LA CURA DEL BIENESTAR: TERROR EN EL BALNEARIO


La cura del bienestar es una hermosa película de terror. Gore Verbinski -director de la saga de Piratas del Caribe, pero también de la lisérgica Rango (2011)- vuelve al género tras La señal (2002) y fabrica una película visualmente espectacular, cuyo guión también firma junto a Justin Haythe, con quien colaboró en el sonado fracaso de El llanero solitario (2013). La historia, sin embargo, tiene un planteamiento meramente funcional, apenas establece una situación básica sobre la que girará todo el argumento: el protagonista, Lockhart es un ejecutivo moralmente dudoso -y con trauma paterno filial- que debe buscar al principal accionista de su desalmada empresa en un balneario en Suiza, que esconde un inquietante misterio. Lockhart es encarnado por Dane DeHaan -próximo a convertirse nada menos que en el héroe cósmico francés, Valerian- que aquí tiene un parecido razonable al Leonardo Di Caprio de Shutter Island (Martin Scorsese, 2010). La interpretación de DeHaan es obligadamente intensa, ya que la clave de la historia es que no sabemos si lo que le ocurre tiene lugar en su imaginación: la película está llena de momentos de pesadilla. Así, la trama avanza más por la utilización de motivos y símbolos que se repiten -ciervos, anguilas- y con un leitmotiv importante, el agua, que por las acciones dramáticas y sus consecuencias. Se podría decir que el argumento traza una espiral antes que una línea recta. Verbinski rueda todo esto con un sentido estético apabullante, sirviéndose de composiciones simétricas, hiperrealistas y surrealistas, en una planificación cartesiana. La cámara se mueve por unos decorados preciosos y la película goza de un diseño de producción cuidadísimo, obra de la nominada a cuatro premios Oscar, Eve Stewart. Pero quizás, por eso mismo, el film resulta algo frío. A la historia le falta enjundia. Dicho esto, lo más interesante de La cura del bienestar es que se plantea primero como una obra de terror psicológico, en la que el mal parece estar en la subjetividad del individuo, en su interior, por lo que estaríamos ante un nuevo ejemplo del subgénero que con éxito cultivó Roman Polanski en Repulsión (1965), La semilla del diablo (1968) y sobre todo El quimérico inquilino (1976), pertinente aquí por la coincidencia en la macabra utilización de piezas dentales. Pero sin ánimo de hacer spoilers, lo que más me ha gustado es un giro que nos devuelve al terror clásico, al de la Universal de los años 40, expresionista y gótico -ya presente en unos escenarios suizos como los de Frankenstein y en los decorados de estética retro- que coloca el mal en el otro, en el monstruo. En el mismo sentido hay que pensar también en la reformulación del terror que hizo en los 60 la británica Hammer, de la que esta película recoge la oposición entre clases sociales. De hecho, hay una escena de baile aquí que recuerda poderosamente a El beso del vampiro (Don Sharp, 1963)- película parodiada, por cierto, por el mencionado Polanski en El baile de los vampiros (1967).