SCARLET -HAMLET Y TODO LO DEMÁS


De trabajar en las series y películas sobre la franquicia Digimon, el japonés Mamoru Hosoda se ha convertido en un autor consolidado que utiliza la animación como medio de expresión artística para contar historias cada vez más complejas. Scarlet (2026) es una espectacular cinta épica que propone como escenario una suerte de limbo llamado Otromundo. Cuando morimos, se nos dice, no vamos al cielo ni al infierno, sino a esta dimensión en la que se reúnen personas de todas las épocas, e incluso, alguno o alguna que todavía no ha fallecido realmente. El argumento que propone Hosoda parte nada más y nada menos que del Hamlet de Willian Shakespeare, aunque cambiando el género del protagonista: la princesa danesa Scarlet busca vengarse de su tío Claudius, el asesino de su padre, Amleth. Para ello, tendrá que cruzar la extraña dimensión en la que se encuentra atrapada, espada en mano, para acceder a un mundo superior de privilegiados, el Lugar Infinito, donde podrá vengarse. En su camino, sin embargo, se encontrará con un joven paramédico del siglo XXI, Hiriji, que intentará ayudar a la heroína, pero desde una perspectiva opuesta a la venganza, con una actitud pacifista y conciliadora. Con estos elementos, Hosoda parece tener, sobre todo, libertad creativa y artística para llevarnos de la mano a través de una trama mutante en la que veremos escenas de acción, grandes batallas bélicas, escenas de masas que parecen remitir al cine mudo colosal, momentos dramáticos -y románticos- entre los personajes, viajes en el tiempo, secuencias de cine musical, comedia, existencialismo -con cita a 2001: Una odisea del espacio (1968)- y hasta cine social, porque las almas del limbo en el que se desarrolla la película acaban siendo marginados oprimidos por malvados reyes que, como migrantes y exiliados, aspiran a poder entrar en el lugar infinito. 
Scarlet es visualmente espectacular, por la escala de las acciones que vemos y por los efectos de luz, los colores y los diseños de todas las épocas que se mezclan en una sola historia. Pero quizás por eso mismo, resulta también irregular, incapaz de mantener el ritmo y el impulso dramático durante todo el metraje. Es el precio a pagar, seguramente, por la voluntad de riesgo y la libertad creativa de un autor como Hosoda.

SORRY, BABY -DOS AMIGAS


A nadie se le ocurriría hablar de ciertos temas -el cáncer, la violencia machista, la muerte- desde la comedia, pero es precisamente eso lo que hace Sorry, Baby (2026), el estupendo debut cinematográfico de la directora y actriz Eva Victor. No todo el humor es inteligente, desde luego, pero está claro que una mirada inteligente acaba llegando casi siempre al humor. Esta sencilla película es la historia de dos amigas, Agnes -la propia Victor- y Lydie (Naomi Ackie), dos universitarias que llevan vidas paralelas pero muy diferentes. Lydie ha dejado atrás la pequeña ciudad universitaria de Nueva Inglaterra en la que vivían ambas para irse a Nueva York; la vida de Agnes se ha petrificado por un suceso traumático que le impide, incluso visualizar su futuro. El inteligentísimo guión de Victor -premiado en el Festival de Sundance- explora el dolor, la culpa, la soledad y la incomprensión que sufre la protagonista como víctima, desarrollando un discurso sobre una terrible lacra social desde una óptica feminista que evita convertir en monstruo al agresor y victimizar a la protagonista. Y Eva Victor hace todo esto desde el humor y desde una mirada humanista. Hay que destacar su talento para crear personajes entrañables. La protagonista, Agnes, es inteligente, sensible y divertida -un poco en la línea de Fleabag (2016)- y su amistad con Lydie es tierna y cariñosa, lo que ayuda a meternos de lleno en la historia. Pero Agnes y Lydie no están solas. Sorry, Baby está habitada por personajes secundarios maravillosos: el vecino (Lucas Hedges), la excéntrica y psicópata compañera de carrera (Kelly McCormack); y hasta un personaje menor, episódico, el dueño de una cafetería (John Carroll Lynch), protagoniza una secuencia memorable y llena de humanidad. Con estos personajes, la directora crea un pequeño mundo de hermosos paisajes rurales lánguidos -la fotografía es de Mia Cioffi Henry-, de pequeñas casas acogedoras, de personajes que leen libros o ven viejas películas en blanco y negro. Un pequeño mundo en el que te gustaría vivir, aunque no sea perfecto. Ver Sorry, Baby es tener la sensación de asistir al descubrimiento de una autora talentosa, divertida e inteligente, a la que apetece seguir la pista en sus próximas películas.

LA PEQUEÑA AMÉLIE -EL CENTRO DEL UNIVERSO


Ya lo debería saber todo el mundo, que la animación no es un género cinematográfico menor, ni es exclusivamente infantil, ni es un género. Pero por si acaso, hay que recomendar fervientemente La pequeña Amélie (2026), una maravilla de película, nominada al Óscar, que utiliza la animación para adaptar la novela Metafísica de los tubos (2000) de la popular autora Amélie Nothomb, escritora belga de mirada personalísima y autobiográfica, marcada por su infancia en Asia y por su posible síndrome de Asperger. El lenguaje de la animación, su libertad formal y su infinidad de recursos se muestra aquí como la forma ideal de visualizar las ideas de la novela y plasmar en la pantalla la imaginación de la autora adaptada. Dirigida por Maïlys Vallade y Liane-Cho Han, esta película firmada por la productora francesa Maybe Movies, narra en primera persona la llegada a la existencia de Amélie, una bebé muy peculiar y un personaje con una personalidad y un carisma tremendos, de esos que permanecen en la memoria. La película es naturalista y costumbrista, centrándose en el núcleo familiar y en su vida cotidiana, pero también está abierta a la metáfora y a la fantasía visual, abordando además temas complejos como el choque cultural entre Europa y Japón, con las heridas de la Segunda Guerra Mundial todavía abiertas -la historia ocurre a finales de los años 60-. Amélie va abriendo poco a poco los ojos al mundo y establece relaciones importantes -con su abuela o con la empleada doméstica Nishio-San- pero también aprende el significado de la pérdida y la idea de la muerte. Todo esto, interesante de por sí, está contado de forma deslumbrante, valiéndose de recursos cinematográficos que solo están al alcance de la animación. Señalemos algunos momentos espléndidos: cuando Nishio-San explica a Amélie su terrible experiencia en la guerra mientras cocina, convirtiéndose los ingredientes y la preparación culinaria en metáforas ilustrativas del conflicto bélico; o cómo el drama personal de la rencorosa Kashima-san se desvela solo con miradas y gestos mínimos, dando lugar a un instante de intensidad emocional tremenda en la escena del ritual japonés del Toro Nagashi; y por último, la preciosa idea de que se pueda meter la playa en un bote de cristal, en una escena que establece una conexión inesperada con Roma (2018) de Alfonso Cuarón. Todos estos son momentos de gran cine, de sabiduría narrativa, en una película de apenas 77 minutos de duración, que es una de las mejores obras del año.

