ALCARRÁS -EL FUTURO DEL CINE ESPAÑOL


Tras ganar el Oso de Oro en el festival de Berlín, se estrena la esperada Alcarrás, la segunda película de Carla Simón que confirma aquí una voz y una mirada que prometen ser importantes en el futuro del cine español. Tras la emocionante Verano 1993 (2017), la directora vuelve a partir de materiales autobiográficos para contar su historia, pero esta vez el relato pasa de una dimensión personal a una social. Alcarrás se centra, de nuevo, en una familia, pero esta vez la tragedia no es íntima -aunque también- sino colectiva: la crisis del campo. Los protagonistas se enfrentan al fin de su forma de vida porque cultivar melocotones, su sustento tradicional y ancestral, ha dejado de ser 'rentable' por causas que quedan fuera del espectro del film, pero que todos conocemos, esos mercados globales que hacen que sea más barato traer la fruta de Marruecos o China. Carla Simón cuenta todo esto, pero como trasfondo, porque su interés y su talento está en dar vida a unos personajes que, cuando acaba la película, sentiremos conocer y entender. La mirada de Simón es humanista: nos muestra a sus protagonistas, con sus defectos y sus errores, pero sin juzgarlos, acompañándolos silenciosamente en el trance de enfrentarse al final de su mundo. Alcarrás es una película sobre la capacidad de adaptación, que no es la misma para cada generación: primero están esos niños que tienen que cambiar constantemente su lugar de juego merced de las decisiones de los adultos; los jóvenes a los que vemos atrapados entre dos mundos y con un futuro incierto; los adultos que se debaten entre luchar o cambiar; y por último, los ancianos, incapaces de entender por qué lo que les ha servido toda la vida, ya no funciona: increíble el personaje del abuelo, anclado en unas relaciones de servidumbre con un terrateniente que ya no existe, pero capaz también de emocionarnos con una canción tradicional que sobrevivirá tras generaciones en boca de sus nietos. La película de Simón tiene rigor neorrealista y no cede al melodrama, se desarrolla como la vida misma: parece que no pasa nada, pero el conflicto de los protagonistas está siempre presente, como una sombra que no les deja ser felices del todo, pero que tampoco impide momentos de alegría fugaz, juegos en la piscina, vino y baile en la feria del pueblo. Lo más increíble de esta película es cómo todo parece vivo, como si ocurriera espontáneamente delante de la cámara, pero incluso el más naturalista de los tiempos muertos se revela admirablemente como un momento muy pensado para aportar significados y matices a la obra. Sus personajes parecen moverse y reaccionar libremente, pero con ellos Simón analiza no solo la vida rural, sino también los roles de género en la familia tradicional: ese patriarca que intenta cargarse con la responsabilidad de toda la familia sobre su dolorida espalda y que ve impotente cómo no puede conseguirlo sin la ayuda de su mujer, de sus hijos, de su familia. La relación de este padre con su hijo, que sigue sus pasos pero intenta crear un camino propio, que trata de buscar otras soluciones pero acaba repitiendo errores, es de las cosas más emocionantes de esta obra. Luego está el retrato de las mujeres del film, casi siempre en segundo plano por la cultura en la que viven, dejando hacer, pero fuertes, sabias y creativas -la imaginación de la niña en sus juegos infantiles- y sobre todo capaces de tomar cartas en el asunto y resolver las cosas cuando toca, sobre todo si está en peligro la unidad familiar. Alcarrás es una película rotunda, una gran obra que impulsa al cine español internacionalmente y que encima habla de nuestros problemas como país. Imprescindible.

MASS -LOS IMPERDONABLES


Mass
es probablemente una de las mejores películas de 2022. Una modesta obra que plantea un intenso drama con apenas cinco elementos principales: cuatro actores y un escenario. La ópera prima del actor Fran Kranz -dirige y escribe el guión- no necesita de más elementos -ni siquiera recurre a la música extradiegética- para subyugar al espectador y llevarle al extremo de sus emociones a través de la ordalía que viven los personajes en la pantalla. No revelaré el argumento del film, porque es mejor descubrirlo en la sala de cine, pero puedo decir que, tras un breve prólogo que sirve para establecer el tono y las claves del relato, Mass se desarrolla en tiempo 'real' al enfrentar a sus cuatro protagonistas, interpretados por unos estupendos Ann Dowd, Jason Isaacs, Martha Plimpton y Reed Birney. Si bien es cierto que, por sus características, la acción de esta película sería fácilmente trasladable a un escenario, no puedo decir que estemos ante un film teatral. Los diálogos, los silencios y el uso de la cámara, que establece relaciones, espacios y distancias entre los actores, me parecen cinematográficos. El objetivo capta gestos, dudas y desenfoca a personajes en segundo plano consiguiendo efectos dramáticos que son los del cine. Y lo que se cuenta en el transcurso de la reunión de esos cuatro personajes son dos historias. Una, la que vemos en pantalla: a seres humanos rotos que luchan por expresar un dolor que no se puede racionalizar ni mucho menos poner en palabras. La película habla de la pérdida, de cómo buscamos a alguien a quién culpar de las tragedias, de cómo necesitamos explicaciones para la existencia del mal. Se habla también de la responsabilidad, del amor y de las aspiraciones de los padres con respecto a sus hijos. ¿Hasta qué punto un hijo es la extensión de la vida y las ilusiones de sus progenitores? Luego hay una segunda película en Mass, que se dibuja de forma magistral en nuestra imaginación gracias al relato de los personajes que van completando un puzle que refleja una problemática social vigente sobre todo en Estados Unidos. 
Por último, no por casualidad la película se titula Mass/Misa: toda la acción ocurre en una parroquia y concretamente en una pequeña sala a la que Kranz le da bastante protagonismo, convirtiéndola en una especie de lugar místico, aislado del mundo, en el que pueden ocurrir, quizás, milagros. El clímax y el epílogo de esta obra tienen una fuerza tremenda y una sorprendente capacidad de catarsis emocional que en mi opinión solo está en las grandes películas, incluso en los clásicos.

