THE KNICK -TEMPORADA 2- THIS IS ALL WE ARE


THIS IS ALL WE ARE (18 DE DICIEMBRE DE 2015) -AVISO SPOILERS-

"Esto es lo que somos", suelta el doctor John Thackery (Clive Owen) antes de lo que parece su último suspiro. Es la reflexión final de un personaje que conjugaba una inteligencia genial y unos instintos suicidas claramente reflejados en sus múltiples adicciones. Thackery parece morir -tengo algunas dudas- en una escena similar a la que iniciaba la serie en 2014, con un quirófano convertido en un circo del morbo en el que el cirujano de botines blancos -ahora los lleva su pupilo, Bertie Chickering Jr. (Michael Arangano)- intenta demostrar un revolucionario avance médico, fracasando en el intento. Solo que esta vez él mismo es el paciente de una inverosímil autocirugía que acaba de la única forma plausible. Eso sí: ha habido casos reales de tales hazañas, como el de Leonid Rogozov un general soviético que se vio obligado a operarse a sí mismo de apendicitis, con éxito. En todo caso, la fría lucidez existencialista de Thackery antes de expirar es el resumen perfecto de lo que ha sido The Knick.


El pesimismo de la serie se refleja claramente en varios giros sorprendentes. Tres personajes revelan su verdadera naturaleza. El primero es Henry Robertson (Charles Aitken), auténtico villano en la sombra de esta función. El descubrimiento de su naturaleza de emprendedor sin escrúpulos, dispuesto a matar a su propio padre -y a su hermana- rompe ligeramente el tono de una serie que hasta ahora se había caracterizado por un realismo desesperanzado. Henry se comporta aquí como un malvado de folletín, pero su personaje expresa uno de los temas de mayor calado de The Knick. El capitalismo salvaje capaz de todo, contrapuesto a los valores de su padre fallecido por el incendio provocado por su hijo. Al descubrir esto, Cornelia Robertson (Juliet Rylance) cumple su triste pero romántico destino al fugarse en un barco de vapor hacia Australia. Mientras tanto, la enfermera Lucy Elkens (Eve Hewson) completa su transformación en una despiadada arribista capaz de utilizar su sexualidad para conseguir el poder: se casará con Henry y será su perfecta compañera sin escrúpulos. Justo lo contrario ocurre con Herman Barrow (Jeremy Bobb), que no es culpable del incendio y que contra todo pronóstico hace bien al confiar en su amante exprostituta, Junia (Rachel Korine). Que Barrow disfrute de un "final feliz" es casi tan sorprendente como que a Everett Gallinger (Eric Johnson) le salgan bien las cosas. Consigue un trabajo perfecto como embajador de las teorías racistas de la eugenesia en la Europa pre-nazi. Escalofriante. Mucho más triste es el final de Algernon Edwards (André Holland), que pierde parcialmente la vista, su trabajo en el hospital, y se reinventa ayudando a los adictos, a los alcohólicos. Pero al menos descubrimos, por fin, el origen de esa rabia que le hacía pelearse cada noche. Nunca podrá superar que su padre, por su raza, jamás consiguió ser más que un chófer.


¿El giro más sorprendente de todos? Tom Cleary (Chris Sullivan) literalmente confiesa -en una escena magnífica, en off, en una iglesia- haberle tendido una trampa a Harriet (Cara Seymour) para conseguir que la expulsaran de la iglesia y así poder casarse con ella. Tom era uno de nuestros personajes favoritos y la confesión de este pecado -aunque lo haya hecho por amor- resulta un giro muy brusco. En el desenlace, Harriet -desconoce lo que ha hecho Cleary- acepta casarse con él. El final es feliz, y el último capítulo de The Knick -¿Por ahora?- está a la altura.

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