción científica. Así, los cruzados se convierten en viajeros espaciales y los nigromantes en androides superpoderosos capaces de volar. Una mezcla estimulante, que es solo la capa externa de una serie marcada por la figura de Ridley Scott como productor ejecutivo -y director de un par de episodios-. Se puede decir que Raised by Wolves es la mezcla de El reino de los cielos (2005) y Prometheus (2012). Con esta última cinta la serie coincide en hablar de la creación de la vida y de la evolución en lejanos e inhóspitos planetas extraterrestres. La serie comparte varios elementos argumentales, temáticos y estéticos con la saga de Alien (1979): la maternidad como conflicto subterráneo; los androides similares a los humanos, pero cuya 'sangre' es en realidad una especie de líquido lechoso. Encontraremos además unas extrañas criaturas depredadoras, similares a los famosos xenomorfos, como única especie viva del planeta en el que ocurre la historia. Las teorías sobre el origen de la vida como las de la ya mencionada Prometheus (2012) están muy presentes en el enigmático mundo que visitan los protagonistas, en el que encontraremos hallazgos tan intrigantes como un misterioso cráneo neandertal. 

La historia de Raised By Wolves nos presenta una humanidad apocalíptica y dividida por una guerra religiosa, que busca en el espacio su salvación y una nueva oportunidad. Para ello, conoceremos a dos androides, Padre y Madre -estupendos Abubakar Salim y sobre todo Amanda Collin- cuya misión es criar a un grupo de niños y establecer una colonia que asegure el futuro de la humanidad. Esta historia principal tiene fuertes y evidentes connotaciones bíblicas. Padre y Madre son claramente Adán y Eva, que, ojo spoiler, acabarán enfrentándose a una serpiente que amenaza con echarles del supuesto paraíso. Eso por no mencionar la sombra de Caín y Abel que planea sobre la relación de amistad -y casi de hermandad- entre Campion (Winta McGrath) y Paul (Felix Jamieson). La serie habla también de la fe, de la oposición entre ciencia y religión, y del sentido de la vida si no creemos en nada. Es evidente que -ojo spoiler- el embarazo de la robot alude a la Virgen María y la inmaculada concepción. Mencionemos también que Campion es tratado, en un principio, como el posible mesías salvador. Además, el tema del fervor religioso, del fanatismo, aparece reflejado en los personajes de Marcus (Travis Fimmel) y Sue (Niamh Algar), que se mueven entre el ateísmo y la locura religiosa fanática durante el transcurso de la serie. Son también ellos reflejos de figuras paternas y es notable cómo Marcus acabará -de nuevo spoiler- convertido en un padre terrible capaz de sacrificar a sus propios 'hijos' en nombre de Sol/Dios.

Por otro lado, el guión de la serie es rico en conceptos potentes, como la mencionada idea de que la poderosa androide Madre sea un arma mortífera, que se puede entender como una malvada bruja, capaz de sembrar la muerte y la destrucción con un letal grito sónico. Madre parece evocar visualmente también a la androide María de Metrópolis (1927), pero su desarrollo como personaje, el que adquiera sentimientos 'humanos', nos lleva a pensar en otra cinta capital de Ridley Sott como Blade Runner (1982) e incluso en su tardía secuela, Blade Runner 2049 (2017). En todos estos elementos y referentes está el llamado 'complejo de Frankenstein', muy presente en las dos películas mencionadas -también en Alien- y aquí sobre todo en esa búsqueda del creador/Dios/padre -y del sentido de su existencia- que lleva a cabo Madre. Por cierto, recordemos que el nombre que elije para sí mismo el monstruo de Frankenstein en la novela de Mary Shelley es nada menos que Adán.

