LAND OF MINE (MARTIN ZANDVLIET, 2015)


Land of Mine, la película que representó a Dinamarca en los Oscar este año, se apoya enteramente en la posibilidad de que una mina explote en cualquier momento durante el proceso de su desactivación. La tensión es tremenda. En esto recuerda a En tierra hostil (2008) en la que Kathryn Bigelow planificaba modélicas set pieces que llegaban a provocar la crispación en el espectador, que asistía a la neutralización de artefactos explosivos por el artificiero protagonista encarnado por Jeremy Renner. Aquí vemos también repetidos procesos de desarme, pero los soldados alemanes protagonistas, obligados por el ejército danés, se enfrentan a miles de minas enterradas bajo la arena de la costa de Dinamarca por su propio ejército. Por pura estadística, tienen pocas posibilidades de sobrevivir y eso aporta al film un tono fatalista que convierte las playas que sirven de escenario a la historia en una suerte de purgatorio. Esta tensión constante es la mayor fortaleza de la película, que se desarrolla sin concesiones y nos muestra con crudeza el horror de una guerra acabada. Pero el odio sobrevive. El mensaje es muy potente: nos muestran a los vencedores -los aliados- y a los liberados -los daneses- convertidos en verdugos de los derrotados -los alemanes-. La máscara de la crueldad y del odio irracional contra el otro, así, pasa de los malvados a los "buenos", sedientos de venganza. El problema es que el enemigo por el que se siente rencor, adquiere aquí el rostro de niños. Al final de la contienda histórica, los únicos que quedaban para luchar en el frente eran los adolescentes y son estos los que protagonizan la película: chavales alemanes que no saben de política ni de ideologías, que cuando caen horriblemente mutilados llaman a sus madres, y que solo quieren volver a casa. El dolor de estos niños es blanco como la arena que oculta las minas. Donde lamentablemente no alcanza este film todo su potencial, es en la evolución de sus personajes. El guión prefiere un retrato coral de los jóvenes protagonistas -apenas permite que destaque uno de ellos, Sebastian, encarnado por Louis Hofmann- y el arco del personaje principal, el sargento Carl Rasmussen -espléndido Roland Moller- no es riguroso en su evolución: da algunos saltos demasiado bruscos -aunque humanos- y cae en contradicciones -más humanas aún-.

THE WALKING DEAD -TEMPORADA 7- SAY YES



SAY YES (7 DE MARZO DE 2017) -AVISO SPOILERS-

Os voy a dar una pista: cuando aparezca en los créditos, al principio de un episodio de The Walking Dead, que Greg Nicotero es el director, estaréis ante un capítulo interesante. Nicotero, experto en efectos especiales y de maquillaje, fundador de KNB -la "n" es de Nicotero- ha participado en clásicos del gore como El día de los muertos (George A. Romero, 1985) o Terroríficamente muertos (Sam Raimi, 1987), es el productor ejecutivo de esta serie y suele dirigir el primer episodio y los finales de cada temporada. Tras un par de entregas anodinas, aquí vuelve Nicotero tras la cámara y la cosa mejora sensiblemente. Y con esto no quiero decir que este director sea mejor realizador que el resto de la plantilla ni que sea su talento el que eleve la calidad del capítulo. Creo que, más bien, Nicotero se reserva los momentos importantes, los que tienen a los protagonistas, los que cuentan con los mejores guiones. Aún así, tengo sentimientos encontrados con respecto a este Say Yes. Por un lado, estamos ante un argumento entretenido, mucho más agradecido que las últimas entregas que hemos tenido que padecer. Esto es así por varios motivos. Primero, por el protagonismo de Rick (Andrew Garfield), personaje central de la serie, uno de los más desarrollados de esta ficción, cuyas evoluciones nos interesan genuinamente. Segundo, porque le acompaña Michonne (Danai Gurira), uno de los personajes más carismáticos -¡Lleva una katana!-. Tercero porque salen zombies, que para algo esto es una serie de muertos vivientes, aunque a veces no lo parezca. Pero además, la historia que se plantea, una "escapada romántica" de Rick y Michonne para buscar armas, es relativamente original y fresca. Tiene acción, tiene desarrollo de personajes, hay momentos de agobio -aunque nadie se ha creído que Rick podría morir ¿o sí?- y un escenario curioso y atractivo: un circo abandonado. La pega es que, una vez más, estamos ante una desviación del argumento principal de la temporada -el enfrentamiento entre los protagonistas y el grupo de Negan (Jeffrey Dean Morgan)- un defecto recurrente de esta serie, que insiste en dilatar su historia. Estas desviaciones narrativas no tienen nada de malo en sí mismas -grandes series como Perdidos (2004-2010) y Fringe (2008-2013) las han explotado con éxito- pero creo que en TWD estos rodeos superan en minutos a la historia central. No se corresponden, además, estos desvíos con la amenaza constante de los Salvadores, que hacen relativamente incoherente la relajación que muestran aquí los personajes. Por otro lado, el episodio incluye una subtrama protagonizada por Rosita (Christian Serratos) que decide poner en marcha un plan por su cuenta para matar a Negan. Una línea narrativa algo forzada teniendo en cuenta que el grupo entero ya se ha decidido por el enfrentamiento.

