STRANGER THINGS: LA NOSTALGIA DEL FRIKI QUE NUNCA FUISTE



Los niños protagonistas de las películas de los 80 nunca eran deportistas, ni los más populares del instituto, ni los novios de la chica más guapa. Eran frikis. Ver a Elliot jugar con figuras de Star Wars en E.T., el extraterrestre (1982) o a Billy leer cómics en Gremlins (1984) era como decir: son de los nuestros. El niño que fui en los años ochenta se sentía instantáneamente identificado con los héroes inadaptados de aquellas historias. Tenían los mismos juguetes que yo, leían los mismos tebeos, y se embarcaban en aventuras imposibles que yo vivía a través de ellos. Los chavales de Stranger Things juegan al rol como yo jugaba a Dungeons & Dragons. Han leído El Hobbit y El Señor de los Anillos. Tienen a Yoda, el Halcón Milenario y a Man-At-Arms de los Masters del Universo. Yo era como ellos. Me gusta sobre todo que sean feos. Porque parecen auténticos nerds y no niños guapos de Hollywood haciendo de marginados, algo que me decepcionó de la adaptación al cine de La historia interminable (1984). Stranger Things entiende todo esto y lo convierte en su tema principal. La marginación social que sufre el diferente, el que juega a otra cosa, el que escucha a los Clash, el que se refugia en un hobbie para olvidar que nadie quiere hablarle. La serie va incluso un poco más allá, nos dice que también se rechaza al que ha sufrido una tragedia vital. El problema que tengo con todo esto es que estamos en 2016 y ahora resulta que todos sois frikis. Las películas más taquilleras las protagonizan superhéroes. En las series de televisión más vistas salen dragones y zombies. Se venden camisetas del Capitán América en Zara. La cultura nerd ha muerto de éxito, absorbida por el mainstream. No debería haber musculitos de gimnasio con camisetas de Spiderman. Ni chicas guapas hablando de Star Wars. El garaje de Rivers Cuomo -de Weezer- está a tope de gente. Stranger Things intenta recrear una época, 1983, en la que lo friki todavía era visto con una sonrisa burlona de desprecio. Cada capítulo de la serie está lleno de referencias a esas películas, libros y tebeos con los que crecimos. Pero ¿Es suficiente?



¿Por qué cuando vemos chavales en bicicletas pensamos en Steven Spielberg y no en Verano azul (1981-1982)? No lo sé. Creada por los hermanos Duffer, Stranger Things no es solamente spielbergiana, sino una acumulación de todo lo que molaba en los años 80. Empezando, eso sí, por E.T., el extraterrestre (1982), de la que esta serie copia la estructura argumental cambiando al entrañable bicho por una misteriosa niña. Los hermanos Duffer no se cortan a la hora de extraer imágenes del clásico, estableciendo un juego constante de reflejos. Pero hay más. Stephen King está muy presente, desde la tipografía en los títulos de cada capítulo, hasta referencias bastante explícitas a Ojos de fuego (1984), a Carrie (1976) y por supuesto, a Cuenta conmigo (1986): no podían faltar los niños caminando por la vía del tren. El tercer referente importante es, sin duda, John Carpenter, sobre todo en la banda sonora: la música compuesta por Kyle Dixon y Michael Stein, de sonidos electrónicos, nos aleja de Spielberg, siempre con John Williams en el apartado musical, y nos acerca al autor de 1997: Rescate en Nueva York (1981), mucho menos amable. De Carpenter se adopta el tono seco de serie B y además, se invierte la ecuación de sexo=muerte de La noche de Halloween (1978). Luego tenemos a dos actores veteranos, que le ponen cara reconocible a esos años 80 cinematográficos que se intentan recrear en esta serie: Mathew Modine -le recuerdo por Birdy (1984)- o la siempre en recuperación, Winona Ryder -Bitelchús (1988)- que por fin pasa de hija a madre. Pero hay muchos guiños más a títulos fundamentales: las lucecitas de Encuentros en la tercera fase (1977), las babas de Alien (1979), los tanques de aislamiento sensorial de Viaje alucinante al fondo de la mente (1980), la nariz sangrante de Scanners (1981), el niño perdido como en Poltergeist (1982), las trampas juveniles de Pesadilla en Elm Street (1984), los bichos de El terror llama a su puerta (1986), la cinta en el pelo estilo Rambo de Jóvenes ocultos (1987), los poderes mentales a gritos de Akira (1988) y hasta el viaje dimensional de la oscura X-tro 2: El segundo encuentro (1990). Y luego está la guerra de los carteles.



En Las colinas tienen ojos (1977) Wes Craven sacaba un cartel rasgado de Tiburón (1975). Era su forma de decir "mi película da más miedo". Más tarde, Sam Raimi mostraba un cartel destrozado del film de Craven en Posesión infernal (1981). Enseguida, Craven contraatacaba sacando imágenes de la película de Raimi en Pesadilla en Elm Street (1984). Esta "guerra de carteles" era, además de divertida, una forma de integrar al fanático del cine de terror en una comunidad, que podríamos englobar en los lectores de la revista especializada Fangoria: un número de la misma aparecía, no por casualidad, en el maletero de Ash (Bruce Campbell) en Terroríficamente muertos (1987). Las habitaciones de los niños de Stranger Things también tienen carteles de películas en sus paredes. Pero su función no es hacernos sentir parte de algo, ni contarnos cosas de los personajes, sino dejar claro que los hermanos Duffer han visto las películas a las que hacen referencia. Vemos carteles de La cosa (1982), TiburónPosesión infernal y El cristal oscuro (1982). Como contrapunto mainstream, la guapa Nancy (Natalia Dyer) tiene un cartel del Tom Cruise de Risky Business (1983). Los hermanos Duffer no se fían de nuestra cinefilia y saturan las habitaciones de carteles, por si acaso no pillamos sus "homenajes".



Guionistas de varios episodios de la decepcionante Wayward Pines (2015), Los hermanos Duffer nacieron en 1984. Cuando ya todo el pescado estaba vendido. Estos chavales vieron todas esas películas en vídeo doméstico, probablemente en los años 90. Es decir, vivieron los 80 de segunda mano. ¿Es Stranger Things un producto auténtico, o una construcción de nostalgia simulada sin alma? La serie tiene buenos ingredientes y se disfruta de un tirón sin apenas esfuerzo. Sus personajes son entrañables. El desenlace resulta verdaderamente emocionante. Pero el argumento resulta mecánico. El uso de esquemas de otras películas tan conocidas, hace que la serie sea extremadamente predecible. El misterio final se adivina desde el primer momento. Los giros se ven venir a leguas de distancia. Personalmente, incluso he anticipado frases de los diálogos. Encima, a pesar de la reverencia ochentera de los Duffer, nos cuelan un monstruo digital cuando lo suyo era hacer una criatura con el añorado látex. Stranger Things es un simpático reciclaje de las cosas que nos gustaron. Pero su argumento es demasiado similar a la reciente Super 8 (2011), que, además, me parece más auténtica. J.J. Abrams hace una película al estilo de aquellas con las creció, pero se inventa algo nuevo y lo hace de una forma mucho más personal. Por otro lado, en mi opinión, la británica Attack the block (Joe Cornish, 2011) resulta mucho más acertada como ejercicio nostálgico. Recrea el espíritu de esos films de los años 80, pero con una sensibilidad actual. Por último, si de verdad queréis ver E.T., el extraterrestre (1983), Los Goonies (1985) o Exploradores (1985) ahí están, disponibles en todos los formatos habidos y por haber. Eso si de verdad sois frikis.