FRANCES HA (NOAH BAUMBACH, 2012)


-AVISO SPOILERS-

Después de estar dos semanas obsesionado con el "Modern Love" (1983) de David Bowie, encontrar esa canción en "Frances Ha" (2012) me ha hecho pensar -de nuevo- que hay un argumento subterráneo bajo las cosas que nos ocurren. En la película de Noah Baumbach esta canción, y la coreografía, funcionan como homenaje al director Leos Carax... en mi vida... no lo sé.

“Frances Ha” tiene como referente principal la Nouvelle Vague. Decirlo resulta una obviedad: ahí están la frescura, la fotografía en blanco y negro, y, por si acaso no nos hemos enterado, la banda sonora utiliza varios temas de Georges Delerue -los de “El Desprecio” (1963) y “Los 400 Golpes” (1959) entre otros-. La protagonista, Frances, incluso hace un viaje relámpago a París, aunque para entonces la ciudad refleja su estado de ánimo en ese momento de la historia: triste, solitario, sin rumbo. 

No nos adelantemos: al principio de la película, Frances es feliz, y vive en ese Nueva York en el que todos queremos vivir. Los personajes que la rodean poseen ese carisma que todos quisiéramos tener, y aunque se quejan (como nosotros) de la falta de dinero, viven la vida que nos gustaría tener. Todo muy “cool” y por si quedaba alguna duda, por ahí se deja ver un Adam Driver salido de la serie más “cool” del momento: “Girls” (2012). Pero a pesar del exceso de “coolness”, “Frances Ha” se deja querer. Y se deja querer mucho.

La razón principal es Greta Gerwig, que enamora como Frances, un personaje de los que no se olvidan jamás. Lo peor que le podía pasar a esta actriz es que la hayan bautizado ya como la nueva musa del “indie”. Lo mejor, bailar en la gala de los “Youtube Music Awards” el “Afterlife” de Arcade Fire (la canción que me obsesionaba justo antes de “Modern Love”). 

En “La mente enamorada” (2001), los psiquiatras Thomas Lewis, Fari Amini y Richard Lannon establecen científicamente que somos seres incompletos. Las personas somos circuitos abiertos, y por eso necesitamos a alguien para ser estables. Y “La estabilidad significa encontrar personas que te regulen bien, y permanecer a su lado”. Dicho así parece sencillo... pero sabemos que no lo es.

Para Frances, esa persona que la “regula” es su mejor amiga, Sophie. Mientras están juntas, todo va bien. Pero cuando Sophie decide marcharse, Frances pierde la estabilidad. Comienza a dar tumbos en una ciudad en la que se establecen relaciones personales según la conveniencia de compartir un piso. Frances intenta conectar, pero no lo consigue. Toda su vida se va al garete, y de repente sus 27 años pesan más que nunca: al borde de convertirse en adulta y abandonar sus fantasías, Frances sufrirá un estado de regresión que la llevará de nuevo a donde comenzó todo: la universidad en la que conoció a Sophie: allí, por pura casualidad, se volverá a encontrar con ella, y será abandonada de nuevo. 

Frances describe su relación con Sophie en uno de los diálogos más bonitos que conozco: “Es esa cosa cuando estás con alguien, y le amas, y ese alguien lo sabe, y también te ama y tú lo sabes... pero estáis en una fiesta... y cada uno habla con otras personas, y te ríes y brillas... y miras al otro lado de la habitación y captas la mirada del otro -pero no de una manera posesiva, o precisamente sexual- sino porque... esa es tu persona en esta vida. Y es gracioso y triste, pero sólo porque esta vida tiene un final... y es ese mundo secreto que existe ahí, en público, pero sin que nadie lo note, sin que nadie más lo conozca. Es como esas otras dimensiones que se supone que existen a nuestro alrededor, pero que no tenemos la capacidad de percibir. Eso es lo que quiero de una relación. O de la vida... supongo”.

Sophie abandona a Frances porque lo “correcto” en esta vida es casarse y mudarse a un piso mejor. Su ausencia desencadena el traumático proceso de maduración que Frances había estado postergando hasta sus 27 años. Pero aunque al final Frances consigue convertirse en algo parecido a una mujer “adulta”, seguirá siendo “undateable”, como la describe su amigo-pretendiente Benji (Michael Zegen). 

Porque Frances no conseguirá nunca decirle “adiós” a Sophie. Es imposible. Es "su persona en esta vida". Quizás por ello, en “Modern Love”, David Bowie canta eso de “I never wave bye-bye... But I try... I try...”