THE FLASH -TEMPORADA 3- FLASHPOINT



FLASHPOINT (4 DE OCTUBRE DE 2016) -AVISO SPOILERS-

En el origen de casi todos los superhéroes hay un hecho trágico. El planeta de Superman fue destruido, los padres de Batman asesinados y el ladrón que Spiderman no quiso detener acabó matando a su tío Ben. Estas pérdidas son las que empujan a los héroes en su actividad bienhechora. Son su motivación. Pero en el fondo, cada uno desearía tener el poder de cambiar las cosas. En 1985, el guionista Alan Moore escribió una historia ya clásica, titulada Para el hombre que lo tiene todo. En ella, Superman era atacado por un parásito extraterrestre que le sumía en un coma, que le hacía soñar con lo que habría pasado si Krypton no hubiese sido destruido (el cómic fue adaptado en la serie Supergirl). Estas historias alternativas han sido recurrentes en DC Comics desde la seminal El Flash de dos mundos, publicada en 1961, en la que el Flash moderno, Barry Allen, descubría que el Flash original, Jay Garrick, el de los años 40, vivía en una tierra paralela, Tierra-2. La segunda temporada de esta serie adaptó la idea y la desarrolló en el estupendo episodio Bienvenidos a Tierra-2. Pero ya desde la primera temporada, esta ficción ha jugado con líneas de tiempo divergentes -al estilo de Regreso al futuro (1985)- y paradojas temporales. Era cuestión de tiempo que los productores adaptaran una miniserie reciente en los cómics, Flashpoint (2011), en la que todos los superhéroes tienen vidas diferentes: Bruce Wayne ha muerto y su padre es Batman; Superman no fue criado por los Kent, etc. Aquí, Barry Allen (Grant Gustin) retrocede en el tiempo para evitar su gran tragedia, la muerte de su madre, y con ello creaba una realidad alternativa y, supuestamente feliz. Obviamente, no es así, como se empeña en recordarle el único otro personaje que sabe lo que ha pasado: el Flash-Reverso, Eobard Thawne (Matt Letscher). En esta Central City, el héroe velocista es Kid Flash, Wally West (Keiynan Lonsdale), y su gran enemigo es The Rival (Edward Clariss), versión de un personaje creado en 1949 como antagonista del primer Flash. A pesar de que todos los personajes han cambiado en este episodio, el núcleo sentimental de la historia sigue siendo el amor entre Iris West (Candice Patton) y Barry Allen, amantes destinados a encontrarse una y otra vez a través de líneas temporales y dimensiones alternativas. Así, el gran atractivo del episodio vuelve a ser descubrir los cambios de este nuevo universo, lo que es la excusa perfecta para recapitular sobre lo ocurrido en las dos temporadas anteriores. Me parece estupenda, además, la idea de presentar a The Rival, primero, en su versión alternativa, para luego reintroducirlo como posible villano principal en el mundo real cuando todo vuelve a la normalidad. O casi todo.

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AMERICAN HORROR STORY: ROANOKE -CHAPTER 4


CHAPTER 4 (5 DE OCTUBRE DE 2016) -AVISO SPOILERS-

Sorprende la contención de esta sexta temporada de AHS, que no se bifurca demasiado en nuevas historias diferentes ni acumula la gran cantidad de personajes dispares a los que nos tenía acostumbrados. Cada episodio se está manteniendo relativamente fiel al argumento principal, el de la colonia perdida de Roanoke y las subtramas guardan una estrecha relación con el tronco central de la historia. Aquí, reaparece el doctor Elias Cunningham (Denis O'Hare), que sirve de nuevo como narrador de los hechos pasados de la casa encantada: en una secuencia muy entretenida, muy de esta serie, conocemos a unos inmigrantes asiáticos que habitaron el lugar y volvemos a ver a las enfermeras asesinas. Elias muere enseguida, pero sabemos que en esta ficción la muerte no es el final definitivo de nadie. Además, se establece a "cabeza de cerdo" -Piggy Man (Marti Matulis)- como el asesino en serie -fantasmal- de esta temporada. En cada entrega de AHS hemos tenido uno diferente: Bloody Face en Asylum, The Axeman en Covent, Twisty en Freak Show y The Ten Commandments Killer en Hotel. Por otro lado, se desvela -quizás demasiado pronto- el origen de la comunidad de Roanoke, el significado de croatoan, y la relación entre "La carnicera" (Kathy Bates) y la bruja (Lady Gaga). Por último, se cierra la trama de la niña desaparecida y nos dejan un momento inusual en la televisión -¡Y en el cine!- el salvaje destripamiento del brujo Cricket Marlowe (Leslie Jordan). Más gore imposible.

