GODZILLA VS. KONG -MÁS GRANDE QUE NUNCA


Una buena razón para volver a los cines es Godzilla vs. Kong. Si los meses de pandemia nos han permitido una saludable dosis de cine independiente, de autor, documental y español, la cartelera llevaba meses huérfana de un buen blockbuster con el que engordar nuestro michelín cinéfago. La película es de esas que pide a gritos una pantalla lo más grande posible: nada de quedarse en casa. Estos monstruos necesitan espacio para ser verdaderamente gigantes. Godzilla vs. Kong es aparatosa, muy ruidosa y estúpidamente divertida. Porque King Kong (1933) es un clásico del cine indiscutible, pero su premisa, hay que aceptarlo, es absolutamente delirante e incompatible con el realismo. Adam Wingard entiende esto perfectamente y fabrica la película más divertida del Monsterverso y eso lo consigue a pesar de ser una secuela simultánea de sus predecesoras inmediatas, tanto de la estupenda Kong: La isla Calavera (2017) como la fría Godzilla: Rey de los monstruos (2019). Inteligentemente, aquí, el protagonismo recae en el simio gigante, mucho más cercano que el saurio radioactivo. Kong contagia de su sentido aventurero a la mayor parte del metraje, la más entretenida a mi parecer, con un grupo de exploradores embarcados en una aventura a lo Julio Verne que me parece lo mejor de la función. Los impresionantes efectos digitales no tienen la magia del viejo stop motion y aquí Kong no parece un monstruo salido del sueño de la razón; esta película tiene más que ver con su antecedente japonés de 1962, King Kong contra Godzilla, de Ishiro Honda, porque es igual de colorida, desenfadada y psicotrónica. Los nuevos personajes interpretados por Rebeca Hall, Alexander Skarsgard y la niña Kaylee Hottle proporcionan la dosis justa de corazón a la propuesta para evitar la frialdad de las películas anteriores de Godzilla. Esa parte -la más plomiza- la vuelven a encarnar Millie Bobby Brown, ahora emparejada con Brian Tyree Henry como el autor de un podcast conspiranoico que, por pura casualidad me temo, da en el blanco por una vez. Los personajes humanos, por esta vez, cumplen mínimamente, aunque no hacen sombra a los monstruos gigantes. Las luchas entre los titanes son brutales y las escenas imposibles de sus peleas son bastantes creativas, como la batalla sobre los portaviones o el enfrentamiento entre neones en Hong Kong. La película esconde varias sorpresas, tanto para los fans del kaiju-eiga como en el desarrollo, hasta ahora nunca visto, del simio gigante como personaje. Ver Godzilla vs. Kong es volver a ser niño y volver a disfrutar del olor de las palomitas en una sala de cine que, más que nunca, no puede competir con el televisor de casa.

JUDAS Y EL MESÍAS NEGRO -EL PODER ESTÁ EN EL PUEBLO


Daniel Kaluuya está soberbio en la película Judas y el mesías negro, interpretando al líder de las Panteras Negras, Fred Hampton, a finales de los años 60. ¿Cómo se recrea el carisma de un revolucionario? Los discursos de Hampton -inspirados en Martin Luther King y Malcolm X- que Kaluuya proclama en la película encienden la sangre del espectador, permitiéndonos entender en 2021 cómo alguien puede dejarse llevar por lo que hoy más de uno considerará radicales. Kaluuya está nominado al Oscar 
y desde luego merece llevarse el premio de la Academia por este personaje que, desde el mismo título del film, es presentado con obvias connotaciones mesiánicas. Ante él, otro actor soberbio, el 'Judas' de este Nuevo Testamento negro, el auténtico protagonista de la cinta, LaKeith Stanfield, como Bill O´Neal, quien se infiltró en las Panteras Negras para informar al FBI. Stanfield, también nominado al Oscar como actor secundario, se muestra muy capaz de expresar la ambigüedad, la duda y el miedo de cualquier ser humano -con sus luces y sus sombras- dividido entre lo que es justo y el poder. El agente federal que se encarga de atraer a O´Neal hacia el 'lado oscuro', hacia el racismo y el terrorismo de Estado que ejerce Edgar J. Hoover (Martin Sheen) es Roy Mitchell, al que da vida el siempre estupendo Jesse Plemons. No penséis que Judas y el mesías negro es solo una película con grandes interpretaciones, porque  estamos ante una obra apasionante, rabiosa, que no se agota en el tema racial -y eso que en los años sesenta, en Estados Unidos, los afroamericanos libraban una guerra por defender sus derechos civiles más elementales- sino que se fija en la desigualdad que oprime a negros, latinos y también a los blancos. El director Shaka King se revela como una mirada a tener en cuenta en esta absorbente crónica histórica, muy capaz de plasmar aquellos años convulsos y de expresar la tensión, el miedo y la violencia, pero también la esperanza de un cambio. Una de las mejores obras del año, nominada al Oscar a la mejor película, al mejor guión original, mejor banda sonora y mejor fotografía.