HASTA LA MONTAÑA -PASTOS FRESCOS


La idea de escapar de la claustrofóbica ciudad para refugiarse en la amplitud del campo y la montaña está presente en más de una película desde el confinamiento de 2020. La necesidad de huir de una sociedad hipertecnificada y marcada por las redes sociales para reconectar con la naturaleza, es un sentimiento todavía más actual y urgente. Pero la idea de alejarse de un sistema capitalista en el que el trabajo ha perdido su sentido para reencontrarse con algo más primitivo y puro es todavía más antigua y nos puede llevar a finales de los años sesenta y a la revolución hippie. Todo esto está muy presente en la estupenda Hasta la montaña (2026), dirigida por la canadiense Sophie Deraspe e inspirada en hechos reales, en el relato autobiográfico de Mathyas Lefebure publicado en 2006. El argumento nos cuenta cómo el protagonista, Mathyas (Félix-Antoine Duval), un joven canadiense, creativo publicitario, decide abandonarlo todo tras una crisis existencial con la idea de convertirse en pastor de ovejas en la Francia rural. El guion sigue entonces los quijotescos esfuerzos de Mathyas por conseguir sus objetivos: debe aprender un oficio ancestral, encontrar trabajo y estar a la altura de un modo de vida tan antiguo como exigente. Lo más interesante de la película es que, a pesar del idealismo, algo naive, del protagonista, no hay concesiones al romanticismo. El conflicto nace, precisamente, del choque entre los deseos de Mathyas y la realidad del campo en Europa, un sector siempre en crisis que se enfrenta al capitalismo salvaje del mercado global, a las presiones ecologistas -que lógicamente intentan salvar al lobo-, y a la precariedad de un oficio en vías de extinción que solo sobrevive gracias a la contratación -a veces ilegal- de inmigrantes. Mathyas se enfrenta a todo eso y a la mala leche de unos campesinos y ganaderos que no son los de As bestas (2022), pero casi. Estos conflictos sociales complementan y sirven de escenario para la búsqueda filosófica de Mathyas, que encontrará en una funcionaria (Solène Rigot) a una sorprendente compañera de aventuras. La apuesta por el realismo de Sophie Deraspe consigue que conectemos con la película, que en su segundo tramo nos llevará a las montañas en las que Mathyas debe afrontar el durísimo reto de la trashumancia y en el que los fantásticos paisajes, fotografiados por Vincent Gonneville, harán el milagro de llevarnos desde la sala de cine hasta los Alpes franceses. Una cinta sin pretensiones, pero que llama a la reflexión, cuyos protagonistas conectan con el espectador y que hay que ver en una pantalla de cine tan grande como las cimas que intenta conquistar Mathyas con su rebaño de más de 800 ovejas.

UN FANTASMA EN LA BATALLA -DOBLE VIDA

Agustín Díaz Yanes vuelve tras la cámara con la muy sólida Un fantasma en la batalla (2025), en la que una estupenda Susana Abaitua -nominada al Goya- protagoniza un tenso thriller sobre una mujer guardia civil que se infiltra en un comando de ETA en sus años más violentos y sangrientos. No hace falta decir que el planteamiento, basado en hechos reales, es muy similar al de La infiltrada (2024), pero estamos hablando de dos películas completamente diferentes que solo tienen en común su calidad. En su aproximación a la violencia terrorista, Yanes -nominado al Goya al mejor guion- apuesta por un film oscuro, que nos muestra a dos bandos enfrentados, por un lado, los terroristas y por el otro, los agentes de la benemérita, que poco a poco se van deshumanizando en una lucha sin cuartel. En medio del conflicto está Amaia, una joven que se entrega a la causa contra la violencia -no se nos dan demasiadas pistas sobre sus circunstancias personales- y que debe hacer un tremendo sacrificio para aguantar durante años entre las filas de unos criminales curtidos en la desconfianza y la paranoia. La protagonista -y el espectador- tienen pocos momentos de respiro: Amaia se enfrenta constantemente a la posibilidad de ser descubierta o al dilema moral de tener que colaborar con los terroristas para mantener en pie el engaño. La película se apoya en varios elementos para mantener esta tensión: una puesta en escena ejemplar de Yanes y un estupendo montaje de Bernat Vilaplana, nominado al Goya; una estupenda fotografía, con una cualidad fantasmagórica, de Paco Femenía; una música digna de una película de terror de Arnau Bataller; y, sobre todo, el rostro, la gestualidad, de una fantástica Abaitua, capaz de expresar un amplio rango de emociones sin necesidad de apoyarse en los diálogos. A la contundencia de Un fantasma en la batalla ayuda en no poca medida la mezcla de las escenas de ficción con materiales documentales, emisiones noticiosas televisivas reales, que imprimen veracidad y el peso del horror que se vivió en España en aquellos años. A Abaitua la acompaña un reparto sólido: Andrés Gertrúdix, Iraia Elias, Raúl Arévalo, una durísima Ariadna Gil y un sorprendente cameo del director Jaime Chávarri para dar vida a personas que actuaban como soldados en una guerra sin sentido y que intentaban esconder las heridas propias de ejercer -y sufrir- la violencia.

DECORADO -NO ESPERÉIS EL FIN DEL MUNDO


"Tal divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y su decorado, es propiamente el sentimiento de lo absurdo" dijo Albert Camus en El mito de Sísifo y ese espíritu es el que rige Decorado (2025), nominada al premio Goya a la mejor cinta de animación y quizás la película española más política del curso pasado. Su director, Alberto Vázquez, es uno de los autores cinematográficos más interesantes del panorama actual, con un discurso coherente, comprometido y personal y con un estilo reconocible a primera vista. En Decorado encontramos una crítica feroz de la sociedad actual, marcada por un capitalismo salvaje, por unas relaciones deshumanizadas, por la precariedad laboral, el desempleo y la imposibilidad de acceder a una vivienda, el clasismo, el uso manipulador de los medios de comunicación, de información y entretenimiento para distraer a la clase obrera y sedar cualquier atisbo de rebelión. Y este dibujo (animado) cruel y nihilista del mundo, lo hace Vázquez utilizando tiernos animales antropomorfizados, en la tradición de Disney y de los Looney Toons, lo que provoca un contraste escalofriante que produce una risa helada y, sobre todo, desasosiego. En la historia, el protagonista es Arnold, un ratón de mediana edad, casado y en paro. Un ratón que se siente un extraño en su propia vida y que intenta descubrir si hay algo más allá del bosque. Pero escapar, no es fácil, como ocurre en tantas y tantas obras de ciencia ficción distópica, empezando por la referencia principal de esta película, el clásico 1984 de George Orwell. Vázquez mezcla así los problemas existenciales con la opresión social, económica y política, y añade oscuros elementos de fantasía y de terror, como demonios, fantasmas y monstruosas sirenas, para crear un universo oscuro, poblado de retratos reconocibles: el empresario exitoso pero desalmado, el juguete roto de la fama, el artista frustrado en un mundo que no aprecia la cultura, el mendigo y el drogadicto autoexcluido del sistema. Vázquez no deja títere con cabeza, pero también matiza y nos muestra a un capitalista opresor con capacidad para amar y a un marginado oprimido pero también víctima de sus propias debilidades. Con un humor negrísimo, Decorado encoge el corazón, sí, pero también engancha, quizás por su forma descarnada de decir verdades. Lo único que se le puede achacar es que no ofrece respuestas ni esperanzas. Pero ¿Quién puede?

ARCO -VIAJES EN EL TIEMPO


Tras décadas de ciencia ficción distópica -el miedo vende más que la esperanza- y con la que está cayendo en el planeta -cambio climático, pandemias, guerras- parece difícil ser optimistas acerca del futuro de la humanidad. Pero eso es lo que plantea la estupenda Arco (2026), nominada al Óscar a la mejor película de animación. En un futuro lejano, el año 2932, la humanidad ha dominado el viaje en el tiempo. El pequeño Arco, de 10 años, decide escaparse de casa y acaba viajando a su pasado, que para nosotros es un futuro más cercano, 2075, donde conoce a otra niña, Iris, que le cambiará la vida mientras intenta ayudarle a volver a casa. Este planteamiento de ciencia ficción, que puede recordar a un clásico como E.T., el extraterrestre (1982) en su esencia,  da lugar a una película sin embargo muy original, llena de ideas preciosas y con un look visual muy personal. Detrás de la película está el francés Ugo Bienvenu, animador, ilustrador y autor de cómics que en su primer largometraje imprime un estilo híbrido que tiene algo, primero, del cómic de línea clara europeo, algo de Moebius, pero también algo de la sensibilidad poética aplicada al detalle realista de los estudios Ghibli. Arco dibuja dos futuros de ciencia ficción que, sin ocultar los problemas del mundo real como la crisis ecológica, abren la posibilidad de la esperanza planteando ideas de forma muy sutil como una comunión de la civilización con la naturaleza, o un uso mucho más humanizado de la tecnología -mencionemos al robot encargado de cuidar a la familia, un personaje que protagoniza alguno de los momentos más emotivos de la cinta-. Las ideas que hay en Arco son bellísimas: el sorprendente uso de los arcoíris, la amistad que surge entre dos niños de mundos diferentes, la nostalgia que evoca ese futuro distante, el destino de un robot guiado por las leyes de Asimov que, sin ser humano, es capaz del mayor sacrificio. Debería estar entre las mejores películas del año.

