ARROW -TEMPORADA 4- DARK WATERS


DARK WATERS (9 DE DICIEMBRE DE 2016) -AVISO SPOILERS-

Una cosa buena de esta temporada de Arrow es su villano, Damien Darhk (Neal McDonough). La composición de este enemigo es superior a la de anteriores antagonistas, como un Deahtstroke puramente físico, un Ra´s al Ghul prácticamente ausente o el malvado de culebrón que es Malcolm Merlyn (John Barrowman). Darhk, en cambio, es suficientemente poderoso para parecer una amenaza real para los héroes, sus objetivos interesan porque son misteriosos y los apuntes sobre su personalidad redondean al personaje. No es Darth Vader, pero es una mejora con respecto a lo anterior. En este episodio, además, Darhk protagoniza la mejor escena, al final de la trama, cuyo impacto se debe a una cuidadosa construcción que durante toda la historia nos ha demostrado que se trata de un ser completamente malvado, inhumano. Primero, Darhk envía a un dron con metralletas para aniquilar a los voluntarios que limpian la playa, convocados por el candidato a alcalde Oliver Queen (Stephen Amell). La crueldad de la escena es muy divertida. Luego, Darhk ataca otra fiesta de Queen -hay muchas galas en Arrow- y secuestra a sus amigos. Enseguida, vemos que el villano se ha construido su propia cámara de gas nazi y no tiene reparos en cargarse a los aliados del héroe. Por último, parece matar a Felicity (Emily Brett Rickards), justo después de que Oliver le pida matrimonio. Tras este festival de maldades, esa última escena a la que me refería antes, nos muestra a Damien colocando un árbol de navidad con su mujer y su hija en lo que parece un cálido hogar familiar. Pocas veces esta serie se ha mostrado tan efectiva. Vamos, creo que nunca.

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LA DONCELLA (PARK CHAN WOOK, 2016)


Park Chan-wook es adicto a contar historias. Tras su aventura estadounidense, Stoker (2013), el surcoreano "vuelve" con lo que parece un sobrio drama de época. Pero nos engaña. Como los protagonistas de la película, el director intenta timarnos: nos cuenta cosas, que no son ciertas, para sorprendernos. Así, lo que parece una historia sencilla se enreda sobre sí misma, dando saltos hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, volviendo sobre lo ya contado, como cajas que se abren dentro de cajas, con fugas para narrar episodios que ayudan a definir a los personajes e incluso con relatos leídos, historias dentro de la historia, mentiras sobre mentiras, jugando también con el punto de vista narrativo, un poco como Rashomon (Akira Kurosawa, 1950). Pero La doncella tiene los rasgos característicos de la personalidad cinematográfica del autor de Oldboy (2003) -¡Hasta sale un pulpo!- por mucho que intente disfrazarla. Ahí están sus personajes crueles, esa violencia exagerada, el tema de la tortura, al que ahora se añade un erotismo exacerbado con morbosos apuntes sádicos. También está presente de nuevo el amor romántico como forma de expiación y de salvación. Por último, los giros de la trama, que impiden hablar demasiado de esta historia para no estropear sus sorpresas, acaban llevando el argumento hacia el tema más querido por Park Chan-wook: la venganza. El surcoreano demuestra de nuevo su talento para elaborar imágenes de gran belleza, apoyándose en un diseño de producción mimado en cuanto a decorados, vestuario y fotografía. Tampoco pierde un sentido del humor algo oscuro, muy moderno, un poco infantil, que contrasta con la ambientación de época y que quizás impide ver cada propuesta del director como una obra maestra. Su tendencia al exceso le traiciona, sí, pero nos divierte. Y le aceptamos tal y como es.