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EL PORVENIR (MIA HANSEN-LOVE, 2016)



Cuenta Platón en sus diálogos, que Tales de Mileto cayó en un pozo por ir mirando el cielo. Isabelle Hupert interpreta, en esta muy recomendable El Porvenir, a un personaje que debe ser una especie endémica del cine francés: un intelectual, infinitamente cultivado y probablemente de izquierdas. Creo que según nuestro mundo ha ido empeorando, la profesión de dicho personaje arquetípico ha tenido que especializarse más y más para que sea verosímil su nivel cultural: si en Mi noche con Maude (Eric Rohmer, 1969) Jean-Louis (Jean-Louis Trintignant) era un joven ingeniero católico capaz de disertar sobre Pascal, aquí Nathalie (Isabell Hupert) es directamente una profesora de filosofía. No nos hubiéramos creído que se dedicase a ninguna otra cosa. Lo más bonito de esta película, es cómo se opone la vida intelectual de su protagonista -a la que la distancia interpretativa de Hupert le viene muy bien- con lo mundano, con los problemas más cotidianos. Así, mientras Nathalie intenta enseñar a sus alumnos a pensar por sí mismos, debe lidiar con protestas sociales por el retraso de la edad de jubilación; con el marketing que intenta hacer atractivo un libro de filosofía que no se vende bien; con un marido infiel; con una madre loca que requiere atención (y con su gato gordo); con la idea de la muerte inevitable y con la de una nueva vida; con un alumno aventajado que le reprocha el divorcio entre su forma de vivir y su forma de pensar. Nathalie mira constantemente al cielo, pero tropieza continuamente con los obstáculos del suelo. Creo que el gran mensaje del film es la apuesta por la identidad, por encima de las causas coyunturales que atraviesan nuestras vidas. Pero esa es solamente una convicción personal. Hay, además, otra oposición en la película, tremendamente provechosa. En el guión conviven la tesis y el desarrollo profundo de su personaje principal. Por un lado, el tema de su título, el porvernir, se refleja en diferentes facetas: en los jóvenes que quieren cambiar el mundo, en la mentalidad empresarial que lo rebaja todo, en la vejez, en la muerte, en la soledad del fin de los días, en la esperanza de la llegada de una nueva vida. Al mismo tiempo, se desarrolla con mimo el personaje protagonista: saldremos de la sala de cine con la sensación de haber conocido a una persona real llamada Nathalie. El cómo un film tan pretencioso, idealista e intelectual consigue ser cotidiano y emocionarnos profundamente, es para mí un misterio solo explicable por el talento de Mia Hansen-Love y de Isabelle Hupert. A destacar la imagen perfecta de una triste separación sentimental: cuando en la estantería de Nathalie faltan la mitad de los libros.