LA MADRE DEL BLUES -EL ALMA AFROAMERICANA


La madre del Blues
-Ma Raineys´s Black Botton- está basada en una de las obras del ciclo de Pittsburgh del dramaturgo August Wilson -dos veces ganador del Pullitzer- que, en una serie de textos teatrales realizó una radiografía, década a década, de la comunidad afroamericana de Estados Unidos en el siglo XX. Produce Denzel Washington, quien ya dirigió y protagonizó otra pieza de Wilson, la estupenda Fences (2016). Con estos antecedentes es fácil suponer que la película contiene no pocas reivindicaciones sociales y que crítica -como no podía ser de otra manera- la discriminación racial en Estados Unidos, en este caso, en los años 20, en Chicago. La obra está inspirada en un personaje real, Gertrude 'Ma' Rainey, cantante de blues afroamericana, de las señaladas que pudo grabar sus canciones y apodada como la 'madre' del blues. Se trata de un personaje poderoso, de gran talento, enfrentado a los prejuicios de una época, no solo por su color de piel, sino también por ser lesbiana, y mujer. A pesar de esto, el talento de Rainey le permitía comportarse como una diva, ya que en Estados Unidos, lo verdaderamente importante es el dinero, y sus discos eran un buen negocio en la comunidad afroamericana. El personaje es interpretado por Viola Davis, fantástica actriz que ya ha ganado el Oscar -precisamente por Fences- y que ahora vuelve a ser nominada -es su cuarta candidatura- pero como actriz principal. Viola Davis borda el papel gracias a su innegable presencia física, aquí siempre sudorosa, con el maquillaje a punto de correrse, excesiva y una auténtica tirana que aterroriza a todos a su alrededor, pero en la que adivinamos también la vulnerabilidad de vivir en un mundo de hombres blancos y de saberse utilizada como mercancía. "Solo quieren mi voz", dice durante la película. Frente a Viola Davis está otro estupendo actor, el tristemente fallecido Chadwick Boseman, muy probable ganador del Oscar por su papel como Levee, un talentoso pero impetuoso, conflictivo y rencoroso trompetista de trágico signo. Boseman, que ya ganó el Globo de Oro, está espléndido en un papel que nada tiene que ver con su heroico T´Challa en Black Panther (2018). Y es que el punto fuerte de La madre del Blues -disponible en Netflix- es su origen teatral, que permite el lucimiento de sus actores, todos estupendos: especialmente Colman Domingo y Glynn Turman. Por lo demás, la película intenta oxigenar con narrativa cinematográfica un texto teatral -todo ocurre durante la grabación de un disco- sin conseguirlo del todo, a pesar de buenas ideas de puesta en escena del director George C. Wolfe, reputado dramaturgo estadounidense. La película cuenta, además, con una estupenda ambientación de época y opta al Oscar por su diseño de producción, maquillaje y peluquería, y vestuario. Aunque quizás falla en la traslación del teatro al lenguaje cinematográfico -que firma Ruben Santiago-Hudson- La madre del blues consigue desarrollar a dos estupendos personajes -Ma Rainey y Levee- y expresar de forma palpable el racismo que sufrieron los afroamericanos y cómo los blancos consiguieron, incluso, robarles su música.

LA VIDA POR DELANTE -BUENAS INTENCIONES


La vida por delante
es el anodino título de la vuelta al cine de la gran Sofia Loren, que a sus 86 años está prácticamente retirada. Su presencia en pantalla, todavía magnética, es el gran atractivo de esta película disponible en Netflix, dirigida por Edoardo Ponti, hijo de Carlo Ponti y de la propia actriz. Nos cuenta la historia de Momo, un niño huérfano, inmigrante, excluido y desamparado, que se busca la vida en Italia. Francamente bien interpretado por Ibrahima Gueye, Momo tendrá que elegir entre dos caminos, en una historia con connotaciones morales, que busca siempre el retrato humanista y 'buenista' de los personajes, todos pertenecientes a las clases humildes. Un médico, un artesano, una madre soltera y una exprostituta que recoge y cuida a los hijos de las que fueron sus compañeras de profesión. Como 'villano' un narcotraficante de poca monta, que ofrece a Momo una salida fácil a todos sus problemas. La película, a pesar de sus buenas intenciones, no desarrolla en ningún momento un conflicto dramático interesante y a pesar de su escenario en el submundo marginal de la pobreza, el crimen y la prostitución, nunca se 'ensucia' contándonos su lado sórdido, ni siquiera el del malvado narcotraficante. Momo se transforma, cómo no, pero un poco porque es lo que toca y sin que tenga que vivir experiencias verdaderamente significativas. Una película fallida que, sin embargo, nos deja la alegría de ver de nuevo a Sofia Loren en pantalla. La anécdota: la canción 'Yo sí' de Laura Pausini ha ganado el Globo de Oro y está nominada al Oscar.