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SHERLOCK: DECEPCIONANTE DESPEDIDA


Sería una pena que una gran serie como Sherlock se despidiese de nuestras pantallas con una temporada que, para mí, ha sido decepcionante. Si realmente esta cuarta entrega se convierte en la última de las aventuras del detective de Baker Street -esperemos que no- estaríamos ante un cierre que no se corresponde con la brillantez de los primeros episodios. Veamos. The Six Thatchers es sin duda el más flojo de los tres capítulos incluidos en esta temporada. El argumento tiene todos los elementos de un guión típico de Steven Moffat -creador de la serie- esos que tantas alegrías nos han dado aquí y en Doctor Who, que sin embargo esta vez no funcionan, quizás por el agotamiento de una fórmula, quizás porque tras adaptar las historias clásicas de Conan Doyle, las nuevas pierden algo de su sabor original. Uno de los principales problemas de este primer capítulo es que no se ocupa de un gran caso a resolver. No es la primera vez que Moffat utiliza una estructura de muñecas rusas, misterios dentro de misterios, que hacen saltar a sus detectives de una cosa a la otra. Solo que aquí ese frenesí argumental se antoja desorientado. Primero, se paga el peaje del final de la temporada anterior -obviándose en gran medida el especial victoriano de The Abominable Bride- por lo que encontramos a un Sherlock (Benedict Cumberbatch) preocupado por la amenaza del fantasma de su gran enemigo, Moriarty (Andrew Scott). Enseguida decide pasar del tema -literalmente- para abordar un nuevo caso, por lo que entrevista a clientes potenciales que va descartando según le interesen o no. Pronto aparece un misterio interesante, el de un joven fallecido en extrañas circunstancias. Pero Sherlock resuelve esto fácilmente y se interesa más por un hecho colateral, un busto destrozado de Margaret Thatcher. Este hilo lleva, por fin, al verdadero conflicto del episodio. Lo malo es que el descubrimiento de la identidad del responsable de destrozar los bustos de la Thatcher nos obliga a recodar lo ocurrido en un episodio anterior, emitido hace nada menos que un par de años. Complicado. La historia se traslada luego a otros países, en un itinerario de aventura internacional que deja en evidencia un presupuesto limitado. Duele recordar lo bien que se manejó una peripecia similar en el mejor episodio de esta serie, A Scandal in Belgravia. Por último, la resolución del enigma resulta más forzada que sorprendente. El villano en las sombras reincide en uno de los temas preferidos de Moffat, el de la conspiranoia, las cloacas del poder, tema personificado en Mycroft (Mark Gatiss).


Mucho mejor resulta la segunda entrega, The Lying Detective, que se beneficia de la presencia de un villano claro y visible, encarnado por un gran actor, Toby Jones, casi siempre el malo de la película -Capitán América: el primer Vengador (2011)- o un héroe atormentado -la estupenda Berberian Sound Studio (2012)-. Este episodio nos devuelve la dinámica entre Watson y Holmes (Martin Freeman) una de las principales razones por las que vemos la serie, se ocupa de un caso específico, hay un montón de pistas falsas y giros en una trama que se complica por la recaída en las drogas de Sherlock, lo que hace que la narración sea más subjetiva de lo normal, y sobre todo arrebatada, guiándose más por las intuiciones de Sherlock que por su acostumbrada fría lógica cerebral. En este sentido se puede decir que el episodio es más Moffat que Conan Doyle. El villano, por cierto, es un asesino en serie basado en un personaje real, H.H. Holmes (1861-1896) y su increíble hotel diseñado para matar -inspiración también de American Horror: Hotel-. El episodio se resuelve con varios giros que cambian completamente el sentido de lo que vemos, incluyendo una revelación sobre la familia Holmes que, a estas alturas, me parece forzada.