AMERICAN HORROR STORY: ROANOKE -CHAPTER 3


CHAPTER 3 (28 DE SEPTIEMBRE DE 2016) -AVISO SPOILERS-

Si hay una constante en la serie American Horror Story -que, como sabéis, cambia su temática dentro del género del horror en cada temporada- es la voluntad de buscar una imagen chocante que haga rechinar nuestros dientes. La serie creada por Ryan Murphy y Brad Falchuk no se ha cortado nunca a la hora de enseñar sangre, gore y sexo. Esto resulta evidente en este episodio, que en lugar de puntos de giro argumentales, tiene imágenes desagradables y terroríficas para marcar el ritmo del relato. Así, vemos una muñeca despedazada con cabeza de cerdo, un cerdito muerto con cabeza de muñeca, dos niños salvajes mamando de las tetas de una inmensa cerda, el cadáver incinerado y crucificado de un personaje secundario, y a uno de los protagonistas, Matt Miller (Cuba Gooding Jr.), practicando relaciones sexuales con una bruja (Lady Gaga) ante la mirada aterrorizada y dolida de su mujer, Shelby Miller (Sarah Paulson). Eso sin contar la aparición de la inquietante Kathy Bates como Thomasin White, la carnicera. El episodio nos cuenta, además, la desaparición de una niña, tema recurrente en el subgénero sobre casas encantadas y en el cine de terror en general. Además, el tema de la infancia desprotegida aparece una y otra vez en la serie -especialmente en la temporada anterior, AHS: Hotel-. Aquí, Lee Harris (Angela Bassett), es una expolicía alcohólica, divorciada, que ha perdido ya a sus dos hijas. Hay que destacar, además, la aparición de un personaje francamente divertido, el psíquico Cricket Marlowe (Leslie Jordan) -era uno de los brujos de AHS: Coven- que recuerda a la Tangina de Poltergeist (1982) que interpretara la entrañable Zelda Rubinstein. Se redondea así un estupendo episodio, escrito por un veterano de Expediente X como James Wong y dirigido nada menos que por Jennifer Lynch, hija del famoso David.

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MR. ROBOT - WHERE IS MY MIND?


"¡Cerda capitalista!" grita una mujer tras echarle encima un cubo de pintura roja a una rubia pija que pasea con su bebé. La madre, impotente, chilla, pero no escuchamos sonido alguno mientras aparece, en grandes letras rojas, el título de la serie: Mr. Robot. La escena podría haberla firmado el Jean-Luc Godard de los años Mao, el de La Chinoise (1967). Pero su autor es Sam Esmail, creador, guionista y director de cada capítulo de la segunda temporada de una de las mejores ficciones que he visto en televisión. Si destaco este momento es porque me parece un ejemplo significativo de por qué me gusta tanto esta serie. La escena no hace avanzar la trama -los teóricos del guión más pragmáticos la habrían eliminado- pero se queda en la memoria, hace pensar. Establece un tono, un estado de ánimo. Es verdad que en Mr. Robot de vez en cuando nos perdemos en el sentido de cada escena individual. Es inútil -y agotador- buscar cómo encaja cada cosa que vemos en un argumento general. Pero si nos olvidamos de esa mentalidad lineal, de esa manía de colocarlo todo en pos de un desenlace, si aprendemos a disfrutar del momento, amigos, estamos ante una serie única.


Todos sabemos que los show runners llevan el timón de las series y asumen las decisiones creativas más importantes, pero que Sam Esmail dirija cada capítulo de la segunda temporada convierte a Mr. Robot en la primera serie verdaderamente "de autor", en el sentido cinematográfico, en la acepción del término que acuñó la Nouvell Vague. Habría que citar el famoso texto de La cámara pluma, en el que el crítico Alexandre Astruc hablaba de "escribir con la cámara". Sam Esmail coge los textos de su equipo de guionistas y con su caligrafía visual hace tremendamente personal lo que en cualquier otra serie suele ser una realización funcional pero plana, estándar, fría. Esmail convierte cada capítulo en una pequeña película indie. Así, la coherencia entre lo que se cuenta y cómo se cuenta es total. Esmail se permite el lujo de ser menos narrativo para crear un estado de ánimo que puede ser mucho más estimulante que los giros de guión -buenos o malos- a los que estamos acostumbrados. Así, el apartado visual de Mr. Robot es otro de sus grandes distintivos. Junto a su director de fotografía -Tod Campbell, que también ha trabajado en StrangerThings y Girls- Esmail ha decidido encuadrar a todos los personajes en la parte inferior o en un margen del plano. Esto deja muchísimo aire alrededor de sus cabezas, dando una terrible sensación de incomunicación y de soledad. ¿Recordáis el cuadro Perro semihundido de Francisco de Goya que se puede ver en el Museo del Prado? Pues algo parecido hay en cada plano de Mr. Robot. Tristeza y soledad en cada plano. Esa visión tan personal de la vida que aporta Esmail es rara. Diferente. Hace un intento -creo que honesto- de reflejar una forma de sentir -creo que universal- sobre el estado actual de las cosas, apelando a temas que deberían preocuparnos a todos.