NO HAY OTRA OPCIÓN -LA LEY DEL MÁS FUERTE


La calidad del cine del surcoreano Park Chan-Wook está directamente relacionada con la exigencia que supone para el espectador ver sus películas. Un buen ejemplo es No hay otra opción (2025) estupenda cinta, inclasificable, en la que el director de Oldboy (2003) despliega un arsenal de recursos narrativos, visuales y estilísticos para contar su historia. El planteamiento es delirante, aunque no necesariamente inverosímil: un desempleado de la industria del papel, Man-su (Lee Byung-hun), decide eliminar a sus rivales profesionales para recuperar su antiguo trabajo en un intento desesperado por mantener su estatus económico, social y familiar. El guión adapta una novela de Donald E. Westlake, The Ax (1997), que ya fue llevada al cine por Costa-Gavras, y si bien la linea argumental puede parecer lineal, la puesta en escena de Park Chan-Wook se encarga de dinamitar un desarrollo narrativo clásico para convertir cada secuencia, escena y casi cada plano en un sugerente tour de force. Ningún encuadre ha sido dado por sentado por el director, que utiliza todos los recursos cinematográficos para deslumbrarnos: movimientos de cámara serpenteantes y un potente uso del zoom; fotografía expresionista para resaltar las emociones de los personajes -que firma Kim Woo-hyung-; interpretaciones extremas entre el melodrama, la comedia y el terror; un diseño de producción que hace de cada escenario la viñeta de un cómic; y un montaje preciosista, que asocia acciones paralelas y funde imágenes de forma poética, superponiendo diálogos que se convierten en voces en off. Y sobre todo, Park Chan-Wook hace un uso magistral del sonido que consigue que sus películas, que pueden llegar a resultar frías, sean tremendamente sensoriales, haciéndonos partícipes del tacto de las caricias entre los personajes, de los tejidos de la ropa que usan, del sabor de la comida y la bebida que consumen, y sobe todo del dolor de las torturas extremas que son ya seña de estilo del autor surcoreano. Todos estos elementos, unidos al uso de la música -la banda sonora la firma Cho Young-wuk- sirven para convertir cada película de Park Chan-Wook en una maravilla -incluso cuando son fallidas-, que requiere, eso sí, de toda nuestra atención para no perdernos nada. No hay otra opción parece formar parte de una nueva etapa en la filmografía del director iniciada con Decision to Leave (2022) y podría ser prima hermana de Parásitos (2019). La película es una sátira sobre el estado actual de las cosas: la fragilidad de la clase media, la precariedad laboral y la amenaza del desempleo por la llegada de la inteligencia artificial, todo desde una mirada desencantada del ser humano, presentado aquí como egoísta y moralmente débil. Hay algo de Hitchcock en la propuesta, en la idea de presentar el lado oscuro de las personas corrientes, pero también hay algo de Shakespeare en este drama de bajas pasiones y ambiciones, en la figura de la mujer de Man-su, una estupenda Son Ye-jin, una Lady Macbeth pasivo-agresiva. Y luego está el sello personal de Park Chan-Wook, un director histérico, que hace que sus personajes chillen como locos porque la música está muy alta para disimular el sonido de un disparo.

CUMBRES BORRASCOSAS -¿POR QUÉ DICES AMOR CUANDO QUIERES DECIR MATRIMONIO?

 

Si algo no se le puede negar a la directora de Emerald Fennell es su voluntad de riesgo. Nada era más fácil que adaptar un clásico como Cumbres borrascosas (1847), de Emily Brontë, apegándose a la letra, apelando a dos estrellas como Margot Robbie y Jacob Elordi para realizar una lujosa película de época, asegurándose -casi- el éxito en taquilla. Pero en Cumbres borrascosas (2026), Fennell opta por seguir los pasos de Sofía Coppola en María Antonieta (2006) -y de la exitosa y petarda Los Bridgerton (2020)- para recrear un siglo XIX anacrónico, con música moderna de Charli XCX y una estética entre lo dickensiano, el cuento de hadas y una película expresionista alemana. La famosa y turbulenta historia de amor entre Catherine y Heathcliff se cuenta aquí con la estética de un videoclip o de un lujoso anuncio de perfume, sin diálogos pomposos, con un ritmo acelerado y un tono de comedia contemporánea y casi paródica. Fennell no tiene problemas en mezclar la perfidia de los personajes de Las amistades peligrosas (1988) con el rojo intenso de Gritos y susurros (1972) de Ingmar Bergman, y algo de la crueldad de Lánthimos. El espectador que haya leído la novela o que haya visto adaptaciones previas no se va a sentar en la butaca sabiendo lo que le viene, ya que Fennell le ha dado la vuelta a la forma de contar la venganza, llena de rencor social, de Heatlcliff, al que da vida un Jacob Elordi que explota a conciencia su atractivo masculino para enloquecer a su legión de fans -y reírse un poco de sí mismo-. La película es tan irregular como fascinante, y está destinada a ser malinterpretada. El centro del relato es Catherine -Margot Robbie aparece también como productora detrás del proyecto- y la narración elude centrarse demasiado en que el motor argumental es la venganza de Heathcliff. El tema nuclear de esta versión de Cumbres borrascosas es el matrimonio visto como una institución machista a la que la mujer accede por cuestiones económicas antes que por amor -lo que conecta esta cinta con la descarnada Lady Macbeth (2016)-, una idea que puede parecer cosa del pasado hasta que pensamos en los hijos, la hipoteca y la conciliación familiar actuales. Catherine pide a su criada (Hong Chau) que apriete más su corsé en vísperas de su boda, en una clara metáfora de lo que va a suponer para ella el enlace con Edgar Linton (Shazad Latif). Catherine podría ser feliz con un buen marido, el problema es que su verdadero amor es otro hombre y esto, lejos de llevarla a rebelarse, la hace sentir culpable y esclava de una relación tóxica, clandestina y de alto voltaje sexual. El tramo final de la película, en el que la directora adopta la estética de la portada de una novela romántica de aeropuerto, es toda una declaración de intenciones. Fennell lanza su mensaje llevando el melodrama al extremo en escenas que favorecen el alarde interpretativo intensificado por la música arrebatada de Anthony Willis. En la superficie, el final de Cumbres borrascosas le da al espectador su anhelada ración de emociones románticas, mientras esconde la verdadera tragedia de una mujer que no pudo ser feliz porque tuvo que sacrificarse para sobrevivir.

EXTRAÑO RÍO -CINE Y PINTURA


Los primeros planos de Extraño río (2025) nos muestran imágenes de árboles y sus hojas difuminados por la velocidad con la que va la bicicleta del protagonista, Dídac -Jan Monter, nominado al Goya al mejor actor revelación-, e inevitablemente nos acordamos de los impresionistas y sus vibrantes pinceladas que buscaban captar el momento antes que registrar fielmente la realidad. En esa primera secuencia, Dídac mira de reojo a la cámara, como lo han hecho muchos modelos en la historia del arte, creando una conexión íntima con el espectador. Poco después, Dídac y su familia se bañan en un río y bajo el agua aparece un misterioso cuerpo desnudo que nos hace pensar en los niños en la playa de Sorolla. El cuerpo desnudo es uno de los temas más presentes en la historia de la pintura y en esta ópera prima cinematográfica de Jaume Claret Muxart -nominado al Goya a la mejor dirección novel- es el núcleo estético y dramático, porque Dídac, de 16 años, está descubriendo su sexualidad. El realizador catalán, junto al director de fotografía Pablo Paloma, apuestan por un look visual pictórico en esta película rodada en 16 mm y el resultado es precioso, sobrecogedor y atmosférico. El argumento, que firman el propio Claret Muxart y Meritxell Colell, nos cuenta el viaje de una familia desde la perspectiva adolescente de Dídac. Viajan sus padres -Nausicaa Bonnín y Jordi Oriol- y sus hermanos menores -Bernat Solé y Francesco Wenz- y como en toda familia, hay momentos compartidos y momentos íntimos, de reflexión, en los que el viaje es interior. Dídac está revuelto por dentro por las dudas, el deseo y las primeras frustraciones amorosas, y todo esto lo expresa Claret Muxart a través de las interpretaciones y los diálogos, pero también utilizando el lenguaje cinematográfico de una forma tan hermosa como narrativamente eficaz. En una secuencia, Dídac camina por el camping en el que su familia hace noche. La cámara adopta su punto de vista, está oscuro y el fondo casi no tiene luz. Un joven se cruza en su camino, pero no lo vemos, porque su identidad no importa. Su contorno es borroso porque solo es un cuerpo, una tentación sexual para Dídac, que pronto desaparece del plano. Enseguida, sin corte, aparece de fondo otro joven, también borroso, que parece llamar a Dídac. Pero este siente miedo y huye. El desconocido le sigue, pero también desaparece. Más que personajes entrando y saliendo de un plano secuencia son manchas impresionistas que surcan la mente de Dídac reflejando sus miedos, sus anhelos, su deseo sexual. El trabajo visual de Claret Muxart y Pablo Paloma es sobresaliente, en una película que acaba abandonado lo narrativo y el tono costumbrista para dejarse llevar por las imágenes y las sensaciones del viaje que hace Dídac por ese río que sirve de metáfora, claro, de la propia vida. En su segundo tramo, Extraño río se expresa a través de imágenes misteriosas, de miradas y silencios entre los personajes, que acaban haciéndonos reflexionar y que demuestran que una mirada profunda no requiere necesariamente de profusos diálogos o excesos interpretativos. Las imágenes también cuentan la historia y quizás son más efectivas.

