

En High-Rise, Ben Wheatly da el salto hacia un cine de mayor proyección comercial, con actores conocidos, sin renunciar a sus rasgos como autor. En la novela original, el quiebre que se produce entre la convivencia civilizada y el descenso a la barbarie, ocurre sin una justificación argumental clara. El cine de Wheatly contiene también fugas similares hacia lo irracional: el giro final de Kill List, los primeros asesinatos de Turistas, y la experimental A Field in England (2013) toda ella. En esta adaptación se echa de menos que el proceso que convierte a los habitantes del edificio en tribus salvajes sea más gradual. Wheatley no establece demasiadas diferencias entre el antes y el después de la vida en el rascacielos: los personajes son excéntricos desde el principio.
El director, además, hace demasiado diáfana la lectura política de su propuesta: los habitantes de los pisos superiores se disfrazan de cortesanos; el líder de los pisos inferiores, Richard Wilder (Luke Evans), tiene una foto del Che Guevara en su piso; el discurso de Margaret Tatcher sobre el capitalismo que escuchamos al final y esa burbuja de jabón que estalla en el aire. Todo esto me recuerda las palabras del filósofo Slavoj Zizek, que habla sobre “las huelgas de la privilegiada «burguesía asalariada» impulsada por el miedo a perder sus privilegios”. Y es verdad que en el rascacielos de High-Rise no hay verdaderos pobres. No hay obreros. Quizás, por eso, los enfrentamientos entre la clase media y los asquerosamente ricos acaba pareciendo un juego, peligroso, pero con un punto de entusiasmo vitalista. Mucho más acuciada es la diferencia entre marginados y ricos en la horizontal Snowpiercer (Bong Joon-Ho, 2013). En todo caso, me gusta más la pintura de guerra con la que se adorna la cara el protagonista, Robert Laing (Tom Hiddleston), que hace pensar en el Pierrot, el loco (1965) de un Jean-Luc Godard que no estaba muy lejos de sus "años Mao".
Ben Wheatly se mira además en Stanley Kubrick. Hay un ambiente violento festivo en esta película que recuerda a La naranja mecánica (1971), film que también hablaba sobre los condicionantes que suprimen los impulsos violentos y sexuales del individuo socializado. Las torres de los rascacielos se levantan contra el cielo como el monolito extraterrestre de 2001: Una odisea del espacio (1968), aquel cuyo efecto era evolucionar al homínido hacia la Humanidad. Justo lo contrario que aquí. Además, Wheatly hace un uso similar al de Kubrick de la música clásica y pop, como el tema SOS de Abba, versionado nada menos que por la banda Portished. Es durante estos breves momentos musicales cuando las imágenes del film resultan más arrebatadoras. High-Rise es compleja, ambiciosa y seguramente el primer aviso de la capacidad de Wheatly como cineasta mayor.
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