NYMPHOMANIAC. VOLUMEN 2 (LARS VON TRIER, 2013)


-AVISO SPOILERS-

Aquí va una opinión muy personal de un tío que no entiende mucho de nada. Pero aquí va. Si eres de esos que va diciendo a todos que te gusta mucho el "cine", o que eres un "cinéfila", pero no vas religiosamente a ver cada película que hace Lars Von Trier, creo que eres un fantasma. Ya lo he dicho.

Obviamente, esto no es cierto. Cada quien tiene sus gustos, todo es subjetivo, y afortunadamente es imposible ver todas las películas de todos los directores importantes que hacen cine actualmente. Creo. No sé realmente cuántos serán. Sólo sé que a mí no me da tiempo. Ni los conozco a todos. Y eso que soy adicto. Al cine. Como la protagonista de Nymphomaniac. Pero al cine.

El segundo volumen de lo que debería ser una sola película muy larga, comienza en el mismo instante en el que acababa la primera parte. Sigue la misma estructura de capítulos, en los que Lars von Trier continúa jugando con el lenguaje cinematográfico utilizando todo tipo de recursos. Pero esa forma juguetona que tiene la película engaña, y mucho, porque el danés es tan despiadado como siempre.

No tiene el más mínimo cariño por su protagonista femenina, que sufre lo indecible, a pesar de la fortaleza que demuestra. Me atrevería a decir que, a pesar de que las cosas no le salen bien, Joe (Charlotte Gainsbourg), nunca es una víctima. No espera nada bueno de nadie, y hace bien. Su visión del ser humano es terrible: todos somos hipócritas, porque alabamos al que dice "bien" con mala intención, y castigamos al que dice "mal" aunque sus motivos sean loables. Joe es sometida a los peores castigos que puede sufrir una mujer: pierde la capacidad de sentir placer, abandona a su hijo con el sentimiento de culpa que eso conlleva, recibe un fuerte castigo físico durante la película, y las dos únicas personas de las que llega a enamorarse se unen para destruirla.

Lars von Trier tampoco tiene demasiada consideración con nosotros. Busca constantemente la provocación: escenas de violencia contra una mujer, escenas sadomasoquistas hasta sangrar, una broma racista con dos negros intentando penetrar a Joe al mismo tiempo, se atreve a sentir pena por un pedófilo (que no un pederasta) y hace un plano explícito de su estrella realizando una felación (da igual que sea "falsa").

Lo peor es que durante toda la película, el personaje de Seligman (Stellan Skarsgard) destila un conmovedor humanismo que parece ser el único rayo de esperanza en el desolador panorama que dibuja el director. Un rayo de sol como el que se cuela inexplicablemente en el claustrofóbico callejón al que da la ventana del piso de Seligman. Pero el amigo recién descubierto por Joe, al que ella decide relatar su historia (y que por lo tanto nos representa a nosotros, los espectadores) se revela en otro ser vil en uno de los finales más amargos que he visto nunca. Y este tampoco lo he visto, porque Lars Von Trier decide mostrar sólo los sonidos de lo que ocurre. La decepción ante el giro inesperado de Seligman no se justifica: debí haber adivinado lo que venía cuando éste confesó su virginidad.