MINARI. HISTORIA DE MI FAMILIA -LO VERDADERAMENTE IMPORTANTE


La función de la ficción es ayudarnos a entender la vida. Minari es una de esas películas que, al menos a mí, me ha hecho pensar en el sentido último de la existencia. La cinta, ganadora del Globo de Oro a la mejor película en lengua no inglesa, retrata la vida como una lucha continua, sobre todo para la familia, ese supuesto pilar de la sociedad. En el siglo XX y lo que va del XXI, creo que no hay nada más difícil que sacar adelante una familia, si eres de clase obrera o de clase media. Con una historia situada, paradójicamente, en los años 80 en Estados Unidos -sin crisis, ni conflictos sociales o económicos importantes de por medio- Minari nos muestra las dificultades que podría tener cualquier familia para sobrevivir, cada día, en cualquier lugar del mundo, sin esperanza alguna de un final feliz o una solución mágica para sus problemas. Una precariedad económica que desvela cada noche a los padres de familia. Como una actualización de Las uvas de la ira, (1940), en esta película los protagonistas son un grupo familiar, aunque en este caso, de inmigrantes coreanos, que intentan abrirse camino en Estados Unidos. Tanto da, podrían ser también estadounidenses de pura cepa, o españoles en cualquiera de las crisis que ha atravesado nuestro país durante la democracia. Minari habla del sueño americano -exportado ya a todo el mundo- y nos presenta a Jacob (Steven Yeun) como un padre que quiere dejar de ser un esclavo del sistema -es nada menos que sexador de pollos, quizás el trabajo más alienante que existe- y convertirse en agricultor independiente. A pesar de que los bancos y empresarios de la era Reagan insisten en decirle que es un buen momento para emprender un negocio, Jacob arrastrará a su familia a una aventura de dificultades que desmiente que el trabajo duro y el sentido común lleven al éxito. El guionista y director Lee Isaac Chung tira de memoria para hablarnos de su infancia: el punto de vista narrativo pertenece a un encantador niño, David (Alan S. Kim), y el corazón -nunca mejor dicho- de esta película es la entrañable relación entre el pequeño y esa divertida abuela coreana que se adosa a la familia, interpretada por Youn Yuh-jung. Las trastadas que se hacen abuela y nieto son el contrapunto divertido y cotidiano de un film más bien dramático. Pero también es este el punto de sabiduría de esta historia: a pesar de las dificultades, hay que seguir adelante y si es posible, con sentido del humor. Completan el cuadro familiar dos mujeres: la madre, Monica (Yeri Han) y otra hija, Anne (Noel Cho), que destacan por ser admirablemente pragmáticas. Los problemas económicos harán chocar la ambición de Jacob con la visión de Monica, más interesada en mantener unida a la familia y sobrevivir. Minari está construida con pequeños momentos cotidianos, que nos van introduciendo en el universo íntimo de esta familia. Sus personajes acaban conquistándonos y cuando los conflictos ganan peso dramático, es inevitable emocionarnos. La película habla de los sueños, de la fe -Will Paton está fantástico-, del abandono del campo, y de cómo la vida está llena de dificultades ante las que no nos queda más alternativa que seguir luchando. El verdadero éxito es seguir ahí, y, si tenemos la suerte de tener una familia, mantenerla unida.