NOMADLAND -EN LA CARRETERA


Nomadland
suena este año como la gran favorita para ganar el Oscar a la mejor película, lo que sería una muy buena noticia. La obra de la directora Chloé Zhao -The Rider (2017)- es un film poderoso, relevante, muy humano, que además afronta temas actuales. Basada en el libro País Nómada: Supervivientes del siglo XXI de Jessica Bruder, la película de Zhao funciona prácticamente como un documental orquestado alrededor de la actriz Frances McDormand, cuyo personaje de ficción viaja por la geografía de Estados Unidos y conoce las historias de varias personas reales, algunos de los cuales, curiosamente, no conocían a la intérprete y pensaron que estaban ante alguien como ellos. MCDormand da vida a Fern, una mujer que tras la crisis de 2008 se ha quedado sin trabajo, pero también sin casa y sin pueblo, cuando la fábrica que le daba empleo a todos sus habitantes se ve obligada a cerrar. Con estas razones entenderemos que Fern se haya convertido en una nómada moderna, solitaria e incapaz de echar raíces en ningún sitio, que vive en una furgoneta en constante movimiento. La película es una road movie en toda regla, solo que sin el Mcguffin de un destino: no hay más razones para el continuo viaje de Fern que buscar un trabajo para sobrevivir un día más. En ese camino iremos conociendo paisajes geográficos pero también humanos. Nomadland está llena de paradas preciosas en el camino, de conversaciones delante del horizonte, en un argumento que se desarrolla de forma relajada, nostálgica, casi siempre con la luz del crepúsculo. La película asombra por su belleza, pero también por la enorme cantidad de cosas que nos dice. Nos habla del final de una forma de entender la -maldita- economía, el trabajo y el trabajador. Por lo tanto, de una nueva forma de entender la vida. El amanecer de la era Amazon. Zhao dibuja un panorama desolador -que sería apocalíptico si no hubiera ocurrido ya- de trabajadores que son esclavos, desechables más que temporales, incapaces de acceder a un sueldo que les permita siquiera tener un techo sobre sus cabezas, cuyo único camino es seguir trabajando hasta morir. Pero Zhao trasciende su propia premisa, para decirnos también que detrás de cada uno de los nómadas que conoceremos en su magnífica película hay una tragedia personal que nos hará emocionarnos y también, por qué no, una cierta dignidad, una cierta rebeldía. Los nómadas también lo son por decisión propia, por no dejarse llevar por las carreteras secundarias que se presentan en el camino, por seguir haciendo kilómetros de asfalto que también son los de la existencia.

FRAGMENTOS DE UNA MUJER -INCOMUNICACIÓN


En Fragmentos de una mujer el director húngaro Kórnel Mundruczó -Jupiter´s Moon (2017)- propone una radiografía de la pérdida. Siguiendo el texto de la guionista Kata Wéber, Mundruczó nos presenta un puente a medio construir como imagen central del relato y gran métafora de la situación de los personajes. La incomunicación marca la relación de la protagonista, Martha (Vanessa Kirby) y su pareja, Sean (Shia LaBeouf), pero también el vínculo con su madre, Elizabeth (Ellen Burstyn) y su hermana, Anita (Iliza Shlesinger). La tragedia que separa a estos personajes ocurre durante el parto de Martha, que Mundruczó narra a través de un tenso plano secuencia. El argumento recurre a los controvertidos partos en casa y desarrolla una trama legal que acaba en un juicio, pero lo verdaderamente importante son las emociones humanas. Vanessa Kirby está nominada al Oscar por componer -nunca mejor dicho- un personaje femenino que debe lidiar con la mayor pérdida posible, con un dolor insoportable que la aísla del mundo. La película incide también en la presión social -madre, marido, familiares y hasta el sistema legal- que sufre Martha sobre cómo se supone que debe gestionar su pérdida. Lo mejor de la película son sus actores: Kirby está muy bien, pero también cumple LaBeouf y por supuesto Ellen Burstyn, actriz con la capacidad de decir mucho en sus pocas escenas, dándole vida a su personaje con lo mínimo y estableciendo una larga historia generacional de dolor y lucha, de madre a hija y a nieta, en un solo diálogo magníficamente interpretado. Fragmentos de una mujer es una película de pequeños gestos que dejan entrever los conflictos internos de los personajes. Estos quedan desnudos al ser colocados por el destino delante de la tragedia y que propone una perspectiva inapelable: la vida no se para por nadie.