El peor episodio de todos es, probablemente, el tercero. A pesar de ser un capítulo siempre entretenido y de un buen manejo de la tensión, The Final Problem, resume los problemas -valga la redundancia- de esta última tanda de la serie. En su esencia, Sherlock es la razón contra la pasión. La ilusión de que, con la razón, podríamos poner orden al caos que nos rodea. O lo que es lo mismo, encontrarle sentido a la vida (y a la muerte). La imagen arquetípica de Sherlock Holmes es la de un detective que resuelve crímenes imposibles -como el doctor Gregory House diagnosticaba enfermedades inexplicables-. En la serie de Moffat y Gattis, la actualización del personaje ha llevado a enfrentarle también a situaciones de vida o muerte de las que parece improbable escapar. Es el mecanismo clásico del relato de aventuras, de los seriales cinematográficos o de las películas de James Bond, la esencia pura del cliffhanger. Aquí, el nuevo gran enemigo de Sherlock -no revelo su identidad por ser un espoiler- no es un criminal que intenta esconder sus huellas sino un supervillano de poderes y recursos inverosímiles. Tiene la capacidad de seducción de Kilgrave (David Tenant) en Jessica Jones (2015), la habilidad para manipular de Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) en El silencio de los corderos (1991), el retorcido modus operandi criminal de John Doe (Kevin Spacey) en Seven (1995), el gusto por someter a sus adversarios a pruebas morales de Jigsaw (Tobin Bell) en Saw (2004); y ha creado un laberinto de trampas como el Arcade de los tebeos de Uncanny X-Men (1977). Sherlock, Watson y Mycroft se enfrentarán a situaciones imposibles hasta llegar a ese "problema final", pero las soluciones que propone Moffat en su guión son siempre demasiado simples o poco satisfactorias o directamente humo. Así, la estratagema inicial de Sherlock, para que Mycroft confiese un secreto familiar, es especialmente floja; la forma en la que los personajes escapan de una trampa explosiva, es espectacular pero chapucera; y la solución al problema final es un bluff a pesar de su coartada psicológica. La vuelta al hogar familiar y la revelación de un trauma infantil tiene un tono Hitchcockiano, pero resulta complicado justificar las lagunas de memoria de alguien tan listo como el detective. Este viaje a la infancia es comparable al de James Bond (Daniel Craig) en Skyfall (2012). Y ese es el gran problema de este episodio, que en esta aventura podríamos insertar al agente 007, o a cualquier otro héroe de acción, antes que a Sherlock Holmes.