EL SECRETO DE VICKY -CINE FAMILIAR


Hoy en día se habla constantemente de la 'muerte' del cine, del desinterés de los espectadores por acudir a las salas, de cómo se han transformado los hábitos del consumo audiovisual: ahora, dicen, preferimos ver series desde la comodidad del sofá (¡Y eso que Netflix está perdiendo suscriptores!). Se habla mucho también de las posibles soluciones: que si darle prioridad a los estrenos exclusivos en salas, bajar el precio de las entradas o acabar con la hegemonía de las películas de superhéroes -que paradójicamente son las únicas que consiguen llenar las butacas como antes de la pandemia-. De lo que no veo que se hable demasiado es del futuro del cine: ¿Quiénes van a ser esos espectadores que acudan a las salas en la próxima década? Los niños de hoy. Pero no podemos pretender que esos niños de hoy se conviertan mañana en cinéfilos de forma espontánea, sin haber acudido nunca -o pocas veces- a una sala. Si deberíamos estimular en nuestros hijos el hábito de la lectura, acostumbrarles a visitar museos, a disfrutar en teatros y conciertos, también deberíamos favorecer en ellos la costumbre de ir al cine. Pero para conseguirlo hace falta, claro, películas de cine familiar. Y no hay demasiadas. Por eso, como padre, valoro enormemente cintas como la francesa El secreto de Vicky, un film tan modesto como efectivo. Su planteamiento no es precisamente nuevo: una niña adopta a un perro que resulta ser un lobo, por lo que la protagonista se enfrenta al complicado trance de tener que separarse del animal salvaje. La película trata temas como la pérdida, habla de cómo gestionar el dolor, además de plantear un mensaje ecologista sencillo a través de la problemática del lobo en el medio rural que puede generar un debate posterior con los niños. La amistad entre la niña y un ser especial -en este caso un animal salvaje- sigue la línea de películas como la reciente Mía y el león blanco (2018) que no es más que la última actualización de Nacida libre (1966). Pero realmente el esquema argumental es el mismo que el de E.T., el extraterrestre (1982), casi paso por paso -incluso hay aquí una escena ambientada en Halloween-. El secreto de Vicky no necesita revolucionar el cine, sino interesar a los espectadores infantiles con armas diferentes a la animación, los efectos especiales y sin superhéroes, sin violencia y sin marcas registradas -aunque haya aquí un oportuno guiño Pokémon que facilita la identificación con la protagonista-. Este reto no es sencillo y creo que la película lo consigue -al menos con mis dos hijos lo hizo- con una narrativa muy clara que, sin embargo, descarrila un poco en el tramo final haciendo visible una posible falta de medios. El secreto de Vicky es una película tan digna como necesaria para educar en la cinefilia a esas futuras generaciones que tendrán que decidir si quieren, o no, seguir acudiendo a las salas.

VENECIAFRENIA -TURISMO DE MASAS


El giallo es un subgénero del cine de terror, puramente italiano -su nombre se debe al color amarillo de una serie de novelas de misterio muy populares publicadas en ese país a partir de 1929- que fue muy popular en los años 70. Esencialmente se trata de relatos de misterio, en los que un asesino enmascarado mata brutalmente a sus víctimas mientras el protagonista intenta descubrir su identidad y sus motivaciones. El giallo surge de la semilla de Psicosis (1960) de Alfred Hitchcock y tiene a Mario Bava como precursor -La muchacha que sabía demasiado (1963)- y a Dario Argento como gran maestro -Rojo oscuro (1975)-. A principios de los 80, el giallo ya estaba agotado por su propia sobreexplotación, pero en los últimos años hemos visto cómo varios autores han hecho homenajes a este subgénero -sobre todo a su estética- como las estupendas Maligno (2021) de James Wan, Última noche en el Soho (2021) de Edgar Wright, o el episodio Freddy de Paco Plaza en Historias para no dormir. Ahora, Álex de la Iglesia nos regala Veneciafrena, una película con claras referencias a este género de terror italiano, empezando por el emplazamiento de la historia, la turística, pero también decadente y misteriosa Venecia. El planteamiento es muy sencillo: un grupo de turistas españoles desembarca en un inmenso crucero en la ciudad de los canales en pleno Carnaval. Allí se encontrarán con un misterioso arlequín, que les perseguirá por motivos desconocidos. No puedo más que celebrar que el director de El día de la Bestia (1995) se haya decidido a hacer un giallo: su talento para la planificación, sus ideas visuales -el momento de la marioneta es estupendo- y su sentido estético le sientan estupendamente a este tipo de historias. De la Iglesia convierte Venecia en un lugar infernal, de callejones oscuros, recovecos mortales y pasajes secretos -esa puerta 'asesina'- transitado por turistas ataviados con disfraces de época que bien podrían ser fantasmas del pasado mezclándose con los vivos. Como es habitual en la filmografía del director, el diseño de producción es alucinante, con decorados fantásticos y sobre todo, con un psychokiller icónico, ese Bufón (Cosimo Fusco), que ya me gustaría ver protagonizando una saga slasher. Por otro lado, De la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría cumplen desde el guión creando personajes cercanos y creíbles, interpretados eficazmente por Ingrid García Jonsson, Silvia Alonso, Goize Blanco, Nicolás Lloro y Alberto Bang, que luego se convertirán en las necesarias víctimas del esperado festival de asesinatos. Veneciafrenia, además, tiene un trasfondo sobre el turismo de masas que está poniendo en peligro el patrimonio cultural que representa la ciudad italiana, lo que aporta un clima de hostilidad -estupendas las miradas de odio de los venecianos hacia los turistas, como de transilvanos en una peli de Drácula de la Hammer- que imprime tensión en el relato. Lamentablemente, en mi opinión el guión se pierde un poco en subtramas sobre una conspiración y en comentar la desorientación masculina frente al empoderamiento femenino. Hay, por otro lado, una idea muy interesante que se va desarrollando durante todo el metraje sobre el poder de la imagen en nuestra sociedad actual: ¿Podemos existir sin las imágenes? Por último, debo decir que, personalmente, me esperaba un final más festivo y sangriento, pero De la Iglesia y Guerricaechevarría han optado por arriesgar con un desenlace oscuro y anticlimático.

