¡AVE, CÉSAR! (ETHAN Y JOEL COEN, 2016)



Hay que tener fe en los hermanos Coen. En su nueva comedia, ¡Ave, César!, despliegan de nuevo ese humor esquinado que no busca la carcajada fácil sino una sonrisa perpleja. Pero al final te ríes. Además, los de Minnesota proponen una estructura argumental que parece completamente libre, aparentemente inconexa, que puede hacernos pensar en algún momento del metraje ¿A dónde va esto? Pero al final todo encaja. Lo bueno es que el relato se hace entretenido gracias a un delicioso paseo por los géneros cinematográficos clásicos -esos que ya no existen- como el musical, el western, la epopeya histórica, los espectáculos acuáticos de Esther Williams y los dramas sofisticados de alta sociedad. Estas escenas no son guiños sino secuencias muy elaboradas que detienen la acción -seamos sinceros- pero demuestran el amor por el séptimo arte de los Coen y su pericia como directores. Esto hace que la espera a que todo cobre sentido sea entretenida: no estamos ante una estática reflexión como Barton Fink (1991), anterior incursión de los autores en la temática sobre el mundo del cine.


La trama principal de la película, con aires de cine negro, utiliza al protagonista, Eddie Mannix -estupendo Josh Brolin- director de unos estudios de Hollywood, como el aglutinador de todas las escenas mencionadas y de la gran multitud de personajes que pueblan la fauna del show business sobre la que los Coen ofrecen sus típicos retratos excéntricos: Scarlett Johansson está fantástica. Y el gran conflicto de la película es el secuestro de la estrella de un film sobre la vida de Cristo, Baird Whitlock (George Clooney). Un rapto que es la típica historia de chapuza criminal que los Coen nos han contado en varias ocasiones: desde Arizona Baby (1987) hasta Fargo (1996).



Pero volvamos a Mannix, porque el protagonista de esta historia es la clave del film. Su completa dedicación a su trabajo recuerda a Sísifo. Si el héroe mitológico está condenado a empujar una pesada roca colina arriba para luego verla caer por el otro lado, Mannix se pasa las 24 horas resolviendo los problemas de producción de los estudios para reiniciar el ciclo al día siguiente: los Coen también propusieron una estructura circular en otro film de corte existencialista, A propósito de Llewyn Davis (2013). 



En El mito de Sísifo (1942), el filósofo Albert Camus -citado en la serie Fargo- describía el darse cuenta de que la existencia es absurda como el divorcio de un actor con su decorado. Aquí las escenas de los géneros cinematográficos, sacadas de contexto, producen un efecto surrealista y cómico. Como la incomodidad de Hobie Doyle (Alden Ehrenreich) -un cowboy de acento texano convertido en actor dramático- que abre puertas, reacciona ante maletas y dice frases sin saber por qué -Ralph Fiennes está divertidísimo como su director-. Luego, Hobie repite esos mismos gestos para resolver la trama, con lo que los Coen ponen en duda la idea de lo que es real y lo que es representación.


Volviendo a Mannix, hay que decir que este no disfruta como el Sísifo dichoso que imagina Camus, sino que su esfuerzo inútil se apoya en un sentimiento de culpa muy católico. Él mismo ha creado su propio infierno. Esta cuestión de fe es la que hace que todo encaje en la película. Un guión aparentemente compuesto de sketches se revela al final cuidadosamente engarzado. Para ver cómo encaja todo, no hay más que buscar los paralelismos entre el cristianismo de la película que rueda Clooney y las ideas comunistas de esos guionistas que le secuestran: hasta aparece el sociólogo Herbert Marcuse. Y por supuesto es fácil establecer una conexión entre la historia de Cristo y la de una estrella de imagen inocente que pronto será una escandalosa madre soltera. Los Coen tienen mala leche. La mejor escena, la más divertida, la de los religiosos discutiendo la naturaleza de Dios. Ahí está la clave de todo. Que cada uno interprete a su manera.