CASI 40 -EL AMOR EN FUGA



Siempre he pensado que eso que llamamos 'cine de autor' puede ser el equivalente a tener un buen amigo. En las películas de François Truffaut, Woody Allen o Xavier Dolan siempre se escucha la misma voz, las mismas preocupaciones, la misma forma de entender la vida. Si congeniamos con esa voz, tenemos a un amigo para toda la vida, que puede hacer películas mejores o peores, pero que suele ser fiel a sus ideas. Por eso siempre he pensado que hay que desconfiar de esos que dicen que Woody Allen ya no hace buenas películas o que Quentin Tarantino se repite, o que Martin Scorsese no volverá a ser el de Taxi Driver. Porque esos son capaces, también, de abandonar a sus amigos. De eso trata la película de David Trueba, Casi 40, de dos amigos, que podrían haber sido otra cosa, que se conocen desde niños y a los que la vida -o sus decisiones- ha llevado por caminos separados. La excusa para reunirse es una modesta gira de conciertos -en librerías- organizada por Tristán (Fernando Ramallo) para Lucía (Lucía Jiménez), cantante retirada que gozó de cierto éxito en su juventud. Poco más que estos dos personajes, una guitarra, una furgoneta y una carretera ha necesitado Trueba para hacer una película liviana en el mejor sentido de la palabra, pero honda en sus reflexiones. Una road movie, sin duda, con canciones defendidas por Lucía Jiménez, que se revela como una intérprete realmente carismática. La historia se desarrolla a través de diálogos que parecen casuales, cotidianos que, sin embargo, revelan a los personajes: ella habla de un fabricante de campanas que se queda a vivir en el pueblo junto a su creación; él cree que las mujeres siempre dicen que quieren hombres que las escuchen y las hagan reír, pero luego se van con los guapos y los poderosos. Trueba consigue su objetivo, que lleguemos a conocer y a querer a estos dos personajes, que viven el paréntesis existencial de una historia de verano. Sospechamos que, a veces, a través de sus bocas, se cuelan las reflexiones del autor: que en España somos más felices que en Japón, porque robamos; que la gente se ha vuelto idiota con los gimnasios; o cómo cierta crítica no va de arte, sino que busca destruir a la persona. Sobre esto último, dice Jordi Costa que no hay que escribir una crítica que no se pueda decir a la cara, y en esta película se le pone rostro a las habitaciones de hotel y a los W.C. Magnífica idea para fomentar el civismo. Por último, como los juglares, las novelas y las canciones, Casi 40 habla, con nostalgia, del amor. Porque es verdad que cuando tienes cierta edad, piensas sobre el amor en pasado. Si eres amigo de Trueba, no dudes en ver esta película. Y si no lo eres, al menos aplaude que en España sobreviva el cine de autor.

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