EL HOMBRE DEL NORTE -APOCALIPSIS VIKINGO


El director estadounidense Robert Eggers se embarca en su bautismo de fuego cinematográfico con El hombre del norte, tercera película tras las prometedoras La bruja (2015) y El faro (2019), en la que se atreve a buscar un público más amplio con un presupuesto importante. En su primera película, Eggers se ocupó del extremismo religioso y la paranoia social represora desde un realismo naturalista, pero sin renunciar al fantástico; en la segunda hacía un esquinado homenaje al cine mudo, al expresionismo, a través del recital interpretativo de sus protagonistas -Willem Dafoe y Robert Pattinson-; ahora, Eggers se propone sentar las bases definitivas de su estilo como autor utilizando como vehículo lo que se conoce como una película 'de vikingos', esa pequeña parcela del cine de aventuras. Partiendo de mitos nórdicos, pasados por referencias como Shakespeare, Los vikingos (1958) de Richard Fleischer, Conan el Bárbaro (1982) y sobre todo su propio cine, Eggers construye un relato lineal de venganza que avanza casi sin descansos para el desarrollo dramático. Eggers crea un mundo primitivo y brutal: apenas hay momentos de humanidad, reservados solo para las relaciones entre padres e hijos o para el amor. En ese mundo predominan el esfuerzo, las penurias, el trabajo inhumano de los esclavos, el enfrentamiento violento. Pero al mismo tiempo, descubriremos un mundo paralelo de lo espiritual, expresado en clave de cine de terror, en el que viven brujas, magos y adivinos que hacen presagios y encomiendan misiones para encontrar armas mágicas que conllevan enfrentamientos con gigantes polvorientos. Eggers, sin embargo, usa el lenguaje del cine para dejar que el espectador decida si lo sobrenatural es 'real' -si es que eso significa algo- o si lo que vemos son sueños o incluso alucinaciones provocadas por la ingesta de hongos. Eggers se apoya en la fuerza y el poderío físico de su protagonista, un enorme -literalmente- Alexander Skarsgard -un auténtico vikingo sueco-; en la mirada enigmática de Anya Taylor-Joy -con la que repite tras La bruja- y sobre todo en una soberbia Nicole Kidman, dando vida a una versión salvaje de Lady Macbeth y a una 'madre terrible', que la actriz consigue construir de forma contundente en muy pocas escenas -no me resisto a mencionar que esta película supone el reencuentro entre Kidman y Skarsgard, que fueron marido y mujer en la serie Big Little Lies, cuando aquí son madre e hijo-. El hombre del norte es seguramente uno de los blockbusters más atípicos que hayamos visto, una película visualmente espléndida -cuya fotografía en color parece el blanco y negro coloreado del cine mudo- y también ruidosa, hiperviolenta, de estallidos de furia irracional que parece querer expresar una concepción del mundo en la que la vida era una pura lucha, y en la que los hombres -y mujeres- son meros títeres del destino.

PAM & TOMMY -¿QUÉ FUE DE LAS 'SEX SYMBOL'?


