LA VIDA DE ADÈLE (ABDELLATIF KECHICHE, 2013)



-AVISO SPOILERS-

En su primera relación amorosa, Adèle (Adèle Exarchopoulus) no sólo pierde la virginidad. Su despertar sexual -con un chico- es el primer paso en el camino de conocerse a sí misma. Y lo que descubre es que le falta "algo". Una carencia que la empuja a perseguir "eso" que la hará sentirse completa. Lo encontrará, sí, pero sólo para perderlo de nuevo.

Adèle busca su identidad tratando de conectar con otros. No lo conseguirá. En su primera experiencia en un bar lésbico, se siente intimidada. Luego, sus amigas del instituto la agreden al sospechar que es homosexual. Entonces aparece Emma (Léa Seydoux) para cambiar su vida completamente. 

Por Emma, Adèle pasa de una manifestación por la educación pública, a una marcha del orgullo gay. Pero ninguno de los lemas en las pancartas parece ser realmente suyo. Tampoco tiene suerte al intentar encajar entre los amigos ricos e intelectuales de Emma: la diferencia de clases es demasiado grande. Además, Adèle pierde la confianza en sus propios padres: no les cree capaces de comprender su relación con una mujer. Más tarde, al empezar a trabajar como maestra, sus colegas la critican simplemente porque no quiere salir con ellos. Dando tumbos, Adèle aprende que pertenecer a un grupo significa seguir sus reglas, amoldarse a su moral, y adoptar una pose. El grupo arropa a sus miembros, ofrece seguridad y protección, pero a cambio niega la posibilidad de ser diferentes, libres, auténticos. 

Emma y Adèle se unen porque entre ambas surge una química que sólo se encuentra una vez en la vida. Para Adèle es todavía más importante: es la primera vez que se siente completa. Sólo a través del sexo consigue comunicarse -conectar- con alguien. Ella ama de manera simple pero apasionada: como esos platos de pasta que come en casa de sus padres. Los gustos de Emma son aprendidos, requieren un aprendizaje y una coartada intelectual: como las ostras que obliga a probar a Adéle para no quedar mal delante de sus sofisticados padres.

La pureza de Adèle le impide fingir para encajar. Dice sin tapujos lo que no le gusta, o admite de forma transparente que no sabe de vinos, o que no entiende a Sartre (¿"La infancia de un jefe"?) Esa pureza es lo que enamora a Emma -una joven artista, de clase alta, que la encuentra "graciosa"- pero al mismo tiempo es lo que impide que su relación tenga futuro. Por eso Emma pierde el interés por Adèle: la coraza que se ha forjado para encajar con los de su clase la protege, pero le impide sentir. En una escena desgarradora, Adèle pide a Emma una última oportunidad. Un encuentro trampa en el que utiliza la única arma que tiene: el roce de su piel. Emma se tambalea, está a punto de ceder, pero es cobarde. No se atreve a dejarlo todo por una maestra de escuela.

En uno de los desenlaces más crueles que recuerdo, Emma inaugura su primera exposición como artista, acompañada por una mujer que no le satisface, pero que encaja mejor en su esquema mental. Adèle asiste por dignidad, por orgullo, pero acaba humillada y sola. Al marcharse, sin saberlo, cruza una esquina que le niega la posibilidad de un final feliz.