RABID -CULTO AL CUERPO



En Rabid, las hermanas Soska -American Mary (2012)- se inspiran en la película del mismo nombre dirigida por David Cronenberg -Rabia (1977)- y llevan a cabo un remake que actualiza los temas de aquella película, ofrece una perspectiva feminista y conecta con situaciones tan actuales como el omnipresente coronavirus. El argumento presenta a Rose (Laura Vandervoort), un ‘patito feo’ que trabaja en la vacua industria de la moda, rodeada de modelos, incluida su mejor amiga Chelsea (Hanneke Talbot). Rose sufre un accidente que la deja terriblemente desfigurada y que la convierte en el conejillo de indias de un experimento genético. Pero so es solo el principio. La historia que manejan las hermanas Soska -Jen y Sylvia- acumula tonos, temas y líneas argumentales hasta que acaba perdiendo consistencia. Con una base melodramática, Rose se transforma en una suerte de vampira, pero sus víctimas se convierten en una especie de ‘infectados’ rabiosos. Las dos líneas argumentales se desarrollan de forma paralela, pero lamentablemente parecen pertenecer a dos películas distintas. La cinta critica el culto a la belleza, se despacha contra la industria de la moda, pero lo hace de una forma que parece superficial, apelando al cliché: Rose no puede entrar en un club exclusivo aunque ella misma ha confeccionado la lista de admisión, pero tras su transformación se le abrirán todas las puertas. Las ramas que salen de este tronco argumental deberían ser escenas de terror, pero creo que Rabid no consigue inquietar, ni perturbar, a pesar de la sangre, el gore, y el recurso a la ‘nueva carne’, que brinda mutantes y apéndices extraños. El desatado ‘doctor Frankenstein’ que aparece al final, y un desenlace pretencioso, dejan en evidencia que las Soska, quizás es pedir demasiado, no tienen el rigor en la puesta en escena de Cronenberg, quien ajeno a presupuestos y géneros, conseguía en cada película plasmar su mirada como autor.

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