31: EL REGRESO DE ROB ZOMBIE


Rob Zombie representaba la renovación del cine terror hasta hace relativamente poco. Hablo en pasado únicamente por los problemas que parece tener su carrera cinematográfica: cada proyecto parece sufrir todo tipo de problemas para financiarse, distribuirse y estrenarse. Una pena que, quizás, justifica que su última película, 31, sea un regreso a terreno conocido. Pero repasemos su carrera. El músico y cineasta plantea en su obra fílmica la recuperación del tono seco y serio del terror de los años setenta, renunciando a la distancia postmoderna de obras como Scream (Wes Craven, 1996). Con La Matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) como principal modelo, de la que tomaba prestados el esquema argumental, la atmósfera malsana y la violencia cruel, Zombie se estrenó -tras muchos problemas con la censura- con la estimulante La casa de los 1000 cadáveres, 2003). Una secuela incluso superior, Los renegados del diablo (2005) dio paso a una posible integración del exlíder de White Zombie en el terror mainstream, con el reboot de Halloween: el origen (2007) y su secuela, Halloween II (2009). Tras todo esto, Zombie alcanzaba su madurez como autor con la arriesgada Lords of Salem (2012). El final de esta película, irracional, abstracto, que renuncia a lo narrativo para fabricar imágenes de horror puro, convertían en una incógnita el siguiente proyecto de Zombie. ¿Hacia dónde podía evolucionar el director? Como ya he dicho, 31 es un regreso a las raíces de la obra de Zombie. Una reimaginación de La casa de los 1000 cadáveres -y por tanto de La Matanza de Texas-. Además, curiosamente, el 31 del título se refiere al de octubre, es decir, a la noche de Halloween. El nuevo film de Zombie es setentero, crudo, sin coartadas postmodernas, y con una clara voluntad de ser chocante. La idea de partida es pura serie B: un misterioso grupo de ricos, ataviados como la nobleza decadente del siglo XVIII, captura a un grupo variopinto que viaja por carreteras secundarias en una furgoneta, para someterles a un juego de supervivencia en el que tienen que enfrentarse a sucesivos asesinos psicópatas ataviados como payasos. Zombie encara este argumento absolutamente demencial con una seriedad tremenda, creando una atmósfera cargada de mal rollo. Podríamos hablar de referencias tan nobles como El malvado Zaroff (Irving Pichel y Ernest B. Shoedsack,1932) o tan cercanas -salvando las distancias- como Hostel (Eli Roth, 2005), con la que coincide al proponer una clase acomodada de aburridos decadentes, con recursos para dar rienda suelta a sus instintos más sádicos, aunque aquí parezcan salidos de Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975). A esto hay que añadir la idea de asesinos vestidos de payasos -como el terrible John Wayne Gacy (1942-1994)- en los que la máscara tiene un importante rol fetichista que puede remitir a Michael Myers y sobre todo a Leatherface. 



Zombie se divierte creando a sus payasos asesinos, cada uno con su look distintivo, como Psycho-Head, Schizo-Head, Death-Head, o Sex-Head. Destaquemos sobre todo al primero en aparecer, Sick-Head, interpretado por el carismático Pancho Moler, actor nacido en Chile, ataviado con estética Nazi -recordemos el falso trailer de Zombie, Werewolf Women of the S.S, inspirado en Ilsa, la loba de las SS (1975), e integrado en Grindhouse (Quentin Tarantino y Robert Rodríguez, 2007)- sin duda el asesino más divertido de todos. Pero hay que hablar también del inquietante Doom-Head, villano principal al que da vida de forma convincente Richard Brake. No es habitual encontrar actores así de buenos en el subgénero slasher31, en las manos de cualquier otro director, sería un simple body-count. Con Zombie, un mero divertimento se complica acumulando capas que le dan cierta hondura, desviándose de nuestras expectativas más obvias y sobre todo por las mencionadas interpretaciones, incluyendo a un clásico vivo como Malcolm McDowell -algún día Zombie se atreverá a hacer su propia adaptación de La Naranja Mecánica (Stanley Kubrick, 1971)- intérprete con el que repite tras Halloween. Zombie recupera su estética grindhouse, su sampleo de todo tipo de materiales musicales y ruidos raros para conseguir una atmósfera crispante, y creo que reincide en el tema de fondo de La casa de los mil cadáveres: el horror lúdico y atractivo de la ficción -películas, freakshows, casas del terror, trenes de la bruja- representado en los protagonistas -unos feriantes- e incluso en el juego del 31, se contrapone al verdadero mal, el que anida en el alma de hombres.