RAYA Y EL ÚLTIMO DRAGÓN -EL VIAJE DE LA HEROÍNA


Disney confirma con Raya y el último dragón su apuesta por los personajes femeninos que se alejan de las desvalidas princesas tradicionales. Raya es una joven princesa, sí, pero también una guerrera heroica que no necesita príncipe -ni siquiera tiene interés en el amor, al menos, del sexo opuesto- y que se echa sobre sus hombros la misión de salvar al mundo. La película es perfecta, con una animación técnicamente de primera, una narrativa eficiente, un ritmo trepidante, personajes encantadores -esa ladrona bebé- y momentos de acción, humor y drama. Solo le puedo achacar, en mi opinión, cierta frialdad en esa perfección. Estamos ante una película hecha aparentemente 'por comité': aparecen acreditados cuatro directores y nada menos que diez guionistas. No estoy en contra del trabajo en equipo, ni voy a hacer aquí una defensa de la política de autores, pero Raya y el último dragón es un film que sin copiar nada en concreto, recuerda a muchos otros films, demasiado calculado y medido en su fórmula. Lo que no quiere decir que no sea disfrutable en su naturaleza de producto de entretenimiento sumamente eficaz. Pero ¿Nos acordaremos de ella? Por otro lado, donde la película sí marca diferencias es en su voluntad de proponer un tema de fondo que seguramente preocupa en Estados Unidos, el de la división y el enfrentamiento ideológico post Donald Trump -algo similar a nuestras 'dos Españas'- y habla claramente de la necesidad de la reconciliación y de unirse para afrontar el futuro.

PASAJERO OCULTO -DELICIOSO PASTICHE


Estrenada directamente en plataformas digitales, Pasajero oculto es una estupenda sorpresa en forma de homenaje al cine de género. Una misteriosa aviadora -fantástica Chlöe Grace Moretz- se embarca en un bombardero de la Segunda Guerra Mundial en una misión secreta con un misterioso paquete. La película es inteligente, con mucho ritmo, y grandes escenas de acción. Puro divertimento pulp, muy bien dirigido por Roseanne Liang. Pero quizás el nombre más importante es el del guionista, Max Landis, cuya tendencia al pastiche y al homenaje cinéfilo está muy clara: no solo al cine bélico, que sirve simplemente de trasfondo molón, sino al relato de Richard Matheson, Terror a 20.000 pies -varias veces adaptado al cine y la televisión como episodio de The Twilight Zone- y a la mitología de los Gremlins, referencia, más que a la famosa película de Joe Dante, al cartoon de Bugs Bunny de los años cuarenta que define a estos bichos como saboteadores de aeronaves. La película lo tiene todo: un personaje -femenino- fuerte; un inteligente uso de la voz en off, ya que la protagonista se pasa la mitad del argumento en una torreta escuchando y apenas vislumbrando lo que ocurre a su alrededor; un tramo final trepidante de acción muy loca y divertida; y una criatura estupenda diseñada. Pero lo más curioso del film es su mensaje feminista, que llega incluso a entusiasmar. La protagonista debe enfrentarse al odioso machismo de sus compañeros de vuelo, para luego revelarse como una heroína de acción imposible. Un mensaje que puede ser problemático para las feministas ya que el guión lo firma el mencionado Max Landis, acusado de acoso y abusos sexuales. Eso sí, sabemos que Landis fue apartado del proyecto ante las primeras acusaciones y su texto sometido a varias reescrituras por la directora ¿Es ella la responsable de ese tono feminista? 

