FEAR THE WALKING DEAD -TEMPORADA 1- NOT FADE AWAY


NOT FADE AWAY (20 DE SEPTIEMBRE DE 2015) -AVISO SPOILERS-

Lo que más miedo daba de Fear the Walking Dead era el anunciado -por sus creadores- episodio sin zombies. La razón más obvia para este temor es que se supone que el atractivo del cómic y de la serie original -The Walking Dead- radica en que trata sobre muertos vivientes. ¿Tiene sentido eliminarlos, aunque sea en un solo capítulo? En principio esta decisión creativa -y hasta cierto punto valiente- se justifica por el intento de hacer algo nuevo y diferente. Los zombies están más que explotados, no solo en la serie madre, sino en la gigantesca cantidad de obras que forman la llamada "fiebre zombie" de los últimos años. Básicamente desde 28 días después (Danny Boyle, 2002). Seguramente necesitamos un descanso.


Se puede además aplaudir el esfuerzo de desarrollar a los personajes humanos para que la serie no sea una sucesión de momentos gore. Aunque yo no vería nada de malo en esto último. El problema con este capítulo sin zombies de Fear the Walking Dead es más bien ético. ¿Están sus creadores traicionando la esencia de su obra? La pregunta que debemos hacernos es si se eliminan los muertos vivientes para demostrar algo. Para probar que a pesar de ser una serie de género -de terror, de zombies- FTWD tiene calidad. Que puede tratar temas "serios". Para nosotros, los amantes del cine de género, esto sería un agravio más que criticable. No hace falta eliminar los elementos fantásticos o terroríficos para hablar de temas importantes, como ha demostrado el director George A. Romero en seis películas desde la seminal La noche de los muertos vivientes (1968) hasta La resistencia de los muertos (2009). Así que, decidid vosotros si estamos aquí ante un reto creativo, o ante un complejo de inferioridad. Por cierto, Juego de Tronos acaba de ganar un Emmy.


Intenciones éticas o estéticas aparte, el episodio Not Fade Away tiene varios puntos de interés. Presenta un primer estadio postapocalíptico al centrarse en una pequeña comunidad militarizada que se ha encerrado para mantener fuera una amenaza exterior. Para controlar a los vecinos, los militares edifican una mentira, un discurso del miedo, que asegura que fuera solo hay muerte. Es la metáfora de un país encerrado en sí mismo, que teme cualquier amenaza exterior, como en El Bosque (M. Night Shyamalan, 2004) o en la serie Wayward Pines (2015). Chris (Lorenzo James Henrie) el contestatario hijo biológico de Travis (Cliff Curtis) es el primero en percibir que algo va mal y que ha perdido su libertad a cambio de su seguridad. Es otro reflejo del clima post 11-S que ha dominado la ficción estadounidense de la última década. El padre de Chris, Travis, no solo finge que todo está bien -le vemos haciendo ejercicio- sino que ayuda en lo que puede a los militares. Su pareja, Madison (Kim Dickens), hace los mismos esfuerzos por seguir como si no hubiese pasado nada: insiste en cubrir con pintura las manchas de sangre de su salón. Por el contrario, Alicia (Alycia Debnam-Carey) intenta asumir lo que ocurre y recrimina que la pareja siga peleándose en la cocina como si todo fuera "normal". Por último, Nick (Frank Dillane), se mantiene ajeno a todo -esto lo expresa la imagen de él flotando en una piscina- y sin renunciar a su adicción a las drogas. La forma de lidiar con el "fin del mundo" de cada personaje es el conflicto central de este episodio.


Los guionistas hacen un juego de espejos comparando situaciones antes y después del Apocalipsis zombie. El escarceo sexual de Ofelia Salazar (Mercedes Mason) con un militar parece una conducta frívola, pero se revela una estrategia de supervivencia: quiere conseguir ayuda para su madre herida. En cambio, el sexo que practican Travis y Madison sigue siendo el de un matrimonio de clase media. También se compara la solidaridad de Liza Ortiz (Elizabeth Rodriguez) al ayudar como enfermera, con el hedonismo egoísta de Nick, que roba morfina a un enfermo. Daniel Salazar (Rubén Blades) recuerda una historia de su abuelo (¿cubano?) y de cómo su Gobierno no respetaba los derechos humanos, para luego ver cómo los militares se llevan a su mujer. Madison descubre que Nick sigue drogándose y -incapaz de controlar a su hijo cuando el mundo entero a su alrededor se derrumba- utiliza la fuerza, un castigo físico impensable en una madre y profesora. Los militares recurrirán también a la fuerza para imponerse, llevándose al propio Nick, al considerarle una amenaza.


Los militares ejercen su control exigiendo a los vecinos que miren hacia dentro y que sientan afortunados de seguir vivos. Como cuando agradecemos tener un empleo mal pagado porque, al menos, no estamos en el paro. El primero que desobedece, que se atreve a mirar fuera, es Chris, que descubre señales, reflejos de luz, emitidas desde una casa en el exterior del vecindario cercado. Chris intenta avisar a los adultos -Travis, Madison- de que alguien podría estar pidiendo ayuda, pero ellos prefieren hacer la vista gorda. Una metáfora clara de la división entre los países instalados en el bienestar, y los inmigrantes, los refugiados, que recuerda además a La tierra de los muertos vivientes (George A. Romero, 2005). Travis y Madison, aunque buenas personas, no quieren saber nada de los problemas de otros. El desenlace de todo esto es una imagen muy potente: las ráfagas asesinas de los disparos de los militares sustituyen a lo lejos las señales que pedían ayuda, ante la mirada atemorizada de Travis. Su ilusión de seguridad y optimismo se desmorona ante la evidencia del precio que hay que pagar para ser un "privilegiado".

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