MY MEXICAN BRETZEL -F DE FALSO

My Mexican Bretzel es una contundente reflexión sobre lo real, lo contado y sobre el poder de la imagen en contraposición a la palabra escrita. Se trata de un (falso) documental que se ha convertido en la película española más insólita del año. La directora Nuria Giménez Lorang compone un film experimental y rupturista, que fabrica una historia cuya experiencia está entre la lectura y el visionado de una película: no hay diálogos, ni voz en off, sino que debemos leer los pensamientos de la protagonista impresos, como subtítulos, sobre las fantasmagóricas imágenes de archivo. Por esto, la sala de cine se convierte en un lugar muy extraño, silencioso, en el que tenemos la peculiar sensación de convertir en colectiva la solitaria lectura de un diario íntimo. A partir de viejas películas vacacionales de su abuelo, esta autora crea personajes, familias, amores, un gurú inventado que suelta perlas de sabiduría y juega a la ficción dentro de la ficción, a la mentira dentro de la mentira, en la tradición del Orson Welles de F for Fake (1973) -aunque la directora reconozca otras influencias, como la de David Lynch-. Nada existe en esta película más que en la cabeza de su autora y de su protagonista, Vivian Barrett, y sin embargo, el resultado es una reflexión sobre la vida que parece verdadera y real. En este juego cobra especial importancia la imagen filmada, justificada argumentalmente en la obsesión del personaje de León por registrarlo todo con su cámara. Este esfuerzo documentalista puede llevar a pensar que lo que vemos es real, pero entonces entra en juego el contrapunto de la palabra escrita -la del diario de Vivian- que revela que la cámara de León capta solo la superficie de lo real y no la esencia de los sujetos filmados, no lo que realmente ocurre detrás de sus sonrisas de felicidad, en las idílicas imágenes de vacaciones de verano. Una idea que se proyecta sobre nuestras vidas actuales, de falso bienestar, de vidas bajo el dictado de las imágenes que nos persiguen desde nuestros dispositivos y redes sociales.

SHE DIES TOMORROW -TERROR EXISTENCIALISTA


En She Dies Tomorrow, la guionista y directora Amy Seimetz consigue un cruce afortunado entre el cine indie y el de terror. Como actriz, participó en varias cintas mumblecore -Alexander the Last (2009)- pero también en películas de terror como Una manera horrible de morir (2010), dirigida por Adam Wingard, que aparece aquí en un pequeño papel, o incluso en superproducciones del fantástico como Alien: Covenant (2017) o en la serie Stranger Things. Así, She Dies Tomorrow comienza como un pedante ejercicio de cine de autor, que explora la depresión en el personaje de Amy (Kate Lyn Sheil), quien sufre por lo que parece una ruptura sentimental. En este primer tramo, acompañado por la machacona repetición del Requiem de Mozart, la primera impresión que tenemos de la película puede engañarnos. Entonces aparece Jane, interpretada por Jane Adams -la recordaréis de Happiness (1998) de Todd Solondz- y el film muta hacia una comedia -de humor negro- existencialista que se reparte entre varios personajes, interpretados por actores y actrices como Chris Messina, Josh Lucas y Michelle Rodríguez. Seimetz cita a Albert Camus porque se plantea en su película el mismo dilema que el escritor nacido en Argelia ¿Vale la pena vivir sabiendo que vamos a morir? Para Camus, la toma de conciencia sobre nuestra mortalidad, el entender que la existencia es finita y que no habrá una trascendencia del alma, es equivalente a despertar de un sueño. A desconectarse de Matrix. La mayoría de las personas viven como si no supieran que van a morir -y se dedican a hablar de sexo entre delfines- pero cuando descubrimos que nuestros días están contados, que mañana moriremos, ya no podremos volver al feliz estado anterior de ignorancia e inocencia. Y lo que plantea She Dies Tomorrow es que ese despertar del que habla Camus puede ser contagioso -me viene a la mente un vídeoclip de Radiohead, del tema Just ¿Lo recordáis?-. Seimetz habla de estos temas desde la comedia, pero también utilizando recursos del cine de terror, como una inquietante banda sonora, y sobre todo llevando a sus personajes a las zonas más oscuras, a los peores miedos, del ser humano.

