DUNE -UN PROFETA EN EL DESIERTO


Dune
 (1965), la novela de Frank Herbert, es una magnífica epopeya espacial, que conjuga aventura y ciencia ficción, con una intriga palaciega que se anticipa a Juego de Tronos, y que cuenta, además, con una parte mística y religiosa -que puede hacer pensar en la Fuerza de la también posterior Star Wars (1977)- que hacen de ella una historia verdaderamente especial. Los principales problemas para su adaptación son la necesidad de unos efectos especiales que no han existido hasta hace relativamente poco, y la gran extensión de su texto, de casi 500 páginas. Es de sobra conocido el primer intento de llevar la historia de Herbert al cine, promovido por el psicomago Alejandro Jodorowsky, que habría sido, probablemente, un fracaso comercial, pero que ha alcanzado el estatus de cinta de culto, precisamente, por ser un proyecto abortado. La adaptación que sí conocemos es la estrenada en 1984, dirigida por el gran David Lynch, producida por Dino de Laurentis, con los actores habituales del director: Kyle MacLachlan, Everett McGill o Jack Nance, acompañados por figuras internacionales como Silvana Mangano, Max Von Sydow o incluso Sting. Poco importan los grandes nombres, porque no tendrán más que unos pocos minutos en pantalla. El mastodóntico argumento de Dune apenas cabe en las 2 horas y 17 minutos del montaje final, con el que Lynch no estuvo de acuerdo. Así, la única forma de entender la película es haber leído antes la novela: a pesar de un prólogo explicativo con la voz de la princesa Irulan (Virginia Madsen) y algunos diálogos farragosos que intentan situar al espectador, la trama es difícil de seguir con situaciones inconexas que se van sucediendo atropelladamente. Lo mejor, dejarse llevar por las imágenes, el estupendo diseño de producción -fantásticos decorados y vestuarios- y la atmósfera que sí sabe imprimir Lynch, sobre todo con ese uso excesivo y loco, pero sugerente, de la voz en off para expresar el recurso del monólogo interno de los personajes que utiliza Herbert en la novela. El Dune de Lynch es una extraña mezcla de ciencia ficción camp que parece anterior a Star Wars o 2001: Una odisea del espacio (1968), con el cine de autor de Lynch -quien, por cierto, aceptó rodar Dune y rechazó El retorno del Jedi (1983)-. El Dune de Lynch se puede ver en Filmin.

Era cuestión de tiempo el que se pensara en un remake de Dune con los efectos especiales actuales, que permiten llevar a la pantalla, con mayor fidelidad, las ideas de Frank Herbert. El proyecto tiene enjundia, al serle confiado a un autor como Denis Villeneuve, con un estupendo título de ciencia ficción en su haber, como La llegada (2016) y una demostración de valentía, como hacer una secuela imposible como Blade Runner 2049 (2017). Lamentablemente, hemos tenido que esperar de más la llegada del nuevo Dune por culpa de la pandemia. Y cuando por fin se acercaba la fecha, nos encontramos con una absurda polémica en la que Villeneuve se dedica a criticar las películas de superhéroes, concretamente las de Marvel Studios, en una rueda de prensa. Una polémica que, sin embargo, bien podría definir involuntariamente la propuesta del director de Incendies (2010). Quizás tiene razón Denis Villeneuve al sentirse amenazado por las películas de Marvel y despreciarlas calificándolas como un ‘corta pega’ que se multiplica en las salas de cine, amenazando con saturar el mercado quitándole el sitio a blockbusters de autor como su versión de Dune. Francamente dudo que eso ocurra: creo que siempre habrá espacio -ahora más que nunca- para todo tipo de películas. El problema es, más bien, si realmente lo que propone Villeneuve es otro tipo de cine tan diferente al de Marvel. Al fin y al cabo, repito, estamos ante una epopeya de ciencia ficción, que influyó seguramente en Star Wars (1977) y que, como ya hemos dicho, fue llevada al cine previamente. En otras palabras, lo que propone Villeneuve no es precisamente original, aunque obviamente su película pase por el filtro de su visión como artista, algo que definitivamente no ocurre en Marvel (al menos hasta que podamos ver qué ha hecho Chloé Zhao con Eternos). Por otro lado, Warner ha permitido en sus películas de DC Comics precisamente eso: que diferentes directores aporten su propia sensibilidad, sacrificando la coherencia serial de Marvel, con resultados variados pero irregulares. El temor, en todo caso, debería ser que se acabe imponiendo el exitoso modelo Marvel en el blockbuster mainstream. Pero, tras 10 años de éxito contrastado, esto ya debería haber ocurrido ¿no? y de hecho ha habido otros intentos de crear un universo cinematográfico compartido, pero nunca con resultados tan espectaculares. 

¿Qué ofrece entonces Villeneuve en Dune para competir con Marvel? Pues una cinta que evita el frenesí, el colorido y el sentido de la aventura. Dune es una película de peleas emborronadas, de naves espaciales que se mantienen fijas en el cielo, de ejércitos simétricamente alineados pero inmóviles, de fotografía oscura, colores terrosos y mucha cámara lenta. Sus numerosos personajes apenas tienen tiempo en pantalla para desarrollarse, salvo el protagonista, Paul Atreides (Timothée Chalamet), el único que goza de una progresión y el único con el que intentamos identificarnos: el guión carga las tintas en la naturaleza mesiánica del héroe -similar a Luke Skywalker- y deja en segundo plano elementos interesantes de la novela: la guerra entre las diferentes casas por el poder -estilo Juego de Tronos-; la ecología del planeta Arrakis; o incluso la naturaleza de los poderes de Paul Atreides y de su madre, Jessica -una estupenda Rebecca Ferguson-; además de una reflexión ecológica sobre la explotación de los recursos naturales, y el colonialismo. Todo esto aparece en el film, pero Villeneuve prefiere centrarse en su personaje principal, en el desarrollo de sus capacidades y en una decisión que considero cuestionable: la inclusión de los sueños de Paul que funcionan como flashforwards que nos muestran lo que podría ocurrir en la trama. Personalmente creo que es un recurso arriesgado, que quizás se utiliza demasiado. Por otro lado, a pesar del largo metraje, tenemos la sensación de que su fabuloso reparto está desaprovechado. Un elenco, por cierto, que parece elegido viendo las películas que Villeneuve parece detestar: Zendaya -Mary Jane en las películas de Spider-Man-, Jason Momoa -Aquaman-, Oscar Isaac -Poe Dameron de Star Wars-, Josh Brolin -Thanos y Cable-, Dave Bautista -Drax- y hasta un David Dastmalchian recién salido de Escuadrón Suicida. Mencionemos, además, a Stellan Skarsgard y Javier Bardem. Con estos elementos, Villeneuve fabrica un film hermoso, pictórico, que desactiva nuestras expectativas. Su película es impresionante, pero no es precisamente una montaña rusa de emociones: prácticamente no hay humor, ni sensación de peligro, ni de aventura. Y debo decir que la novela original es francamente divertida (al menos para mí) y la versión de Lynch, aunque incomprensible e inconexa, tenía un tono más cercano a la space opera, aunque alucinada. Sea como sea, Dune es uno de los eventos cinematográficos del año, que hay que ver sí o sí en una sala de cine, y cuya repercusión real, lamentablemente, pasa por ver cómo funcionará en la taquilla.

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