HIERRO -SEGUNDA TEMPORADA -DESPEDIDA


Me sabe mal despedirme de Hierro sin que ninguna de sus dos temporadas haya conseguido atraparme realmente. La serie tiene unos valores de producción impresionantes, no solo por los espectaculares escenarios de la isla canaria, sino también por el provecho que sacan de ellos la realización y la fotografía que firman Jorge Coira y José Luis Bernal respectivamente. Además de esto, el gran valor de la serie son dos estupendos actores como Candela Peña y Darío Grandinetti. La primera es una actriz capaz de hacer creíble cualquier personaje: aquí es la jueza Candela Montes, tan estricta y profesional como sensible y humana, un personaje con mucha fuerza que creo merece más recorrido. Peña lo mismo te hace a esta jueza 'echada pa´lante' que a una mujer en la crisis de la madurez en La boda de Rosa o una activista lesbiana imposible en África, en Black Beach. Por otro lado, Grandinetti tiene el talento de hacer que su personaje parezca profundo y humano. Su Díaz, un empresario platanero y narco, despliega una humanidad tremenda -sobre todo en las escenas con su hija, Pilar (Kimberley Tell)- y resulta atractivo al demostrar que tiene principios morales, un código de honor, a pesar de ser un criminal. Con estos dos personajes y estos actores, la serie ya merece la pena. Mi decepción tiene que ver con el poco aprovechamiento que se hace de ambos. Los argumentos de las dos temporadas no consiguen implicarlos del todo en la trama. La segunda entrega de Hierro propone un conflicto familiar como núcleo dramático, enfrentando a un empresario, Gaspar (Matías Varela) con su exmujer, Lucía (Aroha Hafez), por la custodia de sus hijas. La trama irá desvelando los pecados ocultos de cada uno de ellos y de su entorno, para plantear un nuevo whodunit -igual que en la primera temporada- sobre la identidad del asesino de un personaje que no desvelaré. El guión de Fran Araujo, Pepe Coira y su equipo, se esmera en mantener el interés, con un buen ritmo narrativo y varios giros sorprendentes que te mantienen enganchado. Pero quizás esa sólida estructura narrativa ahoga a los personajes, como la jueza y Díaz, a los que nos quedamos con ganas de ver un poco más. Se percibe además cierto esfuerzo de más en mantener todas las tramas conectadas. Un ejemplo es ese inquietante villano Fadi Najjar (Enrique Alcides) cuya implicación no termina de estar justificada en la historia, a pesar del móvil económico y la muerte de su madre. Estas inconsistencias de base hacen que el espectacular clímax en un torneo de lucha canaria -que sustituye a la 'Bajada' de la primera entrega- se resienta: las decisiones y reacciones de los personajes implicados en acciones paralelas parecen algo forzadas. Justo antes, ocurría una escena excelente en la que la jueza -ojo spoiler- se enfrenta a una pistola en su cabeza. Un momento tenso, original, divertido, muy bien escrito y mejor interpretado por Candela Peña, que nos hace desear más de Hierro, más de la jueza Montes y más de Díaz.

GODZILLA VS. KONG ¿CÓMO HEMOS LLEGADO HASTA AQUÍ?