Hace unos días fui con mis hijos a las exposición Cine y Moda. Por Jean Paul Gaultier en CaixaForum Madrid, en la que se pueden ver diseños y trajes que aparecen en películas o moda inspirada en el séptimo arte. Cuento esto porque tuve problemas para explicarle a los niños quiénes son Marilyn Monroe, Brigitte Bardot o Madonna. Sí, son actrices y cantantes, pero tienen también otra dimensión, la de sex symbol, que ha dejado de tener vigencia en la sociedad actual, o, al menos eso creo yo. Estas mujeres fueron, en sus respectivos momentos históricos, la representación social de la mujer ideal, al menos en su faceta de objeto sexual inalcanzable -pensemos en la Anita Ekberg de La Dolce Vita (1960) de Federico Fellini-. Ese arquetipo femenino creo que, felizmente, ha caído en desuso, pero lo 
representó en los años 90 la actriz Pamela Anderson. Quizás de forma ya anacrónica, porque creo que Madonna ya lo había cambiado todo: aunque inspirada en Marilyn Monroe, la 'chica material' no se resignó a sufrir su mismo destino trágico y creó una imagen sexualizada, sí, pero de mujer fuerte y dueña de sus actos, con un control absoluto sobre su carrera, su imagen y con un espíritu rebelde, transgresor, que siempre buscaba la siguiente polémica. Pamela Anderson no era nada de eso: su cuerpo esculpido a golpe de bisturí, su melena rubia oxigenada y sus cejas demasiado perfiladas quedaron para siempre inmortalizados en esas imágenes en cámara lenta en las que la veíamos en bañador rojo, corriendo sobre la arena en Los vigilantes de la playa (1989-2001). Lo que nos cuenta la serie Pam & Tommy -disponible en Disney Plus- no es precisamente el ascenso meteórico de Pamela Anderson al estrellato, sino todo lo contrario, su descenso a los infiernos tras la filtración de su famoso vídeo sexual con su marido de entonces, Tommy Lee, batería de la banda de glam-metal Mötley Crüe.  Hay que decir, de entrada, que la serie creada por Robert Siegel no es la mejor del año: le falta fuerza a las escenas dramáticas y más filo en la sátira. Sin embargo, esta ficción tiene a su favor varias cosas: es un entretenimiento impecable; cuenta con excelentes interpretaciones de sus actores principales, Lily James y Sebastian Stan -creo que Seth Rogen tiene un papel menos agradecido-; y recrea perfectamente una época, la de mediados de los 90. La serie refleja de forma divertida dos momentos bisagra de la época: el paso del glam-metal con sus rockeros malotes y machistas, aunque maquillados y de pelos cardados, al grunge y a lo alternativo, géneros más concienciados, igualitarios y musicalmente honestos; y también la transición tecnológica del vídeo doméstico -Tommy y Pam se graban con una cámara analógica- a los inicios de Internet, que convierten el mencionado vídeo sexual en uno de los primeros fenómenos virales. A pesar del tono ligero y desenfadado de la serie, que tiende a la caricatura de sus personajes -el caso más discutible es el del violento, pero entrañable, Tommy Lee-, el argumento esconde una interesante reflexión, muy amarga, sobre las tensiones entre la democracia, los derechos civiles y el capitalismo. Ojo spoiler: Pam y Tommy no tendrán ningún control sobre el vídeo robado hasta que alguien decide hacer dinero -legalmente- con la cinta. Pero sobre todo, lo mejor de esta serie es la oportunidad de redescubrir a Pamela Anderson, ese sex symbol olvidado de los 90, reducido a un mero chiste, cuya belleza ha sido estéticamente superada por modelos más sanos y naturales, que aquí descubrimos como una mujer que fue víctima de su cuerpo, de su fama, de su atracción por 'chicos malos' que luego resultaron ser maltratadores, y sobre todo víctima de la explotación de la industria del entretenimiento -la revista Playboy, la televisión, la prensa rosa, la incipiente Internet- que la utilizó como un reclamo sexual negándole con ello su derecho a la intimidad y a la dignidad. Sí, todo esto se cuenta de una forma muy obvia en la serie, pero el gran trabajo de Lily James, tan bien caracterizada que parece la reencarnación de Pamela, y el ver a aquel personaje desde una nueva perspectiva, me ha parecido todo un descubrimiento. Una oportunidad para entonar el mea culpa si alguna vez miraste por encima del hombro a todas esas mujeres -Carmen Elektra, Paris Hilton, Kim Kardashian- que fueron humilladas tras la filtración de imágenes que nunca debieron hacerse públicas.

ARTHUR RAMBO -CULTURA DE LA CANCELACIÓN


En la presentación en Madrid de la película Arthur Rambo -organizada por Golem Distribución- el director y guionista Laurent Cantet quiso hacer hincapié en la importancia de la fidelidad en el cine. Se refería a cómo durante toda su carrera ha colaborado con un equipo estable de técnicos y artistas, lo que ha dado pie a una obra coherente y compacta. Desde su ópera prima cinematográfica, Recursos humanos (1999), este director francés ha imprimido una mirada social en cada una de las historias que cuenta. En aquel estupendo debut, Cantet expuso la lucha de clases de una forma emotiva, haciendo que el obrero y el 'empresario' fueran un padre y su hijo. Luego Cantet desarrollaría una carrera tan exitosa como comprometida: convirtió el paro en un drama existencial en El empleo del tiempo (2001) con la que ganó el León de Venecia; reflexionó sobre las desigualdades entre el primer y el tercer mundo, sobre el colonialismo, en Hacia el sur (2005); y sobre todo, Cantet es recordado por cómo planteó los conflictos y las tensiones de una sociedad multicultural en su obra más influyente, La clase (2008), con la que ganó la Palma de Oro en Cannes y fue nominado al Óscar. Esa película estará muy presente más tarde en El taller de escritura (2017), en la que Cantet reflexiona sobre la relación entre la ficción y la realidad (social) de creadores y lectores/espectadores, además de hablar del rencor que enturbia las relaciones de una segunda o tercera generación de inmigrantes con Francia como su país de adopción. Estos elementos vuelven a aparecer ahora en Arthur Rambo, que también se ocupa de la frontera entre la realidad y la ficción, también ocurre en el mundo literario y editorial, pero desarrolla dichos temas valiéndose de una problemática tan actual como la influencia de las redes sociales en nuestras vidas.

El planteamiento de Arthur Rambo seguro que le suena a todo el mundo: Karim D. -interpretado por Rabah Nait Oufella, quien fuera uno de los niños de La clase- es un joven escritor -de origen árabe- que acaba de alcanzar el éxito con un libro sobre la historia de su madre migrante, además de estar en el tope de la popularidad gracias a un programa de entrevistas online y un blog. Justo en ese momento salen a la luz una serie de tuits profundamente ofensivos -racistas, antisemitas, homófobos- escritos por Karim bajo el seudónimo de Arthur Rambo. Esos tuits acaban, en pocos minutos, con la reputación y el prestigio del protagonista. A partir de ese momento, asistiremos al descenso a los infiernos de Karim, que de ser el héroe de los suyos -es un joven salido del extrarradio- acaba convertido en un paria. Esta historia, que en Hollywood se habría convertido, quizás, en una película de juicios en la Corte Suprema donde se discute el derecho a la libertad de expresión, en manos de Cantet se transforma en un drama casi íntimo. El director galo siempre ha tenido la capacidad de transformar asuntos sociales en conflictos concretos, que protagonizan personajes específicos, humanos y cercanos. Aquí, el círculo inmediato de Karim, su familia incluida, será el vehículo para contar esta historia: cada uno tendrá su opinión y el protagonista será juzgado una y otra vez. Cantet no toma partido, no defiende los famosos límites del humor, ni da lecciones. En todo su cine nunca ha sido pedagógico y siempre ha sabido crear historias dramáticas y personajes con los que nos identificamos. Arthur Rambo consigue esto y además nos invita a la reflexión. ¿Se puede pedir más a una película? 

