LA ISLA MÍNIMA (ALBERTO RODRÍGUEZ, 2014)


-AVISO SPOILERS-

Una fantasmagórica aparición se asoma por la ventana trasera de un misterioso coche blanco -siempre es un coche blanco- que conduce un desconocido que podría ser la encarnación misma del mal. La imagen, que parece salida de una película de horror, es de esas que se instalan en nuestras pesadillas. Pocos directores de cine pueden fabricar imágenes así.


En ellas se apoya un discurso sobre la naturaleza del mal. Cuando la Guardia Civil arranca de las marismas los cuerpos ultrajados de dos niñas, sacan a la luz también el lado oscuro de una familia, de un pueblo, de un país y quizás incluso del orden cósmico.


En La isla mínima las imágenes son la única forma de conocer la verdad. Unos fotogramas medio quemados muestran el horror que sufrieron las niñas. La ampliación de ese negativo podría revelar al verdadero mal detrás de todo. Y una foto revela también el pasado oculto de uno de los protagonistas.


Dos detectives, de Madrid, se enfrentan a una sociedad primitiva y hostil ante el extranjero que pretende descubrir sus secretos. Los dos policías se empeñan en atrapar al asesino, sí, pero por razones que no pueden ser más opuestas. Pedro (Raúl Arévalo) representa lo nuevo, la democracia, la luz. Juan (Javier Gutiérrez) busca la redención tras verse obligado a enfrentarse a su propia mortalidad. Su pasado como torturador y asesino le convierte quizás en el más capacitado de los dos para darle caza al monstruo. Juan ha salido de las cloacas del orden anterior y es por eso que sabe -mejor que Pedro- que no puede investigar los asesinatos hasta el final.


La conciencia de la muerte le otorga a Juan una mirada diferente de la realidad. Es capaz de ver más allá. Ahí están sus alucinaciones y esa conexión sobrenatural con la ¿falsa? vidente. La muerte le ha quitado el sueño a Juan y ha agudizado sus sentidos: la vista con la que encuentra un bolso en un pozo, el oído con el que adivina el número de teléfono que marca una niña en peligro, el olfato que le permite percibir el perfume de quien podría estar detrás de todo.


La muerte iguala todos nuestros actos ya que la suma de lo bueno y lo malo siempre da el mismo resultado. No hay diferencia entre haber matado a una chica o salvarle la vida a otra. Desde el cielo, desde esos planos aéreos, nuestros dramas no son más importantes que el flujo de unas partículas microscópicas en una gota de agua. Son las imágenes que mejor reflejan el absurdo de nuestra existencia.