SUEÑOS DE TRENES -EL CICLO DE LA VIDA


Nominada a la mejor película en los premios Óscar, Sueños de trenes (2025) no hace más que narrar la vida de un hombre. Robert Grainier (Joel Edgerton) es un trabajador dedicado a la construcción de las vías del ferrocarril, cuya vida coincide, más o menos, con el siglo XX. La película dirigida por Clint Bentley está nominada también al Óscar por adaptar una novela de Denis Johnson, y quizás por eso tiene la capacidad de ser literaria y cinematográfica al mismo tiempo. Su omnipresente voz en off narrativa (Will Patton) y su argumento en forma de sucesión de hechos vitales, como capítulos o como un río que no se detiene prácticamente en ningún núcleo dramático, nos hace sentir que estamos leyendo una novela. Esta estructura dramática tiene su sentido: el protagonista, más que enfrentarse a un hecho concreto, busca el sentido de su existencia, mientras va cumpliendo años de vida y le van ocurriendo cosas, felices y trágicas, como a todo el mundo. Así, sus circunstancias van cambiando y diferentes personajes aparecen en su viaje, interpretados por actores y actrices tan solventes como Felicity Jones, William H. Macy, o Kerry Condon. Pero si Sueños de trenes es también cinematográfica es por la importancia que le da a sus imágenes, capaces no solo de contar la historia, sino de transmitir emociones y de crear estados de ánimo que añaden capas de significado al relato que no necesariamente están en los diálogos. Sueños de trenes es una cinta de imágenes poderosas, con una fotografía preciosista de Adolpho Veloso -nominado por la Academia de Hollywood- que hace que el visionado sea deslumbrante -una pena que no haya podido ser en una pantalla de cine-. Y esas imágenes se conjugan con la estupenda música de Bryce Dessner, que eleva muchos de los momentos más arrebatadores de la película. El montaje de Parker Laramie es vital para que esta cinta encuentre su ritmo, que fluye un poco como los pensamientos, o, más bien, como la memoria. Película seguramente influida por Terrence Malick, Sueños de trenes está, además, soberbiamente interpretada por ese actor adictivo que es Edgerton. ¿Se puede pedir más? Pues la cinta culmina en una preciosa canción de Dessner, interpretada por Nick Cave, también nominada al Óscar.

BLUE MOON -CANCIÓN TRISTE DE LORENZ HART


¿Qué es un biopic? Quizás estamos acostumbrados a ver aparatosas producciones de prestigio sobre personajes históricos, interpretados muchas veces por varios actores para abarcar varias etapas de una vida, enmarcados en costosas recreaciones de época. Lo que hace Richard Linklater en la estupenda Blue Moon (2025) es más bien lo contrario. Linklater dirige un guión Robert Kaplow -nominado al Óscar- que convierte la vida de Lorenz Hart en una pieza de cámara, en algo que se podría representar sobre las tablas de un escenario teatral. Porque, precisamente, Hart se dedicó a escribir musicales teatrales entre los años 20 y 40, además de ser el letrista de canciones populares como la que da título a esta película. La historia comienza cuando Hart entra en un bar donde todos le conocen, y esto es importante, porque es alcohólico. Es la noche del estreno de Oklahoma! (1943), y esto también es importante porque marca el inicio de la colaboración del exitoso compositor Richard Rodgers con Oscar Hammerstein, lo que significaba dejar de lado a Hart. Con esta premisa, la película se desarrolla a través de conversaciones entre los personajes. Diálogos estupendos, inteligentes, que desvelan a los personajes sin caer en obviedades, que citan canciones, obras literarias y películas como Casablanca (1942). La gran estrella de la función es un transformado y magnífico Ethan Hawke, actor fetiche de Linklater, nominado al Óscar por este papel, que aquí resulta deslumbrante, aunque es verdad que su caracterización puede distraer nuestra atención. Blue Moon se resume en la idea de que dicha canción -que ha sido cantada por Elvis Presley, Frank Sinatra o Billie Holiday- es la más popular de Lorenz Harts y precisamente la que este considera una de sus peores letras. Esa oposición entre la alta cultura y el arte popular marca el conflicto personal del protagonista y provoca su desencuentro con Richard Rodgers (Andrew Scott), que no cree que complacer al público tenga nada de malo. Sobre esta idea, Linklater, figura clave del cine independiente, desarrolla un discurso sobre la industria del entretenimiento -Broadway es perfectamente asimilable a Hollywood- y cómo la inteligencia, la cultura y sobre todo el riesgo artístico pintan cada vez menos en la industria. El protagonista se expresa a través de una serie de conversaciones con otros personajes interpretados por Bobby Cannavale, Jonah Lees, Patrick Kennedy, el ya mencionado Andrew Scott y, sobre todo, Margaret Qualley, que interpreta a un personaje clave que completa el retrato personal de Hart, un amor imposible sobre el que el letrista ha puesto sus últimas ilusiones. Tiene algo Blue Moon de la otra película que Linklater ha estrenado casi enseguida, Nouvelle Vague (2026). Ambas están repletas de referencias y guiños -una al teatro musical, la otra al cine francés- pero la segunda es mucho más ligera y luminosa, está llena de promesas, mientras la que nos ocupa es mucho más amarga, reposada, profunda y grave, aunque ambas sean obras igualmente hermosas. Blue Moon consigue contarnos toda la vida de Lorenz Hart sin contarnos toda la vida de Lorenz Hart, en un solo escenario y en una sola noche, en la que se echa la mirada atrás con nostalgia y en un estado de negación. Hart se resiste a admitir que su futuro es inexistente, y que resucitar la gloria perdida es imposible.

LA LEYENDA DE OCHI -DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS


Una de las virtudes más sugerentes del cine es la de parecerse a nuestros sueños. Nunca entenderé a los que solo quieren ver historias -supuestamente- apegadas a la realidad. ¿Por qué limitar el arte? Esta cualidad se encuentra, sobre todo, en el cine fantástico, en el que se inscribe la maravillosa La leyenda de Ochi (2026), una rareza que se propone como cine familiar, pero que huye de las convenciones. La historia es sencilla: en una región montañosa equiparable a los Cárpatos transilvanos, unos seres de leyenda, los ochi, atemorizan a los aldeanos, que forman patrullas de caza juveniles para combatirlos. La protagonista, la adolescente Yuri (Helena Zengel), encuentra a una cría de ochi y decide rescatarla y cuidarla. Todo gira alrededor de este ser mitológico, un cruce entre un mono Tití, un gremlin y baby Yoda, realizado de forma maravillosa a través de un muñeco animatrónico creado por los artistas de John Nolan Studio, que bien vale la película. Pero sobre todo estamos ante una cinta que tiene muchísima personalidad, la de su director novel, Isaiah Saxon, con experiencia previa en videoclips -mencionemos a Björk- y cortos de animación. La mirada de Saxon, junto al director de fotografía Evan Prosifsky, convierte todo lo que vemos en la ilustración de un cuento bellísimo aunque también oscuro e inquietante. El diseño de producción de Jason Kisvarday es brillante y se conjuga con los decorados y el vestuario para darle a la película un look único. Sumemos la estupenda y peculiar música compuesta por David Longstreth -aunque en el clímax sucumba a la influencia ineludible de John Williams-. La sencilla historia que ha escrito Saxon está poblada por personajes excéntricos a los que dan vida actores como el siempre interesante Willem Dafoe, la estupenda Emily Watson y el carismático -y popular- Finn Wolfhard. Estamos ante una aventura infantil con aires ochenteros pero que también bebe del cine de animación y del indie -produce A24- que habla de rebeldía juvenil, de tradiciones ancestrales basadas en el miedo, de la paternidad, y que también tiene de fondo un mensaje ecológico. La leyenda de Ochi tiene un ritmo más pausado y espeso que las típicas producciones de cine familiar y parece destinada a convertirse en cine de culto, una pequeña joya a descubrir o una de esas películas que se ven de pequeño y desaparecen de la memoria para convertirse en un recuerdo difuso, en algo parecido a un sueño.

