VUELVE TWIN PEAKS, VUELVE DAVID LYNCH


Estrenada la tercera temporada de Twin Peaks se puede decir que, más que la serie sobre la muerte de Laura Palmer, lo que ha vuelto a nuestras vidas es David Lynch. Al menos de momento. Hay que recordar que el director se retiró del cine con la exigente Inland Empire (2006) un largometraje de 180 minutos, con una narrativa fragmentada y sin lógica. Obviamente, no era un plato para todos los gustos. Lo que encontramos en los primeros instantes de este regreso a la serie que causó furor en 1990, tiene más que ver con el cine del autor de Terciopelo azul (1986) que con ver al agente Cooper comiendo donuts. Lynch no hace concesiones al espectador medio. Plantea situaciones inconexas, algunas en escenarios clásicos de la serie original, otras en lugares y con personajes novedosos. Twin Peaks era una rareza en la televisión de los años 90, pero su estructura argumental respondía a parámetros razonablemente conservadores, con planteamiento, nudo y desenlace, giros argumentales y desarrollo de personajes. Nada que ver con el cine de Lynch, más parecido a una pesadilla que a una narración lineal. Esto puede desorientar al espectador menos acostumbrado a las intenciones artísticas del director de 71 años o decepcionar al fan nostálgico, que en el fondo solo espera revivir situaciones pasadas. Pero lo más recomendable sería dejarse llevar. Lynch sustituye el grano catódico de la serie de los 90 por el frío hiperreralismo del vídeo digital de alta definición, que produce auténtico vértigo; alarga los planos cargándose el ritmo narrativo y consiguiendo la incomodidad del que mira; los archiconocidos temas de Badalamenti no aparecen, al menos en estos primeros compases -y sin contar la cabecera- y son sustituidos por una banda sonora de ruidos industriales desasosegantes. Este Twin Peaks es mucho más terrorífico que el original, con una atmósfera de cine de horror y elementos propios de esa vertiente de la obra de Lynch, como los actores de fisonomía peculiar -por no llamarlos directamente freaks- estrategias de extrañamiento como los diálogos recitados robóticamente; un actor que interpreta a dos personajes; una atmósfera surrealista y una estética kitsch. Si todos recordamos el humor excéntrico de la serie, aquí estamos ante un comienzo mucho más oscuro, que produce auténtico desasosiego. El fan de Lynch está sin duda de enhorabuena, pero creo que el de Twin Peaks tiene razones para la esperanza. Primero, por el innegable interés de revisitar los escenarios míticos del original y por volver a ver a los actores 27 años después. Pero también porque, a pesar de lo dicho, bajo el envoltorio artístico lyncheano de primera clase, se plantea una historia de investigación criminal, con un buen misterio y que acaba en un cliffhanger que engancha. Seguiremos pegados a la pantalla. Si en 1990 Twin Peaks parecía adelantada a su época, lo mejor que se puede decir de esta nueva temporada, es que lo sigue estando.