BRUJA ESCARLATA Y VISIÓN -MATRIMONIO CON HIJOS


La primera serie de Marvel Studios que se estrena en Disney Plus demuestra una sana voluntad de contradecir a los que dicen que el cine de superhéroes es siempre 'más de lo mismo'. Bruja Escarlata y Visión -en el original, Wandavision- no es revolucionaria -bebe de fuentes reconocibles- pero sí es una variación sorprendente y fresca con respecto a las películas del Universo Cinemático Marvel, repletas de acción, épica y también de mucho humor. Esto último es el ingrediente principal de la serie, el humor de las sitcoms clásicas de la televisión estadounidense que se recrea de forma brillante, homenajeando formatos conocidos como Embrujada (1964), I Dream of Jeannie (1965) o La Tribu de los Brady (1969), ficciones que con un humor blanco retrataban unos Estados Unidos felices, familiares, de vecinos amigables y que justamente -concretamente las dos primeras- vivieron el paso del blanco y negro al color, como ocurre en los primeros capítulos de la serie de Marvel que nos ocupa. Esta recreación nostálgica de la sitcom más clásica se extiende a los años 80, 90 y hasta los 2000, cuando irrumpe el estilo de falso documental en clara referencia a The Office (2001) y que permite que Wanda interpele directamente al espectador. El uso del lenguaje de la sitcom no se queda en la parodia, sino que utiliza la metaficción para añadir una capa amarga de significado -atención spoiler- ya que lo que vemos es una realidad alternativa creada por Wanda (Elizabeth Olsen) tras la tragedia de la muerte de Visión (Paul Betanny) -en Vengadores Infinity War (2018)-. Así como las sitcoms mencionadas no reflejaban la realidad de los Estados Unidos de cada época -que en general ignoraba hechos como la Guerra de Vietnam, por no hablar de las tensiones raciales o la situación de la mujer-, Wanda sabe, en el fondo, que no hay posibilidades de que se cumplan sus sueños de tener un matrimonio y una familia 'normales'. En este sentido, la serie adapta tramas conocidas de los cómics -como la serie limitada de los años 80 que da título a la serie televisiva en España- o arcos argumentales más recientes como Dinastía M o incluso, la estupenda Visión de Tom King, cuyo espíritu aparece aquí replicado. Hay además referentes cinematográficos claros, como El show de Truman (1988) y Pleasentville (1998). Luego, el misterio y las revelaciones sobre lo que ocurre realmente en la serie, remiten, necesariamente, a Perdidos (2004), ficción seminal en cuanto a enigmas, revelaciones y sorpresas. Mencionemos los múltiples giros que va dando la temporada -ojos spoilers- haciéndonos creer primero que Wanda es una nueva villana, para luego desvelar a la bruja Agatha Harkness -me reservo el nombre de la actriz que la interpreta-.

Hay que hablar además de la integración de Bruja Escarlata y Visión en el Universo Cinemático Marvel, con apariciones en roles importantes de personajes secundarios que vimos antes en las películas: Mónica Rambeau (Teyonah Parris) -de Capitana Marvel (2019)-, el agente Jimmy Woo (Randall Park) -Ant-Man y la Avispa (2018)- y Darcy Lewis (Kat Dennings) -personaje secundario y mordaz de las películas sobre Thor-; y mencionemos también la presentación de la agencia espacial SWORD -que sustituye a la SHIELD de Nick Fury- que seguramente tendrá continuidad en las próximas películas que veremos. En este sentido, me sorprende -y me agrada- la fe de Marvel Studios en sus fans. Para seguir la trayectoria de los personajes principales de esta serie hay que haber visto las películas de los Vengadores desde La era de Ultrón (2015), en la que son presentados la hechicera y el androide. Pero es que, además, el guión nos pide que entendamos el guiño -ojo spoiler- que es la aparición de un Mercurio/Quicksilver encarnado por Evan Peters -perteneciente al Universo X-Men, antes propiedad de Fox- en lugar del velocista interpretado fugazmente por Aaron Taylor-Johnson que sí pertenece al Universo Marvel. Esto creo que debemos entenderlo como una estrategia clara que busca siempre el golpe de efecto, la sorpresa para los fans, el guiño cómplice, lo que no está reñido con un desarrollo argumental satisfactorio, y con el que creo que es el punto fuerte de estas historias: la evolución de sus personajes. Tampoco se olvida Marvel de sus fans de toda la vida, los lectores de cómics, que hemos visto con agrado cómo la Bruja Escarlata, Visión y Mercurio se enfundan en sus trajes clásicos utilizando como excusa una pertinente celebración de Halloween. El episodio final es, además, una espectacular batalla de efectos especiales, pensada para los fans de la acción que hemos visto en el cine.

