PRISIONEROS (DENIS VILLENEUVE, 2013)


-AVISO SPOILERS-
En Prisioneros hay una imagen que se repite constantemente: un coche aparca delante de la fachada de una casa. Una y otra vez se nos muestra la parte exterior de esas viviendas familiares. Poco a poco vamos descubriendo que esas casas, aparentemente normales, ocultan sótanos. Habitaciones bajo el subsuelo que guardan los miedos y las obsesiones de unos personajes que comparten una misma religión: una fe que promete la supervivencia al Apocalipsis. Pero cuando llega el verdadero "fin de su mundo", todos y cada uno de esos "creyentes" se derrumban y se convierten en demonios. Por eso no hay un psicópata inhumano en Prisioneros, sino víctimas que se desmoronan hasta perder su humanidad; hasta convertirse en ruinas como la vieja casa de Keller Dover (Hugh Jackman): él se niega a reformarla porque no ha superado el suicidio -la pérdida de fe- de su padre. Porque en Prisioneros todos han perdido la fe, pero prefieren mantener en pie una fachada de normalidad y armonía. Por eso, si en su superficie estamos ante un whodunit, para descubrir al culpable de los secuestros sólo hay que estar atento a la única persona que deja ver su sótano bien abierto: a la única que confiesa que ya no puede creer en nada.