EL LOBO DE WALL STREET (MARTIN SCORSESE, 2013)


"Estar sobrio es un coñazo. Quiero suicidarme cada día"

Como Uno de los nuestros (1990) pero completamente pasada rosca, así es El Lobo de Wall Street. Expansiva, excesiva y loca, hay que verla para creerla. Con un ritmo agotador que acumula situaciones sin parar, Scorsese utiliza todos los recursos de la historia del cine para contarnos la vida de Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio): un despliegue de movimientos de cámara, transiciones, formatos, rupturas de la cuarta pared, coreografías, efectos especiales, flashbacks y un chorrazo de música pop.

Lo increíble es que El Lobo de Wall Street es una comedia histérica mientras sus protagonistas están colocados. Los actores se mantienen en un estado de euforia parecido al de una fiesta universitaria de Animal House (John Landis, 1978) y se enfrascan en conversaciones de humor absurdo que poco -más bien nada- hacen avanzar la trama: la reunión para contratar un número con enanos o la conversación con Max Belfort (Rob Reiner) sobre prostitutas y su... vello púbico. La escena en la que Jordan pierde el control de sus músculos, por estar demasiado puesto, parece sacada de una comedia de los hermanos Farrelly. Eso sí, para conseguir que la comedia funcione, Scorsese mantiene fuera de plano a las víctimas de las fechorías de estos corredores de bolsa sin escrúpulos: suponemos que más de una familia lo habrá perdido todo para que Belfort pueda comprarse un Ferrari. Pero eso no es lo importante.

Lo importante es el cine.

El cine como expresión de nuestros deseos. Solía ser un cowboy, Superman, James Bond o el violento gánster de Goodfellas. Pero ya nadie cree en ellos. Ya no hace falta alejarse tanto de la realidad: los que dirigen el cotarro ya no son los políticos (caducos), ahora son estos 'brokers' los que simbolizan lo que todos queremos ser. Porque en el fondo sabemos que nada tiene sentido, que todo está permitido, y que si tuviéramos la oportunidad de salir de abajo, le venderíamos preferentes a un viejo inocente... o nos casaríamos con la Infanta. Por suerte, no hemos tenido la oportunidad de caer en la tentación de hacer el mal, y nos consolamos con pensar que somos honestos comentando indignados lo que leemos en los periódicos mientras viajamos en el metro, rodeados de gente fea y mal vestida. Somos borregos, somos rebaño, y sólo podemos soñar con ser lobos... ¿o no?