INDEPENDENCE DAY (ROLAND EMMERICH, 1996)


Un presidente de Estados Unidos, expiloto de combate, salva al mundo de una invasión extraterrestre. Con semejante premisa, el sentido común dicta que no se puede hacer más que un falso trailer paródico. Pero en 1996 la idea se convirtió en una película que, si no fuera por su altísimo presupuesto -75 millones de dólares- estaría en la línea bufa de bodrios supuestamente divertidos como Sharknado (Anthony C. Ferrante, 2013) o un actioner pasado de rosca como Machete (Robert Rodríguez, 2010). Independence Day es patriotera -el clímax ocurre un 4 de julio- belicista -aquí los héroes son claramente los militares- parece un mal presagio de la filmografía de Michael Bay -de cuya Dos policías rebeldes (1995) se ficha a Will Smith, entonces una estrella en ciernes-.


La película es un gran pastiche. Tres guiños cinéfilos me hacen pensar que los autores del guión -el director alemán experto en el cine de catástrofes, Roland Emmerich y su guionista Dean Devlin- entendían su película como una parodia. Primero, cuando el ordenador en la nave extraterrestre que pilotan el capitán Steven Hiller (Will Smith) y David Levinson (Jeff Goldblum) saluda a este último diciéndole "Hello, Dave". La voz y el ojo rojo que aparece en la interfaz son claramente los de HAL 9000, de 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968). Tras este chiste, hay otro guiño a Kubrick, cuando el expiloto supuestamente abducido y alcohólico, Russell Case (Randy Quaid) se sacrifica estrellando su avión -en plan kamikaze- contra el punto débil de la nave nodriza extraterrestre: su risa de paleto de la América profunda recuerda el final de ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (Stanley Kubrick, 1964), cuando un cowboy cabalga una bomba nuclear en la escena más descabellada de la filmografía del director de La naranja mecánica (1971). Pero hay más: justo antes, el propio Russell Case se subía a su avión y soltaba la frase: "Elegí un mal momento para dejar de beber", un running gag mítico de la spoof movie por excelencia, Aterriza como puedas (1980), parodia, por cierto, de las películas de catástrofes.


Independece Day con sus diálogos de frases lapidarias y chascarrillos, se toma tremendamente en serio a sí misma. Busca legitimarse utilizando los clásicos del cine  de ciencia ficción: hay un momento en el que Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951) aparece en una televisión. Pero ID4 no tiene ni una pizca del humanismo de aquella. De hecho, parece proponerse como la película que Steven Spielberg nunca querría hacer. Por eso hay puyas a costa de E.T. El extraterrestre (1982) y de Encuentros en la tercera fase (1977). De esta última, Emmerich roba descaradamente todos los travelling y las caras de asombro que puede, intentando rascar algo del sense of wonder de Spielberg. -La aproximación sobre las ciudades de las naves gigantescas en forma de disco, por cierto, está robada de la serie V (Kenneth Johnson, 1983)-. La gran diferencia entre la obra de Spielberg y este batiburrillo de Emmerich y Devlin es que aquel es un humanista y un autor con corazón -algunos prefieren decir sensiblero- que llena las salas sin apelar a los bajos instintos. Años después haría La guerra de los mundos (2005), mucho más interesante que esta y tremendamente moderna, al contarnos  una invasión extraterrestre desde el punto de vista de una familia normal -nada de presidentes, militares o héroes imposibles- adelantándose así a Monstruoso (Matt Reeves, 2008).


Justamente, Independence Day es un remake evidente y actualizado de La guerra de los mundos (Byron Haskin, 1953). Solo que, aquí, la fe católica del clásico del productor George Pal es sustituida por el ecologismo del judío David Levinson (Jeff Goldblum) y el pequeño virus que aniquila a los extraterrestres en technicolor ahora se convierte en un "moderno" virus informático. Este argumento general es narrado, primero, como una película de catástrofes, presentando a un nutrido reparto de personajes, humanizándolos a pinceladas para que nos importen y luego enfrentándoles a la muerte. El peor momento es, quizás, ese perro que se salva de las llamas in extremis... para luego no volver a asomar el hocico nunca más. A este planteamiento, Emmerich y Devlin agregan "cosas que molan". Veamos. Las escaramuzas aéreas de Top Gun (Tony Scott, 1986) -a su vez tomadas de Star Wars (George Lucas, 1977)-. Un Will Smith que no es más que Will Smith: quizás por eso el actor no tiene personajes memorables, como, por ejemplo, Harrison Ford, que a veces es Han Solo, a veces Indiana Jones. Unos extraterrestres que podrían ser un cruce entre los hombrecillos grises de Encuentros en la tercera fase y la reina xenomorfa de Aliens, el regreso (James Cameron, 1986). Un "malo" de la CIA -Albert Nimziki (James Rebhorn)- que conoce oscuros secretos -léase Roswell- como en la paranoica Expediente X (1993). Por último, un clímax que es un calco del de El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983). La idea de los productores seguramente era tan sencilla como que meter todo esto en una película se traduciría en un éxito de taquilla: y así fue.


Una curiosidad: el pequeño Dylan (Ross Bagley) -hijo de Will Smith en la ficción- juega en el film con un muñeco de King Ghidorah, enemigo de Godzilla y por tanto una premonición de la posterior -y todavía peor- Godzilla (1998) del mismo Emmerich. Y dos datos más. La imagen más descabellada del film es el patriótico discurso del presidente Thomas J. Withmore (Bill Pullman) que luego se vestía de piloto para combatir en su propio avión. En 2003, el presidente George Bush Jr. daba el discurso de Missiom Accomplished -vestido de piloto- cuando se creyó que la guerra de Irak había acabado. No fue así. Y hace unos días, el populista de derechas Nigel Farage proclamaba el "Independence Day" tras la victoria del Brexit. Para que penséis en qué tipo de cerebros ha podido calar el mensaje de esta película.