BEGINNING -FUERA DE CAMPO


La gran ganadora del Festival de San Sebastián -mejor película, dirección, guión y actriz- Beginning, es una obra rigurosa de la directora georgiana, Dea Kulumbegashvili. La protagonista de la historia es Yana (Ia Sukhitashvili), la mujer del líder de una comunidad de testigos de Jehová, que aparece como un ser anulado, existencialmente desesperado, presa del peor machismo, empeñada, sin embargo en educar a su hijo en la fe: la parábola de Abraham y el sacrificio de Isaac parece ser la 'guía de lectura' de esta hermética cinta. Este material dramático se presenta de una forma muy exigente para el espectador. La directora presenta su película en una sucesión de planos fijos -hay contados movimientos de cámara- en formato cuadrado y en profundidad de campo. Su cámara no sigue a los personajes ni busca la historia, sino que lo que ocurre debe aparecer delante del objetivo. Este estatismo, además de una ausencia total de música, suponen un esfuerzo considerable que nos obliga a mantener la atención durante planos de larga duración en los que ocurren pocas cosas. Todavía más exigente, y esta es la clave de la película, creo yo, es que esta directora nos obliga a interpretar lo que ocurre fuera de plano. A menudo Yana habla con personajes que no vemos. Y ese mundo que dibuja Beginning fuera de campo, supone una amenaza constante de extremismo religioso, de policía inoperante, de violencia machista y de una opresión invisible que ahoga a la protagonista convirtiéndola en una terrible víctima silenciosa de abusos y vejaciones de las que no puede defenderse. Cada espectador deberá decidir si la exigencia que supone el visionado de esta película vale la pena, o no. Georgia ha presentado Beginning como aspirante a la mejor película extranjera en los premios Oscar de 2021.

THE UNDOING -LOS RICOS TAMBIÉN LLORAN


Tras el éxito de Big Little Lies, David E. Kelley reincide en The Undoing en una historia de similares características e intenciones. Ambas ficciones parecen estar afincadas temáticamente en la desconfianza en el otro y en mostrar el lado oscuro de los privilegiados o al menos explotar el morbo que despierta ver a los poderosos, en problemas. Kelley vuelve a apoyarse en el protagonismo de una gran actriz como Nicole Kidman para mostrarnos a una exitosa terapeuta psicológica que se enfrenta a revelaciones muy comprometedoras sobre su marido, un médico de niños con cáncer, un padre excelente, encarnado nada menos que por Hugh Grant, ya lo conocéis, el que fuera galán en tantas y tantas comedias románticas. Basada en una novela de Jean Hanff Korelitz y dirigida por Susanne Bier, The Undoing nos muestra a una serie de personajes antipáticos, casi todos de clase alta, y nos invita a desconfiar de ellos como posibles culpables de la muerte de la despampanante -y humilde- madre interpretada por Matilde De Angelis. Con estos elementos, a los que hay que sumar la presencia de un veterano como Donald Sutherland y de buenos actores como Edgar Ramírez, la miniserie disponible en HBO es un fracaso casi total. Mucho más interesada en el giro sorpresa que en el desarrollo de personajes, Kelley apura un guión que nos distrae continuamente para pillarnos desprevenidos en el cliffhanger al final de cada capítulo. Pocas veces he visto a Nicole Kidman tan fría e inexpresiva como aquí, al servicio de un personaje que acaba desdibujándose en favor del verdadero centro de la trama, ese aparente falso culpable que encarna Grant, quizás el único que se salva de la función, seguido por un desagradable Sutherland. Especialmente mal parado sale Ramírez, encarnando a un policía siempre inoportuno, cuyas intenciones parecen inverosímiles y que la propia trama deja en mal lugar una y otra vez. Ojo que, a pesar de los defectos que yo encuentro en The Undoing, la serie ha sido un éxito para la plataforma de pago, la primera que aumenta su audiencia con cada capítulo semanal. Lo mejor de la serie, esto es un spoiler, es su voluntad de presentarnos a un personaje perfecto, interpretado por un actor al que acostumbramos ver en papeles positivos, para luego convertirle en un monstruo, haciéndonos partícipes de las sospechas de su mujer y su hijo. Esto queda patente en la violenta y durísima resolución del flashback que nos ha acompañado toda la serie, en la que Grant destroza su imagen de 'buenazo'.