MARTY SUPREME -MATCH POINT


Seguramente se puede trazar un árbol genealógico cuyas raíces cinéfilas están en Martin Scorsese y de cuyo tronco salen ramas ya consagradas como Paul Thomas Anderson o prometedoras como Josh Safdie, cuya película Marty Supreme (2026) es un irresistible ejercicio narrativo con el frenesí de Jo, ¡Que noche! (1985), el patetismo de El rey de la comedia (1982) -el cameo de Sarah Bernhard no puede ser casualidad- y quizás algo de la libertad de Magnolia (1999) -la escena de la bañera, la lluvia de pelotas de ping pong-. Safdie nos cuenta con pulso maestro una historia desparramada que sigue las ilusiones y desventuras de Marty Mauser (Timothée Chalamet) -inspirado en la figura real del jugador Marty Reisman-, un personaje complejo, que es, al mismo tiempo, pura ambición y un embaucador. Su apuesta de vida es triunfar en el tenis de mesa, y su talento es, sorprendentemente, innegable, a pesar de una chulería digna de Muhammad Ali. Pero para consumar su sueño, Marty necesita lo que mueve todos los engranajes de este mundo: dinero. Y así se convierte en un conseguidor, siempre al borde del desastre, como el Howard Ratner (Adam Sandler) de la fantástica Diamantes en bruto (2019). Y en su camino, el guión que firman Safdie y el cineasta Ronald Bronstein coloca una serie de personajes fantásticos, como una famosa actriz en horas bajas (Gwyneth Paltrow), un empresario capitalista y déspota (Kevin O'Leary), un taxista aventurero (Tyler, The Creator), un temible mafioso con debilidad por su perro (el cineasta Abel Ferrara) y varios más que forman parte en una fauna humana excéntrica y variopinta que hacen de esta película una experiencia cinematográfica apasionante. En Marty Supreme todo se conjuga para entretener al espectador: el estupendo trabajo de cámara, inmersivo y expresionista, la fotografía del legendario Darius Khondji, el uso de la música original compuesta por Daniel Lopatin y el de canciones populares muy conocidas, además de un estupendo montaje de, otra vez, Ronald Bronstein. Y por supuesto, Safdie se apoya en las interpretaciones. Chalamet es un espectáculo en la pantalla, como lo son sus tensos y frenéticos encuentros de ping pong, pero el resto del reparto es colorido y carismático, especialmente Odessa A'zion, que es la sorpresa de la película con un personaje a la altura de Marty -no me resisto a mencionar, también, el personaje de Fran Drescher, que sale poco, pero quizás lo explica todo-. Con estos elementos, Josh Safdie dibuja a un tipo empeñado en cumplir el sueño americano, pero que por su origen judío y su clase social se enfrenta a obstáculos que evidencian que América no es la tierra de las oportunidades sino la de los hijos de papá. Y en su empeño, Marty, un tipo sin ningún escrúpulo, encontrará la verdad del sentido de su vida. Una película redonda y una inexperiencia imprescindible en una sala de cine.

HAMNET -SER O NO SER


Afirma Albert Camus en El mito de Sísifo (1942) que el suicidio es el único problema filosófico verdaderamente serio. Plantearse si vale la pena vivir ante una existencia absurda y carente de sentido. Y quizás se puede interpretar en el mismo sentido la célebre frase del Hamlet de William Shakespeare: 'ser o no ser, esa es la cuestión' que planteaba sobre el escenario el príncipe de Dinamarca, consumida su alma por la sed de venganza. Hamnet, la popular novela de Maggie O'Farrell y la película dirigida por Chloé Zhao, parece concebida para explicar cómo habría llegado Shakespeare a acuñar la frase que, quizás, resume mejor la angustia intrínseca a la existencia humana. El argumento adaptado por O'Farrell y Zhao nos presenta a dos jóvenes, Agnes (Jessie Buckley) y William (Paul Mescal) y su historia de amor en la Inglaterra del siglo XVI. Zhao huye de la recreación histórica más encorsetada y busca el realismo, gracias al uso de escenarios exteriores y naturales, y a la fantástica fotografía del polaco Lukasz Zal, que imprime veracidad a todos los planos sin renunciar a una calidad pictórica alucinante. Ese realismo, presente en -casi- toda la filmografía de Zhao, apuntala la tragedia que vamos a presenciar. Es importante destacar que los dos personajes principales son retratados como rebeldes, él es un profesor enamorado de las letras, ella tiene fama de bruja. Ambos viven al margen de la sociedad, en constante fricción con las reglas y normas sociales, familiares y religiosas. Los dos sufren traumas por su relación pasada con sus padres. Es por esto que el centro de la trama está en cómo estos dos personajes deciden tener hijos y formar una familia, una fuente de felicidad y de realización existencial, sí, pero también un motivo de preocupación y de sufrimiento. Con ocho nominaciones a los premios Óscar y dos Globos de Oro, Hamnet es un drama extremo sobre la pérdida, el duelo y sobre cómo la ficción -el arte- tiene una valiosa función catártica para exorcizar las penas ineludibles de la vida. No solo a los creadores sino también a los que somos meros espectadores: el clímax de la película en el famoso Globe Theatre es el punto álgido de la propuesta de Zhao donde consigue la máxima emoción. La directora se apoya en portentosas interpretaciones: Jessie Buckley parece poseída por los miedos de la maternidad y por el dolor; Paul Mescal se muestra más frágil que nunca como padre ausente y culpable. Emily Watson completa un reparto que le ha valido una nominación al Óscar a la directora de casting Nina Gold. Y si se echa de menos una nominación al Óscar para la fotografía, resulta curiosa la del fantástico compositor Max Richter, que utiliza su pieza On the Nature of Daylight, preciosa, sí, pero que ya hemos escuchado en varias películas y series. Hamnet es una hermosa tragedia, seguramente demasiado emotiva para algunos, que conjuga un realismo inmisericorde con el consuelo de lo sobrenatural: la relación entre los mellizos permite la esperanza de lo sobrenatural. Pero en eso no creía Camus.

SI PUDIERA TE DARÍA UNA PATADA -MALAS MADRES


Si estáis hartos de que os digan constantemente qué hacer, qué pensar, qué opinar, qué tipo de padre o madre debéis ser o qué tenéis que comer y cuánto hay que pesar, dónde aparcar, o lo malo que es fumar/beber/drogarse, y hasta lo que hay que sentir ante los problemas y las desgracias de la vida... pues poca solución os puedo ofrecer. Pero una buena forma de lidiar con esos problemas comunes a todos está en la ficción, en el arte, en el cine. La actriz y directora Mary Bronstein ha puesto este malestar existencial en una película estupenda con un título maravilloso Si pudiera te daría una patada (2025), y con una aliada fantástica en la actriz Rose Byrne. La protagonista de la historia es Linda, una madre que debe afrontar problemas cotidianos exagerados por el guión hasta el nivel de una pesadilla: su hija sufre un trastorno que la obliga a recibir un tortuoso tratamiento, su marido es una figura ausente por su trabajo y, para colmo de males, el techo de su casa se derrumba, lo que la obliga a mudarse a un hotel. Linda se enfrenta al estrés de su trabajo como psicoterapeuta y a la incomprensión de su propio analista, al que da vida un estupendo Conan O´Brien. Lo que hace muy bien Bronstein es fabricar un clima hostil alrededor de Linda, que se siente juzgada por todos los que la rodean mientras intenta sobrevivir y mantener la fachada de ser una buena esposa, una profesional competente y, sobre todo, una buena madre. Bronstein, que se reserva para sí misma un pequeño y divertido papel -la malvada doctora Spring- desarrolla una película que arranca como un drama realista asfixiante y claustrofóbico -la cámara se mantiene en todo momento muy cerca del rostro de Byrne- pero que poco a poco va mostrando destellos de un humor negrísimo que estalla en secuencias memorables -la tensión es tremenda en la escena del hámster- que propician una risa, quizás nerviosa, pero seguramente catártica. Bronstein aborda temas muy serios como la salud mental, la maternidad, el feminismo y lo políticamente correcto -y la silenciosa tiranía derivada del mismo- con una mirada muy inteligente y sobre todo divertida. Y la directora no tiene miedo a trascender el realismo para buscar lo poético: el agujero en el techo de la casa es el mismo que tiene su hija en el abdomen y cuando Linda mira dentro, el agujero, como avisaba Nietzsche, le devuelve la mirada, con todos sus miedos y sentimientos destructivos.

