ANGRY BIRDS, LA PELÍCULA (CLAY KAYTIS, FERGALL REILLY, 2016)


Elegida por mi hijo siguiendo el inapelable criterio de que en el cartel sale un "pájaro rojo" -su color favorito de siempre- Angry Birds convierte en narración, en personajes, en motivaciones, la mecánica abstracta de uno de los videojuegos más populares y adictivos de la historia. Probablemente lo que engancha de utilizar un tirachinas para arrojar a pájaros malhumorados contra sucesivas estructuras arquitectónicas es nuestro apetito de destrucción: ver caer a los cerdos derribando sus edificios seguramente satisface algún oscuro deseo reprimido. La película entiende esa energía y por eso su protagonista -Red, con la voz de Santiago Segura en español- es un inconformista rodeado de aborregados pájaros que no encuentra su lugar en una sociedad de un buenrrollismo que esconde superficialidad e hipocresía. Hay cierta ambigüedad en esta idea, algo que se agradece, de un guión firmado por Jon Vitti, bregado en series como El Show de Larry Sanders, El Rey de la Colina, The Office o Los Simpsons. Que no es poco. Los personajes no son tan redondos como los de una película Pixar -ni la animación es tan lograda- pero el destructivo clímax que reproduce fielmente los modos del videojuego merece la pena -y debe ser una gozada en 3D-. Me ha gustado sobre todo el mensaje del film: la reivindicación de la rabia como emoción útil que no debe ser reprimida siempre. A veces conviene enfadarse, indignarse, defenderse. Y oye, cualquier película que mantenga quieto a mi hijo de dos años y medio es una obra maestra.