VAIANA: LA LLAMADA DE LA AVENTURA



Todas las historias son la misma. Esa es la conclusión a la que llegó el mitógrafo Joseph Campbell (1904-1987) cuando acuñó el término monomito, el famoso viaje del héroe, que hace referencia a un patrón básico presente en mitos, leyendas y relatos procedentes de todo el mundo. Es bien sabido que George Lucas siguió las conclusiones de Campbell para confeccionar su Star Wars (1977). En 2016, Moana (Auli'i Cravalho), como Luke Skywalker, es elegida -por el mar, convertido en un personaje que recuerda a los efectos especiales de Abismo (1997)- para ser la heroína que salve a su pueblo (a la Humanidad). Como Luke -como Frodo- Moana nunca ha salido de su mundo ordinario, una isla de Polinesia que podría ser Tatooine o la Comarca. Si Luke debía enfrentarse a las reticencias de su tío Owen Lars, aquí Moana se enfrenta a las restricciones de su padre, que le obliga a aceptar "su papel" en la familia, en la sociedad. Moana tiene también un mentor, su abuela (Rachel House) es su Obi-Wan Kenobi (Alec Guiness). Inevitablemente, la joven salta a la aventura, atravesando el mar, enfrentándose a peligros, en su viaje para devolver el corazón verde -el anillo único- a una peligrosa isla, su Mordor, su Estrella de la Muerte. Tendrá un aliado, Maui (Dwayne Johnson), una suerte de Han Solo, semidiós de Polinesia, equivalente al Hércules grecorromano y aquí, sobre todo, nos recuerda a Prometeo, ladrón del fuego de los dioses, aunque tan superficial como Justin Bieber. Maui tiene un anzuelo, un arma poderosa como el martillo Mjolnir de Thor, la Excálibur de Arturo o el sable láser de Luke, que tendrá que robar en una cueva profunda, de las fauces de un terrible monstruo, como el vellocino de oro, pero con la estética de luz negra de las selvas de Avatar (2009).



Moana es una princesa Disney que no quiere que la llamen princesa -el propio Maui hace explícita su condición- acompañada de animales tiernos -un pollo y un cerdito fácilmente transformables en peluches para el merchandising- que funcionan como alivio cómico para las tensiones de la aventura, como R2D2 (Kenny Baker) y C3PO (Anthony Daniels). Pero el argumento arquetípico de las princesas Disney, el típico melodrama en el que la heroína es una víctima que debe soportar todo tipo de desgracias, es sustituido por el mencionado viaje del héroe, una estructura normalmente utilizada en vehículos de acción "masculinos" como Terminator (1984) o Matrix (1999). Hay un mensaje claramente feminista, Moana debe desafiar la ley impuesta por su padre, trascender el papel que se le ha dado en la sociedad, y luchar contra un demonio de lava -el patriarcado- que ha sustituido a la diosa de la madre naturaleza -el matriarcado- sin descartar un leve mensaje ecologista. Otro dato: Moana no tiene un príncipe azul. Eso sí, la película mantiene -lamentablemente- las tradicionales canciones para definir a cada personaje. Todo esto está contado con una animación fotorrealista que quita el hipo. Los avances tecnológicos me hacen temer que la animación, cómo género, se incline por el prodigio fácil que significa la mímesis de la realidad en detrimento de la libertad creativa que podría ofrecer. Algo así como hacer el camino inverso de la pintura, de la abstracta a la figurativa. Algo parecido ocurre en los videojuegos, donde el blockbuster vende consolas suele apoyarse en motores tecnológicos cada vez más potentes, siguiendo la lógica de la obsolescencia programada. Hasta que se den cuenta de que Pac-Man (1980) siempre será más vigente que el último Call of Duty. Por suerte, hay elementos en Vaiana que mantienen viva mi esperanza: los cocos piratas que parecen ewoks con la puesta en escena de los malos de Mad Max: Furia en la carretera (2015); y sobre todo la sintética y humorística animación en dos dimensiones de los tatuajes de Maui. Un hallazgo que bien vale una película que cuenta lo de siempre, con una eficacia que se agradece.

HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE (MEL GIBSON, 2016)


