THE DUKE OF BURGUNDY (PETER STRICKLAND, 2014)


Mujeres e insectos. En The Duke of Burgundy -el título proviene de una singular mariposa europea- solo veréis mujeres e insectos. Y un gato, perezoso, que apenas se mueve. El director británico Peter Strickland ha creado, con mimo, un universo de bolsillo en el que no hay hombres. Los temas de conversación son la entomología y el sadomasoquismo. Nosotros somos meros espectadores en un ejercicio de vouyerismo que nos permite asomarnos a un mundo extraño y sobre todo absorbente. Evelyn (Chiara D'Anna) y Cynthia (Sidse Babett Knudsen) mantienen una relación de dominación en la que la primera recibe instrucciones muy precisas de cómo debe humillar diariamente a la segunda. Strickland revela poco a poco quiénes son estas mujeres y para hacerlo su referente -confeso- es el prolífico director español Jess Franco. Esto se traduce en una estética setentera, deudora del autor de Vampyros Lesbos (1971), cuyas escenas eróticas tenían un estilo vanguardista e hipnótico. Yo, que conozco demasiado poco la obra de Franco, veo, sin embargo, mucho de Luis Buñuel en esta película. El fetichismo y la entomología son rasgos característicos del universo del genio, autor de Belle de jour (1967). Ver llegar a Cynthia en bicicleta trae a la memoria a la Jeanne Moreau de Diario de una camarera (1964) y no puedo evitar pensar que el agobio que hace beber agua constantemente a Evelyn, la asfixia que siente por las estrictas reglas que le impone su amada, tiene algo que ver con la prisión mental que mantiene atrapados a los burgueses de El ángel exterminador (1962). Un elaborado juego de ficciones que, a pesar de la consciencia de que no son más que convenciones, mantienen presa a la supuesta dominadora. Convenciones como los alfileres que sujetan las alas de los insectos de su esmerada colección. Pero no es necesario conocer estas referencias cinéfilas para adentrarse en The Duke of Burgundy. La película es una experiencia antes que una historia, y aunque tiene dos grandes personajes, su fuerte está en sus imágenes, en sus sonidos -la banda sonora la firma el dúo Cat's Eyes- en las sensaciones que despierta. En el mejor momento del metraje, el film abandona la narrativa y fluye hacia lo irracional, hacia el arte, en un viaje similar al inmenso salto espacial final de 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 2001). Solo que aquí el misterioso monolito es sustituido por el enigma de la entrepierna de Evelyn, ese oscuro objeto del deseo.