HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE (MEL GIBSON, 2016)


Mel Gibson es un director capaz de hacer un retrato positivo de un padre alcohólico y maltratador. Esta afirmación puede parecer polémica, pero también puede ser la mejor virtud del autor de La pasión de Cristo (2004), que logra hacernos entender los motivos de un personaje tan extremo como el que interpreta Hugo Weaving -aquí entre la genialidad y la sobreactuación-. No me parece un logro menor y desde luego es una decisión valiente. Weaving es Tom Doss, el padre del protagonista de esta película, Desmond Doss, un personaje real que decidió participar en la Segunda Guerra Mundial sin renunciar a su convicción de nunca empuñar un arma, ni matar a nadie. Semejante hazaña le convierte en un héroe, o en un loco, o quizás en ambas cosas. Solo Andrew Garfield podía ser capaz de reunir la mezcla de inocencia, bondad pura y candidez -por algo fue Peter Parker- necesarias para dar vida a semejante sujeto, con un acento sureño que parece sinónimo de simplicidad beatífica. Toda la tensión de la película radica en la cuestión de hasta cuándo será capaz Doss de mantener sus convicciones, arriesgando su vida en el campo de batalla. Desmond es, sin duda, un fundamentalista católico, pero resulta relativamente sencillo conectar con su pacifismo llevado al extremo. Gibson humaniza a su protagonista de una forma sencilla, pero efectiva: enamorándole de Dorothy, una guapísima Teresa Palmer. Dicho esto, Gibson no tiene ningún reparo en convertir a su héroe en una figura equivalente a Cristo: rechazado al principio, obrará "milagros" despertando la fe en los que le rodean. Sin ánimo de hacer spoilers, veréis a Desmond resucitar a más de un muerto, devolverle la vista a un ciego y hasta elevarse hacia a los Cielos. Todo esto forma parte de la tesis fílmica de Gibson, que, sin embargo, no duda en desentenderse del pacifista Desmond -un personaje relativamente pasivo- para meternos, de lleno, en el fragor de la batalla. Gibson demuestra su buen hacer cinematográfico para plasmar la guerra, consiguiendo un puñado de momentos bastante potentes. Eso sí, si Clint Eastwood -que ha apoyado públicamente a Donald Trump- hizo dos películas sobre la batalla de Iwo Jima, una desde la perspectiva estadounidense y otra desde el punto de vista japonés, aquí Gibson no duda en demonizar a los nipones, caricaturizados como carniceros, fanáticos y suicidas. Y eso es lo mejor de la película. Los movimientos de las tropas japonesas están tratados como si estuviésemos ante una película de terror y producen auténtico pavor. Una pena que Gibson caiga en excesos hemoglobínicos -miembros amputados, cuerpos destrozados, soldados quemándose vivos- que restan seriedad, e impacto, a lo que debería ser el horror de la guerra.