MRS. AMÉRICA -LIBERACIÓN FEMENINA


Sobre los hombros de Cate Blanchett descansa Mrs. América, ficción que se inspira en hechos reales ocurridos en los años setenta en Estados Unidos, concretamente en la lucha de un grupo de mujeres para cambiar las leyes de su país, para que fueran más igualitarias. Lo interesante es que la serie elige como protagonista a la antagonista de las feministas que vemos defender sus derechos, Phyllis Schlafly, que Blanchett compone de forma magistral. Ella es al mismo tiempo una divertida caricatura de una mujer conservadora y de derechas, pero, también, una mujer de matices, humana y real. En cada episodio, este personaje principal se mantiene en el centro de gravedad del argumento, mientras el punto de vista varía repartiéndose en diversas mujeres que representan distintos aspectos de la lucha feminista, todas interpretadas por estupendas actrices. Si Phyllis Schlafly es el centro del primer capítulo, el siguiente se ocupa de Gloria Steinem, influyente escritora encarnada por Rose Byrne. Shirley Chisholm (Uzo Aruba) es la siguiente, añadiendo el componente racial a las reivindicaciones y con una ambición política, la de ser la primera vicepresidenta afroamericana. Luego está Betty Friedman (Tracey Ullman), antipática e incómoda activista, algo homófoba, que se enfrenta a las dotes para el debate populista de Schlafly. Sigue una aproximación a la vida de pareja, a las frustraciones sexuales y a la exploración de otros modelos de pareja y de familia, en un episodio que enfrenta a dos matrimonios, el de Schlafly y Fred (John Slattery) contra el de Brenda Feigen-Fasteu (Ari Graynor) y Marc (Adam Brody). Jill Ruckelshaus (Elizabeth Banks) aporta la perspectiva de una mujer republicana y feminista que evidencia las concesiones -las humillaciones- que debe aguantar una mujer para abrirse camino en un mundo de hombres. Bella Abzug (Margo Martindale) muestra lo complicado que es mantener el liderazgo por las continuas disensiones en el propio seno de las activistas. Creo que el mejor episodio de la serie es Houston, centrado en Alice Macray (Sarah Paulson), mano derecha de Schlafly que, al verse obligada a participar en el congreso feminista celebrado en la ciudad texana del título, cambiará su forma de ver las cosas. Por último, Reagan marca el final de la miniserie, con un desenlace algo amargo, en el que la lucha de las mujeres se ve recompensada por un cambio legal, lo que no se traduce en la participación real de estas en la vida política.

Mrs. América coloca en el mismo tren a los dos bandos de mujeres que presenta. Tanto las que, lideradas por Phyllis Schlafly, se oponen a la revolución feminista, como las activistas que buscan la igualdad, todas se enfrentan a un mundo machista de oportunidades limitadas por sus maridos, jefes, o por la maternidad. Pero es que incluso la batalla anti feminista que emprende Schlafly la 'libera' y la 'empodera', llevándola a perseguir, por primera vez, sus ambiciones personales, a estudiar leyes y a independizarse de un marido paternal, capaz de obligarla a hacer el amor aunque a ella no le apetezca. De igual forma, en el bando feminista, nos encontramos con prejuicios raciales y hacia otras orientaciones sexuales, además de un conservadurismo inesperado -como cuando Betty reprende a su hija por llevar una ropa demasiado sexy-. Serie creada por Dahvi Walter -productor y guionista de Mad Men- Mrs. América es un retrato complejo de Estados Unidos, de su sociedad y de los cambios políticos que se estaban gestando en una época convulsa pero estimulante y prometedora, cuyas expectativas no necesariamente se cumplieron como -y cuando- las soñaron sus protagonistas.