Si antes he mencionado la importancia que da Cantet a la fidelidad, quiero hablar de también de otra lealtad importante para el cine: la de los espectadores. Si hemos podido seguir la carrera de Laurent Cantet es porque todas sus películas se han estrenado en España, algo que no es precisamente habitual. Un hecho que en mi caso me ha llevado a establecer una relación con este autor y a asistir al estreno de la mayoría de sus películas a través de los años. La recompensa es haber tenido acceso, desde 1999, a una radiografía en movimiento de Francia, lo que permite, claro, entender también lo que ha pasado en Europa, y por ende, en España. El cine, para mí, tiene mucho que ver con estas fidelidades: a un autor, a una actriz, incluso a una saga popular -¿Por qué no?- que nos acompañan durante gran parte de la vida, con sus pequeñas decepciones, claro, pero también con la recompensa de ir creando poco a poco un vínculo que a la larga será mucho más gratificante que el cúmulo de estímulos inmediatos, pero efímeros, a los que parecemos abocados en esta mediatizada y consumista sociedad actual. 

PARÍS, DISTRITO 13 -CUANDO QUIEREN DECIR SEXO


Hay tres nombres en París, Distrito 13 que creo que invitan a su visionado. El primero es el de su director, Jacques Audiard, autor detrás de títulos tan potentes como Un profeta (2009) o la reciente Los hermanos Sisters (2018), al que habría que seguir en cada estreno. El siguiente nombre es Adrian Tomine, imprescindible autor de cómics, californiano de ascendencia japonesa, en cuya obra ha sabido retratar con sensibilidad la soledad de la vida urbana, y cuyos relatos -entre ellos, Rubia de verano- sirven de base para esta película. Por último, mencionemos a una directora imprescindible del cine actual, Céline Sciamma, autora de la maravillosa Retrato de una mujer en llamas (2019) que aquí colabora en el guión. Presentados los nombres propios de esta película, estamos ante un drama ligero que se centra en tres personajes principales cuyas vidas se cruzan bajo los 8 rascacielos de Les Olympiades: Émilie (Lucie Zhang), Camille (Makita Samba) y Nora (Noémie Merlant), además de la misteriosa Amber Sweet (Jehnny Bet) -personaje que da título a un relato de Tomine-. Cada uno de los componentes de este cuarteto esconde sus propios conflictos y soledades, que marcan las relaciones entre ellos. Lo interesante es cómo Audiard invierte la relación amor-sexo. Estos jóvenes -¿Millennials?- se relacionan primero a través de lo carnal y luego, ya se verá. Así, Émilie y Camille son propensos a comunicarse con los demás a través del sexo, pero se cierran cuando, lógicamente, una relación comienza a generar intimidad, lazos y un mínimo compromiso. Resulta interesante también cómo en París, Distrito 13 el sexo es apasionado pero al mismo tiempo frío, impersonal, una pura necesidad biológica que se gestiona a través de una aplicación en el móvil. Y no sé si será el mensaje de la película, pero en cuanto los personajes dejan de fornicar, en cuanto se separan unos de otros con barreras físicas -mudándose a otro piso, hablando a través de una videollamada- o con barreras morales -no mezclar la pasión con el trabajo- es cuando comienza a surgir algo parecido a una relación sentimental (y humana). París, Distrito 13 reflexiona también sobre la identidad en la sociedad actual: todo el mundo tiene un álter ego virtual y los protagonistas viven una existencia líquida en la que cambian de amantes, de vivienda y de carrera profesional con una facilidad pasmosa. Eso parece dar pie a una gran libertad individual: cualquiera puede ser lo que quiera -incluso se puede ser tartamuda en la vida real y una cómica sin traba sobre un escenario-, pero al mismo tiempo, esa libertad parece llevar a una insatisfacción perpetua -lo que me ha hecho pensar, de nuevo, en La peor persona del mundo (2021)-. El personaje de Émilie es capaz de mentir como si nada, de fingir ser otra persona, o de encargar a alguien que finja ser ella, pero ¿Es feliz? Audiard dibuja, además, una sociedad en la que se ha perdido la intimidad y la vergüenza, en la que la gente se pasea desnuda frente a los otros, y en la que, curiosamente, Nora entra en un chat porno usando su verdadero nombre, pero llevando una peluca. Una sociedad que se cree con el derecho a juzgar a los demás según su imagen en las redes, como si detrás de ella no hubiera otro ser humano real, con sentimientos, que simplemente interpretaba un papel. París, Distrito 13 es una película estimulante sobre las relaciones personales y sentimentales, de una frescura irresistible, en la que Audiard no renuncia a sus acostumbradas fugas poéticas de gran belleza estética. La escena final, sencilla y cotidiana, es de un romanticismo tremendo. Todo un hallazgo.