Son los dos monstruos gigantes más famosos y estaban destinados a enfrentarse. De hecho, King Kong y Godzilla ya han medido sus fuerzas en la gran pantalla. Pero no nos adelantemos. King Kong nació en 1933 en la película que es hoy un clásico absoluto, un mito puramente cinematográfico, orquestado por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, al que dio vida el animador, padre de la stop motion, Willis O´Brien, que ya tenía experiencia haciendo dinosaurios en la muda El mundo perdido (1925). El éxito de Kong produjo simpáticas, pero menores, secuelas como la inmediata El hijo de Kong (1933) y la tardía El gran gorila (1949). El principal mérito de esta última es haber servido de campo de entrenamiento para el rey de los monstruos gigantes, Ray Harryhausen, quien realizaría más tarde una película importante de serie B, El monstruo de los tiempos remotos (1953) en la que un experimento nuclear devuelve a la vida a un dinosaurio. ¿Os suena? La película anticipaba la aparición, apenas un año después, de la japonesa Godzilla, dirigida por Ishiro Honda -ayudante habitual de Akira Kurosawa- pero sustituyendo la preciosa animación artesanal stop motion por un actor enfundado en un traje de goma que se dedica a destrozar detalladas maquetas de ciudades, creadas por el experto en efectos especiales Eiji Tsuburaya. Si King Kong (1933) es pura aventura y un viaje al subconsciente -Isla Calavera- y a nuestros miedos primitivos luego liberados en la gran ciudad -Nueva York-, el primer Godzilla era una pesadilla, oscura y terrorífica, que representaba el miedo, la culpa y la pérdida de las muy reales explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki. A pesar de la muerte del monstruo, la película tendría una secuela inmediata en Godzilla contraataca (1955), en la que el saurio radioactivo dejaba ya de ser una amenaza absoluta para enfrentarse a otra criatura, Anguirus. La siguiente aventura de Godzilla, su tercera aparición en la pantalla, sería ya enfrentándose al mítico King Kong.

Curiosamente, King Kong vs. Godzilla (1962) tendría su origen en una idea de Willis O´Brien, que quería enfrentar a la octava maravilla del mundo contra el monstruo de Frankenstein. Aquello no fructificó como O´Brien lo esperaba, sino que fue utilizado por la japonesa Toho para orquestar el enfrentamiento entre los dos míticos monstruos gigantes. Así, King Kong se metía en terreno japonés y pasaba de ser un muñeco animado a un actor enfundado en un grotesco traje de simio, sin duda, horrible. Dirigida por Ishiro Honda, por primera vez vemos a los monstruos en color, lo que le da a la película un aire muy pop. King Kong es aquí un monigote gracioso, convertido en el héroe de la película, pero Godzilla también pierde su aura de pesadilla, a pesar de ser el villano de la función. Ambos se enfrentarán en un ridículo combate de lucha libre, en una película que es pura diversión infantil. Desmintamos la leyenda de los dos finales: uno japonés, en el que ganaba Godzilla y otro 'proamericano' en el que salía victorioso el gorila gigante. En realidad solo existiría la conocida versión en la que Kong se corona campeón de los monstruos gigantes. Tras esto, el simio viviría otra aventura más en su versión japonesa, King Kong Escapa (1967), otro irresistible delirio pop de Ishiro Honda que mezcla la aventura selvática con el film de espías y en la que aparece una versión robot de Kong, Mechanikong. Ya estáis viéndola en Filmin.

La Toho seguiría explotando a Godzilla en la misma tónica, pero convirtiendo paulatinamente al monstruo en héroe, y enfrentándolo a otras bestias enormes como Mothra, Rodan y King Gidorah, entre las más destacadas. 15 películas fueron dedicadas al monstruo en su época clásica -Serie Showa- para vivir luego un reinicio en 1984 que daría pie a 7 películas más -Serie Heisei-, seguido de un nuevo remake en 1999, que daría pie a otros 6 títulos -Serie Millenium-. Pero la estética del monstruo sería siempre la de un actor disfrazado. Mencionemos la última y sorprendente película producida por Toho, en 2016, Shin Godzilla, de trasfondo ecológico y reconvirtiendo a la criatura en una amenaza. Mientras tanto, en Estados Unidos, la vida de Kong ha sido mucho más exigua. En 1976 el elefantiásico productor Dino Delaurentis levantó un proyecto que actualizaba a King Kong, pero que optaba por convertirlo, de nuevo, en un hombre enfundado en un sofisticado traje de gorila, creado y utilizado por el experto en efectos especiales, Rick Baker. Hubo una secuela en 1986.

En 1993, Parque Jurásico de Steven Spielberg revolucionaba los efectos especiales creando dinosaurios digitales que condenarían a la extinción a los reptiles antediluvianos animados por stop motion. Dicha tecnología permitiría al experto en destruir la humanidad, el alemán Roland Emmerich, traer a Godzilla a Estados Unidos en la olvidable película de 1998, un entretenido remake a lo Spielberg que contaba con un interesante diseño de la criatura, obra de Patrick Tatopoulos. Esos mismos efectos digitales son los que utilizaría un enamorado de la stop motion y de la película original, como Peter Jackson, para hacer su propia y estupenda versión de King Kong en 2005.

