ANIMALES NOCTURNOS (TOM FORD, 2016)



El arte como terapia. El poder de la creación, de contar historias, de conmovernos con una narración que, aparentemente, no tiene nada que ver con nosotros. Animales nocturnos, con su título polisémico, nos muestra a la dueña de una galería de arte -una estupenda Amy Adams- leyendo la novela de su exmarido, interpretado por un Jake Gyllenhaal que consigue que un personaje prácticamente ausente sea casi omnipresente. Estos dos protagonistas -Tony and Susan- se multiplican en tres historias muy diferentes, que se entrelazan de una forma perfecta para formar el cuerpo de una película absorbente y apasionante, firmada por Tom Ford, que con esta obra se gana el derecho a que nos olvidemos de que primero fue un diseñador de moda.



Primero, está Susan (Amy Adams) que protagoniza una existencia desencantada, casi nihilista, diseñada, pija y muy fría, en la que todos los que la rodean participan en el juego de las apariencias. Consigue aquí Ford una textura similar a la del David Lynch de Carretera perdida (1997). En esta vida falsa de Susan, lo más real, lo más verdadero, ocurre cuando comienza a leer una novela escrita por su exmarido, que nos cuenta una historia terrorífica, polvorienta, seca, sobre la venganza de un padre de familia, interpretado por el mismo Gyllenhaal, lo que contribuye al juego de espejos. La tercera historia ocurre en unos flashbacks sobre la juventud de los protagonistas. Tienen estos fragmentos un tono de melodrama romántico. Nos hablan de las dificultades de madurar, de abrirse camino en la vida y de ver morir los sueños. Como he dicho antes, las tres historias no pueden ser más diferentes, pero son la misma. Tom Ford utiliza ecos visuales, dramáticos y sobre todo emocionales para mantener unidas las tres tramas. Y vaya si lo consigue. La vida, la muerte, la soledad, la pérdida, se reflejan constantemente en cada una de las narraciones. La forma en la que el guión -adaptado de la novela de Austin Wright- va enlazando sutilmente las situaciones dramáticas en las tres historias aporta una gran riqueza narrativa, que seguramente nos llevaría a descubrir más cosas en un segundo visionado. Animales nocturnos habla de una pareja que se desintegra, de una mujer que comete un error existencial y de una venganza. Su final, sin embargo, está abierto a la interpretación.


La dirección de Ford es elegante, con una puesta en escena sencilla en la que brilla el diseño dentro de cada plano, todo bien acompañado por la arrebatada música de intensidad melodramática de Abel Korzeniowski. Pero hay que destacar, sobre todo, las soberbias interpretaciones, ya he mencionado a Jake Gyllenhall, intenso y complejo; pero también está Michael Shannon, que puede dar vida a un personaje como el detective Bobby Andes con la gorra. Y si ese nombre no es un guiño al Bobby Perú (Willen Dafoe) de Corazón Salvaje (1990) la casualidad es tremenda. Mencionemos también a Laura Linney, que en un brevísimo papel hace un retrato profundísimo de la madre del personaje de Amy Adams, a pesar de tener solo 10 años más que la actriz. Por último, Adams está, simplemente, insuperable. Es un Oscar.