LA BURBUJA -CONTÁGIATE COMO PUEDAS


Judd Apatow, ese director que personificó la llamada nueva comedia americana, estrena en Netflix la pertinente La burbuja. El film nos muestra al elenco artístico de una ficticia franquicia de películas de cine (muy) comercial y al equipo técnico de la misma, intentando rodar la enésima secuela de la saga en plena pandemia. Para ello deberán aislarse en la famosa burbuja, situada un hotel en el que todos harán la pertinente cuarentena, evitando cualquier contacto con el exterior, para crear un ambiente libre de covid-19. Apatow decide construir su comedia a partir de sketches, antes que crear y desarrollar un argumento, así que veremos una sucesión de escenas de diversa duración que nos van mostrando situaciones y personajes distintos. Aunque el personaje encarnado por Karen Gillian tiene cierto protagonismo, la historia es bastante coral y todos los personajes tienen su pequeño momento. Apatow es un director que depende en gran parte de sus actores, casi siempre cómicos de profesión y de sus improvisaciones. Aquí se rodea bien de un elenco variopinto: Pedro Pascal, el ya veterano David Duchovny, su actriz fetiche -y pareja-. Leslie Mann, su hija Iris Apatow, además de cómicos como Keegan-Michael Key, Fred Armisen, Kate McKinnon y una buena cantidad de cameos. Bajo la apariencia de un inocuo film de sketches sobre la pandemia y el cine de Hollywood, creo que Apatow nos da la sátira definitiva sobre lo que hemos vivido en los últimos años. Dejando fuera las consecuencias más trágicas de la enfermedad -que se cebó sobre todo con los mayores y los vulnerables- Apatow plantea cómo el virus ha puesto patas arriba nuestras vidas dinamitando el supuesto estado de bienestar. Su película refleja cómo en el primer mundo, en occidente, nos cogemos rabietas infantiles por lo incómodas que son las mascarillas o por no poder irnos de vacaciones cuando nos da la gana, mientras nos llevamos las manos a la cabeza por los constantes escenarios apocalípticos creados por los medios; mientras, nos distraemos presenciado el valor de personas que se enfrentan a verdaderas tragedias -como el pueblo de Ucrania, o las decenas de países que no salen en las noticias y que también sufren por la guerra, la pobreza y la ausencia de derechos humanos-. Para representar a los niños malcriados de occidente que somos en el fondo, Apatow elige el ejemplo perfecto, los actores de Hollywood, esos bebés inseguros, iletrados, y millonarios que han olvidado los problemas de la vida real. Apatow pone en solfa todo el sistema de estudios, hace sangre con los ejecutivos, se ríe la mala calidad de los blockbusters y sus cromas -en una clara parodia de la saga de Parque Jurásico-, y tampoco perdona a los fans, ni a los influencers. No deja títere con cabeza. Además, Apatow se burla de todos nosotros echándonos en cara todo lo que hacíamos al principio de la pandemia, cuando no sabíamos nada sobre el virus: todos esos saludos con el codo, las ridículas pantallas de plástico sobre la cara, eso de mantener la distancia social, y los constantes test PCR. Y se ríe de todo con una malicia casi negacionista, preguntándose -creo que justificadamente- de qué sirvió todo aquello. Pero sobre todo disfrutaréis de La burbuja si os gusta la comedia estadounidense -en la línea del Saturday Night Live- y si disfrutáis con algunos de sus mejores cómicos, como los ya mencionados Armisen y McKinnon. Creo que esta película haría una doble sesión perfecta, por cierto, con No mires arriba (2021).

APOLLO 10 1/2: UNA INFANCIA ESPACIAL-EL MUNDO PERDIDO


Richard Linklater -Boyhood (2014)- no se molesta más que lo mínimo para ocultar que la premisa de Apollo 10 1/2 no es más que una excusa. El planteamiento es divertido: los científicos de la NASA crean por error una cápsula espacial -en 1969- demasiado pequeña para ser tripulada por un adulto, por lo que deciden entrenar como astronauta improvisado a un niño, que protagoniza el relato. Esta premisa, que la propia narración pone en duda, es el subterfugio que utiliza Linklater para contarnos una suerte de memorias sobre su propia infancia: el director nació en 1960 en Houston. Disponible en Netflix, Apollo 10 1/2 está hecha con la técnica de la rotoscopia -que ya usó Linklater en Waking Life (2002) y A Scanner Darkly (2006)- en la que se filman las escenas con actores reales y sobre estas se 'dibuja' una preciosa y colorida animación, perfecta para el tono soñado y nostálgico que necesitaba esta historia. Linklater incurre en todos los 'errores' posibles en su película: ya hemos hablado del engañoso punto de partida, que no lleva a ningún lado, pero además, toda la película está narrada por una voz en off -interpretada por Jack Black- que recuerda inevitablemente al Carlitos del futuro que rememoraba su infancia en Cuéntame -por citar un ejemplo autóctono-. Además, la historia no está dramatizada, sino que se construye con episodios inconexos, que aparecen de forma tan caprichosa como los recuerdos en la memoria. Todos estos supuestos defectos, sin embargo, dan lugar a una película mágica, en la que Linklater usa su talento para dar vida al retrato de un mundo perdido; a una época de tensiones políticas y sociales; a un catálogo delicioso de referencias pop; a una estupenda playlist; a un entrañable álbum familiar en el que sus personajes se hacen sorprendentemente cercanos con unas pocas pinceladas. Lo que hace Linklater aquí recuerda inevitablemente a películas recientes, creadas por autores de su misma generación, como el Alfonso Cuarón de Roma (2018), el Quentin Tarantino de Érase una vez en Hollywood (2019), el Kenneth Branagh de Belfast (2021) y hasta el Paul Thomas Anderson -10 años más joven- de la maravillosa Licorice Pizza (2021) -mencionemos también la mirada soñadora de Edgar Wright en Última noche en el Soho (2021) en la que fantasea con una década que no conoció-. Obviamente, la evocación cinematográfica de las décadas de los años 60 y 70 que hacen estos directores tiene un componente nostálgico, está claro, pero hay algo más. Como Fellini en Amarcord (1973) y Bergman en Fanny y Alexander (1982), estos creadores recrean su infancia, solo que el divorcio entre esta y la época actual parece mucho mayor que en las películas de los maestros mencionados. En Apollo 10 1/2 estamos ante un mundo que ya no existe, ante una era predigital, en la que no había Internet, ordenadores personales ni teléfonos móviles -y aún así el hombre llegó a la Luna- y en la que las cosas todavía se podían tocar. Una época añorada también por Joachim Trier -todavía más joven, nacido en 1974- en la inolvidable La peor persona del mundo (2021), en el emotivo discurso de despedida del personaje de Aksel (Anders Danielsen Lie) en el que manifestaba su desconcierto ante las nuevas reglas de juego a las que no consigue adaptarse del todo, a pesar de ser, todavía, relativamente joven. En el relato de Linklater no encontramos esa amargura, sino una mirada luminosa que, como una suerte de documental, parece querer descubrirle a la siguiente generación cómo era el mundo hace no demasiado tiempo.

