THE BAY (BARRY LEVINSON, 2012)


El subgénero del found footage siempre ha tenido un pequeño -fácil de olvidar si se pone un mínimo de interés- defecto: en algún momento nos preguntamos por qué los protagonistas de -El proyecto de la bruja de Blair, REC, Monstruoso, o The Sacrament- siguen grabando con la cámara a pesar de estar en peligro de muerte.


The Bay esquiva este defecto -o casi- de una manera inteligente que además aporta un tono muy particular a la película. Se aprovecha de la circunstancia de que vivimos rodeados de cámaras y de nuestra tendencia a grabar absolutamente todo lo que nos pasa, para crear una historia coral que construye su narrativa utilizando prácticamente todos los formatos audiovisuales que usamos a diario. El resultado es una historia verosímil y aterradora, que no se centra en un protagonista -a pesar de que la voz en off de una joven periodista le da unidad a la narración- y que refresca un subgénero ya agotado precisamente por el productor de The Bay, Oren Peli, padre de la saga de Paranormal Activity.


Lo mejor de The Bay es que su estilo realista y su mensaje ecologista se conjugan con ideas de serie B que hacen el conjunto muy entretenido. Nos cuenta la venganza de la naturaleza en un pueblo muy similar al Amity Island de Tiburón (Steven Spielberg, 1975) -en Chesapeake Bay también celebran el 4 de julio- utilizando unos parásitos que harían las delicias del Cronenberg de Vinieron de dentro de... (¡también de 1975!). El veterano Barry Levinson (1942) parece rejuvenecer -se muestra juguetón con algunos sustos muy efectistas- y consigue que la tensión vaya creciendo en una película que coloca una bandera de Estados Unidos en casi cada plano y que parece jugar con la idea de que a pesar de que estamos rodeados de cámaras que no pierden detalle de nuestras vidas, sigue habiendo algunos -los que mandan- que consiguen hacer la vista gorda.