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EL AÑO MÁS VIOLENTO (J.C. CHANDOR, 2014)




Hay ambición en la historia que cuenta J.C. Chandor y en la forma que utiliza para contarla: una puesta en escena reposada, más bien clásica, con miras a ser una "gran película". Yo no pude dejar de pensar en El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972) -Oscar Isaac recuerda a un joven Pacino- porque detrás del personaje de Jessica Chastain se adivina un universo mafioso que se mantiene siempre en el plano referencial, para mí uno de los grandes aciertos de la película.


Hay una pregunta que siempre me hago ¿es posible alcanzar el éxito sin vender tu alma al diablo? El año más violento -quizás una traducción más acertada sería Un año muy violento- coloca a Abel Morales (un nombre y un apellido muy acertados), interpretado por Oscar Isaac, ante el reto de intentar seguir el camino recto para tener éxito en los negocios. Abel es un emprendedor, es un inmigrante, que tiene una fe absoluta en el trabajo. Es el sueño americano. Pero la realidad es otra. Abel se enfrenta, básicamente, al sistema. Sus competidores -casi mafiosos- utilizan el robo, la violencia y la intimidación. Pero también las autoridades persiguen a Abel: el fiscal Lawrence (David Oyelowo) le acosa investigando sus cuentas. Incluso dentro de su propia familia, Abel tiene que luchar. Su mujer, Anna Morales (Jessica Chastain) es una Lady Macbeth con arrebatos que recuerdan a la Betty Draper (January Jones) de Mad Men (2007). Ella es hija de un mafioso cuya historia adivinamos cercana a El Padrino o a Los Soprano (1999). Su pasado es el subtexto -el pecado original- de esta historia en  la que lo que está en juego es el alma de Abel.

-AVISO SPOILERS-

Al final, Abel descubre que su éxito estaba tan manchado como el de los mafiosos a los que no quería parecerse. Su propia mujer y ese consiglieri que es Andrew Walsh (Albert Brooks) han conseguido engañarle para hacer trampas a sus espaldas, mientras él mantenía su conciencia limpia. En la última escena -¡Que recuerda a Casablanca (Michael Curtiz, 1942)!- el propio protagonista aclara que siempre tuvo claro que alcanzaría sus objetivos, pero que la cuestión clave era qué camino tomaría para conseguirlos. Antes hemos visto cómo desde el terreno que ha comprado Abel se puede ver el perfil de la ciudad de Nueva York. Una imagen de esperanza que es negada inmediatamente cuando aparece Julián (Elyes Gabel), uno de sus empleados -su Caín- que ha fracasado en el intento de emular la rectitud de Abel. La sangre de Julián acaba mezclándose con el petróleo con el que Abel negocia y sobre esos líquidos se levantará su futuro imperio empresarial.

LA DESAPARICIÓN DE ELEANOR RIGBY (NED BENSON, 2014)

Creo recordar que Ernesto Sábato, en Sobre héroes y tumbas (1961), aseguraba que el ser humano es necesariamente irracional porque ante determinadas tragedias, lo verdaderamente lógico sería renunciar a la vida. Hay desgracias con las que seguir viviendo debería ser insoportable. Y recuperar la felicidad, imposible. En La desaparición de Eleanor Rigby hay una ausencia que marca la existencia de todos sus personajes, pero que no se revela hasta bien avanzada la película. Durante gran parte del metraje intentamos adivinar qué puede haber pasado en la vida de los protagonistas para que sufran de esa manera. Durante esos minutos podemos proyectar en su dolor nuestras propias angustias. 


-AVISO SPOILERS-
La desaparición de Eleanor Rigby trata sobre aceptar la pérdida como primer paso hacia la curación. Por eso ningún personaje habla directamente sobre lo que ha pasado. Los protagonistas se encuentran en una fase de negación que les impide avanzar. La película se construye en su primer tramo, elegantemente, sobre el inmenso peso de ese vacío, haciendo patente la eternidad de los minutos cuando lo único que necesitamos es que pase el tiempo. El mejor exponente de ese estado de negación es la amistad que Eleanor (Jessica Chastain) traba con la profesora Friedman (Viola Davis). La primera evita revelar su tragedia a la segunda. Necesita la compañía de alguien que la trate como a una persona "normal". Una amistad "limpia" que no gire entorno a una desgracia de la que intenta escapar desesperadamente. Para cuando uno de los personajes verbaliza lo que ha pasado hay una gran cantidad de emociones contenidas que el cuidadoso guión deja salir en el tramo final como un torrente que resulta difícil de soportar. Quizás, para alguno, el director y guionista, Ned Benson, se excede. Yo creo que el cine -la ficción, la tragedia- existen precisamente para eso. La catarsis.


"Te quiero", le dice Eleanor a Conor (James McAvoy), y él responde "Lo sé". Pero el amor no siempre es suficiente. La desaparición de Eleanor Rigby gira también entorno a la fragilidad de la pareja, y desvela que nuestra verdadera prioridad no es el amor. El padre de Eleanor (William Hurt) confiesa que sigue casado a pesar de que lo lógico habría sido separarse en más de una ocasión. Se trata de aguantar a pesar de que la pasión se ha acabado hace ya mucho tiempo. Es quizás el reflejo de una manera de pensar de otra generación. Porque la actual, la de Eleanor y Conor, no parece capaz de resistir ante una pérdida terrible a pesar de que todavía se aman. Pero quizás eso sea pedir demasiado.

La primera película de Ned Benson, es al mismo tiempo su tercera. La desaparición de Eleanor Rigby es en realidad dos películas independientes, una desde el punto de vista de Eleanor y otra desde la perspectiva de Conor. 190 minutos que ahora se funden -por razones comerciales- en una sola historia de dos horas. Esto, en mi opinión, lastra levemente el resultado final. La alternancia de puntos de vista resta fluidez a la trama, que parece tropezar de vez en cuando en su intento de incluir demasiados momentos de una gran intensidad dramática. A pesar de esto, la película incluye instantes hermosos en los que los personajes, interpretados por actores de mucho talento, consiguen reflejar nuestras vidas. Todos hemos conocido alguna vez la pérdida. Y si no es así, lo siento, porque solo el que nunca ha amado de verdad puede vivir sin sufrirla.