Mel Gibson es un director capaz de hacer un retrato positivo de un padre alcohólico y maltratador. Esta afirmación puede parecer polémica, pero también puede ser la mejor virtud del autor de La pasión de Cristo (2004), que logra hacernos entender los motivos de un personaje tan extremo como el que interpreta Hugo Weaving -aquí entre la genialidad y la sobreactuación-. No me parece un logro menor y desde luego es una decisión valiente. Weaving es Tom Doss, el padre del protagonista de esta película, Desmond Doss, un personaje real que decidió participar en la Segunda Guerra Mundial sin renunciar a su convicción de nunca empuñar un arma, ni matar a nadie. Semejante hazaña le convierte en un héroe, o en un loco, o quizás en ambas cosas. Solo Andrew Garfield podía ser capaz de reunir la mezcla de inocencia, bondad pura y candidez -por algo fue Peter Parker- necesarias para dar vida a semejante sujeto, con un acento sureño que parece sinónimo de simplicidad beatífica. Toda la tensión de la película radica en la cuestión de hasta cuándo será capaz Doss de mantener sus convicciones, arriesgando su vida en el campo de batalla. Desmond es, sin duda, un fundamentalista católico, pero resulta relativamente sencillo conectar con su pacifismo llevado al extremo. Gibson humaniza a su protagonista de una forma sencilla, pero efectiva: enamorándole de Dorothy, una guapísima Teresa Palmer. Dicho esto, Gibson no tiene ningún reparo en convertir a su héroe en una figura equivalente a Cristo: rechazado al principio, obrará "milagros" despertando la fe en los que le rodean. Sin ánimo de hacer spoilers, veréis a Desmond resucitar a más de un muerto, devolverle la vista a un ciego y hasta elevarse hacia a los Cielos. Todo esto forma parte de la tesis fílmica de Gibson, que, sin embargo, no duda en desentenderse del pacifista Desmond -un personaje relativamente pasivo- para meternos, de lleno, en el fragor de la batalla. Gibson demuestra su buen hacer cinematográfico para plasmar la guerra, consiguiendo un puñado de momentos bastante potentes. Eso sí, si Clint Eastwood -que ha apoyado públicamente a Donald Trump- hizo dos películas sobre la batalla de Iwo Jima, una desde la perspectiva estadounidense y otra desde el punto de vista japonés, aquí Gibson no duda en demonizar a los nipones, caricaturizados como carniceros, fanáticos y suicidas. Y eso es lo mejor de la película. Los movimientos de las tropas japonesas están tratados como si estuviésemos ante una película de terror y producen auténtico pavor. Una pena que Gibson caiga en excesos hemoglobínicos -miembros amputados, cuerpos destrozados, soldados quemándose vivos- que restan seriedad, e impacto, a lo que debería ser el horror de la guerra.

THE NEON DEMON (NICOLAS WINDING REFN, 2016)


Algo así como el cruce entre A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, de Lewis Carroll, y una revista de moda vanguardista, así es la esperada nueva película del director danés Nicolas Winding Refn. El autor de Drive (2011) se aleja todavía más del cine narrativo, en una búsqueda estética que aquí da un paso más, tras la perturbadora y freudiana Solo Dios perdona (2013). The Neon Demon es como penetrar en una instalación de vídeo arte. La fotografía, el diseño de producción y la música -hipnótica de Cliff Martínez- son más importantes que un argumento esquelético que utiliza los arquetipos de los cuentos de hadas. Jesse, interpretada por una Elle Fanning de extraña belleza, es una heroína pura, virgen y natural. Se enfrenta a los celos de sus competidoras en la profesión del modelaje, tan envidiosas como las hermanastras de Cenicienta. Se puede hablar también de un príncipe azul, Dean (Karl Glusman) -¿O será más bien como los enanos que ayudaban a Blancanieves?- un lobo feroz, interpretado por Keanu Reeves y hasta una bruja mala, Jena Malone, decididamente inspirada en la condesa Bathory. Se podría citar como referente la maravillosa Mulholland Drive (2001) de David Lynch, sobre todo en momentos como el del misterioso visitante de la habitación de motel de Jesse.


Winding Refn retrata la trastienda de la moda de forma creíble, como lo hizo con el submundo de la droga en su ópera prima, Pusher (1996). Pero sería difícil relacionar la estética feísta de aquellos primeros trabajos con el cuidado de la imagen que encontramos aquí, que llega incluso a paralizar la historia que nos cuentan. Cada plano de esta película está estudiado con el esmero de una sesión fotográfica. Y quizás resulta igual de estático. Hermosa pero descorazonadora, The Neon Demon es una experiencia plástica, con fugas abstractas, que solo se convierte en film de terror en su tramo final, cuando irrumpe por sorpresa el género, dando paso a momentos sumamente truculentos. Hay, además, una explícita utilización de los símbolos en esta obra, como ese triángulo de neón rosa que sin duda representa lo femenino, o el propio personaje de Jena Malone, que de día maquilla cadáveres y de noche a modelos.