Otra cosa que distingue a Mr. Robot de cualquier otra serie que estás viendo ahora mismo es su narración subjetiva. La voz en off de Elliot Alderson (Rami Malek) filtra todo lo que vemos y sabemos de la historia. No estamos ante una muleta narrativa -como en Narcos (2015)- para agilizar el ritmo y ocultar carencias de presupuesto. Esta voz en off incluso nos miente. Si habéis visto la primera temporada de la serie sabréis a qué me refiero. En el octavo episodio se produce un giro, una sorpresa, que lo cambia todo. O quizás no cambia nada. Cuidado que vienen spoilers. Estamos ante lo que parece la historia de un joven informático -un hacker- reclutado por una misteriosa organización, FSociety -a imagen y semejanza de Anonymous aunque cambiando la máscara de V de Vendetta (1988) por la de Mr. Monopoly- para luchar contra una maligna corporación, Evil Corp -a imagen y semejanza de Apple, Google o Microsoft-. Hasta aquí, estamos ante algo similar a Matrix (1999) sin las artes marciales. Elliot casi comparte apellido, cambiando una letra, con Neo (Keanu Reeves). Pero ya hemos dicho que la narrativa de Mr. Robot tiene más que ver con el cine de autor, indie o como queráis llamarlo, que con la claridad expositiva de Hollywood o de tu serie favorita tipo Homeland (2011). Aquí no tienen en cuenta al espectador medio. La serie tiene poca acción dramática -pasan pocas cosas- y se apoya mucho más de lo normal en crear emociones utilizando la imagen, el montaje y la música. En esto me recuerda mucho a la británica Utopia (2013), aunque sin los excesos cromáticos de aquella. Mr. Robot tiene más que ver con Pi (Darren Aronofsky, 1998) que con House of Cards (2013). Ahora bien, el giro dramático antes referido desvela un referente obvio, El club de la lucha (David Fincher, 1999). Comparte Mr. Robot con la novela de Chuck Palahniuk una insatisfacción cotidiana contra el sistema, la rabia anticapitalista del marginado y el deseo oculto de una revolución por la vía violenta que acaba en autodestrucción. El padre de Elliot, Mr. Robot (Christian Slater), es aquí Tyler Durden (Brad Pitt). El creador de la serie, Sam Esmail, confiesa esta influencia al utilizar el tema Where is my mind de Pixies -aunque en la versión al piano de Maxence Cyrin- que recordaréis acompañaba a la escena final de El club de la Lucha. La de la revolución. Lo que confirma que, en el fondo, todos tenemos un antisistema en nuestras cabezas. Pero quizás habría que estar loco para tomárselo en serio. Curiosamente, el otro referente de Mr. Robot parece ser otro escritor famoso de la llamada generación X: el Bret Easton Ellis de American Psycho (1991). El personaje de Tyrell Wellick (Martin Wallström) recuerda a Patrick Bateman (Christian Bale). Un psicópata -asesino- inteligente, trepa, ambicioso, hedonista, guapo y sin moral. Recordemos que, al final de American Psycho, descubrimos, también, que quizás todo ha ocurrido en la mente del protagonista, cuya voz en off, también, nos acompaña -y nos engaña-. La narración de Mr. Robot va más allá, rompe la cuarta pared, interpela directamente al espectador y, de hecho, nos trata como si fuéramos otra personalidad alucinatoria del protagonista, lo que nos convierte en parte de la subjetividad absoluta de la serie. De hecho, Elliot nos pregunta si hemos presenciado la deseada "revolución", que ocurre en off. La transgresión asesina de American Psycho existía solo en la mente de Patrick Bateman y la repercusión del plan del narrador (Edward Norton) de El club de la lucha también quedaba en nuestra imaginación. Pero el último capítulo de Mr. Robot ocurre tras una revolución eludida mediante una elipsis. Esmail da un paso que no dieron Palahniuk, ni Fincher, ni Easton Ellis: nos cuenta el día después.