DIE MY LOVE -OTRA MUJER BAJO LA INFLUENCIA


En Die My Love (2025) se pierde un paraíso. El mandato biológico y las convenciones sociales más conservadoras nos han inculcado el amor romántico, la vida en pareja, la maternidad y la familia como las vías más directas a la felicidad. Pero ¿Qué pasa si teniendo todo esto no lo somos? Grace se va a vivir con Jackson a una casa en el campo donde tienen un hijo, Harry, un bebé "perfecto". Sus días transcurren plácidamente en el calor del verano, bailando divertidas canciones de rock and roll al máximo volumen y haciendo el amor a todas horas. Pero algo se tuerce. Las demandas del bebé, la ausencia de Jackson por el trabajo, el fantasma de los celos, un misterioso motorista que merodea alrededor de la casa y se convierte en fantasía sexual, la amenaza del paso del tiempo palpable en los suegros de Grace, todo se conjuga para ensombrecer la vida de esta pareja. Lo que comienza siendo una depresión posparto acaba llevando a Grace a perder el contacto con la realidad; su amor por Jackson se convierte en rencor, la familia se desmorona alrededor de un bebé que, sin embargo, sigue siendo "perfecto". Die My Love es una impresionante suma de talentos: dirige Lynne Ramsay según la novela de Ariana Harwicz y produce Martin Scorsese. Pero, sobre todo, está Jennifer Lawrence que sigue los pasos gigantes de la inalcanzable Gena Rowlands para convertirse en otra mujer bajo la influencia, para desesperación de otro actor estupendo, Robert Pattinson. Junto a ellos, Lakeith Stanfield inyecta carisma, misterio y atractivo sexual. Y Sissy Spacek y Nick Nolte aportan la veteranía de sus rostros arrugados que parecen decir que ellos ya pasaron por todo lo que van a vivir Grace y Jackson. Lynne Ramsay dirige una película expansiva, expresionista, que utiliza la fotografía -Seamus McGarvey-, la música -Raife Burchell, George Vjestica y la propia Ramsay-, y todos los recursos cinematográficos a su disposición para reflejar la psique torturada de su protagonista en una cinta histérica, aterradora y trágica, pero también estimulante y vitalista.

EL CAUTIVO -INTOLERANCIA


Para hablar El cautivo (2025) no se puede obviar que uno de los ganchos de la cinta ha sido la absurda polémica sobre la decisión artística -que no necesita justificación alguna- de mostrarnos a un Miguel de Cervantes homosexual. Pero lo cierto es que estamos ante una historia bien contada, narrada visualmente de forma efectiva, con interpretaciones solventes, pensada para llegar al gran público. Una producción impecable, nominada a siete premios Goya, que de manera admirable juega a la superproducción por la vía de la recreación histórica: el escenario es el Argel del siglo XVI, donde Cervantes estuvo varios años apresado por los árabes. El guión de Amenábar contempla a un narrador externo en la figura del padre Antonio de Sosa (Miguel Rellán) que nos cuenta la historia de Miguel de Cervantes (Julio Peña Fernández), que en la prisión del bajá Hasán (Alessandro Borghi) sufrirá la privación de libertad, torturas y será testigo de numerosas crueldades. Junto a Cervantes conocemos a un grupo variopinto de soldados -Luis Callejo, José Manuel Poga, Albert Salazar- y a un sacerdote, Blanco de Paz (Fernando Tejero). La historia se desarrolla primero como un film casi carcelario con sus constantes: el maltrato de los presos por parte de temibles carceleros, la idea de la injusticia y la posibilidad de una fuga. Pero pronto el guión del propio Amenábar -firma también Alejandro Hernández- se desvía para proponernos una reflexión sobre la necesidad de contar historias. Cervantes decide entretener a sus compañeros con historias que se inventa, que recogen los deseos de los cautivos, y esto llama la atención del bajá que, como en Las mil y una noches, es un enamorado de la literatura que ofrece tardes de libertad a cambio de narraciones al futuro autor del Quijote. Amenábar comienza así a mezclar la película que vemos con la que se inventa Cervantes y, además, con lo que cuentan otros personajes, como los rumores e insidias del padre Blanco de Paz, que difunde algo muy parecido a fake news sobre las costumbres de los infieles. Es este personaje, auténtico villano de la función, el que desvela el que acaba siendo el verdadero tema central de El cautivo: la intolerencia en todas sus formas, ya sea religiosa, sexual o incluso generacional. El guión busca así episodios que reflejen cómo esa intolerancia es la que verdaderamente limita la libertad y genera odio, guerras y muerte. La película funciona, pero hay que achacarle un tono demasiado plano y una narrativa casi televisiva en la que todo se cuenta con diálogos y en la que las imágenes memorables prácticamente no existen. Hay que hablar también de lo obvio que resulta todo, aunque los constantes giros de guión se esfuercen en evitar que nos anticipemos a lo que nos cuentan. Los subrayados musicales -compuestos por el propio Amenábar- son especialmente molestos, y los supuestos guiños a la obra inmortal de Cervantes resultan demasiado evidentes.

LA TUTORÍA


El director noruego Halfdan Ullmann Tondel es nada menos que nieto de Ingmar Bergman y Liv Ullmann, y se estrena en el largometraje con La tutoría (2025), incómoda cinta que lleva al escenario escolar las tensiones y miedos de la sociedad occidental actual. Temas como la imposibilidad de ponerse de acuerdo sobre una realidad objetiva cuando hay versiones encontradas; el miedo a la cancelación ante la posibilidad de traspasar unos límites que no siempre son claros; las dudas de una generación sobre cómo criar a sus hijos para que no cometan los mismos errores, se escenifican en el encorsetado y políticamente correcto escenario de un colegio. Una madre (Renate Reinsve) es citada por una profesora (Thea Lambrechts Vaulen) y el director del centro (Oystein Roger) para una tutoría cuando se acusa a su hijo de seis años de conducta inadecuada con otro niño, cuyos padres (Ellen Dorrit Petersen y Endre Hellestveit) también acuden a la reunión. La tensión es máxima entre padres y profesorado mientras la historia -conviene saber lo menos posible- se va desarrollando a través de revelaciones sobre la identidad de los niños y las relaciones previas de sus padres, que tienen un pasado más bien convulso. 
Ullmann Tondel narra todo esto con buen pulso, en principio su aproximación a la historia es realista, pero pronto veremos que este director se atreve con interesantes fugas expresivas que rompen la narración objetiva. Ullmann Tondel no tiene problemas en adoptar fórmulas propias del cine de terror -esos pasillos solitarios del colegio que parecen albergar una amenaza desconocida-, o incluir un número musical con coreografía incluida, o esa lluvia que parece providencial y que empapa completamente al personaje de Reinsve, como purificándola. Pero, sobre todo, La tutoría es un recital interpretativo de la magnífica Renate Reinsve, con momentos muy intensos en los que la cámara permite que la actriz acapare la atención: no solo en la lúdica secuencia de baile ya mencionada, sino en los diferentes estados de ánimo que abarcan todo el espectro emocional -miedo, rabia, culpa, deseo sexual-, que podemos resumir en la catártica secuencia del incontrolable ataque de risa en la que Reinsve se deja llevar, hipnotizando a la cámara, al director, y al espectador.