THE WALKING DEAD -TEMPORADA 7- SING ME A SONG


SING ME A SONG (4 DE DICIEMBRE DE 2016) -AVISO SPOILERS-

Todos quieren matar a Negan (Jeffrey Dean Morgan) en el segundo episodio de esta séptima temporada en el que parece que pasa algo. El inicio del capítulo, la incursión de Carl (Chandler Riggs) en territorio de los Salvadores tiene la intensidad de un climax, pero dura poco. Muy poco. Seamos sinceros: lo lógico es que Negan mate al chaval. El propio Carl así se lo dice a su enemigo tras ser capturado. Pero Negan no lo hace. Las razones no son demasiado claras -se supone que ve valiosos a Rick, Carl y Daryl por lo que pretende reclutarles- pero no sé si los guionistas piensan justificar este punto en algún momento. Este episodio, en realidad, es una reiteración de la crueldad de Negan. Tiene muchas esposas -el cabrón, encima, es machista- castiga quemando con una plancha a uno que ha quebrantado las reglas -eso fue lo que le pasó a Dwight (Austin Amelio)- y llama "gorda" a Olivia (Ann Mahoney). Negan es lo peor. Ahora mismo es Hitler y por eso un montón de personajes emprenden misiones suicidas para eliminarlo. El problema es que, como con Hitler, sabemos que no lo van a matar, todavía. Como sabemos que Negan no va a matar a Carl, o a Rick (Andrew Garfield). En principio. La pregunta entonces es qué tiene que ocurrir en el argumento para que la muerte de Negan sea dramáticamente satisfactoria. El episodio acaba con el villano sujetando a la pequeña Judith en brazos. No serán tan cabrones ¿o sí? Hitchcock decía que los espectadores nunca perdonan que se mate a un crío en una película. Walter White (Bryan Cranston) casi lo hace en Breaking Bad (2008). Casi. Por otro lado, Jesus, Michonne, Rosita -y probablemente Dwight- avanzan para intentar matar a Negan. Además, el hijo de la alcaldesa, Spencer (Austin Nichols), también planea algo, y Rick se acerca a un misterioso personaje que podría tener armas. Pasan muchas cosas, demasiadas, y resultan difíciles de pillar con la narrativa fragmentada que usa TWD para parecer una serie de calidad. Pasan muchas cosas en este episodio porque no ha pasado casi nada el resto de la temporada. 

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ANIMALES NOCTURNOS (TOM FORD, 2016)



El arte como terapia. El poder de la creación, de contar historias, de conmovernos con una narración que, aparentemente, no tiene nada que ver con nosotros. Animales nocturnos, con su título polisémico, nos muestra a la dueña de una galería de arte -una estupenda Amy Adams- leyendo la novela de su exmarido, interpretado por un Jake Gyllenhaal que consigue que un personaje prácticamente ausente sea casi omnipresente. Estos dos protagonistas -Tony and Susan- se multiplican en tres historias muy diferentes, que se entrelazan de una forma perfecta para formar el cuerpo de una película absorbente y apasionante, firmada por Tom Ford, que con esta obra se gana el derecho a que nos olvidemos de que primero fue un diseñador de moda.



Primero, está Susan (Amy Adams) que protagoniza una existencia desencantada, casi nihilista, diseñada, pija y muy fría, en la que todos los que la rodean participan en el juego de las apariencias. Consigue aquí Ford una textura similar a la del David Lynch de Carretera perdida (1997). En esta vida falsa de Susan, lo más real, lo más verdadero, ocurre cuando comienza a leer una novela escrita por su exmarido, que nos cuenta una historia terrorífica, polvorienta, seca, sobre la venganza de un padre de familia, interpretado por el mismo Gyllenhaal, lo que contribuye al juego de espejos. La tercera historia ocurre en unos flashbacks sobre la juventud de los protagonistas. Tienen estos fragmentos un tono de melodrama romántico. Nos hablan de las dificultades de madurar, de abrirse camino en la vida y de ver morir los sueños. Como he dicho antes, las tres historias no pueden ser más diferentes, pero son la misma. Tom Ford utiliza ecos visuales, dramáticos y sobre todo emocionales para mantener unidas las tres tramas. Y vaya si lo consigue. La vida, la muerte, la soledad, la pérdida, se reflejan constantemente en cada una de las narraciones. La forma en la que el guión -adaptado de la novela de Austin Wright- va enlazando sutilmente las situaciones dramáticas en las tres historias aporta una gran riqueza narrativa, que seguramente nos llevaría a descubrir más cosas en un segundo visionado. Animales nocturnos habla de una pareja que se desintegra, de una mujer que comete un error existencial y de una venganza. Su final, sin embargo, está abierto a la interpretación.


La dirección de Ford es elegante, con una puesta en escena sencilla en la que brilla el diseño dentro de cada plano, todo bien acompañado por la arrebatada música de intensidad melodramática de Abel Korzeniowski. Pero hay que destacar, sobre todo, las soberbias interpretaciones, ya he mencionado a Jake Gyllenhall, intenso y complejo; pero también está Michael Shannon, que puede dar vida a un personaje como el detective Bobby Andes con la gorra. Y si ese nombre no es un guiño al Bobby Perú (Willen Dafoe) de Corazón Salvaje (1990) la casualidad es tremenda. Mencionemos también a Laura Linney, que en un brevísimo papel hace un retrato profundísimo de la madre del personaje de Amy Adams, a pesar de tener solo 10 años más que la actriz. Por último, Adams está, simplemente, insuperable. Es un Oscar.