EL NUEVO TARZÁN SE COLUMPIA EN LIANAS DIGITALES


Tarzán sería hoy en día un personaje transmedia. Nacido en la literatura pulp en 1912, creado por Edgar Rice Burroughs, el hombre mono saltó a los cómics en 1929, medio en el que es un clásico indiscutible gracias a artistas como Hal Foster, Burne Hogarth y Joe Kubert. En 1932 aparece en su adaptación cinematográfica más popular, con el campeón olímpico Johnny Weissmuller como protagonista. Este es, quizás, el primer aviso de la imposibilidad de crear una "buena" película con el personaje: su físico necesita ser portentoso. ¿Dónde encontrar a alguien que, además, sea un gran actor? En esta nueva iteración, La leyenda de Tarzán, el ex de True Blood, Alexander Skarsgard tiene, desde luego, la talla y los abdominales para dar el pego. Pero como intérprete ni siquiera despliega el humor socarrón que demostró en la serie sobre vampiros sureños. Este nuevo Tarzán es la enésima versión del personaje, todo un icono de la cultura popular -uno de ellos incluso se casó con una famosa Miss España- pero probablemente desfasado sin remedio, nacido en una época más inocente, políticamente incorrecta, que ya no volverá. ¿Ha pasado irremediablemente el tiempo de Tarzán? No lo creo. Pero, desde luego, esta nueva versión no parece ser más que el eterno intento de levantar una franquicia por parte de Hollywood, rescatando personajes del pasado pero haciéndolo sin riesgo, sin gracia, sin proponer nada nuevo. La película, dirigida por un artesano como David Yates -responsable de cuatro películas de Harry Potter- se atreve a buscar cierta elegancia visual -sobre todo en el tenso inicio, que nos muestra el ataque de unos misteriosos aborígenes-. Pero el conjunto tiene aires de superproducción rancia, con algunos imponentes paisajes africanos sustituidos enseguida por fríos cromas. No estamos ante un producto cutre, como demuestra la fama de sus principales actores. Margot Robbie es una Jane actualizada y no la típica dama en apuros; Christoph Waltz repite otra vez el papel que le valió un Oscar en Malditos Bastardos (2009); Samuel L. Jackson juega a algo distinto haciéndose pasar por un buenazo; y Djimon Hounsou vuelve a prestar su imponente físico a un personaje desaprovechado. La Leyenda de Tarzán no ha aprendido la lección de Marvel Studios, que ha basado su éxito en crear personajes tremendamente atractivos, interpretados por actores muy carismáticos, para sostener sus películas. Aunque luego el argumento sea flojo. Aquí estamos ante una historia de aventuras trepidante, que sabiamente elude contar de nuevo el origen del personaje y busca hondura precisamente en la narración del pasado del héroe a través de flashbacks. Me gusta que se hayan mantenido los elementos más fantasiosos del personaje, como su famoso grito, su capacidad para comunicarse con las bestias y su medio de transporte selvático: las lianas. Pero me habría gustado un tono todavía más pulp con ciudades perdidas y dinosaurios. Lamentablemente, a esta historia le falta carne. Los personajes no tienen alma, por lo que no acabamos de conectar con ellos. El argumento avanza mecánicamente y sin desviarse de un camino más que predecible, por lo que resulta imposible sorprendernos. Los animales y la selva misma, creados digitalmente, aguantan el tipo, pero al conjunto le falta fisicidad. Nada que ver con los chimpancés creados por Rick Backer para Greystoke: la leyenda de Tarzán (1984). En esta película, el tema de fondo, no es la clásica oposición entre el lado salvaje de Tarzán y la civilización, sino el colonialismo -¡El personaje de Samuel L. Jackson se llama George Washington Williams!-. Colonialismo que el propio Tarzán original encarnó, cuando defendía a Jane y a los exploradores de los malvados nativos africanos.