La segunda temporada de Mr. Robot sube el nivel de exigencia al espectador. En los primeros episodios la historia casi no progresa, sino que se instala en los momentos posteriores al "fin del mundo". La trama se hace densa y difícil de digerir. Cuando normalmente las series de éxito acumulan giros, sorpresas, muertes de personajes -véase TheWalking Dead o Juegode Tronos- cayendo sin remedio en la contradicción, en la incoherencia, en lo inverosímil, Mr. Robot avanza lentamente o incluso retrocede, para explicar el pasado de sus personajes, para ahondar en las situaciones, agregando capas y capas de significado, concentrándose menos en lo que se cuenta y más en cómo se cuenta. Se detiene el tiempo en un argumento paranoico en el que los personajes no emprenden ninguna acción mientras el cerco se estrecha sobre ellos. Casi toda la trama principal ocurre dentro de la cabeza de Elliot. ¿Para que hacer avanzar la trama cuando se puede profundizar infinitamente en los personajes? Hay un capítulo -el segundo- en el que Elliot se aísla del mundo y trata de resolver sus problemas mentales. Un episodio casi entero dedicado a los esfuerzos del protagonista por desterrar la personalidad de su padre de su psique. Es una entrega equivalente al episodio de la desintoxicación de la primera temporada. En otro momento, un flashback nos enseña cómo se gestó FSociety y el origen del aspecto de Mr. Robot. Descubrimos que viene de una falsa película, La cuidadosa masacre de la burguesía, un guiño a Buñuel para titular un slasher en el que un asesino en serie utiliza la mencionada máscara del Monopoly. También descubrimos que Elliot ha guardado escrupulosamente la chaqueta de su padre de la tienda de informática y conocemos a su madre. ¿Se puede ser más freudiano? Hay otro momento en el que la narración en off rompe la cuarta pared y Elliot nos pide que miremos una habitación de su piso para averiguar lo que puede querer la parte escindida de su personalidad que representa a su padre. Así, el octavo episodio de la segunda temporada renueva el esquema de la primera, con otro giro que lo cambia todo, en la trama sobre el inquietante Ray -Craig Robinson de The Office-. Eso sí, tras este nuevo "engaño", Elliot rompe -otra vez- la cuarta pared para pedirnos perdón y prometernos que esto no volverá a ocurrir. Pero no hay trampa en Mr. Robot. Este nuevo giro sorpresa simplemente nos hace replantearnos el escenario de todo lo que hemos visto, pero el sentido dramático se mantiene intacto.


El mejor logro de Mr. Robot es que consigue ahondar en su protagonista y al mismo tiempo desarrolla unos secundarios más que interesantes. Como la desconcertante evolución de Angela (Portia Doubleday), convertida en una zombie de la autoayuda, que pacta con el diablo, con Evil Corp, el enemigo que intentaba derrotar. La -recién descubierta- hermana de Elliot, Darlene (Carly Chaikin), tiene un arco moralmente paralelo, tras convertirse en la cabecilla de FSociety, lidiar sola con las consecuencias del ciberataque, y sobre todo con su propia vendetta personal. Incluso personajes tan poco importantes como los hackers Trenton (Sunita Mani) y Mobley (Azhar Khan) disfrutan de un episodio en el que se convierten casi en protagonistas gracias a un flashback que desvela cómo se conocieron. Se amplía también el papel de la perturbadora y fría Joanna Wellick (Stephanie Corneliussen): el misterio del paradero de su marido, Tyrell Wellick (Martin Wallström), es una de las claves de estos últimos episodios. Por si fuera poco, hay nuevas incorporaciones, apasionantes, como la agente del FBI Dominique DiPierro, interpretada por la hija de Meryl Streep, Grace Gummer, que se sale con un personajazo adicto a las piruletas y la única fan de Romy y Michele (1997). Hablemos también de los "malos", las oscuras organizaciones Evil Corp y The Dark Army, antes opuestas, ahora se revelan como parte del mismo mal. En cuanto a los líderes de cada facción, el primero es muy real, Phillip Price (Michael Cristofer), un poco el gran villano de nuestro tiempo, la cara de una gran corporación que normalmente no tiene rostro, con una sed de poder tremenda -siempre quiere ser el "más poderoso" de la habitación- y una falta de escrúpulos escalofriantemente verosímil. Da más miedo que el payaso de Donald Trump. El otro villano, en cambio, es muy pulp, la travestida Whiterose (BD Wong), rodeada de exotismo oriental, que en un momento maravilloso -que incluye una Commodore 64- se pregunta qué es real y qué es simulación. En esto, Mr. Robot recuerda también a Matrix, aunque juega a difuminar la realidad de una forma más sutil, entre el sueño, el subconsciente. Todo lo que rodea a The Dark Army es también de un surrealismo lyncheano. En todo caso, ambos "malos" mueven los hilos sin prestarle demasiada atención a los protagonistas, como dioses griegos en lo alto del Olimpo.