LOGAN: LA MEJOR DE LOS X-MEN



Decir que Logan es la mejor película sobre Lobezno no es mucho. Decir que Logan es la mejor entrega de la saga de los X-Men ya son palabras mayores. Yo prefiero afirmar que, esta nueva aventura del mutante canadiense, es simplemente una muy buena película. Mejorar lo visto en X-Men Orígenes: Lobezno (2009) y en Lobezno inmortal (2013) era lo mínimo que se le podía exigir a esta nueva entrega. Y vaya si lo consigue. Estamos ante una historia madura, emotiva, repleta de acción -claro- que propone un argumento bastante independiente de sagas, secuelas y de la franquicia X en general. No hace falta haber visto ninguna película anterior para disfrutar del film de James Mangold. Pero hay que decir que, estos personajes -Lobezno, Charles Xavier, X-23- tienen a sus espaldas años de historia cinematográfica y tebeística y eso, para el fan, es un valor añadido. Logan sigue los pasos de Deadpool (2016) y se atreve con una historia dirigida a los adultos. Hay más violencia y sangre en esta película que en todas las anteriores de X-Men juntas. Nunca habíamos visto a un Lobezno tan salvaje, que hiciera tan buen uso de sus icónicas garras de adamantium para lo que realmente sirven: despedazar a sus enemigos. Pero, al mismo tiempo, hay más humanidad en este film que en la mayoría de cintas sobre superhéroes. Mangold aprovecha de forma inédita a los personajes -y a los actores- de la franquicia que inició Bryan Singer en X-Men (2000). Hugh Jackman nació para ser Lobezno, y en esta versión crepuscular se crece todavía más. Me alegro por él, porque siempre intentó conseguir un logro artístico como el que nos ocupa, con un personaje al que ha dedicado 17 años de su vida. Patrick Stewart siempre resulta convincente como Charles Xavier, pero aquí, por primera vez, su papel le permite el espacio suficiente para componer un personaje inolvidable. Es la mejor versión del Profesor X que yo haya visto en el cine. Por último, Dafne Keen es todo un hallazgo como Laura, X-23, personaje creado en una serie animada -X-Men: Evolution (2009)- y luego trasladado al cómic en lo que viene a ser una idea tan afortunada como meter las rabietas asesinas de Lobezno en el cuerpecito de una niña. Lo que transmite Keen sin decir una palabra es tremendo y su papel es la columna emocional que sostiene esta historia. La relación entre Logan y Laura que vemos aquí recuerda, en los cómics originales, a la del mutante de las garras y Júbilo, joven asiática con la que el héroe se enfrentó a los villanos cibernéticos llamados Reavers/Cosechadores a partir de Uncanny X-Men #244 (1989) con guión de Chris Claremont y dibujos de Marc Silvestri. En aquella saga, el supergrupo mutante prácticamente dejaba de existir, y Lobezno y la niña tenían que resistir sin ayuda el acoso de sus enemigos, liderados, precisamente, por el cyborg Donald Pierce, aquí encarnado por Boyd Holbrook -mucho mejor que en Narcos (2015)- que compone un personaje convincente, un buen villano en una franquicia que ya tiene varios: los Magneto de Ian McKellen y Michael Fassbender, el William Stryker de Brian Cox, incluso el Sebastian Shaw de Kevin Bacon. Un buen reparto de secundarios solventes -Stephen Merchant, Richard E. Grant- redondean un elenco sólido. La historia tiene un tono post-apocalíptico -estamos en un futuro cercano- y es en parte road movie, actioner y western. Ahí están las referencias evidentes a un clásico como Raíces profundas (1953), pero también a sagas del cómic como Old Man Logan (2008) de Mark Millar -autor de Kick-Ass (2010), Kingsman (2014)- y por supuesto, a las diferentes miniseries sobre X-23 (2004), creada por Craig Kyle. Logan es algo así como el Sin Perdón (1992) del cine de superhéroes y su protagonista parece mirarse en el espejo del Johnny Cash del final de su carrera/vida, el de Hurt (2002). Estamos por tanto ante una película -de superhéroes- prácticamente perfecta.

