LA MEJOR TEMPORADA DE JUEGO DE TRONOS


Me he lanzado un poco a picaros con el título, pero, la verdad, no tengo ni idea de si esta es la mejor temporada de Juego de Tronos. Por un lado, sí que tengo la sensación de que se ha dado un paso de gigante en el apartado visual de la serie, que había sido muy pobre hasta ahora. Pero, por otro lado, muchos de los defectos de los que más me he quejado durante 5 temporadas siguen presentes en esta sexta entrega. Aunque también es verdad que se han cumplido algunas de las promesas iniciales del argumento. Y eso conlleva una pequeña decepción, aunque resulte contradictorio decirlo. Veamos.


La gran pega que le encuentro a la ficción de George R.R. Martin es su exceso de personajes y tramas. Eso en una novela puede funcionar, porque la palabra escrita permite profundizar en la psicología de los personajes y en la mitología del mundo creado por el autor sin límites de tiempo (o dinero). Pero en la serie, lo que ocurre, básicamente, es que nos gusta mucho Tyrion Lannister (Peter Dinklage) pero le vemos más bien poco. ¿Os habéis dado cuenta, además, de que el personaje está concebido como un sidekick? Como un R2D2 al que le van cambiando a su C3PO: Jon Snow, Bronn, Podrick, Jorah Mormont, Lord Varys y ahora parece que le veremos junto a Daenerys Targaryen (Emilia Clarke). En todo caso, el enano es uno de los personajes más carismáticos, pero nos lo dan con cuentagotas: su gran -único- momento fue liberar a los dragones. Mientras tanto, por alguna razón, los guionistas no pierden de vista a Samwell Tarly (John Tarly) un empollón cobardica que, la verdad, no nos interesa demasiado. En el mismo sentido hay que decir que las historias de algunos personajes, simplemente, no avanzan. Por ejemplo, hemos visto a la joven Arya Stark (Maisie Williams) someterse a un duro entrenamiento para convertirse en una asesina y vengarse de los que han matado a los miembros de su familia. Pero entre que Arya decide vengarse y la primera muerte que se cobra pasan, al menos, cuatro temporadas. Encima, últimamente, el entrenamiento de Arya con los Hombres sin Rostro de Braavos consistía en verla caer una y otra vez ante su cruel tutora, la "niña abandonada" (Faye Marsay). Hemos visto a Arya caer más veces que las que "Daniel-San" tuvo que "dar cera y pulir cera". Revisemos también el desarrollo de uno de los personajes más atractivos, el de Daenerys. La Targaryen empezó convirtiéndose en reina de los bárbaros Dothrakis, luego se hizo con el dominio de los dragones, más tarde formó un ejército, se hizo con navíos, y liberó a los esclavos de varias ciudades. Todo esto ocurrió en las pasadas 5 temporadas, en las que no solo la historia de Daenerys ha avanzado lentamente: es que encima ha ido perdiendo lo conseguido. En esta sexta entrega, el ciclo antes descrito se ha repetido en lo que casi es un remake concentrado -como en Star Wars lo es El despertar de la Fuerza (2015) con respecto a Una nueva esperanza (1977)-. Ahora solo podemos esperar que, en la séptima temporada, ocurra algo nuevo con la madre de los dragones a la que dejamos, por fin, navegando hacia Desembarco del Rey. Menudo cliffhanger.


¡Ah! Pero es que Juego de Tronos siempre ha jugado al anticlímax. No nos enseñaron el deseado momento en el que Arya vence por fin a la niña abandonada. Brienne de Tarth (Gwendoline Christie) se embarca en una peligrosa misión para Sansa Stark (Sophie Turner) y fracasa sin gloria. Cuando las cosas comienzan a salirle bien a Daenerys, esta deja tirado a Daario Naharis (Michiel Huisman) como si fuera un pagafantas. Desde la famosa Boda Roja, que truncó el desarrollo de Robb Stark -que iba para Rey del Norte- esta serie nos ha puesto la miel en los labios para luego dejarnos colgados o directamente hacernos sufrir de forma sádica. En cambio, nos ofrecen revelaciones sin emoción debido a un argumento complejo y demasiado extenso. Cuando Benjen Stark (Joseph Mawle) descubre su rostro tras reaparecer, no nos sorprendemos porque no nos acordamos de él. Cuando Rickon Stark (Art Parkinson) cae prisionero, nos da igual su destino, porque simplemente ya no sabemos ni quién es. Algo similar ocurre con la gran revelación sobre el origen de Jon Snow (Kit Harington), cuya madre resulta ser un personaje referencial, solo mencionado en diálogos, a la que vemos por primera vez. Uno de los mejores momentos de la temporada responde a una pregunta que nadie se había hecho: ¿Por qué Hodor (Kristian Nairn) solo dice "Hodor"?


Por todo esto, la batalla de los bastardos es quizás el mejor momento de la serie. Se trata del noveno episodio, que suele ser el más emocionante y caro de cada temporada. No hay conversaciones interminables sobre "política", sino mucha acción con un planteamiento visual brillante. Nos cuentan una historia con imágenes, no con palabras. No hay una multitud de personajes cuyos nombres casi no recordamos, sino principalmente dos a los que conocemos bien: Jon Snowy el odiado Ramsay Bolton (Iwan Rheon) enfrentados en un conflicto claro y a muerte, que se resuelve de forma emocionante y satisfactoria. La batalla de los bastardos funciona como una estupenda narración cinematográfica incrustada en un relato serial. Y no es el único momento destacado de la temporada. También está la fantástica paradoja temporal ya mencionada, la del famoso "Hold the Door"; o la secuencia que abre el último capítulo, que casi prescinde de diálogos y se apoya en un tema musical, Light of the Seven, para mostrarnos la caída de los gorriones. Eso sin contar la -predecible- resurrección de Jon Snow, la reaparición de los caminantes blancos o el poder ver por primera vez a los dragones -¡Al fin!- participando en una batalla. Son momentos cinematográficos que nos recompensan por los muchos minutos de conversaciones en salones de castillos que hemos tenido que soportar. Bostezo.


Por último, decir que Juego de Tronos planteó unas expectativas con respecto a sus personajes principales, al principio de su primera temporada, que no se habían cumplido hasta ahora. En esta sexta entrega se consuman los destinos de un montón de personajes. Cersei Lannister (Lena Headey) se convierte en la gran villana que sospechamos podía llegar a ser. Jon Snow pasa por fin de ser un bastardo a un rey. Arya es ya una princesa guerrera. Tyrion ha dejado de ser un enano repudiado para ser "La Mano" de una gran reina, Daenerys, quien, por fin, navega para conquistar el Trono de Hierro. Estos personajes tan carismáticos nos engancharon desde el principio. Nos imaginamos sus destinos. Pero en el camino hasta aquí, sus vidas han dado tantos rodeos que casi nos hemos olvidado de esas promesas iniciales. Incluso llegamos a pensar que no se cumplirían. En algún momento, me planteé que Juego de Tronos -la serie- era una historia río -como lo son las novelas-. Pero esta sexta temporada ha devuelto todo a su cauce, a esas historias originales, a esos primeros planteamientos, cerrando círculos que pueden parecer satisfactorios, sí, pero que también son necesariamente más predecibles.