SATURDAY NIGHT -EN VIVO Y EN DIRECTO


¿Qué es la comedia? Los grandes cómicos parecen responder a la manida imagen del payaso llorando, como si fuera necesaria una herida muy profunda en el alma para ser capaz, paradójicamente, de hacer reír a los demás. El mítico programa de televisión estadounidense, Saturday Night Live, que sigue emitiéndose desde 1975 en la cadena NBC y en directo, consiguió convertir en estrellas a una increíble cantidad de cómicos polémicos, excesivos y trágicos, empezando por John Belushi y el agresivo Chevy Chase, sin olvidar al entrañable Chris Farley o al marciano Andy Kaufman. Las personalidades complicadas, el abuso de las drogas y el alcohol marcan la leyenda de un programa que surgía de la contracultura estadounidense cuando todavía se estaba librando la guerra de Vietnam. El programa fue la idea de un escritor y productor, Lorne Michaels, que aparece como protagonista en la película del mismo nombre Saturday Night (2025), dirigida por Jason Reitman, hijo de Ivan Reitman, autor de un puñado de estupendas comedias de los años 80 en las que, precisamente, trabajo con actores que dieron el salto al cine desde aquel formato televisivo, como Dan Aykroid o Bill Murray. Aquí, Lorne Michales -interpretado por- es un joven ambicioso que busca iuna suerte de revolución catódica, sin saber muy bien lo que eso significa. El programa que tiene en su cabeza es una innovadora amalgana de sketches en directo, cortometrajes pregrabados, actuaciones musicales y hasta los muppets de un genio como Jim Henson. Pero cuando comienza la película nada de esto está claro. Ni siquiera que el presidente de la cadena (Willem Dafoe) vaya a dar su visto bueno para la emisión del nuevo show. Así que Saturday Night está planteada como una cuenta regresiva hasta el momento de la emisión ¿Estará listo el equipo? ¿Serán suficientes los ensayos? ¿Firmará su contrato John Belushi? Una carrera contra el tiempo que adopta la forma, pertinente más allá de las modas de 2025, de un plano secuencia, o de varios sucesivos, que intentan transmitir la sensación de caos, inmediatez y urgencia de un programa de televisión en directo. Michaels debe luchar contra técnicos veteranos que se ríen de su juventud -una buena manera de plantear la brecha generacional-; contra cómicos díscolos -precisamente, el incontrolable Belushi y el talentoso, pero agresivo Chase-; además de sus propias inseguridades, una relación sentimental en crisis, las dudas de la cadena y el consumo descontrolado de drogas. El casting representa fielmente a los cómicos originales, se busca y se consigue el parecido físico con las personas reales, y la recreación histórica permite recrear lo que puede haber sido la atmósfera en ebullición de semejante reunión de personalidades artísticas, creadoras y egocéntricas. Reitman no consigue evitar que su película sobre la contracultura se convierta en la enésima historia sobre el éxito y la consecución de un sueño -¿americano?- pero también es cierto que logra capturar la esencia del mítico programa que en definitiva consiste en atrapar eso que llamamos comedia, sea lo que sea.

TRON: ARES


Tron: Ares
(2025) es un desastre sin paliativos, una nueva oportunidad perdida de hacer algo interesante con un universo de ficción, sobre todo, de estética estimulante. Para ser justos, hay que admitir que la película original, Tron (1982) no estaba precisamente bien escrita y sus primeros 40 minutos eran caóticos y difíciles de seguir. Décadas después, la película dirigida por el noruego Joachim Ronning y protagonizada por Jared Leto como Ares, fracasa también y consigue introducir al espectador en esta nueva entrega de una saga que en realidad no existe. La cosa pinta mal desde el principio cuando se nos introduce a la historia a través de confusos fragmentos de informativos que intentan refrescar la película de 1982 y, de paso, presentarnos un nuevo escenario que reitera la idea de conflictos empresariales ya presente en la original, además de introducir un concepto de moda como la inteligencia artificial -que, sin ese nombre, también estaba en la primera película-. Se nos presentan aquí a los nuevos personajes: Eve Kim (Greta Lee), la heroína y Julian Dillinger (Evan Peters), el principal antagonista, además del ya mencionado Ares y su compañera (Jodie Turner-Smith). El problema es que, aunque las escenas se suceden, nunca llegamos a entender del todo las relaciones entre ellos: Eve Kim sufre la pérdida de su hermana (creo) pero esta idea nunca tiene peso dramático; Dillinger quiere dominar el mundo (creo) trayendo al mundo real a los programas del mundo informático. No sé muy bien por qué. Las secuencias informativas y de puro diálogo se suceden de forma confusa -ni siquiera la presencia de la Gillian Anderson consigue darle sentido a sus escenas- y el espectador solo respira en las escenas de acción, que no son más que los momentos clásicos de Tron traídos al mundo real. La mayoría, encima, ya las habíamos visto en el tráiler, verdaderamente astuto ya que consigue vender la película y la sugerente idea de introducir el mundo de Tron en el mundo real. Un concepto visualmente potente, pero que, bien pensado, no da para más que para un chascarrillo, que en realidad es una mala idea y que en el desarrollo argumental de la película no se justifica en ningún momento ni se le saca provecho. Jared Leto resulta terrible en su papel de programa informático que se va humanizando poco a poco, arco dramático que revela que estamos ante un remake encubierto de Terminator (1984) y Terminator 2 (1991), aunque James Cameron tuvo la decencia de apoyar su guión en el trillado esquema del viaje del héroe -aunque resolviendo las situaciones con ingenio- mientras que aquí los guionistas -o los ejecutivos que hayan pedido reescrituras infinitas absurdas- no consiguen hacer. Con estructurar el argumento de forma lineal, sencilla y poco original, habría bastado. Solo se salva la molona música de Nine Inch Nails -Trent Reznor y Atticus Ross tienen un cameo como pilotos de avión-, la espectacularidad de los efectos especiales y la nostalgia de las secuencias que recrean la estética del Tron original.

FIVE NIGHTS AT FREDDY´S 2 -TERROR JUVENIL


Five Nights at Freedy's
2 (2025) es una secuela directa de la primera película, basada en el popular videojuego del mismo nombre, lo que marca claramente esta producción de Blumhouse. Lo primero, el espectador que no esté familiarizado con el videojuego, que no haya visto la primera entrega o que, habiéndola visto, haya olvidado los detalles del argumento, se encontrará perdido en una historia de argumento algo caótico que no se esmera demasiado en dar explicaciones ni en aclarar quiénes son los personajes y su situación, ni en contar detalles sobre el lore de este terrorífico universo. Así, nos encontramos con tres personajes principales, Vanessa (Elzabeth Lail), Mike (Josh Hutcherson) y su hermana Abby (Piper Rubio), trío traumatizado por los eventos de la primera entrega. Tras un prólogo que presenta una nueva trama y una nueva amenaza, 
Marionette, el argumento se desarrolla de forma irregular, mezclando tramas y subtramas: la relación entre Vanessa y Mike; un festival en el pueblo que celebra los hechos de la primera cinta como si fuera Halloween; una feria científica en la que participa Abby; la aparición de un grupo de parapsicólogos youtubers; y varias cosas más que se van sucediendo sin que nada se desarrolle de forma convincente. El guión de Scott Cawthon, Seth Cuddeback y Emma Tammi, esta última, directora de la cinta, es poco consistente y prefiere centrarse en fabricar set pieces que funcionan de forma correcta, pero de manera aislada. Los animatrónicos -creados por el taller de Jim Henson- tienen un atractivo visual innegable, mientras que Marionette es terrorífica, aunque una derivación clara del cine de James Wan, el muñeco de Saw, el Kaonashi de El viaje de Chihiro (2001) que parece salida de un creepypastaFive Nights at Freedy's 2 no pasa de ser una cinta de terror correcta, pero la ausencia casi completa de violencia y escenas sangrientas -sustituidas estas por sustos y jump scares- la convierte en la forma ideal de iniciar a los adolescentes en el terror. Estos, además, si son fans del videojuego, conectarán completamente con la propuesta.

LA VOZ DE HIND -TRAGEDIA Y GENOCIDIO


Nada le roba el sentido a la existencia como la muerte de un niño. Siempre parece injusta, inoportuna, prematura. Y los niños son, claro, las víctimas más dolorosas de cualquier guerra, por ser los menos culpables de todos. La voz de Hind (2025) es la historia real de una niña palestina de seis años, atrapada en un coche tiroreado por el ejército israelí en Gaza, que consigue comunicarse por teléfono con un servicio de emergencias para pedir que la rescaten. La película dirigida por la tunecina Kaouther Ben Hania está más cerca del documental que del cine de ficción tras tomar una decisión estética y moral: la de utilizar la grabación real de la llamada de auxilio de Hind y las conversaciones desesperadas que mantuvo con el equipo de voluntarios de Media Luna Roja. Alrededor de ese documento sonoro, la película recrea y dramatiza lo que ocurre en el centro de operaciones, utilizando a un grupo de personajes que intenta ayudar a la niña por todos los medios a su alcance, aunque no estén siempre de acuerdo en cómo deben hacerlo. Con esta trama, el guión nos presenta a un reducido grupo de personajes: Omar (Motaz Malhees), Mahdi (Amer Hlehel), Nisreen (Clara Khoury) y Rana (Saja Kilani), que viven y sufren la agonía de Hind de diferentes maneras, produciéndose conflictos entre ellos y, sobre todo, enfrentándose a sus propias conciencias ante un conflicto que los supera. En un solo escenario, con pocos personajes y casi en tiempo real, 
La voz de Hind se esmera por generar tensión con lo que ocurre fuera de campo y de hecho lo consigue en varios momentos. Pero está claro que la verdadera fuerza de esta película, apoyada por estrellas de Hollywood como Brad Pitt, Joaquin Phoenix, Rooney Mara o Jonathan Glazer que han servido como productores asociados, es su denuncia de un genocidio, poderosa gracias al uso de materiales e imágenes reales que se mezclan, lo mejor posible, con la ficción.