SONIC 2 -CINE FAMILIAR


Sin hacer mucho ruido, Sonic se ha convertido en el gran héroe infantil de los últimos años, gracias a dos películas que le colocan a la altura de los todopoderosos superhéroes y que le dan ventaja, al menos en lo cinematográfico, sobre su gran competidor videojueguil, Mario Bros. Sonic 2 repite el éxito de la primera entrega, gracias a una fórmula sencilla: entender lo que quiere el público (infantil). En esta nueva aventura -dirigida de nuevo por Jeff Fowler- el erizo azul (Ben Schwartz) se enfrenta al regreso de su gran enemigo, el Doctor Eggman (Jim Carrey), acompañado de un nuevo antagonista, Knuckles (Idris Elba), pero también con la ayuda de un nuevo aliado, Tails (Colleen O'Shaughnessey). Estos personajes se suman a los ya conocidos, para crear una gran aventura que no da respiro al espectador, un ritmo perfecto para captar la atención de los más pequeños, y que básicamente es un cóctel de géneros del cine popular: ciencia ficción -apelando a títulos como Terminator (1984)-, algo de aventura a lo Indiana Jones -el Mcguffin es una gema esmeralda-, el inevitable cine de superhéroes -con referencias a Flash y Batman, además de guiños irónicos a Marvel-, el cine de catástrofes y robots gigantes, algo de James Bond -esa persecución sobre la nieve- y hasta un pequeño episodio de comedia romántica, con boda incluida, seguramente para darle algo de vidilla a los padres que han acudido con sus hijos a la sala de cine. Sonic, como personaje, no es más que un niño que hace todas las cosas que quieren hacer los niños: escapar a la autoridad de sus padres, correr, bailar, jugar, patinar y reírse un poco de todo. La película es una aventura sencilla, luminosa, en la que la animación es brillante, los efectos especiales son más que cumplidores y encima tenemos a un Jim Carrey desatado, el único actor humano que sabe mirar a los ojos a los personajes digitales y que parece estar pasándoselo en grande sin tomarse nada demasiado en serio. Sonic 2 es el entretenimiento perfecto para toda la familia. Y si encima tienes cierta edad, y fuiste de Sega, está el disfrute añadido de las pequeñas referencias a los videojuegos de los 90.

MORBIUS -CINE SIN SANGRE


La mejor prueba de que el cine de superhéroes está en su mejor momento es una película como Morbius. La cinta dirigida por Daniel Espinosa es un completo desastre que nunca debió haberse estrenado en salas. Pero alguien debió pensar que el tirón de Marvel era suficiente para colarle a los espectadores un producto deficiente. No es la primera vez que esto ocurre. Marvel Studios ha triunfado creando eventos cinematográficos a los que los espectadores acuden en masa -cuando películas mejores y más arriesgadas no consiguen atraer a nadie- gracias una calidad media estimable y a una narrativa transmedia que engancha y recompensa al fan, mientras tanto, estudios como Fox -ahora también de Disney- y Sony se han dedicado a explotar los personajes cuyos derechos poseen con resultados que dejan mucho que desear. Ahí está esta la terrible Cuatro Fantásticos (2015) de Josh Trank y las dos entregas de Venom. Warner y sus películas de personajes de Dc Comics, tampoco se salva de la quema: tiene en su haber Escuadrón suicida (2016), Aves de presa (2020) y la versión de Liga de la Justicia (2017) de Joss Whedon como ejemplos de productos difícilmente defendibles. La película que nos ocupa ahora, Morbius, es un vehículo para Jared Leto, estupendo actor, ganador de un Óscar, que sin embargo corre el peligro de dinamitar su prestigio antes de consagrarse. En esta película, Leto interpreta a Michael Morbius, un científico con una enfermedad incurable que, como el doctor Jekyll, crea una cura que al mismo tiempo es una maldición, la de una suerte de vampirismo genético. Y hasta aquí llega el argumento de la película, que a partir de este planteamiento no hace el menor intento por desarrollar una historia ni a unos personajes. Sería fácil culpar al guión, pero intuyo que sobre el papel había una historia mínimamente desarrollada que se ha ido al garete en reescrituras, revisiones y sobre todo durante el rodaje, que probablemente ha sufrido injerencias, escenas eliminadas y añadidos absurdos (hay escenas en el trailer que no aparecen en el film estrenado). Así, el argumento es un caos: Morbius se enfrenta a su gran rival, interpretado por Matt Smith, sin ningún motivo aparente -son amigos de la infancia y casi hermanos- y la trama ni siquiera se toma la molestia de proponer, aunque sea, un socorrido mcguffin que sirva de motor a la historia. Los dos enemigos se pelean al final de la película porque toca y Morbius besa a la chica de turno -Adriana Arjona- hacia la mitad del metraje, porque sí. El mejor ejemplo del desaguisado es que un actor buenísimo como Jared Harris tenga que dar 'vida' a un personaje completamente inexistente. Sabemos que es el mentor del héroe, que es una figura paterna y anticipamos su destino porque hemos visto decenas de historias con personajes equivalentes. Pero, objetivamente, en Morbius no hay absolutamente nada que cuente nada, ni que haga humanos a los personajes, ni que aporte interés a la historia o que consiga preocuparnos lo más mínimo por su desenlace. Para colmo de males -ojo spoiler- la escena postcréditos revela la presencia de un personaje ¡Que ya salía en el trailer! Una estafa en toda regla. La película no tiene un solo elemento que la salve: ni la estética, ni las interpretaciones, ni las escenas de lucha, que son las mismas de cualquier película de superhéroes en las que bostezamos al contemplar a dos personajes digitales, carentes de vida, dándose mamporros en cámara lenta. Y si las escenas de acción no están bien resueltas, las supuestamente terroríficas son un fracaso, y eso que sabemos que Daniel Espinoza es un director competente gracias a ese exploit resultón de Alien (1999) que se llama Life (2017). Mencionemos como doloroso ejemplo de lo que pudo ser, un momento que podría haber dado mucho de sí: la travesía por aguas internacionales de un siniestro barco-laboratorio en el que Morbius realiza el fatídico experimento, que en los cómics -en The Amazing Spider-Man #101 de 1971, con guión de Roy Thomas y el estupendo dibujo de Gil Kane- era una clara referencia al viaje del Demeter del Drácula de Bram Stoker, que en esta película aparece rebautizado como el Murnau, en referencia al director alemán de Nosferatu (1922). Un guiño culterano que invita a la risa viendo el resultado artístico de una película que, quizás, sea un éxito de taquilla -por lo pronto, lidera la recaudación del fin de semana en España- pero ¿Hasta cuándo seguirá valiendo el crédito del cine de superhéroes?

