SILENCIO (MARTIN SCORSESE, 2016)


Estaría justificado hablar de una película como Silencio en voz baja. Quizás habría que ser creyente para comulgar completamente con el nuevo film de un clásico vivo como Martin Scorsese, que narra la persecución cruel de los cristianos en Japón, en el año 1640. Pero estoy seguro de que esta obra encontrará también adeptos entre otro tipo de fieles, los del cine. Silencio es una película magistral, pero hasta cierto punto anacrónica, porque se ocupa de la fe cuando vivimos tiempos de crisis de valores, en los que el extremismo religioso está mal visto, y con razón. La cinefilia de Scorsese, autor de algo tan diferente como Taxi Driver (1976), que sin embargo también habla de redención, le permite variar el tono de la historia sutilmente: de una película épica histórica -disfrazando su reducido presupuesto- al rigor didáctico de la puesta en escena de un Roberto Rosellini -Francisco, juglar de Dios (1950)- sin olvidar lo obvio, dado el escenario japonés: Silencio tiene algo del humanismo de otro grande como Akira Kurosawa -Vivir (1952)-. Con el rigor narrativo antes mencionado, Scorsese nos obliga, como espectadores, a preguntarnos hasta dónde seríamos capaces de defender nuestras creencias, un dilema que puede resultar, repito, anacrónico. El director de La última tentación de Cristo (1988) consigue esto utilizando el plano general en momentos clave, respetando religiosamente el punto de vista del protagonista, para hacernos testigos, junto a este, de las crueles torturas que sufren los cristianos en un Japón que la mirada del director convierte en un paisaje -y en una cultura- casi extraterrestre. Así, nos hace partícipes, de forma contundente, el miedo que sienten los religiosos al adentrarse en territorio desconocido y peligroso. Hay, quizás también, algo de Apocalypse Now (1979) en esa búsqueda, en el corazón de las tinieblas, de un jesuita, el padre Ferreira (Liam Neeson) que podría haberse pasado al bando contrario. No dirige Scorsese como un creyente convencido: su película está llena de dudas, muy claras, sobre todo, en la forma en la que retrata cómo los japoneses convertidos interpretan la doctrina cristiana: al pie de la letra, como un cuento de hadas que se hiciera realidad. Estamos ante una película, sin duda, sobre la fe, pero también sobre la traición de esas creencias. Los mártires que sufren por mantenerse fieles a sus convicciones son tan importantes como los que cobardemente reniegan, como Judas: ahí está el personaje de Kichijiro (Yosuke Kubozuka), el más ambiguo e interesante del film. Hay que destacar también a un inmenso villano, Inoue (Isseu Ogata), con su inquietante acento al hablar inglés y una forma espeluznantemente burocrática de decidir sobre la vida y la muerte. Si algún pecado puedo achacarle al maestro Scorsese es el de haber caído en la tentación de lo digital. Hay algunos planos, con efectos especiales, que entiendo útiles, que no molestan demasiado, pero que quizás no eran imprescindibles. En el mismo sentido, hay subrayados innecesarios, como el del rostro de Cristo -una pintura de El Greco- que se le aparece al protagonista confundiéndose con su reflejo en el agua; o los planos aéreos que parecen reflejar el punto de vista de ese Dios que guarda silencio.



Dicho esto, me permito una reflexión personal. Me resulta llamativo que Silencio coincida en el tiempo con Hasta el último hombre (Mel Gibson, 2016), en la que el mismo Andrew Garfield interpreta a un personaje -Desmond Doss- que profesa una idéntica fe -cristiana- a la que debe aferrarse con riesgo de su vida y la de otros, enfrentándose en el frente a soldados japoneses, idéntico predicamento al que sufre aquí el personaje -también real- del padre Rodrigues. Más anecdótica, pero también curiosa, es la presencia del ubicuo Adam Driver, aquí también un sacerdote jesuita que arriesga su vida en un país de budistas, mientras en la contemporánea Paterson (Jim Jarmusch, 2016) su personaje hace gala de una filosofía zen que encuentra la felicidad en las pequeñas cosas, sin desear nada más, ni siquiera la inmortalidad de la posible publicación de sus poemas, revelación que le llega de manos de un turista japonés aficionado a la poesía. Tres obras mayúsculas, de tres autores estadounidenses muy diferentes, que plantean profundas cuestiones muy similares. La propuesta de Jarmusch tiene algo de lección de vida, ajustando de forma perfecta su mensaje a su forma; la de Gibson es cuestionablemente ejemplarizante, pero tremendamente efectiva en su ejecución; y creo que la de Scorsese es una búsqueda de la "verdad" -término utilizado repetidamente en Silencio- seguramente personal pero también cinematográfica. Quizás, en el caso del director, ambas cosas sean una misma.