SUPERGIRL -TEMPORADA 2- MR. & MRS. MXYZPTLK


MR. & MRS. MXYZPTLK (20 DE FEBRERO DE 2017) -AVISO SPOILERS-

Sorprende que un episodio de Supergirl dedicado al día de los enamorados, a San Valentín, pueda ser uno de los mejores de la serie. Al menos, uno de los más redondos. ¿Por qué? Porque aquí los guionistas consiguen el equilibrio perfecto entre la aventura superheroica, un sano tono de comedia (romántica) y el habitual subtexto feminista de esta ficción. La excusa de San Valentín sirve para vehicular un comentario crítico sobre los roles de género impuestos por una sociedad conservadora. Veamos. Primer acierto, utilizar a un villano clásico de Superman, Mr. Mxzpltk, creado en los cómics en 1944, con un aspecto cartoon que aquí es modificado para convertirle en un galán británico muy pesado, Peter Gadiot, que me recuerda al director Edgar Wright -Scott Pilgrim contra el mundo (2010)- no me preguntéis por qué. Este Mr. Mxzpltk representa la idea masculina más conservadora que se puede tener sobre la mujer: un individuo genérico, sin personalidad, al que hay que regalar flores, cantarle, ponerle en el dedo un anillo de compromiso, y al que meter en un vestido blanco de novia. Kara (Melissa Benoist) rechaza radicalmente esta idea -le da calabazas- por lo que el ser de la quinta dimensión se empeña en su cortejo -otra idea machista, la de que debemos "conquistar" al objeto de nuestro amor- y acaba convirtiéndose en un acosador, al principio gracioso, pero poco a poco más y más peligroso. Esta trama principal se complementa con subtramas que amplían el mismo discurso, como el rol que adopta Mon-El (Chris Wood), presa de unos celos primitivos -producto de su inseguridad, claro- y que encima intenta erigirse en el "macho" protector de Supergirl, cuando esta no necesita ser salvada por nadie. Me parece especialmente afortunada la pelea entre Mon-El y Mr. Mxzpltk, ambos ridículos, ataviados con ropas de duelo caballeresco del siglo XVIII, época que relacionamos con un romanticismo, por suerte, caduco. Luego está la pequeña historia que protagoniza Winn (Jeremy Jordan) en la que los roles de género se invierten: la extraterrestre Lyra (Tamzin Merchant) le salva de unos matones, le invita a salir y luego toma la iniciativa sexual. Por último, la subtrama protagonizada por la pareja que forman Alex (Chyler Leigh) y Maggie (Floriana Lima) nos habla de cómo tradiciones aparentemente inocentes -y cursis- como el día de los enamorados, nos obligan a adoptar un modelo de pareja, encima, heterosexual, como si fuera la única forma de vivir y ser felices.

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RANKING MUTANTE: LAS PELÍCULAS X-MEN DE LA PEOR A LA MEJOR


X-Men orígenes: Lobezno (Gavin Hood, 2009)
Este spin-off es la peor película de la franquicia. Siendo el personaje de Lobezno (Wolverine) el más atractivo de la galería mutante -tanto en las películas como en los cómics- era lógico sacar provecho de su misterioso pasado. La trama nace directamente de X-Men 2, repitiendo Stryker como villano que mueve los hilos (Danny Huston sustituye a Brian Cox) y añadiendo a un Victor Creed (Liev Schreiber) que poco tiene que ver con el Dientes de Sable (Tyler Mane) de la primera X-Men. La vida de Logan (Hugh Jackman) abarca décadas, lo que obliga a una estructura argumental episódica e inconexa. El personaje protagonista no tiene el empaque suficiente para cohesionar la historia, y a su antagonista, Creed, tampoco se le da una motivación clara. Aún así, hay algún acierto aislado, como la secuencia de combate en la que Lobezno y Creed luchan en varios conflictos bélicos a través de la historia; o el apunte macarra de enfrentar las garras del canadiense contra las hélices de un helicóptero. 3/10


X-Men: La decisión final (Brett Ratner, 2006)
Tras firmar X-men 2, Bryan Singer estaba en la cúspide de su carrera profesional y artística. Quizás por eso decidió abandonar la franquicia mutante, sin concluir la trilogía, y emprender un proyecto todavía más ambicioso: Superman Returns (2006). El reboot del hombre de acero fue un rotundo fracaso: nadie comprendió el homenaje a la película original de Richard Donner y Christopher Reeves, Superman (1978). La carrera de Synger fue cuesta abajo desde entonces hasta, paradójicamente, X-Men: Días del futuro pasado (2014). Eso sí, anotemos en su haber la estupenda serie House (2004-2012). En todo caso, después de X-Men 2, el sustituto de Synger lo tenía difícil. Brett Ratner -conocido por la trilogía de Hora Punta (1998-2007) de Jackie Chan- se hizo cargo del rodaje con el proyecto muy avanzado, y eso se nota. Esta tercera parte es la más floja de la trilogía, reincidiendo en los defectos de la primera, como los villanos circenses: véase a Juggernaut (Vinnie Jones). La realización de Ratner no es tan elegante como la de Synger, y las ideas de puesta en escena en La decisión final son mucho más convencionales. A la película le falta ingenio y trabajo para dramatizar situaciones que se resuelven con diálogos. 5/10