RONDALLAS -FEEL GOOD MOVIE


Lo mejor que se puede decir de Rondallas (2026) de Daniel Sánchez Arévalo es que recuerda a estupendas comedias sociales británicas como Billy Elliot (2000) o Pride (2014), por citar solo mis favoritas. Los vecinos de un pequeño pueblo gallego viven prácticamente de luto tras un naufragio en el que murieron varios pescadores. Dos años después de la tragedia, deciden recuperar la ilusión reorganizando su rondalla, una agrupación musical tradicional con la que participarán en un concurso contra otros municipios. Esta sencilla trama sirve a Sánchez Arévalo para fijarse en varios personajes del pueblo, como Luis (Javier Guitiérrez), implicado directamente en el naufragio -y en las rondallas-; la viuda del capitán del barco naufragado, Carmen (María Vázquez) y sus hijas, Andrea (Judith Fernández); otro superviviente, Yayo (Carlos Blanco); un policía municipal, Xoel (Tamar Novas) con una relación algo dependiente de su hermano; o un joven que vuelve al pueblo tras haberse ido a estudiar al extranjero, Elías (Fer Fraga). Cada uno de estos personajes tiene su propio conflicto personal -tambiñen romántico- e incluso encarna problemas sociales como la salud mental, la discapacidad, y el trabajo precario, de forma más bien sutil. Y Sánchez Arévalo hace que estos personajes se embarquen en la creación y ensayos de la rondalla como una forma de superar los sinsabores de la vida y los problemas a través del esfuerzo, la dedidación, la solidaridad, la música y el baile. Rondallas es una película de buenos sentimientos, una feel good movie en toda regla, perfecta para ver en familia, en la que el director hace gala de una mirada humanista que no juzga a sus personajes, los presenta con sus fallos y defectos, los perdona y consigue que el espectador se identifique y sienta cariño por ellos. Todo narrado eficazmente, con buenas interpretaciones -los actores se mezclan con rondalleros reales-, una fotografía cálida -Rafa García- y un estupendo montaje -Miguel Sanz Esteso- que convierte as actuaciones de las rondallas en emocionantes ejercicios de tensión.

STRANGER THINGS -TEMPORADA 5- POR FIN


Stranger Things
se despide de Netflix con una quinta temporada de duración absurda -¡Más de 10 horas!- y de presupuesto aparatoso. Los hermanos Duffer comenzaron su andadura en esta ficción con una simpática serie juvenil con elementos de fantasía y terror, que se apoyaba en la nostalgia por los años 80 y saqueaba sin vergüenza ideas de Stephen King pasadas por la sensibilidad de Steven Spielberg y con una banda sonora que recuerda a John Carpenter. Cuatro temporadas después, el argumento le sigue dando vueltas a lo que ocurre en el mundo del revés sin haber desarrrollado demasiado a los personajes, eso cuando los actores que los interpretan se han convertido en adultos. 
La quinta temporada se presenta entonces como el gran final de una historia debidamente promocionada por Netflix y por el marketing derivado, ocnsiguiendo un éxito masivo, mientras algunos espectadores, como yo, nos sentimos como Carlos Boyero, bostezando sin entender de qué va la cosa. Maldita sea. Precisamente, revisando un episodio de la primera temporada para hacer memoria de por qué empecé a ver esta serie desde un principio, me sorprendió encontrarme con una escena: una fiesta adolescente en una piscina, en la que los chavales fumaban, bebían y trataban de perder la virginidad. En aquellos tiempos, Steve Harrington (Joe Keery) intentaba ligar con Nancy Wheeler (Natalia Dyer), y lo conseguía, mientras Jonathan (Charlie Heaton), aparecía como un voyeur más bien sórdido, siempre con su cámara. Era una secuencia con la energía de un coming of age para Nancy, que se atrevía a tener su primera relación íntima con el guaperas malote del instituto. Recordaba esta escena vagamente, pero me pregunto si la energía de esa secuencia, hasta cierto punto naturalista y costumbrista, se ha perdido en la quinta temporada. Desde luego, convertida en un fenómeno mundial, Stranger Things ha desterrado las incómodas referencias al tabaco, el alcohol y el sexo, porque sabe que llega a un público que ya incluye al infantil. En el mismo sentido, los escenarios reconocibles se han perdido, sustituidos por lugares fantásticos y apocalípticos, es decir, por pantallas verdes y cromas. No existe ya sense of wonder, la irrupción de lo fantástico en la habitación de un niño que podríamos ser cualquiera de nosotros, sino espectaculares escenas de acción sin conexión con lo real, o, más bien, con ninguna emoción humana. La quinta temporada solo puede jugar la baza del giro sorpresa y solo genera tensión apoyándose en la posible muerte de personajes.

Mi problema con Stranger Things tiene que ver también con su guión. Pongo como ejemplo una secuencia que he encontrado irritante, en el cuarto episodio, titulado Sorcerer, que bien puede resumir lo que no me gusta de esta serie. Los personajes transitan por un túnel, embarcados en una peligrosa misión para destruir a un ser maligno y bajo la amenaza de ser detectados por fuerzas militares. En este contexto, de la nada, Robin (Maya Hawke) decide contarle a Will Byers (Noah Schnapp) una anécdota íntima, que tiene que ver con su vida sentimental -y con su homosexualidad-. El por qué alguien, en una situación de peligro cósmico, decide confesarse emocionalmente o intentar ayudar a un amigo que pasa un mal momento, se me escapa completamente. No hay ningún elemento argumental ni la más mínima excusa dramática que dé lugar a este diálogo, que detiene completamente la acción argumental. Que ese diálogo luego tenga su importancia en el clímax de ese mismo capítulo, solo evidencia la gratuidad de un guión que siempre busca lo más fácil y conveniente. 

Stranger Things se compone de escenas de narrativa visual, más o menos conseguidas, que dan paso a largos diálogos de soap opera, en el mejor de los casos, cuando no somos sometidos a largas explicaciones y sobreexplicaciones que, lejos de aclarar, enredan lo que no es más que una historia que nos suena de sobra. Hay una extraña voluntad de sobrecargar los primeros capítulos de esta quinta temporada con reuniones de los personajes trazando planes que luego intentarán poner en práctica en un ciclo que se repite cansinamente. Explicar las cosas una y otra vez para unos espectadores que verán cada episodio con un ojo puesto en su teléfono móvil. Por suerte, el desbordante capítulo final, de más de dos horas de duración, funciona estupendamente como un clímax de unos sesenta minutos, con mucha acción, en el que por fin la historia se convierte en algo parecido a esa partida de Dungeons & Dragons que ha sido referencia -superficial- de toda la serie. Eso sí, tras el gran desenlace, hay un epílogo que, inexplicablemente, se extiende durante otros 60 minutos.

Con demasiadas referencias a It (1986), pero, sobre todo, a la saga de Pesadilla en Elm Street comenzada en 1984, el gran problema de Stranger Things, al menos para mí -con mis 50 años a cuestas- es que todo suena a ya visto. Y la mención explícita a películas como El retorno del Jedi (1983) -de la que se copia su estructura en subtramas que divide en grupos a los personajes- o Indiana Jones y la última cruzada (1989), más que un guiño cómplice acaba siendo una invitación a ver esas películas, porque eran mucho mejores. Lo más curioso es que la serie, iniciada en 2016, ha tenido tiempo de alcanzar a una nueva generación de niños que se están enganchando a la ficción de los hermanos Duffer, que son conscientes de ello y recogen esta idea en el episodio final. A mis hijos, por cierto, les está encantando la serie, asi que, quizás, tampoco está tan mal.