EVEREST (BALTASAR KORMAKUR, 2015)


"Es como si estuviera en la Luna" dice Jan Arnold (Keira Knightley) acerca de su marido, Rob Hall (Jason Clarke). Se refiere a su aislamiento en un lugar casi inalcanzable del que será difícil rescatarle. Pero el símil puede hacer pensar en Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) una película similar en sus formas a Everest, pero muy superior en su ambición. Mientras la obra del mexicano escondía una metáfora sobre el ciclo de la vida, no hay una mirada tan personal como la de Cuarón en el film sobre la montaña más alta del planeta. Éste se apoya sobre todo en que es una historia real y juega su mayor baza artística (AVISO SPOILER) en un final seco y nada complaciente.


Lo que comparte Everest con Gravity es la necesidad de ser experimentada en una sala de cine, mientras más grande mejor, lo que limita las posibilidades de verla en versión original en España. Es conveniente también optar por las costosas -me refiero a la entrada- tres dimensiones: el efecto consigue meterte dentro de la película, encima de la montaña y se llega a sentir incluso el frío del viento helado que vemos en la pantalla. Por lo demás, Everest sigue las líneas clásicas de ese cine catastrofista que se hizo popular en los años setenta. Una cast repleto de caras conocidas -aunque aquí son rostros emergentes o consolidados y no estrellas en declive- que permite jugar a adivinar quiénes van a sobrevivir tras el desenlace. Eso si no conocéis de antemano la historia real de lo que ocurrió en 1996. La primera hora y media de metraje los guionistas se esmeran en hacer lo posible por contarnos quiénes son los personajes, a qué aspiran y sobre todo por qué debemos emocionarnos cuando estén en peligro de muerte. Everest se lo juega todo en su media hora final, en la que el argumento y los personajes construidos llegan a un clímax que debe conmovernos hasta la lágrima. ¿Lo consigue? Solo puedo decir que hay buenos intérpretes en la película y que la historia está contada con solvencia.


Lo que he echado de menos en Everest es una apuesta más personal de su director. Un compromiso mayor que permita una lectura que trascienda el hecho verídico. Estamos ante hombres y mujeres prácticamente ricos -aunque ahí está Doug Hansen (John Hawkes) para representar a la clase obrera- que ponen en peligro su vida voluntariamente para conquistar un objetivo imposible. ¿Qué sentido tiene todo ello? La conquista de lo inútil, quizás, como diría Werner Herzog.