¿TENÍA QUE SER ÉL? (JOHN HAMBURG, 2016)



¿Tenía que ser él? es casi un quién es quién de la llamada "nueva comedia americana". Coged aire: parte de un argumento de Jonah Hill -Supersalidos (2007) e Infiltrados en clase (2012)-, tiene el protagonismo de James Franco -Superfumados (2008) y The Interview (2014)- el guión y la dirección de John Hamburg -autor de Entonces llegó ella (2004) y Te quiero tío (2009), guionista de Los padres de ella (2000), de Zoolander (2001) y de sus secuelas- y está producida por Shawn Levy -Noche en el museo (2006)- y por Ben Stiller -Tropic Thunder (2008)-. El problema es que, quizás, al menos en su vertiente más comercial, esta "nueva" comedia comienza a ser "vieja". Estamos ante un film que no brilla pero que resulta muy eficaz en sus resortes humorísticos. Su mayor virtud es el enfrentamiento entre dos rostros: el de James Franco, con esa sonrisa más grande que su cara, y el de Bryan Cranston, actor dotadísimo para la comedia, al que se han tomado demasiado en serio tras el éxito de la magistral Breaking Bad (2008-2012), curiosamente, una comedia disfrazada de drama. Aquí, ambos intérpretes están enormes en sus papeles de futuro yerno insoportable y futuro suegro conservador, respectivamente. El peor defecto del film, sin embargo, es su vocación de buscar la carcajada constantemente, con escenas pasadas de rosca que, seguramente, harán reír a muchos. ¿Tenía que ser él? fuerza las situaciones y no permite que la comicidad surja de forma natural. Aún así, personalmente, encontré algunas pocas risas en los márgenes de cada sketch, en pequeños comentarios de los personajes, en gestos, quizás improvisados, de los actores. La trama parte de un conflicto más que conocido: el del padre que se resiste a dejar ir a su hija con una pareja que no está a la altura de sus expectativas. Sobre esta situación cotidiana, sin embargo, se construye una extraordinaria: ¿Qué pasaría si un niñato multimillonario y famoso se enamorase de una chica de clase media "normal"? James Franco podría haberse interpretado aquí a sí mismo, en su faceta de estrella de Hollywood, con todo lo que debe rodearle de falsedad, superficialidad e hipocresía -ya lo hizo de forma brillante en Juerga hasta el fin (2013)- pero prefiere guardar distancias encarnando a una suerte de Mark Zuckerberg ligón y tatuado. Pero sin ofender. La película evita lanzar dardos hirientes contra nadie. Hay un subtexto bastante explícito sobre el conflicto generacional entre los baby boomer y la generación X y los milenial, pero el guión no profundiza en esto y prefiere contraponer la forma tradicional de entender el sexo del padre -Ned (Cranston)- con la del novio de su hija -Laird (Franco)-. Básicamente, para el segundo todo es sexo, por lo que la película ofrece una gran cantidad de bromas sexuales, que, supongo, tendrán su público. Luego, hay que destacar una extensa escena en un extraño retrete japonés, por lo que ya podéis ver por dónde van los tiros. Lo curioso es que, a pesar de todas las bromas sexuales y de hacer referencia a términos tan extremos como el "bukake" -en un chiste cuya resolución se ve venir a la legua- esta comedia estadounidense no consigue ser mínimamente ofensiva. Mucho menos, transgresora. De hecho, acaba resultando sumamente conservadora. Es más, habría que considerar un logro que hable tanto de sexo y heces sin resultar incómoda. En el lado positivo, hay que reiterar que Franco y Cranston están muy divertidos en sus personajes, pero para mí el secundario que roba el protagonismo es el mayordomo Gustav, interpretado por Keegan-Michael Key, del dúo cómico Key and Peel (2012-2015). Su personaje, al que literalmente no se le ve venir, es lo mejor del asunto.