AL CINE CON CARLOS: ROBINSON, UNA AVENTURA TROPICAL (2016)


En los tiempos de la animación tradicional, artesanal, en dos dimensiones, se notaba muchísimo la diferencia entre los grandes estudios -Disney- y los pocos productos nacidos precariamente en latitudes que no fueran Estados Unidos o Japón. Hoy en día, los ordenadores, lo digital en 3D, han democratizado, en términos industriales, el cine de animación infantil. No creo que el espectador medio perciba demasiadas diferencias entre el acabado visual de una película de 175 millones de dólares de presupuesto como Del revés (2015), una de 75 millones como Mascotas (2016) y la que nos ocupa, Robinson, una aventura tropical (2016), producción franco-belga de apenas 13 millones. Los efectos de luz, las texturas, y los movimientos de los personajes son aceptables, por lo que llego a la conclusión de que la diferencia de calidad más visible está en los intangibles: el talento detrás de los diseños de los personajes -aquí, algo sosos- la chispa de los guionistas a la hora de fabricar diálogos con humor para mantener el interés de los padres -aquí nulo-, la habilidad del director para crear un story board con calidad cinematográfica -aquí, escasa-. Esta adaptación de la novela de aventuras de Daniel Defoe, parte de una idea divertida -pero desaprovechada- en la que el náufrago se revela un completo inútil que consiguió sobrevivir solo gracias a la ayuda de unos animales parlanchines, que sustituyen al pobre Viernes. La película aburrirá a los padres, pero probablemente divertirá a los niños, ya que tiene la virtud de olvidarse de nosotros: la historia es sencilla y el argumento no tiene demasiadas pausas. Además, hay varias set pieces, torpes, pero en las que la cámara no deja de moverse, manteniendo la atención de los más pequeños. Eso sí, aviso que hay un par de apuntes algo siniestros: la muerte de uno de los personajes y la macabra utilización de la reproducción por parte de la felina villana de la película. Por lo demás, Robinson resulta entretenida, pero olvidable. Sirve para enseñarle a tus hijos algunos animales poco frecuentes, como el tapir o el pangolín. Y sirve, claro, como pequeña aproximación a un clásico de la literatura de aventuras, que incluso aporta un comentario sobre el trasfondo colonialista del original, aunque este, luego, se disuelva plácidamente en un final feliz.