EL HOBBIT: LA DESOLACIÓN DE SMAUG (PETER JACKSON, 2013)


-AVISO SPOILERS-

"El Hobbit: la desolación de Smaug" comienza con un plano que necesariamente tiene que ser una declaración de intenciones: un breve cameo del director, Peter Jackson, que parece decir: "Aquí estoy yo". El neozelandés da la cara por una película cuyo principal problema es su condición de precuela de la historia que cuenta "El Señor de los Anillos", pero que al mismo tiempo es una secuela de esas mismas películas: hay numerosas referencias a la trilogía anterior. Por otro lado, su metraje es excesivo -verla tiene el mismo efecto que tragarse de golpe media temporada de "Juego de Tronos"- y aún así, la sensación es que nos cuentan demasiadas cosas en poco tiempo. Jackson renuncia completamente a la economía dramática: por un lado adultera el material original creando nuevas situaciones, y por otro se muestra demasiado fiel al texto -¿Hacen falta tantos enanos?- Por si fuera poco, rescata a Legolas de la trilogía de los anillos, y crea nuevos personajes como Tauriel (Evangeline Lilly). Tampoco se justifica la inclusión de un nuevo antagonista en esta secuela -Bolg- cuyo rol se solapa con el del orco pálido -Azog- de la primera película. Por último, se incluyen subtramas destinadas a enlazar estas tres películas con la trilogía de "El Señor de los Anillos": por allí asoma su ojo Sauron.


Pero... a pesar de todo eso... por encima de todo eso... "El Hobbit: La desolación de Smaug" es defendible por su condición de aventura fantástica que recupera el sentido de la maravilla. Una odisea en la que cada parada en el camino significa el peligroso encuentro con seres salidos de la imaginación que obstaculizan el viaje del héroe. Una estructura deudora de las viejas películas de Ray Harryhausen: por ejemplo, en "Jasón y los Argonautas" (1963) los héroes viajan en busca del vellocino de oro, pero antes deben enfrentarse a Talos, el gigante de Bronce; al ataque de las arpías; al mortal desfiladero de las Simplégides; a la Hidra que custodia el tesoro; y por último, a los esqueletos guerreros. De manera muy similar, "El Hobbit" no escatima las peripecias: el ataque de los orcos, las arañas del bosque, el encuentro con el hombre oso, la aparición de los elfos, y por último, el esperado enfrentamiento con el dragón Smaug.


Hay otro argumento más para defender la película. Hace no demasiados años, una adaptación cinematográfica de "El Señor de los Anillos" (1955) era imposible. La Tierra Media que describía Tolkien sólo podía existir en las páginas de una novela... y en la imaginación de sus lectores. Pero entonces llegó "Star Wars" (1977). La película de George Lucas demostró que se podía crear un universo fantástico complejo y creíble en una pantalla de cine, y lo hizo contando una historia muy similar a la de Tolkien: un granjero -Luke/Frodo- se embarca en una aventura bajo la tutela de un mago -Ben Kenobi/Gandalf- para enfrentarse al mal -El Emperador/Sauron- y vencer la tentación del Lado Oscuro/del Anillo Único. Un año después de "La Guerra de la Galaxias", aparecía la única adaptación de "El Señor de los Anillos" que parecía posible en 1978: la película animada de Ralph Bakshi que se quedó inconclusa. Diez años más tarde, dicen los rumores que Lucas produjo "Willow" (1988) al no poder hacerse con los derechos de "El Hobbit".


Pero lo cierto es que no fue hasta el año 2001 cuando Peter Jackson pudo llevar a cabo la adaptación de la trilogía de Tolkien. Y esto fue posible gracias a los efectos especiales digitales, que ya habían sido probados en el "Episodio I" de Star Wars. Aún así, el neozelandés prefirió utilizar los medios de la trilogía original de Lucas -maquetas y maquillajes- todo lo que fuera posible... hasta que apareció Gollum (Andy Serkis) que necesariamente tenía que ser un personaje generado por ordenador. Y visto el éxito del mismo, Jackson abrazó una tecnología que le haría cumplir otro sueño: el de hacer un remake de "King Kong" (2005). Esta nueva versión funcionaba muy bien como aventura... pero también demostraba que los efectos digitales son mucho más realistas, sí, pero precisamente por ello fallan a la hora de recrear la magia de lo fantástico. El rudimentario stop motion del "King Kong" original (1933) -o el de "Jason y los Argonautas"- está mucho más cerca de reproducir esas texturas oníricas que parecen sacadas de nuestro subconsciente.


Y sin embargo, una obra como "El Hobbit", sólo era posible gracias a esos efectos digitales, capaces de crear universos fantásticos sin límite. Peter Jackson se ha entregado completamente a la imagen digital: era inevitable tras Avatar (2009) y tras "Las aventuras de Tintín" (2011). La mayor prueba de esto es que dos de los orcos antagonistas -Azog y Bolg- fueron interpretados primero por actores caracterizados que luego han sido sustituidos por personajes generados por ordenador. Una decisión discutible, pero hasta cierto punto coherente. Jackson ha renunciado al realismo, y pinta a sus criaturas fantásticas sobre la pantalla. En "La desolación de Smaug", el neozelandés ha conseguido crear imágenes muy bellas: los enanos envueltos en la tela de las arañas gigantes; la transformación de oso a hombre de Beorn; los orcos sobre los tejados de La Ciudad del Lago; el dragón durmiente bajo su tesoro...

CONTENIDO EXTRA - EVANGELINE LILLY-
El casting de la actriz como la hermosa Tauriel es sin duda un chiste sobre ese romance -detrás de las cámaras de "Lost"- que nos hizo exclamar WTF!

CONTENIDO EXTRA - SHERLOCK-
Espectacular el enfrentamiento entre el colosal dragón Smaug (Benedict Cumberbatch) con Bilbo (Martin Freeman) en un guiño seriéfilo que sólo se puede disfrutar en versión original.

CONTENIDO EXTRA -PREPARAOS-
La secuencia en el río, en la que los enanos flotan en barriles es equivalente a la persecución en Bagghar de "Las Aventuras de Tintín" o al plano secuencia que enlaza a todos los superhéroes en "The Avengers" durante la batalla final con los extraterrestres. Hay que prepararse para que encontrar algo similar en cada blockbuster de aquí a 10 años.