Lobezno Inmortal (James Mangold, 2013)
Si la primera aventura en solitario de Lobezno es un actioner con exceso de testosterona, en esta segunda película el mutante canadiense se nos pone tierno. Al ser una continuación directa de X-Men: La decisión final, el pobre Logan (Hugh Jackman) se recupera del trauma de haber tenido que matar al amor de su vida: Jean Grey (Famke Janssen). En ese estado de puchero continuo, Lobezno se enamora de una nueva mujer, Mariko Yashida (Tao Okamoto), la heredera de un poderoso clan japonés. Entre ambos amores, poco metraje queda para las escenas de acción. La historia está basada en una "novela gráfica" de Chris Claremont y Frank Miller, que proponía una aventura japonesa del mutante en la que su lado animal chocaba con la contención emocional y el sentido del honor nipón. Pero poco de esto encontramos en un film que convierte un argumento sencillo en algo complejo haciendo aparecer personajes cuya función en la trama no está nada clara: sobran. A destacar los incomprensibles poderes precognitivos de Yukio (Rila Fukushima). Es verdad que Lobezno Inmortal tiene el doble de calidad que X-Men orígenes: Lobezno, pero es la mitad de entretenida. 6/10


X-Men: Apocalipsis (Bryan Singer, 2016) 
Singer decide ir a contracorriente, manteniendo la frialdad y la contención de sus primeras entregas, ignorando el éxito de otras películas Marvel que despliegan un sano sentido del humor. Hay poca acción en este capítulo de abultado metraje, que reincide en los trajes negros y sobrios para los héroes, a pesar de que su villano luzca un aparatoso maquillaje azul. Singer alarga demasiado su trama, que no tiene ritmo y solo en el tercio final nos regala un poco de espectáculo. El problema quizás es que la plantilla de personajes es demasiado extensa. Xavier (James McAvoy) y Magneto (Michael Fassbender) pierden el protagonismo. Mística tampoco tiene demasiado desarrollo, interpretada por una Jennifer Lawrence que parece aburrida. Por un lado se reintroducen personajes como Cíclope, Jean Grey o Tormenta, para conectar con la trilogía original, pero al mismo tiempo aparecen otros como Rondador Nocturno o el Ángel, que contradicen lo visto en aquellas. Por último, creo que Olivia Munn no dice ni una sola palabra en su papel de Psylocke. Aún así, X-Men: Apocalipsis tiene algunos aciertos, como la mezcla de géneros. El peplum, en el prólogo en el antiguo Egipto; el terror, en los momentos protagonizados por Apocalipsis, un villano cercano a Drácula o a la Momia; el cine de catástrofes, en un espectacular tercio final que tiene acción y efectos especiales como no se habían visto en una película de la franquicia. 6/10


X-Men: Días del Futuro Pasado (Bryan Singer, 2014)
El director Bryan Singer volvió a dirigir una película sobre los X-Men, 14 años después, y se nota el paso del tiempo: los efectos especiales ahora le permiten atreverse con una película mucho más ambiciosa, que abarca varias épocas, futuros distópicos, recreaciones históricas y robots gigantes. Días del futuro pasado tiene una trama compleja, que presta atención a varios personajes a la vez, pero que consigue mantener el equilibrio y el interés durante casi todo su metraje. El protagonismo recae en Lobezno (Hugh Jackman), el personaje principal es Mística (Jennifer Williams), pero en el corazón dramático de la historia está la pérdida de fe de Charles Xavier (James McAvoy). La espectacular escena protagonizada por el veloz Quicksilver (Evan Peters) en el Pentágono es una puesta al día de la de Rondador Nocturno (Alan Cumming) en la Casa Blanca, de X-Men 2 (2003). Y es que Synger parece utilizar esta película para despedir definitivamente la trilogía original, recuperando incluso a personajes fallecidos en La decisión final (2006). 8/10


X-Men (Bryan Singer, 2000)
Bryan Singer venía de prometer mucho tras Sospechosos Habituales (1995) y Verano de Corrupción (1998) y esa promesa parece cristalizar en secuencias notables de esta película, como el prólogo sobre Magneto (Ian McKellen) en un campo de concentración; la lucha entre mutantes en la estación de tren; y los apuntes terroríficos de la mutación del senador Kelly (Bruce Davison). Destaca el esfuerzo por darle un trasfondo a la historia en la que el mutante representa a los marginados: ahí está la batalla final en la Isla Ellis. Synger apuesta por una película pausada, demasiado seria, muy elegante, en la que sin embargo chirrían elementos como el look circense de la Hermandad de Mutantes Diabólicos y algunas peleas bastante torpes: sobre todo la de Lobezno (Hugh Jackman) contra Dientes de Sable (Tyler Mane). Aún así, es el primer eslabón en el camino a la madurez del cine de superhéroes, tras la seminal Superman (1978) de Richard Donner, y apartándose de los excéntricos Batman de Tim Burton. Para bien y para mal, debemos a X-Men gran parte del auge actual de las películas de superhéroes. 8/10