Para completar los ingredientes de una serie absorbente, están las continuas referencias a la cultura popular. Como el amigo de Elliot, Leon (Joey Bada$$), que solo habla de episodios de la mítica Seinfeld (1989-1998). Como el uso del Basket Case de Green Day ¡en versión nana infantil de los Twinkle Twinkle Little Star! en la preciosa escena en la que Elliot debe aprender a soñar. O como el episodio con lenguaje de sitcom de los 90, en el que la psique de Elliot se refugia ante el peligro exterior utilizando a Alf. El verdadero Alf. Estas referencias se mezclan con temas de calado, muy actuales, como la Ley Patriota, Occupy Wall Street, o el movimiento de los indignados. Pero Mr. Robot no utiliza estos temas con oportunismo. Los hackers de FSociety acaban cometiendo crímenes para llevar a cabo su "revolución" -que en el fondo esconde una venganza personal- que convierte a los "héroes" en algo tan malo como lo que combaten. El mejor ejemplo es el sexto episodio, en el que tras destapar que el FBI ha invadido la privacidad de millones de ciudadanos estadounidenses para vigilarles, ellos mismos violan los datos personales de uno de sus enemigos para hacerle chantaje.


¿Por qué es única Mr. Robot? Un momento de esta segunda temporada podría resumirlo para mí. Estamos al final del octavo episodio y nos cuentan que la agente del FBI, Dominique, por fin ha dado con el paradero de los hackers, Darlene y Cisco (Michael Drayer). Pero los asesinos de The Dark Army se han adelantado. Se produce un tiroteo en una cafetería que Esmail resuelve -quizás- como lo habría hecho Michael Haneke: en un plano general la escena se desarrolla en off: no vemos el arresto de Darlene y su novio, pero sí escuchamos los disparos de los pistoleros en un momento propio del cine de acción hongkonés. Ese plano general es una opción estética de distanciamiento que esconde si alguno de los personajes ha muerto, es decir, esconde elegantemente un mecanismo argumental típico del serial de aventuras, un cliffhanger, pero sin trampas. Mr. Robot utiliza narrativa compleja con pretensiones artísticas pero se sirve de mecanismos "pueriles" de la cultura popular. De los típicos giros que enganchan sin remedio.

AL CINE CON CARLOS: ROBINSON, UNA AVENTURA TROPICAL (2016)


