SOLO EL FIN DEL MUNDO (XAVIER DOLAN, 2016)


Que Xavier Dolan es un artista con talento, a pesar de su juventud -nació en 1989- no seré yo el que lo descubra. El canadiense es el niño mimado del Festival de Cannes, ganador con esta nueva película del Gran Premio del Jurado. Lo que más admiración produce del director canadiense es, primero, su completo control del arte cinematográfico: la planificación, la estética, la música, las interpretaciones, todo parece hacerlo bien. Pero además, Dolan deslumbra contando historias sobre personajes y entornos cotidianos, de hecho, vulgares, de los que consigue extraer belleza, momentos poéticos. El argumento de Solo el fin del mundo -adaptado de una obra de teatro de 1990 de Jean-Luc Lagarce- no es demasiado original: un joven que regresa al hogar, tras conseguir el éxito como artista -y la libertad como individuo- para comunicar la noticia de que padece una enfermedad terminal. A pesar de lo manido del planteamiento, Dolan consigue que esta historia sea diferente, en absoluto teatral, y tan personal que pareciera tener tintes autobiográficos. Tiene algo este film de En busca del tiempo perdido (1913-1927), de Marcel Proust y de Por el camino de Swan. Dolan sustituye el sabor de la famosa magdalena mojada en té, por elementos de la casa familiar que evocan recuerdos en el protagonista, Louis-Jean (Gaspard Ulliel), partiendo también de lo sensorial: el polvo en un viejo colchón, la luz que entra por una ventana o una canción que suena en la radio. Resulta sorprendente cómo Dolan convierte en algo bonito, en nostalgia, un tema tan repelente como la machacona canción del verano de 2004, Dragostea din tei, del grupo de "música" moldavo-rumano O-Zone. Francamente, creo que a cualquier otro director le habría dado vergüenza, pero Dolan utiliza el tema eurodance de una forma muy efectiva, ya que, sin duda -y lamentablemente- marcó una época determinada con la que podemos identificarnos. Dolan va introduciendo en la historia flashbacks partiendo de la mirada perdida del protagonista, que deja de escuchar al que le habla, apoyándose en la música o en efectos de sonido y utilizando figuras desenfocadas en el plano o efectos de luz. Con esto, añade una capa subjetiva a la narración, trenzando un tejido de recuerdos que acaba por darnos un retrato bastante completo de la historia familiar de Louis. La raíz del conflicto argumental es la ausencia del padre, rol que le fue adjudicado al protagonista quien, lógicamente, decidió escapar de aquello. Su vuelta estará marcada por las cuentas pendientes y nos permite entender exactamente por qué se marchó. Para contar esto, Dolan se apoya en los actores, soberbios todos y muy bien dirigidos. Que una estrella de la belleza de Marion Cotillard pueda pasar como una esposa sumisa, cuya única vida es ser madre de familia, es prueba de su buen hacer como intérprete. También está Vincent Casell como el resentido y agresivo hermano mayor que domina desde el gruñido; Lea Seydoux como la hermana pequeña, cubiertas sus inseguridades con tatuajes; y por supuesto Nathalie Baye, la madre que esconde su drama bajo una excentricidad muy almodovariana, en otra variante del tema madre/hijo, importante para Dolan, recordemos su obra anterior, la intensa Mommy (2014).



La apuesta estética y narrativa de Dolan en la película es la de pegar la cámara al rostro de los personajes. Tanto, que a veces podemos pensar que no habría necesitado rodar con todos sus actores presentes. Pocas veces se tocan, pocas veces se inmiscuyen en el plano del otro. Esta idea convierte la casa familiar en un asfixiante universo de bolsillo en el que ocurre toda la trama, si no contamos los flashbacks, y un breve -y angustioso- viaje en coche. El otro efecto de la propuesta es el agobio en el espectador, que siente en carne propia la claustrofobia del personaje principal, que vuelve a una situación incómoda, a una suerte de encerrona. El tercer efecto es transmitir el mensaje del film, la incomunicación. Los miembros de esta familia simplemente no se entienden, no saben hablar entre ellos y acaban a gritos tras cada intento de conectar. Por último, la decisión le da el control total al Dolan director, que construye su película con el montaje -no con las interpretaciones- utilizando de forma casi obsesiva la edición de sonido, los efectos, los desenfocados, la fotografía -los personajes aparecen oscuros, a contraluz- la música de los temas pop y de una banda sonora original melodramática compuesta por Gabriel Yared. Le quita así el poder a los actores, no quiere Dolan simplemente filmar la obra teatral de Jean-Luc Lagarce. En este rigor formal, en este mantenerse fiel a una decisión estética, pero llena de contenido -también lo hizo en Mommy con el formato 4/3- encuentro la fuerza de una película intensa, que te deja exhausto. De hecho, al final de la misma -cuidado, esto puede ser un spoiler- Dolan aleja, por primera y única vez, la cámara del rostro de su actor principal, y el público respira. Luego, una idea hermosa, afortunada. La casi fantástica aparición de un pajarillo que parece salir del viejo reloj del cuco de la madre, una metáfora perfecta de la situación del protagonista.