Saltamos ahora a 2014, cuando se estrenaba un nuevo remake estadounidense de Godzilla, dirigido por Gareth Edwards, con la ambición de inaugurar el llamado Monsterverso, siguiendo la estela del éxito de Marvel Studios y sus películas interconectadas. Aquella primera cinta fue una apuesta arriesgada por hacer algo diferente a lo esperado. El tono era soprendentemente serio, el subtexto era ecológico, y el monstruo que da nombre a la película no era exactamente una amenaza, sino una criatura relativamente pacífica que defiende a la humanidad, aunque sea de rebote. Se notaba la influencia de Monstruoso (2008), en la que J.J. Abrams, Drew Goddard y Matt Reeves hacen básicamente Godzilla visto desde la altura de una temblorosa cámara de vídeo doméstica. En el Godzilla de 2014 los gigantescos seres permanecen ajenos a los conflictos humanos individuales. El reptil radioactivo se las ve con dos criaturas, los M.U.T.O, cuyo diseño recuerda, por cierto, al del Clover de la película de Reeves. Gareth Edwards, evita enseñarnos la titánica lucha desde el punto de vista de los colosos: siempre interpone ventanas, ruinas, o cabezas humanas llenas de asombro. Los gigantes se pelean en otro plano. Y aunque el protagonista de la historia, Ford Brody (Aaron Taylor-Johnson), es un militar que se implica -de manera algo forzada- en todos los acontecimientos, lo que Edwards quiere contarnos es una historia de padres e hijos. La idea no difiere demasiado de lo que había hecho en su anterior cinta: esa historia de amor con gigantescos cefalópodos alienígenas de fondo que es Monsters (2010). Apuntamos desde ya en la carrera de Gareth Edwards su querencia por sacar monstruos gigantes apareándose como rasgo de autor. Lo hizo en Monsters y lo repite en Godzilla, en una de las escenas más valientes de la película. Edwards utiliza como ancla emocional al personaje encarnado por Bryan Cranston -que lleva una horrible peluca porque tendría la cabeza afeitada tras Breaking Bad- que definitivamente podría haber tenido una mayor presencia en la historia. Su papel es el de ser la cara de las víctimas de esas tragedias que vemos en los telediarios. Porque el monstruo ha dejado de ser una metáfora de Hiroshima y Nagasaki (aunque su sombra sigue presente) y se convierte en la fuerza de la naturaleza que regresa imparable para restaurar el equilibrio. No por casualidad, la película se esmera en citar desastres naturales como el terremoto de Japón de 2011; el huracán Katrina de 2005; el tsunami de Tailandia de 2004, y sin olvidar, por supuesto, el 11S de Nueva York de 2001. Tragedias recientes que están en el subconsciente de todos y que los autores de Godzilla (2014) utilizan buscando un eco en nuestra memoria emocional.

La siguiente entrega del Monsterverso fue un cambio radical con respecto a la primera. Kong: La isla calavera (2017) es pura aventura pulp. Ya la hemos reseñado en Indienauta, así que no me extenderé sobre esta fantástica mezcla, muy loca, entre el King Kong (1933) original y una película bélica, que recuerda sobre todo a Apocalypse Now (1979), con un Samuel L. Jackson muy enfadado tras perder la guerra de Vietnam y tan obsesionado con Kong como el capitán Ahab con Moby Dick. Acompañan a Jackson actores como Tom Hiddleston, Brie Larson, John Goodman y un fantástico John C. Reilly, poniendo el toque de humor, pero también de humanidad. Kong: La isla calavera es magnífica. 

No puedo decir lo mismo de Godzilla: Rey de los monstruos (2019). Dirigida por el estupendo Michael Dougherty, nos encontramos de nuevo aquí con el tono serio y con la desconexión entre los monstruos y los seres humanos. El desarrollo de personajes no es precisamente satisfactorio a pesar de un elenco de caras muy conocidas: Millie Bobby Brown, Vera Farmiga, Kyle Chandler, Charles Dance, Zhang Ziyi y un largo etcétera en el que ninguno se luce precisamente. Os remito al artículo, más extenso, sobre la película en Indienauta, que se salva de la quema por su preciosa estética de la destrucción, sus espectaculares efectos especiales y la aparición del bestiario de la Toho: Mothra, Rodan y King Gidorah, además de otros monstruos nuevos o menos conocidos, en una lucha apoteósica que se hubiera beneficiado de un tono más ligero. Un defecto que, esperemos, se subsanará en el siguiente capítulo de esta saga cinematográfica: Godzilla vs. Kong (2021). 

