THE POUGHKEEPSIE TAPES (JOHN ERICK DOWDLE, 2007)


-AVISO SPOILERS-

En el documental Grizzly Man (2005) Werner Herzog escucha una grabación de audio del momento en el que el desdichado protagonista, Timothy Treadwell, es devorado por un oso al que estúpidamente ama. No vemos las imágenes, ni escuchamos los sonidos de ese terrible suceso. La única pista de lo que ocurre es el rostro del director alemán, con los auriculares puestos, y su reacción inmediata: le recomienda a la madre de Treadwell que jamás escuche aquello. El misterioso horror que nos embarga al imaginar el contenido de esa grabación, se mezcla con una curiosidad morbosa. Una parte de nosotros desea saber qué pasó.

A esa parte de nosotros apela The Poughkeepsie Tapes. Agentes del FBI encuentran unas misteriosas cintas, grabadas por el peor asesino en serie de todos los tiempos. La película se presenta como un falso documental en el que se nos habla del terrible contenido de esos vídeos, despertando nuestro -morboso- interés por descubrir su contenido. ¿Serán tan terribles como nos cuentan?

No recomiendo a nadie sumergirse en la oscuridad de esta película que se esmera en presentarnos el retrato del asesino más despiadado posible. El mal cuerpo que deja el visionado no se debe a su violencia gráfica, casi inexistente, sino a la opción estética de utilizar texturas de vídeo analógico, y a su esmero por sugerir más que mostrar. La decisión más acertada de su director es no mostrar nunca el rostro del asesino, que se convierte así en una expresión del mal puro. Las terribles torturas a las que somete a sus víctimas se van sofisticando hasta encontrar su máxima expresión en la pobre Cheryl Dempsey (Stacy Chbosky) a la que rapta y convierte en su esclava. El psicópata demuestra cuál es el peor sufrimiento al que se puede someter a un ser humano. El asesino consigue que Cheryl se enamore perdidamente de él.