En los tiempos de la animación tradicional, artesanal, en dos dimensiones, se notaba muchísimo la diferencia entre los grandes estudios -Disney- y los pocos productos nacidos precariamente en latitudes que no fueran Estados Unidos o Japón. Hoy en día, los ordenadores, lo digital en 3D, han democratizado, en términos industriales, el cine de animación infantil. No creo que el espectador medio perciba demasiadas diferencias entre el acabado visual de una película de 175 millones de dólares de presupuesto como Del revés (2015), una de 75 millones como Mascotas (2016) y la que nos ocupa, Robinson, una aventura tropical (2016), producción franco-belga de apenas 13 millones. Los efectos de luz, las texturas, y los movimientos de los personajes son aceptables, por lo que llego a la conclusión de que la diferencia de calidad más visible está en los intangibles: el talento detrás de los diseños de los personajes -aquí, algo sosos- la chispa de los guionistas a la hora de fabricar diálogos con humor para mantener el interés de los padres -aquí nulo-, la habilidad del director para crear un story board con calidad cinematográfica -aquí, escasa-. Esta adaptación de la novela de aventuras de Daniel Defoe, parte de una idea divertida -pero desaprovechada- en la que el náufrago se revela un completo inútil que consiguió sobrevivir solo gracias a la ayuda de unos animales parlanchines, que sustituyen al pobre Viernes. La película aburrirá a los padres, pero probablemente divertirá a los niños, ya que tiene la virtud de olvidarse de nosotros: la historia es sencilla y el argumento no tiene demasiadas pausas. Además, hay varias set pieces, torpes, pero en las que la cámara no deja de moverse, manteniendo la atención de los más pequeños. Eso sí, aviso que hay un par de apuntes algo siniestros: la muerte de uno de los personajes y la macabra utilización de la reproducción por parte de la felina villana de la película. Por lo demás, Robinson resulta entretenida, pero olvidable. Sirve para enseñarle a tus hijos algunos animales poco frecuentes, como el tapir o el pangolín. Y sirve, claro, como pequeña aproximación a un clásico de la literatura de aventuras, que incluso aporta un comentario sobre el trasfondo colonialista del original, aunque este, luego, se disuelva plácidamente en un final feliz.

SING STREET (JOHN CARNEY, 2016)


La imagen clímax de dos enamorados que corren cogidos de la mano, mientras en segundo plano vomita un niñato irlandés que ha bebido demasiado, podría resumir las intenciones del director y guionista John Carney. Le conocéis de sobra por Once (2007) y Begin Again (2016), películas que mezclaban lo romántico y lo musical, así que ya sabéis de qué palo va este señor. Aquí nos cuenta básicamente lo mismo -los sueños como combustible del motor de la felicidad- aunque rebajando considerablemente la edad de sus protagonistas: ahora se trata de chavales de instituto. Sing Street es como mezclar Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000) y The Commitments (Alan Parker, 1991). Hay una parte de mí que se lo pasó muy bien viendo esta película, pero también hay otra que siente una gran vergüenza por admitirlo. La película tiene la energía que transmiten esos chavales que intentan montar un grupo de música, inspirados por todas aquellas bandas ochenteras con hombreras y demasiado maquillaje: The Cure, Duran Duran, Spandau Ballet.


El protagonista, Conor (Ferdia Walsh-Peelo), es el chaval sensible de padres divorciados que sufre un infierno en el instituto y que se enamora de la chica que no debe, con el que decididamente me siento identificado. El objeto de su amor se llama Raphina, interpretada por Lucy Boynton, joven actriz perfecta para darle vida a la chica de nuestros sueños, y que probablemente será una estrella de cine en el futuro cercano. Los colegas de Conor tienen el carisma de los chavales de Stranger Things (2016) y cuando graban sus primeros videoclips consiguen la simpatía naive de Rebobine, por favor (Michel Gondry, 2008). Todo esto funciona de maravilla en la película y eso que lo mejor es, para mí, su historia de amor, que se apoya en la torpeza de Conor y en lo irresistible que resulta esa Raphina que intenta parecer una chica mala. Estos dos personajes, que al principio no parecen tener química ninguna, acaban fabricando algo parecido a las cosquillas de un primer beso. Sing Street no siente vergüenza de ser romántica, inocente, inmadura e incluso cursi. La filosofía de la propia película hace del riesgo y del no tenerle miedo al ridículo, su bandera. El problema es que todo se resquebraja por dos elementos que no acaban de convencer. Por un lado, el personaje del hermano mayor de Conor, Brendan (Jack Reynor), acaba resultando impostado. Se habría beneficiado de algún elemento diferenciador que lo alejase del cliché. Por otro lado, en algún momento, las canciones -no románticas- del grupo de Conor se aproximan peligrosamente a la rebeldía fabricada de una boy band. Creo que Sing Street habría sido una película de culto con un tono más realista y sucio. Quizás por eso John Carney colocó a un niñato irlandés vomitando detrás de la romántica imagen de sus protagonistas corriendo, cogidos de la mano.