Bruja Escarlata y Visión es un producto inteligente y arriesgado -lo siento, Scorsese- que se mantiene fiel al espíritu de Marvel Studios: lo importante son los personajes. Aquí la protagonista es Wanda -prácticamente heroína y villana a la vez- una mujer con un pasado trágico que se traiciona a sí misma intentando cumplir el imperativo social de lo que debe ser la felicidad: estar casada y con hijos. Wanda se ve obligada a explorar sus orígenes, la naturaleza de sus poderes y en ese proceso acaba adquiriendo su traje superheroico y su nombre de batalla. La miniserie de 9 episodios tiene un arco cerrado -de final emotivo y, una vez más, arriesgado- pero además hace evolucionar al personaje y lo deja preparado para vivir nuevas y diferentes aventuras.

EL PLAN -LAS CARAS DE LA CRISIS


No esconde su origen teatral El plan, película que reduce su escenario dramático a la vivienda de uno de los protagonistas y en cuya trama solo aparecen tres personajes. Paco, Ramón y Andrade son tres trabajadores en paro que se reúnen para llevar a cabo 'el plan' que menciona el título, auténtico Mcguffin que sirve como excusa para revelar los problemas existenciales de los personajes. De fondo, la eterna crisis del desempleo, que nos lleva a imaginarnos mil cosas sobre la naturaleza del mencionado plan. Otra capa de la cebolla dramática que caerá también para profundizar en los problemas más personales de estos tres 'perdedores' que podrían estar esperando a Godot y para los que será imposible salir de la casa en la que se han reunido, como en El ángel exterminador (1962) de Buñuel. El ir descubriendo el conflicto humano de cada uno de los protagonistas es la mecánica del argumento que firma el director Polo Menárguez, adaptando la obra de Ignasi Vidal. Está claro, en una película como El plan lo importante son los actores, y son muy buenos: Antonio de la Torre, Raúl Arévalo y Chema del Barco, este último nominado al Goya como actor revelación. El film opta también a un premio al mejor sonido. Estamos ante una película incómoda, que nos engaña sucesivamente, que comienza como una comedia costumbrista, de tintes sociales, muy española, pero que poco a poco se va convirtiendo en una tragedia de desenlace desesperanzado y casi nihilista.

THE OWNERS (LOS PROPIETARIOS) -SIN COMPASIÓN


Sorpresa agradable la que ofrece The Owners tras un planteamiento poco prometedor: el de una violenta home invasion, subgénero del cine de terror algo gastado ya. Aquí son tres perdedores, Nathan (Ian Kenny), Terry (Andrew Ellis) y Gaz (Jake Curran) que deciden entrar a robar en la casa de dos amables y adinerados ancianos, el matrimonio formado por Richard (Sylvester McCoy) y Ellen Huggins (Rita Tushingham). A estos personajes se une Mary, interpretada por la cara más conocida de este film, Maisie Williams, conocida ex niña actriz de Juego de Tronos. Como ya he dicho, el planteamiento no promete más que las emociones fuertes de este tipo de películas en una línea argumental fácilmente predecible. Pero las cosas no son lo que parecen en esta cinta dirigida por Julius Berg, que adapta una novela gráfica belga, Une Nuit De Pleine Lune de Yves H. y Hermann. El primer desvío de lo esperado es un humor británico muy negro, que tiene tintes sociales -los jóvenes sin futuro enfrentados a los ancianos privilegiados- y que despista del todo gracias a la divertida interpretación del amable y educado señor Huggins -magnífico McCoy, lo mejor de la película-. Poco a poco, el argumento va desvelando sus secretos, que nos llevan a revelaciones cada vez más oscuras sobre quiénes son los supuestos protagonistas -los ladrones y Mary- y quiénes son las supuestas víctimas -esos entrañables ancianitos-. Sin querer revelar más, la película es divertida, violenta, y un descenso a los infiernos que lleva a momentos muy inquietantes y oscuros. Me permitirán ustedes comentar que me he acordado del clásico Arsénico por compasión (1944) de Frank Capra, salvando las distancias y en un giro mucho menos amable.

