TRUE BLOOD -TEMPORADA FINAL-


-AVISO SPOILERS-

True Blood (2008-2014) nunca prometió más que lo que ha dado. Siempre ha sido una serie desenfadada, ligera, y sobre todo muy divertida. Una mezcla de humor negro, gore, terror y mucho sexo. Elementos más que suficientes para mantener el interés de cualquier persona de bien. El planteamiento inicial, un mundo en el que los vampiros existen y han salido "del armario" para convivir con los humanos mortales, ha sido desarrollado durante siete temporadas y poco quedaba por explorar. Los guionistas -supongo que inspirándose en las novelas originales- han ido profundizando en esa sociedad imaginaria de no-muertos, que tiene sus reglas particulares, sus leyes, y sus jerarquías. Y eso ha permitido que una serie sobre un tema tan manido como el de los vampiros, sea diferente. En alguno de sus momentos más divertidos, esos vampiros -cada vez más poderosos y desmadrados- parecían superhéroes luchando entre ellos: algunos a favor de los humanos, otros en contra y a pesar de ser todos unos marginados. Como los X-Men de Marvel Cómics. Además de los vampiros, la serie ha ido agregando seres fantásticos a sus bestiario particular: hadas, cambiantes, hombres lobo, etc. Y todo eso está muy bien, pero no nos engañemos. El corazón de True Blood bombea melodrama por sus venas: las peripecias románticas de la protagonista Sookie Stackhouse (Anna Paquin), y el resto de personajes, constituyen las tramas principales de la serie. Y a pesar de cierta distancia irónica, los guionistas nunca se han cortado a la hora de ponerse "pastelones". Tampoco pasa nada.


Tras siete temporadas, probablemente la serie había perdido fuerza y brillo. El final de la sexta entrega daba un salto en el tiempo, una elipsis, que permitía cambiarlo todo: nos encontrábamos con un escenario casi apocalíptico en el que vampiros infectados con un virus se convertían en una amenaza para todos. Al inicio de esta séptima temporada aterrizábamos en ese nuevo mundo, con nuevas reglas, y con la sensación de que nos habíamos perdido algo. La muerte, algo abrupta, de dos personajes importantes marcaban los primeros cinco episodios, que sirvieron para cerrar precisamente esa línea argumental de los vampiros infectados. Tras esta, se desarrolla la subtrama más divertida de la temporada final, que protagonizan Eric (Alexander Skarsgard) y Pam (Kristin Bauer van Straten). Su búsqueda de la cura para la mencionada enfermedad -el equivalente vampírico del SIDA- está cargada de humor negro y es seguramente el mejor testimonio del verdadero espíritu de True Blood. Yo vería un spin-off sobre estos dos.


Por otro lado, en esta última temporada nos hemos ido despidiendo de todos los personajes. Los guionistas se han esmerado en que cada uno tenga su pequeño momento. Un esfuerzo que se agradece -hemos compartido seis años con ellos- pero que sin duda pasa factura a la historia, menos compacta que otras temporadas de la serie. Y si True Blood es en realidad una historia de amor -o varias- en esta séptima entrega vamos viendo como cada personaje es emparejado con otro. La idea de "final" que tienen los autores de la historia es resolver la situación sentimental de absolutamente todos.

Si Jessica (Deborah Ann Woll) parecía destinada a unirse a Jason (Ryan Kwanten) ahora descubrimos que la naturaleza de su relación era otra. "Cuando estamos juntos siento como si estuviéramos en una burbujita flotando sobre la Tierra. Sé que no puedo estar así siempre, pero me ayuda a sentirme mejor cuando vuelvo a poner los pies en el suelo", le dice Jason a Jessica a modo de despedida. Justo a tiempo para el regreso de Hoyt (Jim Parrack), que se revela como el verdadero amor de la vampiresa pelirroja. Chico con suerte.



En el último capítulo de True Blood asistimos a una boda y a un funeral. Ambos relacionados con la historia más importante de toda la serie: el destino final de la pareja que forman Sookie y Bill (Stephen Moyer). Los sentimientos entre ellos habían demostrado ser capaces de sobrevivir a cualquier obstáculo. Parecían inseparables. Pero Bill nos sorprende con un análisis muy interesante de su relación amorosa: para él, Sookie está atrapada en una relación tóxica. El vampiro se siente culpable por todas las cosas terribles que le ha hecho a ella y le sorprende que, a pesar de todo, Sookie siga enamorada. Está enganchada. Pero Bill la ama de verdad, y por ello decide hacer algo radical: acaba sacrificándose para verla feliz.