LA DONCELLA (PARK CHAN WOOK, 2016)


Park Chan-wook es adicto a contar historias. Tras su aventura estadounidense, Stoker (2013), el surcoreano "vuelve" con lo que parece un sobrio drama de época. Pero nos engaña. Como los protagonistas de la película, el director intenta timarnos: nos cuenta cosas, que no son ciertas, para sorprendernos. Así, lo que parece una historia sencilla se enreda sobre sí misma, dando saltos hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, volviendo sobre lo ya contado, como cajas que se abren dentro de cajas, con fugas para narrar episodios que ayudan a definir a los personajes e incluso con relatos leídos, historias dentro de la historia, mentiras sobre mentiras, jugando también con el punto de vista narrativo, un poco como Rashomon (Akira Kurosawa, 1950). Pero La doncella tiene los rasgos característicos de la personalidad cinematográfica del autor de Oldboy (2003) -¡Hasta sale un pulpo!- por mucho que intente disfrazarla. Ahí están sus personajes crueles, esa violencia exagerada, el tema de la tortura, al que ahora se añade un erotismo exacerbado con morbosos apuntes sádicos. También está presente de nuevo el amor romántico como forma de expiación y de salvación. Por último, los giros de la trama, que impiden hablar demasiado de esta historia para no estropear sus sorpresas, acaban llevando el argumento hacia el tema más querido por Park Chan-wook: la venganza. El surcoreano demuestra de nuevo su talento para elaborar imágenes de gran belleza, apoyándose en un diseño de producción mimado en cuanto a decorados, vestuario y fotografía. Tampoco pierde un sentido del humor algo oscuro, muy moderno, un poco infantil, que contrasta con la ambientación de época y que quizás impide ver cada propuesta del director como una obra maestra. Su tendencia al exceso le traiciona, sí, pero nos divierte. Y le aceptamos tal y como es.