LA BRUJA (ROBERT EGGERS, 2015)


Ganadora del premio a la mejor dirección, para Robert Eggers, en el Festival de Sundance, La bruja tiene la habilidad de conjugar dos tipos de terror en una sola película. El realismo seco de una vida durísima en el siglo XVI en Nueva Inglaterra, da paso al fantástico de la imaginería medieval. Y lo hace de la forma más natural. El terror psicológico que domina las relaciones de la familia protagonista se mezcla con elementos del cine de género más desvergonzado. Y eso mola. La bruja es un film "serio" pero sin complejos. El director utiliza en su historia todo tipo de materiales: hay rastros de los cuentos infantiles -Eggers dirigió un corto sobre Hansel y Gretel- pero también de los famosos juicios reales a las supuestas brujas. Se recupera el miedo al bosque, que aquí esconde los horrores que escapan a la luz de la razón. El bosque en esta película oculta los instintos que la religión se empeña en sepultar bajo el peso de la culpa: el sexo, la violencia, los celos, las inseguridades de la maternidad. Pero todavía más aterradora resulta esa fe que aplasta a los individuos haciéndoles temerosos de prácticamente cualquier impulso natural. Así, en el hogar familiar se produce una caza de brujas entre sus propios miembros. Temas profundos, sí, pero salpicados con machos cabríos, cuervos negros, extraños sacrificios y niños poseídos. La ficción sobre las brujas casi siempre ha sido un vehículo para hablar de la lucha feminista y aquí el tema es una corriente subterránea que brota en el impagable clímax final. Puede que la brujería no sea tan popular como los zombies, auténticos reyes del terror actual, pero sí se puede decir que el subgénero está muy vivo, con ejemplos como la estupenda The Lords of Salem (Rob Zombie, 2012), pasando por American Horror Story: Covenant, hasta el último Radiohead, Burn the Witch y sin olvidar nuestra Las brujas de Zugarramurdi (Álex de la Iglesia, 2013).