EXPEDIENTE WARREN: EL CASO ENFIELD (JAMES WAN, 2016)


En un momento de la casi perfecta Expediente Warren: El caso Enfield, los niños protagonistas se divierten con un juguete precinematográfico, un zootropo que tiene grabada una nana inglesa, There Was a Crooked Man, sobre un espeluznante hombre torcido. Este juguete revela, quizás, la intención del director, James Wan, de que su película sea una síntesis de la historia del cine de terror. En otro momento del film, cobra vida la sombra proyectada en la pared de un ser sobrenatural, lo que recuerda al expresionismo silente de Nosferatu (F.W. Murnau, 1922), pero también a las sombras chinescas previas a la invención del séptimo arte. Porque la primera emoción cinematográfica es el terror. ¿Qué sintieron los espectadores en 1895 cuando vieron Llegada del tren a la estación, de los hermanos Lumière? El cine de terror existía incluso antes que el cine: la fantasmagoría, variante de la linterna mágica, consistía en proyectar espectros y diablos para asustar al espectador. Y de eso trata esta película. De fantasmas y demonios. Pero también de cine.



Orson Welles decía que el cine es un maravilloso tren eléctrico para jugar. El caso Enfield es un juguete construido por su director para asustarnos. Un tren de la bruja. Y por eso, a James Wan -creador de la saga de Saw- le estaré eternamente agradecido. Las dos partes de Expediente Warren -y también de Insidious- están entre los mejores momentos que he pasado en una sala de cine. Wan se ha especializado en fabricar sustos para hacernos saltar sobre las butacas y creo que es el mejor en ello. En esta secuela perfecciona todos los trucos ensayados en sus películas anteriores. Algunos son sencillos, algunos están muy vistos, pero todos son eficaces. Wan nos impone una mirada nerviosa que busca constantemente en el plano la próxima aparición de un ser horroroso. Hay que admirar cómo mueve la cámara, inventándose constantemente soluciones de planificación: véase la secuencia del niño que se asoma repetidamente al pasillo desde su habitación. Además de los movimientos de cámara, el director utiliza el montaje, la profundidad de campo, los golpes de sonido, la inquietante música de Joseph Bishara, el silencio, los actores exageradamente maquillados y los efectos digitales modernos. Como he dicho antes, esta película es algo así como la suma de todos los sustos cinematográficos. No hay nada nuevo, pero hay más y mejor. 



Al principio decía que Wan sintetiza la historia del cine de terror y es que en El caso Enfield encontramos la teatralidad del cine mudo; la seriedad del terror de los años setenta, como El exorcista (William Friedkin, 1973) y obviamente como Terror en Amityville (Stuart Rosenberg, 1979); pero también está la cámara postmoderna del Sam Raimi de Posesión Infernal (1981). Wan se atreve, además, con algunos momentos de humor -el chiste sobre el tamaño de las videocámaras- y se arriesga con secuencias tremendamente naive, como cuando Patrick Wilson canta el Can´t Help Falling in Love de Elvis Presley. Wan se fija incluso en su propia saga, Insidious, para crear otro escalofriante mundo ultraterreno. Obviamente, el director no triunfa al mismo nivel en todas estas propuestas, pero creo que no fracasa en ninguna. Expediente Warren: El caso Enfield es una experiencia terrorífica asombrosamente divertida que debe ser experimentada en una sala de cine. Hacedme caso. Le daréis las gracias a James Wan.