HISTORIAS LAMENTABLES -VIÑETAS DE UN TEBEO


Tras conseguir un éxito total con la premiada y taquillera Campeones (2018), Javier Fesser vuelve en Historias lamentables al humor y a la estética de sus primeros trabajos, como El milagro de P. Tinto (1998) y La gran aventura de Mortadelo y Filemón (2003). Un regreso a los orígenes que yo, francamente, celebro, sobre todo por la recuperación de una estética muy personal, que bebe de Amelie (2001), de la publicidad, del videoclip, pero sobre todo del cómic, del tebeo de Bruguera. Cada plano está cuidado al máximo, con dinámicas composiciones y un divertido uso de los colores que no huye, sin embargo, del naturalismo y de lo cotidiano. En Historias lamentables, Fesser juega al film de episodios, pero en realidad crea un artefacto cerrado, que recupera su universo personal de nostalgia retro, humor surrealista y de lo esperpéntico. Son cuatro relatos breves, cada uno más absurdo que el anterior, en los que se mira con humor la miseria humana de unos personajes, repletos de defectos, que, sin embargo, Fesser mira con su ternura acostumbrada. Porque al director siempre le ha interesado la figura del diferente, entendido como el marginado, pero también como el inocente. Laten debajo de las situaciones que plantea como humorísticas, temas tan serios como el acoso escolar, la inmigración, las relaciones tóxicas o la picaresca española, pero sin dar lecciones a nadie. Preestrenada en Amazon Prime Video para luego proyectarse en las salas de cine, Historias lamentables recupera al mejor Fesser, que dibuja su película en las páginas de un tebeo imaginario, que consigue que todos sus actores estén maravillosos y en el mismo registro, que demuestra de nuevo un oído finísimo para la frase costumbrista, esa que escuchamos todos los días, y a la que le da un giro irónico para elevarla a la categoría de lo cómico. Fesser hace películas en las que se mofa de la idiosincrasia española, pero siempre desde dentro y con cariño. Somos así de lamentables, así que ¿Por qué no reírnos? 

ONDINA -LA JOVEN DEL AGUA



Basándose en la leyenda y los mitos sobre sobre las ninfas el agua, Ondina es una hermosa y sorprendente película de romanticismo arrebatado. Si en En tránsito (2018) el director alemán Christian Petzold nos obligaba a ver entre líneas la Segunda Guerra Mundial, bajo el aspecto de personajes y escenarios actuales, en Ondina nos presenta una historia de amor y desamor que podría ocurrir cualquier día, pero bajo cuya superficie se esconde un relato fantástico sobre un amor capaz de trascender incluso a la muerte. Ondina (Paula Beer) es una guía en el museo de Berlín -que ofrece charlas sobre desarrollo urbanístico- que acaba de ser abandonada por Johannes (Jacob Matschenz). Jura venganza, pero entonces conoce a Christoph (Franz Rogowski) un buzo experto en obras submarinas con el que mantendrá un intenso romance. La película de Petzold presenta una aparente cotidianidad, pero su sustrato mitológico emerge en imágenes fascinantes, siempre relacionadas con el agua: el acuario que se rompe dejando escapar una cantidad imposible de líquido; el descubrimiento de un pilón submarino con el nombre de la protagonista; el roce de una mano fantasmagórica en el instante más emocionante del film. Petzold arriesga con una propuesta diferente para crear una bella historia de amor trágico que solo puede existir en un pantalla de cine gracias a la complicidad de un espectador desprejuiciado, y que tiene un interesante mensaje sobre el amor femenino. La única amenaza para la felicidad de una ondina, según la mitología, es enamorarse de un hombre mortal.