PEQUEÑOS DETALLES -OBSESIÓN POR EL MAL


La figura del psicópata se convirtió en un enigma insondable con la magistral Zodiac (2007) de David Fincher, que no hablaba solo de la imposibilidad de llegar a la verdad última en cuanto a la resolución de un crimen, sino también sobre el enigma irresoluble sobre las razones que mueven al asesino en serie. Fincher pasó a explorar entonces, con la estupenda Mindhunter, cómo afecta esa maldad pura del psicópata al policía que le persigue, ese que, como trabajo diario, debe enfrentarse a horribles crímenes y al vacío que producen tantas muertes sin sentido. En Pequeños detalles, el director y guionista John Lee Hancock -The Highwaymen (2019)- propone un planteamiento similar al presentarnos a un exdetective, Joe 'Deke' Deacon, cuya vida y carrera policial acabaron destruidas por su obsesiva persecución de un asesino de mujeres. Este personaje crepuscular tiene su reflejo en un joven y prometedor detective, Jim Baxter, que representa los nuevos métodos de investigación, más profesionales y científicos, en oposición a la intuición y la experiencia vital de la 'vieja escuela'. A estos dos personajes se opone un enigmático y muy inquietante sospechoso, Albert Sparma, una suerte de aprendiz de Charles Manson. El guión de Hancock se mueve siempre en la ambigüedad, tanto sobre los crímenes que presenciamos, como sobre si los personajes son positivos o negativos. Una ambigüedad moral es que la mayor virtud de una historia de corte clásico que sigue una investigación policial al uso, pero que esconde secretos relacionados con el pasado de los personajes. Giros de guión que provocan constantes relecturas de lo que estamos viendo y obligándonos a cuestionar si los personajes actúan correctamente, o si se equivocan fatalmente. El protagonista, 'Deke', está fantásticamente interpretado -como es habitual- por el competente Denzel Washington, capaz de inyectarle veracidad a un personaje que es un puro arquetipo cinematográfico. Más complicado he tenido comulgar con el joven Baxter, al que da vida el siempre interesante Rami Malek, cuyo peculiar rostro no sé si es el adecuado para un policía eficiente, recto, profesional y además, un perfecto padre de familia. Por último, Jared Leto como el sospechoso Sparma está muy divertido, a veces pasado de rosca, pero también perturbador. Este trío principal está rodeado de excelentes secundarios como Chris Bauer y Michael Hyatt, que redondean un cinta bien dirigida, escrita e interpretada, con una atmosférica banda sonora de Thomas Newman. Pequeños detalles es un film que respira como el viejo Hollywood, una cinta que no pasará a la historia del cine con letras mayúsculas, pero que tampoco defrauda. Resaltemos su amargo poso de cine negro puro.

THE ASSISTANT -EL MONSTRUO SOMOS TODOS


Lo realmente terrorífico de The Assistant es que no se centra en la figura de un depredador sexual que se aprovecha de una posición de poder para abusar de todas las mujeres posibles. Porque sería muy sencillo mostrar al monstruo -que evidentemente identificamos con el escándalo de Harvey Wenstein- y encapsular el problema en la figura de un solo individuo, enfermo, malvado, y fuera de la norma. En lugar de eso, la película de Kitty Green -este es el primer trabajo de ficción de esta documentalista, y se nota su experiencia- mantiene al abusador fuera de campo y retrata fríamente el ecosistema que permite que el depredador siga cobrando sus presas impunemente. Lo verdaderamente incómodo de esta película es que nos dice que todos somos culpables, y nos deja con la sucia sensación de que lo que hemos visto nos podría ocurrir a cualquiera de nosotros y muy probablemente no haríamos nada: intentaríamos ignorarlo, le quitaríamos hierro o directamente, chocaríamos contra el sistema intentando denunciar lo que no son más que sospechas. En el argumento de la película no ocurre prácticamente nada, más que una triste y humillante jornada laboral, pero en el ambiente flota una verdad conocida por todos. La película -estrenada en Filmin- se sostiene sobre la maravillosa intérprete que es Julia Garner -la conocemos por la serie Ozark- que sin hacer nada fuera de lo corriente refleja el horror de las vidas inocentes que se destruyen sin que nadie mueva un dedo. No solo habla The Assistant de delitos sexuales, sino de todo un sistema laboral que permite el abuso de poder y fomenta el individualismo, el sálvese quien pueda, el valorar tanto un puesto de trabajo que seamos capaces de renunciar a nuestros principios.