PARA CHIARA -INOCENCIA INTERRUMPIDA


El director italoamericano, nacido en Nueva York, Jonas Carpignano, propone un desencantado análisis de la familia como institución y marco de referencia existencial en Para Chiara. En el centro del relato está una niña de 15 años, Chiara (Swamy Rotolo), que desde el inicio demuestra muchas ganas de convertirse en adulta. Su idea de madurar es la de cualquier adolescente: copiar las cosas que hacen los mayores, como fumar y beber alcohol. Pero todos sabemos que ser un adulto es mucho más que eso y Chiara tendrá que enfrentarse al trauma de descubrir lo que se esconde detrás de su familia. Los niños no suelen entender lo que supone para sus padres tener que trabajar para mantener la economía familiar: desconocen de dónde sale el dinero para pagar una casa, la ropa o ese smartphone del que no aparta la mirada Chiara. El descubrimiento de la verdadera identidad de su padre hará tambalear los cimientos morales de la personalidad de Chiara, cuya reacción, lógicamente, será de rebeldía. Este duro proceso es contado por Carpignano utilizando un realismo documental, de cámara en mano, seguramente deudor de la prodigiosa Gomorra (2008) de Matteo Garrone, aunque el retrato sentimental del grupo familiar pueda hacer pensar en la película por excelencia sobre la mafia, El padrino (1972) de Francis Ford Coppola. Pero aquí no encontremos ni su tono operístico, ni sus conflictos shakesperianos. Para Chiara tiene un componente de denuncia social, en el que se propone que la familia protagonista, interpretados por verdaderos parientes -de apellido Rotolo- no está compuesta por desalmados delincuentes, sino por personas que intentan sobrevivir, lo que puede tener más que ver con algunas tramas de una de las mejores series de la historia, como es Los Soprano (1999-2007). El escenario de este drama familiar es el municipio de Gioia Tauro, en la región de Calabria, donde Carpignano situó también sus dos primeras películas, Mediterránea (2015) y A Ciambra (2017), por lo que completaría con Para Chiara una suerte de trilogía calabresa. La película ganó en Cannes el premio al mejor film europeo. Muy recomendable.

BELLE -REALIDAD Y FANTASÍA


Las películas de la estupenda obra de Mamoru Hosoda suelen plantear historias en las que el protagonista descubre otro mundo de fantasía y magia, que funciona con sus propias reglas y que permite al héroe un crecimiento personal y espiritual. En Belle se cumple esta regla, solo que ese otro mundo al que accede la heroína, la tímida Suzu, no es un reino mágico habitado por seres mitológicos -que, en el fondo, también lo es- sino una realidad virtual a la que se accede a través de Internet. En este mundo virtual conocido como U, los usuarios se liberan de sus circunstancias en la vida real para empezar de cero, transformados en un avatar con posibilidades ilimitadas. A este planteamiento se enfrenta el típico personaje protagonista de Hosoda, marcado por una pérdida -la ausencia de la madre en este caso- que bloquea su paso a la madurez. El relato vuelve a ser iniciático, como en El niño y la bestia (2015) y en Mirai, mi hermana pequeña (2018), y Suzu tendrá que enfrentarse al primer amor, a mostrarle al mundo su talento secreto y a reconectar con su padre. Belle toca además otro tema recurrente en la filmografía de Hosoda, el de la bestia: el lado animal que todos tenemos y que aparece reflejado en el mentor de El niño y la bestia y en el padre ausente de Los niños lobo (2012) y de nuevo aquí en una bonita reimaginación del clásico cuento de hadas. Hosoda crea así un argumento que gira también alrededor de la intriga sobre cuál es la verdadera identidad de Dragón, una misteriosa criatura cuyas heridas parecen indicar profundos conflictos vitales en ese otro mundo. Con estos elementos, Hosoda construye una ambiciosa y emotiva película, capaz de mostrar la realidad en tono costumbrista y de recrear espectaculares batallas con superhéroes, que además refleja fielmente lo peor, y también lo positivo, de las redes sociales; además de tocar temas sociales como el maltrato o la infancia abandonada. Una prodigiosa y colorida animación hacen que este anime sea posiblemente uno de los mejores de los últimos años.