X-Men 2 (Bryan Singer, 2003)
En esta secuela, todas las dudas de la primera entrega se convierten en certezas. La secuencia inicial en la que Rondador Nocturno (Alan Cumming) intenta matar al presidente de los Estados Unidos en la Casa Blanca está planificado de forma soberbia, aprovechando visualmente los poderes de teletransportación del "elfo". Pero además, hay grandes ideas en la película, como la secuencia en la que los jóvenes mutantes visitan un museo de historia natural: cuando el Profesor Charles Xavier (Patrick Stewart) se ve obligado a paralizar a todos los humanos para evitar que sus pupilos sean descubiertos, convierte a los homo sapiens en estatuas equivalentes a los maniquíes de los neandertales extintos en los dioramas del museo. Los mutantes, el homo superior, son el siguiente paso en la evolución. Además, se juega con el poder simbólico del mutante como metáfora de cualquier minoría marginada: la escena en la que el Hombre de Hielo, Bobby Drake (Shawn Ashmore), confiesa a su familia su verdadera naturaleza es equiparable a la salida del armario de un joven homosexual ante unos padres retrógrados. 9/10


DEADPOOL (TIM MILLER, 2016)

Me gusta Deadpool, porque no la considero una parodia de una película de superhéroes. Sé que hay un comentario irónico sobre el género -presente ya en los cómics- sé que Ryan Reynolds rompe la cuarta pared y habla de la franquicia de los X-Men, que se burla de Hugh Jackman y se acuerda del Ferris Bueller de Todo en un día (John Hughes, 1986) en la mejor escena postcréditos de una película Marvel (aunque esto sea Fox). Sé todo eso. Pero creo que hay más. Deadpool está muy bien escrita y dirigida. Tiene mucho ingenio. La primera secuencia de acción es brutal, graciosa y violenta. La película se esmera en que su tono paródico no convierta su historia en algo intrascendente. Y lo consigue haciendo que cada golpe sea duro. Que nos duela cada tiro. La otra forma que tiene el film de implicarnos es desarrollando a sus personajes: la larga secuencia en la que Wade y Vanessa (Morena Baccarin) se enamoran es divertida y verdaderamente romántica. Cuando descubrimos el conflicto principal del personaje, este realmente ha llegado a importarnos. Gran parte de lo que hace bien esta película es que tiene un lenguaje adulto, en el sentido de que no ha sido censurada para resultar apta para los niños. Así, en Deadpool se dicen tacos, se cortan cabezas, salen tetas, por primera vez un superhéroe es sodomizado y se habla con naturalidad, los diálogos -brillantes- se parecen a las cosas que diría una persona normal. Un par de referencias a los Monty Python son el último ingrediente necesario para ganarme completamente. 9/10



X-Men: Primera Generación (Matthew Vaughn, 2011)
Tras la película sobre Lobezno, se estaba preparando otra titulada X-Men Origins: Magneto. No llegó a concretarse como tal, pero acabó convirtiéndose en esta precuela más ambiciosa, en la que, a pesar de desvelar la primera clase de alumnos mutantes que entrenó un joven Xavier (James McAvoy), tiene como verdadero protagonista al malvado Magneto (Michael Fassbender). Matthew Vaughn, director de Kick-Ass (2010), consigue una película de superhéroes -con el tono de una aventura de espías en la Guerra Fría- que mantiene la gravedad de las primeras cintas de Synger (que controla el proyecto como productor y aporta la historia original) pero consigue la ligereza y el humor necesarios para crear un divertimento prácticamente perfecto. Todo esto, además, consiguiendo enlazar las cuatro películas anteriores creando una sensación de universo -más o menos- coherente. Gran parte de la calidad del film se debe a la credibilidad que aporta el talento de sus actores principales, Fassbender a la cabeza. "No estás solo" es la frase más hermosa de la película, y además resume el espíritu de los X-Men: la diferencia. La mejor entrega de la franquicia. 10/10