LA LIGA DE LA JUSTICIA DE ZACK SNYDER -SE HA HECHO JUSTICIA


Pocos directores dividen tanto las opiniones como Zack Snyder. El realizador de 300 (2006) tiene fans acérrimos y detractores que le consideran poco más que un chiste. Algo que resulta curioso, dado que es un director que siempre ha firmado películas de género -terror, adaptaciones de cómics, fantasía- con mucha acción, con una capacidad estética apabullante y sin ser nunca pretencioso, en el sentido de que jamás ha abordado conflictos dramáticos 'adultos'. Los temas de tebeo de sus películas, su narrativa de videojuego -no es un término peyorativo- y su capacidad para visualizar con realismo lo imposible -equiparable a las ilustraciones del artista Alex Ross- deberían ser suficientes para ganarse las simpatías del público general, pero por alguna razón Snyder provoca pasiones y odios a partes iguales. De la mano de otro realizador igualmente divisivo como Christopher Nolan, Snyder se convirtió -tras la estupenda Watchmen (2009)- en el artífice del Universo DC cinematográfico. Y desde el principio quedó claro que sus superhéroes no tendrían nada que ver con los de Marvel. Tomándose sumamente en serio a sus personajes y apostando por un tono épico constante, Snyder dirigió primero la mesiánica El hombre de acero (2013) y luego la gris Batman v. Superman (2016). Con ambas dejaba todo preparado para reunir a los héroes más famosos del mundo en una sola película, La Liga de la Justicia (2017). Lamentablemente, una tragedia personal apartó a Snyder del rodaje, lo que llevó a Warner a contratar a Joss Whedon -director de la colorida Los Vengadores (2012)- para acabar el proyecto. Pero hubo más. Porque Whedon rehízo el guión, rodó nuevas escenas -lo que provocó esa magnífica anécdota del Superman con bigote- y cambió radicalmente el concepto del film de Snyder, haciéndolo más luminoso y ligero. Warner quería que sus héroes de DC se pareciesen más a los de Marvel. Y fue un fracaso. La película, aunque parcialmente disfrutable, era otro desastre para DC, tras otros fiascos como Escuadrón Suicida (2016), hiriendo mortalmente la franquicia, mientras su rival estrenaba éxito tras éxito hasta un colofón difícil de superar en términos de taquilla como Vengadores: Endgame (2019). Todo habría acabado aquí, si no fuera por los fans. Esos que idolatran a Snyder comenzaron a pedir el montaje del director. El Snyder Cut cobró una fuerza inaudita hasta hacerse realidad, gracias a esos seguidores, y quizás también a los detractores: en las redes -en determinados círculos- no se hablaba de otra cosa. 

HBO estrena así La Liga de la Justicia de Zack Snyder y lo único que puedo decir es que es una maravilla. Dejemos a un lado que te gusten o no los superhéroes, que seas de DC o de Marvel, que te guste el cine de Snyder o lo odies, lo que creo que no se puede negar es que esta versión es claramente superior a la de Joss Whedon. Con casi 4 horas de duración, esta Liga de la Justicia es casi una serie de televisión de 5 o 6 capítulos, que se disfruta de principio a fin. Mucho mejor narrada que la versión estrenada en cine -de unas dos horas- aquí se rellenan los agujeros de la historia que hacían imposible seguir el argumento. El estilo expansivo de Snyder, sus constantes ralentizados, hacen que se cuente poco en mucho tiempo, pero también es cierto que aquí los personajes cobran vida. Especialmente en el caso de Cyborg (Ray Fisher), cuya presencia en la versión estrenada en cines era nula y aquí se revela como la parte central de una trama que no se entiende en su ausencia. Otro beneficiado es Flash (Ezra Miller), el alivio cómico de la historia y lo más cercano a un punto de vista humano entre los superhéroes. Por otro lado, esta versión permite seguir mucho mejor los arcos de Superman (Henry Cavill), Batman (Ben Affleck), Wonder Woman (Gal Gadot) y Aquaman (Jason Momoa), en relación con sus respectivas películas en solitario, algo que, paradójicamente, es lo que hace -y muy bien- Marvel Studios con sus personajes. Más espectacular, con más acción, más imágenes molonas y hasta más épica -si es que eso es posible-, La Liga de la Justicia de Zack Snyder es un triunfo, que deja con ganas de más: nada que ver con la versión estrenada en 2017. Y sí, queremos ver ese enfrentamiento -ojo spoiler- con Darkseid (Ray Porter) -aunque ahora, paradójicamente, parezca un remedo del Thanos cinematográfico-.